Mi primo se instaló en casa y cambió las reglas
Rubén llegó a media tarde, cuando la luz entraba oblicua por el pasillo y la casa entera olía a café recién hecho. Nico estaba en el sofá, con el portátil abierto y una carpeta de apuntes sobre las rodillas, fingiendo que repasaba. En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, supo que algo iba a cambiar.
Su primo apareció con una sonrisa amplia y una maleta enorme, rígida, de esas que parecen haber dormido en mil aeropuertos.
Hacía años que no se veían. De niños habían sido inseparables por temporadas, primos casi hermanos, en veranos largos y comidas familiares interminables. Rubén siempre había sido el fuerte, el ruidoso, el que mandaba: el que se metía con Nico, lo llamaba blandito, le hacía bromas pesadas que nunca eran del todo crueles pero que lo dejaban siempre un paso por debajo. Nico, más callado, más fino, había aprendido pronto a aguantar y a mirarlo todo desde un lugar algo más bajo. Después Rubén se marchó a estudiar a Montreal y la distancia hizo el resto. Años sin verse, sin rozarse, sin medirse.
Ahora volvía para instalarse nada menos que en su misma casa. Viviría allí con los padres de Nico y con él durante todo el curso. Irían a la misma universidad, la Autónoma: Nico empezaba primero de Derecho; Rubén entraba ya en tercero de Administración de Empresas. Dos etapas distintas, dos facultades cercanas y, sí, el mismo techo. Nico lo había pensado mil veces antes de que llegara. Verlo cruzar el umbral hizo que dejara de ser una idea y se volviera real.
Era dos años mayor, pero el tiempo le había trabajado el cuerpo como a pocos. Moreno, barba de tres días, pecho ancho cubierto de vello oscuro que asomaba por el cuello de la camiseta. Los brazos parecían tensarse incluso cuando no hacía nada. Se movía con una seguridad natural, casi insolente. Y había algo más, imposible de no notar cuando se acercó: el peso evidente entre las piernas, un bulto que marcaba el pantalón con descaro.
Al oírlo entrar, Nico se levantó de golpe. A su lado parecía más pequeño. Delgado, piel clara, hombros finos, casi sin vello, con una cara que conservaba algo de adolescente: ojos grandes, labios suaves. Se abrazaron de forma torpe, un choque de cuerpos que duró un segundo de más.
—Estás enorme —dijo Nico, arrepintiéndose de inmediato.
—Y tú sigues igual de flaco —respondió Rubén, riéndose—. Más te vale ponerte un poco fuerte o se van a reír de ti en cuanto empiece la uni.
La madre de Nico, Marta, apareció desde la cocina secándose las manos en el delantal.
—¡Rubén! —exclamó—. Por fin en casa. A ver esos regalos, que seguro nos traes media América en la maleta.
Rubén dejó la maleta en el suelo del salón y la abrió sin pensarlo. Sacó primero un par de cosas envueltas con cuidado: una botella, unas camisetas, un paquete de café. Marta sonreía satisfecha, hasta que su expresión cambió.
La mitad de la maleta estaba ocupada por ropa hecha un ovillo. Camisetas arrugadas, pantalones, toallas y, muy visibles, varios calzoncillos usados, apelmazados, con ese aspecto inconfundible de haber sido llevados más de una vez. Un olor denso, masculino, se escapó al aire.
—¡Pero Rubén! —lo regañó Marta, entre divertida y escandalizada—. ¿Cómo traes esto así? ¡Está todo sucio!
Rubén se encogió de hombros, sin la menor vergüenza.
—Lo siento, tía. Desde que salí de Canadá que no pongo una lavadora —dijo, guiñándole un ojo.
Marta negó con la cabeza.
—Bueno, seguro que Nico puede ayudarte. Que te enseñe dónde está la lavadora y cómo funciona todo.
Nico notó cómo se le cerraba el estómago. Había visto los calzoncillos. No había podido evitar fijarse. Eran grandes, de algodón grueso, algunos claros, otros oscuros. Marcados. Usados. Habían pertenecido al cuerpo que ahora estaba de pie a menos de un metro de él.
—Claro —dijo, con un hilo de voz—. Yo te ayudo.
Rubén lo miró un segundo más de lo necesario, como si evaluara algo.
—Perfecto, primito —respondió—. Ya sabía yo que me ibas a echar una mano.
Nico tragó saliva. El reencuentro acababa de empezar.
