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Relatos Ardientes

Mi primo se instaló en casa y cambió las reglas

Rubén llegó a media tarde, cuando la luz entraba oblicua por el pasillo y la casa entera olía a café recién hecho. Nico estaba en el sofá, con el portátil abierto y una carpeta de apuntes sobre las rodillas, fingiendo que repasaba. En cuanto oyó la llave girar en la cerradura, supo que algo iba a cambiar.

Su primo apareció con una sonrisa amplia y una maleta enorme, rígida, de esas que parecen haber dormido en mil aeropuertos.

Hacía años que no se veían. De niños habían sido inseparables por temporadas, primos casi hermanos, en veranos largos y comidas familiares interminables. Rubén siempre había sido el fuerte, el ruidoso, el que mandaba: el que se metía con Nico, lo llamaba blandito, le hacía bromas pesadas que nunca eran del todo crueles pero que lo dejaban siempre un paso por debajo. Nico, más callado, más fino, había aprendido pronto a aguantar y a mirarlo todo desde un lugar algo más bajo. Después Rubén se marchó a estudiar a Montreal y la distancia hizo el resto. Años sin verse, sin rozarse, sin medirse.

Ahora volvía para instalarse nada menos que en su misma casa. Viviría allí con los padres de Nico y con él durante todo el curso. Irían a la misma universidad, la Autónoma: Nico empezaba primero de Derecho; Rubén entraba ya en tercero de Administración de Empresas. Dos etapas distintas, dos facultades cercanas y, sí, el mismo techo. Nico lo había pensado mil veces antes de que llegara. Verlo cruzar el umbral hizo que dejara de ser una idea y se volviera real.

Era dos años mayor, pero el tiempo le había trabajado el cuerpo como a pocos. Moreno, barba de tres días, pecho ancho cubierto de vello oscuro que asomaba por el cuello de la camiseta. Los brazos parecían tensarse incluso cuando no hacía nada. Se movía con una seguridad natural, casi insolente. Y había algo más, imposible de no notar cuando se acercó: el peso evidente entre las piernas, un bulto grueso que marcaba el pantalón con descaro, una polla enorme que se adivinaba blanda y aun así llenaba la tela hasta deformarla.

Al oírlo entrar, Nico se levantó de golpe. A su lado parecía más pequeño. Delgado, piel clara, hombros finos, casi sin vello, con una cara que conservaba algo de adolescente: ojos grandes, labios suaves. Se abrazaron de forma torpe, un choque de cuerpos que duró un segundo de más. Nico notó el pecho duro de su primo aplastarle la cara y, más abajo, contra la cadera, aquel bulto tibio y pesado apretándose contra él sin ningún disimulo.

—Estás enorme —dijo Nico, arrepintiéndose de inmediato.

—Y tú sigues igual de flaco —respondió Rubén, riéndose—. Más te vale ponerte un poco fuerte o se van a reír de ti en cuanto empiece la uni.

La madre de Nico, Marta, apareció desde la cocina secándose las manos en el delantal.

—¡Rubén! —exclamó—. Por fin en casa. A ver esos regalos, que seguro nos traes media América en la maleta.

Rubén dejó la maleta en el suelo del salón y la abrió sin pensarlo. Sacó primero un par de cosas envueltas con cuidado: una botella, unas camisetas, un paquete de café. Marta sonreía satisfecha, hasta que su expresión cambió.

La mitad de la maleta estaba ocupada por ropa hecha un ovillo. Camisetas arrugadas, pantalones, toallas y, muy visibles, varios calzoncillos usados, apelmazados, con ese aspecto inconfundible de haber sido llevados más de una vez. Un olor denso, masculino, a semen seco y a sudor de entrepierna, se escapó al aire.

—¡Pero Rubén! —lo regañó Marta, entre divertida y escandalizada—. ¿Cómo traes esto así? ¡Está todo sucio!

Rubén se encogió de hombros, sin la menor vergüenza.

