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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la playa nudista al caer el sol

Había salido en bicicleta como tantas otras tardes, con la excusa de hacer algo de ejercicio antes de que se acabara la luz. La playa quedaba a unos siete kilómetros de casa, y yo pedaleaba sin prisa por el carril que bordea el pinar, sintiendo el aire tibio en la cara. El sol estaba a punto de tocar el agua y yo iba a verlo caer, a sacar un par de fotos con el móvil para subirlas después a mis redes, una vez editadas con calma en el sofá.

Cuando llegué, apenas había gente. Tres o cuatro pescadores con sus cañas clavadas en la arena, esperando que algún pez mordiera el cebo. Nadie más. El verano había terminado hacía semanas y la playa volvía a ser de los que sabemos venir cuando ya no queda nadie.

Al final del arenal, pasada una hilera de rocas, hay una zona naturista. En julio y agosto suele estar bastante concurrida. Yo había tomado el sol desnudo allí más de una vez, fingiendo leer, mirando de reojo a otros hombres, imaginando lo que no me atrevía a hacer. Después volvía a casa con esa fiebre encima y buscaba cualquier cosa alargada para meterme y calmarla. Un pepino. Una zanahoria gruesa. Lo que hubiera en la nevera.

Nunca me había acercado a ninguno de esos chicos. El miedo pesaba más que el deseo: miedo a que alguien me reconociera, a que la noticia llegara a oídos de mi mujer, a que mi vida ordenada se viniera abajo por una tarde de calentura. Así que miraba, soñaba, y me iba.

Esa tarde no esperaba encontrar a nadie desnudo. Hacía fresco, no era temperatura para quitarse la ropa, como mucho para pasear vestido por la orilla. Y aun así algo me empujó a seguir pedaleando hasta el extremo de la playa, donde el pinar se acerca al mar y la arena se vuelve más blanda.

Como suponía, estaba solo. Dejé la bici apoyada en unos bidones que hacían de papeleras y me descalcé. Caminé unos minutos sintiendo el frescor de la arena húmeda bajo las plantas de los pies, saqué algunas fotos del cielo encendido y me senté a recuperar el aliento.

Llevaba en la mochila un plátano y una bebida isotónica. Al sacar la fruta me quedé un instante mirándola, dándole vueltas entre los dedos. La idea fue creciendo sola, sin que yo la invitara. Estaba completamente solo. Si me ponía a jugar con ella, nadie iba a verme. Los pescadores quedaban lejos, simples siluetas contra el agua, y aquellos bidones enormes me servían de pantalla contra cualquier mirada incómoda.

Empecé a desnudarme de cintura para abajo. El aire me erizó la piel de los muslos. A falta de lubricante, escupí sobre el plátano y extendí la saliva a lo largo, despacio. Con otro poco de saliva en la mano derecha empecé a humedecer mi entrada. Metí un dedo, luego me puse un poco más y entró el segundo casi sin esfuerzo. Estaba listo.

Fui abriéndome poco a poco al ritmo en que metía y sacaba aquel sustituto improvisado. Por dentro me iba mojando, y el sonido húmedo de cada embate me ponía más cachondo todavía. Mi polla respondió enseguida, engordando contra mi vientre. La agarré con la mano libre y empecé a masturbarme con calma, mirando el horizonte naranja, dejándome ir.

Estaba a punto de correrme cuando oí el zumbido de una rueda sobre la arena.

Me incorporé de golpe y miré por el costado del bidón. Un chico joven venía pedaleando justo en mi dirección. Me quedé inmóvil, calculando. No iba a tener tiempo de vestirme antes de que llegara a mi altura, y al verme medio desnudo, con un plátano asomando donde no debía, no haría falta que le explicara nada.

Por un segundo me dio vergüenza. Por el siguiente, la idea de que aquella tarde terminara con él me caldeó por dentro. Así que no me escondí.

Frenó a un par de metros, bajó la vista, la subió otra vez y se disculpó atropelladamente por haberme interrumpido.

—Perdona, tío, no quería molestar —dijo—. Sigue, sigue. Me alejo y ya está.

—No te preocupes —contesté, intentando que la voz me saliera tranquila—. Puedes sentarte, si quieres.

Dejó la bici junto a la mía. Era delgado, de hombros estrechos, con el pelo aún húmedo de sudor pegado a la frente. No tendría ni la mitad de mis años. Se sentó en la arena a una distancia prudente, mirando el mar como si buscara dónde poner los ojos.

—Podríamos hacerlo a la vez —propuse, señalando con la barbilla—. Si te apetece.

Se rió, nervioso, y negó con la cabeza.

—No creo que se me ponga. Es la primera vez que… —se calló—. La primera vez que me cruzo con alguien tan mayor en algo así.

—También es la primera para mí —admití—. Nunca me había quedado.

Y era verdad. Por miedo a que me reconocieran, a que algo llegara a casa, siempre había evitado los encuentros en las playas, en los descampados, en cualquier sitio abierto. Miraba desde la barrera y me marchaba. Aquel chaval, sin saberlo, estaba a punto de ser la excepción de toda una vida de cobardía.