***
La decisión se tomó sin ceremonia, como se toman las cosas que ya vienen dadas.
—Nico —dijo Marta más tarde, cuando acababan de tomarse el café—, vamos a cambiarte de cuarto. El tuyo es más grande y tiene mejor luz. Lo lógico es que lo tenga Rubén, ya sabes, hay que ser buen anfitrión.
Nico asintió. No protestó. Recogió sus cosas y pasó al cuarto pequeño del fondo del pasillo, el que siempre había sido de invitados. Rubén entró detrás de él, observándolo con media sonrisa, apoyado en el marco de la puerta.
—Te queda bien —comentó—. Más recogidito. Más… tú. Anda, acompáñame al mío.
Nico notó el pinchazo, pero no dijo nada. Siguió a su primo a la habitación que, hasta hacía un rato, había sido la suya. Rubén dejó caer la maleta sobre la cama grande, la abrió de nuevo y empezó a sacar ropa sin orden.
—Oye —añadió, como quien no quiere la cosa—. Ya que estamos, ponme la lavadora, ¿vale? No tengo ni idea de cómo van aquí.
No era exactamente una orden. Tampoco una petición.
—Sí, claro —respondió Nico, demasiado rápido.
Rubén lo miró de reojo y se le acercó, un poco más de la cuenta. Nico dio un paso atrás y tropezó con la cama. Cayó sentado, y su primo, sin pedir perdón, lo empujó para que quedara tumbado. El cuerpo cayó encima un segundo, pesado, caliente. Pecho contra pecho. Muslo contra muslo.
—Relájate —rio Rubén—. Que no muerdo… normalmente.
Forcejearon un instante, más en broma que con violencia. Nico intentó incorporarse, pero Rubén lo mantuvo abajo con una mano en el hombro. El contacto fue suficiente: Nico sintió cómo la sangre le bajaba de golpe, cómo la erección le tensaba el pantalón.
Rubén lo notó y no dijo nada. Sonrió y se apartó, dejándolo libre. Nico cogió la ropa sucia con ambos brazos y se fue al lavadero. Las prendas estaban mezcladas, apelmazadas, tibias aún por el viaje. Camisetas sudadas, calcetines enrollados y varios pares de calzoncillos. Los cogió uno a uno. Eran pesados, gruesos, con ese olor inconfundible a cuerpo trabajado, a gimnasio, a hombre. Los sostuvo un segundo de más. El algodón suave contra los dedos. El olor subiéndole directo a la cabeza. Imaginó ese tejido pegado a la piel de su primo, empapado de sudor, marcando cada movimiento.
—¿Así es como se hace? —preguntó Rubén desde la puerta.
Nico se sobresaltó.
—Sí —dijo—. Así.
Fue metiendo la ropa en la lavadora despacio. Demasiado despacio. Cada prenda era una excusa para respirar hondo, para dejar que el olor se le quedara dentro un segundo más. Rubén lo observaba en silencio, con los brazos cruzados.
—Se te da bien —comentó al final—. Me va a venir bien vivir aquí.
Nico cerró la escotilla. Cuando se giró, su primo estaba demasiado cerca.
—Sí —murmuró—. Supongo que sí.
Rubén sonrió.
—Esto no ha hecho más que empezar.
***
La casa fue quedándose en silencio a medida que caía la noche. Marta y su marido se retiraron temprano, cansados del trajín. Nico se quedó recogiendo sin prisa, intentando recuperarse del temblor que aún le recorría el cuerpo. Desde el pasillo llegó el sonido del agua cayendo sobre las baldosas.
La ducha.
Nico lo supo antes de pensarlo. El rumor constante llenó la casa y, con él, una certeza incómoda. Rubén no cerró la puerta del baño. La dejó entornada, como si no hubiera nada que ocultar. Nico pasó por delante con una excusa cualquiera y vio lo justo para no poder olvidarlo: el vapor elevándose, el reflejo borroso del cuerpo grande, moreno, moviéndose con calma. El agua le recorría los hombros, el pecho cubierto de vello, bajaba por el abdomen firme.
Rubén se enjabonaba sin prisa, como si el tiempo no importara. Como si supiera que estaba siendo admirado.
—¿Puedes acercarme la toalla? —dijo desde dentro, con voz normal.
Nico dudó un segundo. Luego obedeció.