—Lo siento, tía. Desde que salí de Canadá que no pongo una lavadora —dijo, guiñándole un ojo.

Marta negó con la cabeza.

—Bueno, seguro que Nico puede ayudarte. Que te enseñe dónde está la lavadora y cómo funciona todo.

Nico notó cómo se le cerraba el estómago. Había visto los calzoncillos. No había podido evitar fijarse. Eran grandes, de algodón grueso, algunos claros, otros oscuros. Marcados. Usados. En la parte de delante de uno blanco se adivinaba una mancha amarillenta reseca, en la parte de atrás de otro un cerco oscuro. Habían pertenecido al cuerpo, a la polla, al culo del hombre que ahora estaba de pie a menos de un metro de él.

—Claro —dijo, con un hilo de voz—. Yo te ayudo.

Rubén lo miró un segundo más de lo necesario, como si evaluara algo.

—Perfecto, primito —respondió—. Ya sabía yo que me ibas a echar una mano.

Nico tragó saliva. El reencuentro acababa de empezar.

***

La decisión se tomó sin ceremonia, como se toman las cosas que ya vienen dadas.

—Nico —dijo Marta más tarde, cuando acababan de tomarse el café—, vamos a cambiarte de cuarto. El tuyo es más grande y tiene mejor luz. Lo lógico es que lo tenga Rubén, ya sabes, hay que ser buen anfitrión.

Nico asintió. No protestó. Recogió sus cosas y pasó al cuarto pequeño del fondo del pasillo, el que siempre había sido de invitados. Rubén entró detrás de él, observándolo con media sonrisa, apoyado en el marco de la puerta.

—Te queda bien —comentó—. Más recogidito. Más… tú. Anda, acompáñame al mío.

Nico notó el pinchazo, pero no dijo nada. Siguió a su primo a la habitación que, hasta hacía un rato, había sido la suya. Rubén dejó caer la maleta sobre la cama grande, la abrió de nuevo y empezó a sacar ropa sin orden.

—Oye —añadió, como quien no quiere la cosa—. Ya que estamos, ponme la lavadora, ¿vale? No tengo ni idea de cómo van aquí.

No era exactamente una orden. Tampoco una petición.

—Sí, claro —respondió Nico, demasiado rápido.

Rubén lo miró de reojo y se le acercó, un poco más de la cuenta. Nico dio un paso atrás y tropezó con la cama. Cayó sentado, y su primo, sin pedir perdón, lo empujó para que quedara tumbado. El cuerpo cayó encima un segundo, pesado, caliente. Pecho contra pecho. Muslo contra muslo. Y entre los muslos de Nico, aplastándose contra su pantalón, la polla gorda de Rubén, blanda todavía pero enorme, se acomodó como si aquel hueco fuera suyo desde siempre.

—Relájate —rio Rubén—. Que no muerdo… normalmente.

Forcejearon un instante, más en broma que con violencia. Nico intentó incorporarse, pero Rubén lo mantuvo abajo con una mano en el hombro y, con la cadera, hizo un movimiento lento, calculado, restregándole el bulto contra la entrepierna. Una vez. Dos. Nico soltó un jadeo minúsculo que quiso disimular tosiendo. Notó cómo la sangre le bajaba de golpe, cómo la polla se le hinchaba a toda velocidad dentro del calzoncillo hasta empujar la tela, cómo la punta se le humedecía al primer segundo.

Rubén lo notó. Lo notó perfectamente. Bajó la vista, sonrió al ver el bulto pequeño y tenso que se marcaba en el pantalón de su primo, y no dijo nada. Se limitó a apretar una vez más la cadera contra él, muy despacio, como quien firma algo, y se apartó dejándolo libre.

—Vas a ser un cachondo, tú —murmuró, satisfecho.