Hablamos un rato de tonterías. De dónde había aprendido a pedalear esas distancias, de lo vacía que estaba la playa, del frío que empezaba a subir desde el agua. Quería que se olvidara del sexo por un momento, que dejara de tener miedo. Cuando lo noté más suelto, se lo dije sin rodeos.

—Si quieres, te la chupo. Sin más. No soy ningún viejo vicioso, solo quiero pasar un buen rato contigo. Que tú también te vayas contento.

Me miró un instante largo. Después asintió.

***

Me senté sobre la arena fría y le pedí que se pusiera de pie frente a mí. Su entrepierna me quedaba a la altura de la cara. Le desabroché el pantalón y se lo bajé junto con el calzoncillo hasta los tobillos. La tenía floja, encogida por los nervios y por el aire de la tarde. La tomé con una mano y empecé a masajearla despacio, sin prisa, y no tardó en reaccionar.

Sentí cómo se le iba soltando el cuerpo. Los hombros le bajaron, la respiración se le hizo más honda. Con la otra mano le agarré los testículos y se los masajeé mientras guiaba la piel arriba y abajo, observando cómo crecía entre mis dedos.

Busqué con un dedo más abajo, tanteando, pero encontré resistencia y lo dejé estar. No era el momento de forzar nada. Me la metí en la boca y dejé que mi lengua trabajara la punta con movimientos lentos que lo hicieron estremecerse de arriba abajo.

Apretaba los dientes para no hacer ruido. Supuse que tenía el mismo miedo que yo, el de ser oído, el de que apareciera alguien por las rocas. Su miembro crecía dentro de mi boca hasta rozarme la garganta, y yo aumenté el ritmo, ayudándome con la mano en la base.

En algún momento dejó de aguantarse. Me sujetó la cabeza con las dos manos y tomó él el mando, empujando despacio primero y luego con ganas. Lo dejé hacer un rato, hasta que noté que se acercaba demasiado pronto.

—Espera —le dije, soltándolo con un hilo de saliva entre los labios—. Aguanta. Quiero que termines dentro de mí.

Volví a humedecerme bien con saliva, preparándome para lo que venía. Me puse a cuatro patas sobre la toalla, de cara al mar, y le ofrecí el culo, palpitante, deseando que no se demorara más.

Le costó entrar. Empujó con cuidado, parando cada vez que me notaba tenso, y mientras apretaba los dientes me prometí a mí mismo que no volvería a salir de casa sin lubricante. Si la suerte me ponía delante una tarde así, quería estar listo, no a medias.

El primer dolor pronto se transformó en otra cosa. A medida que entraba y salía, cada embate me llenaba de un placer espeso que me subía por la espalda. Me masturbé al mismo compás, sincronizando mi mano con sus caderas. La arena se me clavaba en las rodillas y no me importaba nada.

Aguanté lo que pude. Al cabo de unos minutos me corrí con una intensidad que me dejó temblando, derramándome sobre la toalla. Tres o cuatro empujones más tarde lo sentí tensarse, clavarse hasta el fondo y vaciarse dentro de mí con un gemido que por fin no se molestó en callar.

Me dejé caer boca abajo, deshecho, y él se desplomó sobre mi espalda, los dos jadeando, con el rumor de las olas tapándolo todo.

***

Cuando se retiró, todavía la tenía medio dura. Me ofrecí a limpiarle los restos con la boca y aceptó sin decir nada. De buena gana le habría hecho otra mamada, pero el sol ya se había hundido en el mar y el cielo empezaba a apagarse. Tenía que volver a casa antes de que se hiciera noche cerrada.

Nos vestimos en silencio, sacudiéndonos la arena. Me dijo que había estado muy bien, que le gustaría repetir.

—Si me prometes venir solo —le contesté—, te buscaré.

No quería que se presentara con un grupo de amigos creyéndose con derecho a algo, ni que me grabaran con el móvil para reírse después. Eso lo dejé claro. Él asintió, serio, y me dio su palabra.

Nos despedimos así, sin más. No intercambiamos nombres ni números de teléfono. No hizo falta. Se alejó pedaleando, anónimo como había llegado, hasta que su silueta se perdió tras las rocas.

Yo no podía fijar un día, por mis cosas, pero le dije la verdad: que volvería a la playa con frecuencia, con la esperanza de encontrarlo otra vez al caer la tarde.

Y volvimos a encontrarnos. Varias veces. Para no tentar a la suerte y que algún pescador despistado terminara viéndonos, buscamos otro rincón, más escondido, donde el pinar se cierra sobre la arena. Allí, cada vez que el sol amenaza con caer, espero el zumbido de una rueda acercándose. A veces llega. A veces no. Pero la espera, te lo aseguro, también tiene su propio placer.

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Comentarios (5)

LucasMar

Que relato mas lindo!! me dejo sin palabras, de verdad.

Nocturno_MX

Increible como capturaste ese momento al atardecer. Por favor segui escribiendo mas asi, se necesitan relatos con esta sensibilidad!

FedericoRD_88

Me tuvo pegado hasta el final. Esperando ansioso el proximo 👏

Pablito_sur

Muy bueno!! 👌👌

ElGatoMontaña

Me recordo a unas vacaciones que tuve hace años cerca del mar, esa magia que tiene el anochecer en la playa... excelente relato, muy bien narrado.

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