Cuando entró, el vapor le golpeó la cara. El olor a gel se mezclaba con algo más denso, más humano. Rubén cerró el grifo y salió de la ducha sin cubrirse, dejando todo a la vista, gruesa la entrepierna incluso en reposo. Se secó el cuello, los hombros, el pecho y dejó lo demás para el final, sin disimulo.
Nico apartó la mirada. O lo intentó.
Rubén se pasó la toalla por la cintura y miró la ropa que se había quitado, amontonada en el suelo junto al felpudo. Cogió los vaqueros, los calcetines, la camiseta, y parecía que iba a recoger también los calzoncillos con los que había viajado, que llevaban encima ni se sabe cuántas horas, cuando se detuvo.
—Los calzoncillos no —dijo, señalando—. Esos los pones a lavar, también.
Nico los cogió. El tejido aún estaba tibio. El olor le subió directo a la nariz, a la garganta, al pecho. Tragó saliva.
—Vale —respondió.
Salió con la ropa interior en la mano, entró en su cuarto y cerró la puerta. El corazón le palpitaba a toda velocidad. Tenía los calzoncillos de su primo entre los dedos. Los miró. Los estrujó, tembloroso. El olor era más fuerte allí, sin vapor que lo disimulara, denso y personal.
Le apetecía hacer más. Mucho más. Pero no se atrevió.
Respiró hondo, abrió la puerta y se fue directo al lavadero. Metió la prenda dentro de la lavadora y cerró la escotilla con un gesto casi ceremonioso. Al volver al pasillo, la puerta de Rubén ya estaba cerrada.
Nico se apoyó un segundo en la pared. El cuerpo le pedía cosas para las que aún no tenía permiso.
***
A la mañana siguiente, con las clases todavía a unos días de empezar, Rubén apareció en la cocina con un café en la mano.
—Vamos a apuntarnos al gimnasio —dijo.
Nico levantó la vista.
—¿Al gimnasio?
—Claro —sonrió Rubén—. Te vendrá bien un poco de entrenamiento, ¿no? Estás flojo.
No lo dijo con maldad. O quizá sí, pero envuelto en broma. Nico aceptó sin discutir, así que allá fueron.
El gimnasio del barrio era pequeño y ruidoso, con olor a goma y a sudor viejo. Aunque nunca había estado allí, Rubén se movía en aquel espacio como en su propia casa. Enseguida conoció a un par de tíos y, sin pensarlo, presentó a Nico.
—Es mi hermano pequeño —dijo, pasándole el brazo por los hombros.
Nico notó el peso del gesto y no corrigió nada.
Hermano.
Entrenaron juntos. Rubén cargaba discos con facilidad, hacía comentarios en voz alta, se reía cuando Nico se cansaba. En un momento, Nico se tumbó en el banco para hacer press y su primo se colocó detrás, como entrenador improvisado.
—Vamos, empuja —dijo, sujetando la barra con firmeza.
Nico alzó la vista y se encontró con la entrepierna de Rubén justo encima de la cara, a apenas unos centímetros. Grande. Marcada. Casi rozándole la frente cada vez que lo ayudaba a bajar la barra. Intentó no mirar, pero era imposible.
—Venga, más fuerte —insistía Rubén, sin moverse, sin apartarse—. ¿Te distraes fácil o qué?
El sudor le caía a Nico por la sien, y no era solo por el esfuerzo. Cada vez que su primo se inclinaba, el bulto del pantalón marcaba la presencia de lo que había debajo. Por no hablar del olor.
Cuando acabaron, fueron juntos a cambiarse. En el vestuario, Rubén se desnudó sin prisa. La dejó todo colgando sin pudor mientras doblaba la ropa, soltó la camiseta empapada, los calzoncillos usados encima del montón, como una provocación, y se fue a las duchas.
Nico miró a ambos lados para comprobar que estaba solo. Fingió buscar algo en su mochila. El olor de su primo lo atrapó. Se acercó al lugar donde había dejado la ropa. Cogió los calzoncillos y se sorprendió al ver que eran los mismos de la noche anterior, los blancos, los que había echado a lavar él mismo.
¿Cómo habían llegado de nuevo ahí? Solo había una explicación: Rubén había vuelto a por ellos al lavadero y se los había puesto otra vez.
Nico sonrió. Cerdo, pensó.
Apretó la tela entre las manos, notando el calor que aún guardaba. La polla se le endureció bajo el pantalón. Se tocó un poco, incapaz de contenerse.
—Oye —dijo una voz a su espalda—. Nico, ¿verdad?