Nico se levantó rojo hasta las orejas, cogió la ropa sucia con ambos brazos y se fue al lavadero casi corriendo. Las prendas estaban mezcladas, apelmazadas, tibias aún por el viaje. Camisetas sudadas, calcetines enrollados y varios pares de calzoncillos. Los cogió uno a uno. Eran pesados, gruesos, con ese olor inconfundible a cuerpo trabajado, a gimnasio, a hombre, a polla que ha pasado horas encerrada. Los sostuvo un segundo de más. El algodón suave contra los dedos. La parte de delante era la que más apretaba: allí, en el bolsillo hundido donde había descansado la verga de su primo, la tela guardaba un olor concentrado, agrio, íntimo, mezcla de sudor, semen viejo y meados de última gota. Nico se lo llevó a la nariz sin pensar, un segundo, dos, y aspiró hondo. El olor le subió directo a la cabeza y le bajó igual de directo a la polla, que se le puso durísima dentro del pantalón.

—¿Así es como se hace? —preguntó Rubén desde la puerta.

Nico se sobresaltó y bajó los calzoncillos de un tirón.

—Sí —dijo—. Así.

Fue metiendo la ropa en la lavadora despacio. Demasiado despacio. Cada prenda era una excusa para respirar hondo, para dejar que el olor se le quedara dentro un segundo más. Rubén lo observaba en silencio, con los brazos cruzados, y la sonrisa torcida de quien está disfrutando de verlo temblar.

—Se te da bien —comentó al final—. Me va a venir bien vivir aquí.

Nico cerró la escotilla. Cuando se giró, su primo estaba demasiado cerca. Bajó los ojos sin querer y se encontró de frente con aquel bulto grueso, marcadísimo bajo el pantalón de chándal, la polla dibujada de arriba abajo, tan cerca de su cara que si hubiera estado de rodillas la habría tenido apoyada en los labios.

—Sí —murmuró—. Supongo que sí.

Rubén sonrió.

—Esto no ha hecho más que empezar.

***

La casa fue quedándose en silencio a medida que caía la noche. Marta y su marido se retiraron temprano, cansados del trajín. Nico se quedó recogiendo sin prisa, intentando recuperarse del temblor que aún le recorría el cuerpo. Desde el pasillo llegó el sonido del agua cayendo sobre las baldosas.

La ducha.

Nico lo supo antes de pensarlo. El rumor constante llenó la casa y, con él, una certeza incómoda. Rubén no cerró la puerta del baño. La dejó entornada, como si no hubiera nada que ocultar. Nico pasó por delante con una excusa cualquiera y vio lo justo para no poder olvidarlo: el vapor elevándose, el reflejo borroso del cuerpo grande, moreno, moviéndose con calma. El agua le recorría los hombros, el pecho cubierto de vello, bajaba por el abdomen firme y se perdía en la mata negra del pubis, de donde colgaba, gruesa y larga, la polla de su primo. Blanda, oscura, pesada, con la punta ancha y los huevos gordos balanceándose debajo cada vez que se movía. Nico se quedó clavado. No se le había pasado por la cabeza que un tío pudiera tener aquello colgando entre las piernas y seguir andando como si nada.

Rubén se enjabonaba sin prisa, como si el tiempo no importara. Se pasaba la mano por los huevos, se sobaba la polla al enjuagarla, tiraba del prepucio con la naturalidad de quien no siente vergüenza porque sabe que nadie va a poder apartar los ojos. Como si supiera que estaba siendo admirado.

—¿Puedes acercarme la toalla? —dijo desde dentro, con voz normal.

Nico dudó un segundo. Luego obedeció.

Cuando entró, el vapor le golpeó la cara. El olor a gel se mezclaba con algo más denso, más humano. Rubén cerró el grifo y salió de la ducha sin cubrirse, dejando todo a la vista, la polla goteando agua desde la punta, gruesa incluso en reposo, los huevos rojos por el calor. Se secó el cuello, los hombros, el pecho y dejó lo demás para el final, sin disimulo. Cuando por fin se pasó la toalla por la entrepierna, se levantó la verga con dos dedos y se la sacudió con parsimonia delante de Nico, como quien limpia un útil de trabajo.

Nico apartó la mirada. O lo intentó.

Rubén se pasó la toalla por la cintura y miró la ropa que se había quitado, amontonada en el suelo junto al felpudo. Cogió los vaqueros, los calcetines, la camiseta, y parecía que iba a recoger también los calzoncillos con los que había viajado, que llevaban encima ni se sabe cuántas horas, cuando se detuvo.

—Los calzoncillos no —dijo, señalando—. Esos los pones a lavar, también.

Nico los cogió. El tejido aún estaba tibio, humedecido en la entrepierna por el sudor del viaje. El olor le subió directo a la nariz, a la garganta, al pecho: un tufo a polla encerrada horas, a huevos sudados, a algo íntimo que no debería haber olido nunca. Tragó saliva.

—Vale —respondió.

Salió con la ropa interior en la mano, entró en su cuarto y cerró la puerta. El corazón le palpitaba a toda velocidad. Tenía los calzoncillos de su primo entre los dedos. Los miró. Los estrujó, tembloroso. Buscó el bolsillo de delante, el hueco cóncavo donde había estado la polla de Rubén, y pegó la nariz allí. El olor era más fuerte allí, sin vapor que lo disimulara, denso y personal, un golpe directo al bajo vientre. Se le puso dura al instante, empujando el pantalón del pijama. Se apretó la polla por encima de la tela y soltó un gemido que le salió sin permiso.

Le apetecía hacer más. Mucho más. Meterse la tela entera en la boca, chuparla, escupirla y volver a chuparla. Pero no se atrevió.

Respiró hondo, abrió la puerta y se fue directo al lavadero. Metió la prenda dentro de la lavadora y cerró la escotilla con un gesto casi ceremonioso. Al volver al pasillo, la puerta de Rubén ya estaba cerrada.

Nico se apoyó un segundo en la pared. El cuerpo le pedía cosas para las que aún no tenía permiso.

***

A la mañana siguiente, con las clases todavía a unos días de empezar, Rubén apareció en la cocina con un café en la mano.

—Vamos a apuntarnos al gimnasio —dijo.

Nico levantó la vista.

—¿Al gimnasio?

—Claro —sonrió Rubén—. Te vendrá bien un poco de entrenamiento, ¿no? Estás flojo.

No lo dijo con maldad. O quizá sí, pero envuelto en broma. Nico aceptó sin discutir, así que allá fueron.

El gimnasio del barrio era pequeño y ruidoso, con olor a goma y a sudor viejo. Aunque nunca había estado allí, Rubén se movía en aquel espacio como en su propia casa. Enseguida conoció a un par de tíos y, sin pensarlo, presentó a Nico.

—Es mi hermano pequeño —dijo, pasándole el brazo por los hombros.

Nico notó el peso del gesto y no corrigió nada.

Hermano.

Entrenaron juntos. Rubén cargaba discos con facilidad, hacía comentarios en voz alta, se reía cuando Nico se cansaba. En un momento, Nico se tumbó en el banco para hacer press y su primo se colocó detrás, como entrenador improvisado.

—Vamos, empuja —dijo, sujetando la barra con firmeza.

Nico alzó la vista y se encontró con la entrepierna de Rubén justo encima de la cara, a apenas unos centímetros. Grande. Marcada. La polla dibujada bajo el pantalón corto, gorda, colgando torcida hacia la izquierda, casi rozándole la frente cada vez que lo ayudaba a bajar la barra. Los huevos formaban un bulto aparte, redondos, apretándose contra la tela fina. Intentó no mirar, pero era imposible. Cada vez que abría la boca para respirar, el aire le entraba mezclado con el olor de la entrepierna sudada de su primo, agrio y caliente.