Se giró, con la ropa interior de su primo todavía en la mano. Un tío del gimnasio, de unos treinta y pocos, cuerpo definido, barba corta, sonrisa ladeada, lo observaba con los brazos cruzados. Llevaba una camiseta gris sudada y una toalla al cuello.
—¿Sí?
—Soy Hugo —dijo, sin dejar de mirar los calzoncillos en la mano de Nico—. Entreno aquí casi cada día. ¿Seguro que Rubén y tú sois hermanos? Porque yo diría que hay algo entre vosotros…
Nico dudó un segundo. Luego asintió.
—Sí. Hermanos. Solo le cojo la ropa para lavarla. Rubén es un desastre.
El otro sonrió, sin juzgar.
—Ya, ya. —Hugo se dirigió a las duchas, pero antes de irse se volvió y añadió—: Me dais bastante morbo. Si algún día os apetece un tercero, me avisáis.
Nico se quedó paralizado, sin saber si acababa de sentirse expuesto o invitado a algo que aún no comprendía del todo.
El sonido de la ducha se apagó. Rubén salió, todavía húmedo, secándose el pelo. Miró a Nico, luego los calzoncillos en su mano.
—¿Qué decía ese tío? —preguntó.
—Nada —respondió Nico, demasiado rápido.
Rubén sonrió. Se acercó y señaló su ropa interior.
—Así me gusta —dijo—. Llévatelos para lavar. Como a mí me gusta. Que no haya que decirte las cosas dos veces.
Y se vistió con toda la calma del mundo. Sin ropa interior.
***
La casa estaba en silencio cuando Nico cerró la puerta de su habitación. Se quedó apoyado contra ella unos segundos, respirando hondo, con el cuerpo aún cansado por el entrenamiento y la mente ofuscada por el olor del vestuario, la imagen de su primo saliendo de la ducha, el comentario de Hugo. Pasar el resto del día como si nada había sido difícil, pero lo había conseguido.
Estaba solo.
Abrió la mochila y sacó el tesoro que había custodiado todo el día: los calzoncillos con los que Rubén había pasado horas y horas, los que había echado a lavar la noche anterior y su primo había recuperado para volver a ponérselos.
Los sostuvo frente a la cara. El tejido estaba pesado, húmedo todavía en algunas zonas. Olían a sudor reciente, a piel caliente, a esfuerzo. A Rubén. Nico cerró los ojos y aspiró despacio. El olor le llenó el pecho y le bajó directo al vientre.
Se sentó en la cama. Pensó en el press de banca, en la barra subiendo y bajando, en el bulto a centímetros de la cara. Pensó en Hugo, en la sonrisa cómplice, en la pregunta —¿seguro que es tu hermano?— y en la respuesta que había dado sin pensar. ¿Por qué la había dicho? ¿Por qué le había gustado que su primo jugara a eso, a llamarlo hermano pequeño delante de todos?
Se desabrochó el pantalón y dejó libre la erección, dura y tensa. Envolvió la punta con la tela sudada y frotó despacio, sin tocarse con la mano. Luego se llevó la prenda a la cara. La apretó contra la nariz, la boca, la piel encendida. El olor le estalló dentro. Era como tener a Rubén encima, sudado, dominando el aire mismo. Solo el algodón áspero, el olor, la imaginación. Jadeó. Cada respiración era una imagen: su primo riéndose, su primo mandando, su primo sin ropa interior.
Entonces se abrió la puerta.
Nico se quedó paralizado.
Rubén estaba en el umbral, apoyado con calma, mirándolo. No dijo nada. No avanzó. No retrocedió. Solo sostuvo la mirada.
Pasaron unos segundos eternos y entonces el cuerpo de Nico no aguantó más. Un espasmo lo recorrió entero y se corrió sin tocarse, los chorros saliendo disparados, manchándole la cara, el cuello, el pecho. Cerró los ojos, avergonzado y expuesto, vulnerable, respirando aún a trompicones.
Rubén sonrió con una malicia tranquila.
—Puedes usar mis calzoncillos para limpiarte —dijo—. Con una condición.
—¿Cuál? —preguntó, sin pensar.
—Que te los pongas después.
Rubén se dio la vuelta y salió. El pasillo volvió al silencio. Nico se limpió despacio, obediente, con la tela aún tibia. Cuando terminó, se los subió por las piernas y se los dejó puestos.
Seguía inmóvil cuando su primo volvió a asomarse.
—Toda la semana —añadió, sin levantar la voz.