—Venga, más fuerte —insistía Rubén, sin moverse, sin apartarse—. ¿Te distraes fácil o qué? Vamos, primito, empuja como un hombre.

El sudor le caía a Nico por la sien, y no era solo por el esfuerzo. Cada vez que su primo se inclinaba, el bulto del pantalón le rozaba la coronilla, un contacto mínimo, blando, que le puso la polla dura dentro del pantalón corto y no le dejó ninguna forma de esconderla.

Cuando acabaron, fueron juntos a cambiarse. En el vestuario, Rubén se desnudó sin prisa. La dejó todo colgando sin pudor mientras doblaba la ropa, la polla balanceándose con cada movimiento, se sobó los huevos, se rascó bajo el prepucio, soltó la camiseta empapada, los calzoncillos usados encima del montón, como una provocación, y se fue a las duchas del fondo del gimnasio en pelotas por el pasillo, sin importarle que lo mirara nadie.

Nico miró a ambos lados para comprobar que estaba solo. Fingió buscar algo en su mochila. El olor de su primo lo atrapó. Se acercó al lugar donde había dejado la ropa. Cogió los calzoncillos y se sorprendió al ver que eran los mismos de la noche anterior, los blancos, los que había echado a lavar él mismo.

¿Cómo habían llegado de nuevo ahí? Solo había una explicación: Rubén había vuelto a por ellos al lavadero y se los había puesto otra vez.

Nico sonrió. Cerdo, pensó.

Apretó la tela entre las manos, notando el calor que aún guardaba, el sudor fresco de su primo mezclado con el sudor viejo del día anterior. Se los llevó a la cara sin poder evitarlo, buscó otra vez el hueco de delante, pegó ahí los labios entreabiertos y respiró hondo. El olor era brutal: polla sudada, huevos calientes, un rastro dulzón como de líquido preseminal absorbido en la tela. La polla se le endureció bajo el pantalón como si hubiera recibido una orden. Se tocó por encima, apretó, sacó la punta por la cinturilla, incapaz de contenerse. Se llevó los calzoncillos a la boca y chupó la tela, mordió el algodón, mientras se frotaba la polla dura con la otra mano.

—Oye —dijo una voz a su espalda—. Nico, ¿verdad?

Se giró de un salto, con la ropa interior de su primo todavía en la mano y la polla asomando fuera del pantalón. Un tío del gimnasio, de unos treinta y pocos, cuerpo definido, barba corta, sonrisa ladeada, lo observaba con los brazos cruzados. Llevaba una camiseta gris sudada y una toalla al cuello. Y una erección clarísima dibujada bajo el pantalón corto.

—¿Sí? —consiguió decir Nico, mientras se metía la polla dentro del pantalón como podía.

—Soy Hugo —dijo, sin dejar de mirar los calzoncillos en la mano de Nico—. Entreno aquí casi cada día. ¿Seguro que Rubén y tú sois hermanos? Porque yo diría que hay algo entre vosotros, y no precisamente de familia.

Nico dudó un segundo. Luego asintió.

—Sí. Hermanos. Solo le cojo la ropa para lavarla. Rubén es un desastre.

El otro sonrió, sin juzgar. Bajó la voz.

—Ya, ya. Y por eso los estabas chupando, ¿no? —Hugo se acercó un paso, se ajustó el bulto sin ningún disimulo delante de él—. Tranquilo, chaval, que no voy a decir nada. A mí me pone. Me pone mucho ver a un tío joven así de cachondo por otro. —Se dirigió a las duchas, pero antes de irse se volvió y añadió—: Me dais bastante morbo. Si algún día os apetece un tercero para que os la mame a los dos, me avisáis. Tengo la boca abierta a cualquier hora.

Nico se quedó paralizado, sin saber si acababa de sentirse expuesto o invitado a algo que aún no comprendía del todo.

El sonido de la ducha se apagó. Rubén salió, todavía húmedo, secándose el pelo, la polla oscilando delante de él como un péndulo. Miró a Nico, luego los calzoncillos en su mano.

—¿Qué decía ese tío? —preguntó.

—Nada —respondió Nico, demasiado rápido.

Rubén sonrió. Se acercó y señaló su ropa interior.

—Así me gusta —dijo—. Llévatelos para lavar. Como a mí me gusta. Que no haya que decirte las cosas dos veces.

Y se vistió con toda la calma del mundo. Sin ropa interior. Se puso los vaqueros directamente sobre la polla y los huevos, y salió del vestuario con Nico detrás, hipnotizado por la forma en que ahora el bulto se le marcaba aún más, sin la contención del calzoncillo, oscilando a cada paso.

***

La casa estaba en silencio cuando Nico cerró la puerta de su habitación. Se quedó apoyado contra ella unos segundos, respirando hondo, con el cuerpo aún cansado por el entrenamiento y la mente ofuscada por el olor del vestuario, la imagen de su primo saliendo de la ducha, la polla oscura balanceándose, el comentario de Hugo, la propuesta explícita de mamársela a los dos. Pasar el resto del día como si nada había sido difícil, pero lo había conseguido.

Estaba solo.

Abrió la mochila y sacó el tesoro que había custodiado todo el día: los calzoncillos con los que Rubén había pasado horas y horas, los que había echado a lavar la noche anterior y su primo había recuperado para volver a ponérselos.

Los sostuvo frente a la cara. El tejido estaba pesado, húmedo todavía en algunas zonas, la del bolsillo de la polla más oscura, la parte del culo con una raya amarillenta que no había visto por la mañana. Olían a sudor reciente, a piel caliente, a esfuerzo, a huevos, a polvo pegado en la entrepierna. A Rubén. Nico cerró los ojos y aspiró despacio. El olor le llenó el pecho y le bajó directo al vientre, y de ahí a la polla, que se le puso dura al primer respiro.

Se desnudó. Del todo. Se tumbó en la cama boca arriba, con los calzoncillos de su primo aún en la mano. Pensó en el press de banca, en la barra subiendo y bajando, en el bulto a centímetros de la cara, en el olor a entrepierna sudada colándose por su nariz mientras empujaba. Pensó en la ducha, en la polla larga y oscura chorreando agua, en los huevos rojos por el calor, en cómo Rubén se la había sacudido delante de él con dos dedos como si nada. Pensó en Hugo, en la sonrisa cómplice, en la pregunta —¿seguro que es tu hermano?— y en la respuesta que había dado sin pensar. ¿Por qué la había dicho? ¿Por qué le había gustado que su primo jugara a eso, a llamarlo hermano pequeño delante de todos? ¿Por qué le ponía tan cachondo la idea de que Hugo se pusiera a mamársela a los dos, arrodillado entre las dos pollas, la suya pequeña y la de su primo gorda y oscura, chocando cabeza contra cabeza?

Se escupió en la mano y se agarró la polla, dura como no la había tenido nunca. Empezó a pajearse despacio, con la mano izquierda, mientras con la derecha se llevaba los calzoncillos a la cara. Se los pegó a la nariz y a la boca, respiró hondo, sacó la lengua y lamió la tela por dentro, en el hueco de delante donde el olor era más fuerte, buscando con la punta de la lengua el rastro salado del sudor de la polla de su primo. Chupó la tela, la mordió, le pasó la lengua por encima como si fuera piel.

La mano fue bajando el ritmo, subiéndolo, apretando bajo el glande. Se levantó las piernas, se pasó la tela por los huevos, se la restregó por el culo, imaginándose que era Rubén quien lo estaba haciendo. Imaginó a su primo tumbado encima, la polla enorme entre los muslos, restregándosela sin meterla, marcándole el territorio con el olor. Imaginó a Rubén diciéndole al oído "abre la boca, primito, chúpame los huevos como te mueres por hacer", imaginó la voz ronca, la mano grande apretándole la nuca contra la entrepierna, la polla oscura entrándole en la boca hasta la garganta. Jadeó fuerte, mordió los calzoncillos para no gritar.

Se pajeaba deprisa ahora, con toda la mano, la polla brillante de saliva y de líquido preseminal. Cada respiración era una imagen: su primo riéndose, su primo mandando, su primo sin ropa interior, la polla suelta dentro del vaquero, la polla oscilando al andar, la polla apuntándole a la boca. Sentía el orgasmo subir desde los pies, calentándole las piernas, apretándole los huevos.

Entonces se abrió la puerta.

Nico se quedó paralizado, con la polla en la mano y los calzoncillos de su primo pegados a la boca, empapados en saliva.

Rubén estaba en el umbral, apoyado con calma, mirándolo. No dijo nada. No avanzó. No retrocedió. Solo sostuvo la mirada. Nico vio cómo se llevaba la mano al bulto del pantalón y se lo apretaba una vez, despacio, sin apartar los ojos de él.

Pasaron unos segundos eternos y entonces el cuerpo de Nico no aguantó más. Un espasmo lo recorrió entero de la cabeza a los pies. Se corrió sin tocarse ya, con la polla saltándole en la mano abierta, los chorros saliendo disparados uno detrás de otro, gruesos, blancos, calientes, manchándole la cara, los labios, el cuello, el pecho, el vientre. El primer chorro le llegó a la mejilla; el segundo, directo a la boca abierta; los siguientes cayeron formando charcos sobre la piel. Cerró los ojos, avergonzado y expuesto, vulnerable, respirando aún a trompicones, con el sabor a semen mezclándosele con el sabor a los calzoncillos de su primo.

Rubén sonrió con una malicia tranquila.

—Joder, primito —murmuró—. Menuda cerdada.

Se acercó a la cama, se agachó un instante y le pasó el pulgar por la mejilla, recogiendo un pegote de semen. Se lo llevó a la boca, se lo chupó despacio, sin dejar de mirarlo, y volvió a enderezarse.

—Puedes usar mis calzoncillos para limpiarte —dijo—. Con una condición.

—¿Cuál? —preguntó, sin pensar.

—Que te los pongas después. Sucios. Con toda tu leche pegada dentro. Y no te los quites hasta que yo te lo diga.

Rubén se dio la vuelta y salió. El pasillo volvió al silencio. Nico se limpió despacio, obediente, con la tela aún tibia, pasándosela por la cara, por el cuello, por el pecho, recogiendo el semen espeso hasta dejarse la piel pegajosa y el algodón empapado. Cuando terminó, se los subió por las piernas y se los dejó puestos. Los notó pesados, húmedos, marcados por dentro con su propia corrida y por fuera con el sudor de su primo. La polla, todavía blanda, se le acomodó en el mismo hueco donde había estado la de Rubén.

Seguía inmóvil cuando su primo volvió a asomarse.

—Toda la semana —añadió, sin levantar la voz.

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Comentarios(9)

GastonMira

excelente!!! me quede con ganas de mas

NicoRdl

Por favor seguilo, quedé enganchado desde el primer parrafo. Se hace cortísimo

LuciaMar22

La tensión entre los dos se siente desde el principio sin que haga falta decir nada. Asi se escribe

Tobias_Eze

increible relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo. Sigue así!!

BettoVG

Tenes pensado darle continuidad? Porque quedó justo en el momento mas interesante y seria una lastima que se quede ahi

RominaBA_lec

Me recordó a esas situaciones donde todo cambia de golpe y ninguno de los dos lo nombra. Muy real eso, bien logrado

MarinaCba

buenisimo!! se hizo corto queriendo que fuera mas largo jaja. Gracias por compartirlo

JaviNocturno

Que morbo tan bien manejado... esperando el siguiente con ansias

lector_oculto

sin palabras. asi se hace.

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