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Relatos Ardientes

El desconocido del motel cruzó todos mis límites

Os juro que me dolían hasta las pestañas, si es que eso es posible. Llevaba tres días seguidos tragándome ponencias interminables sobre logística y transporte, intentando poner esa cara de concentrado que nunca me sale bien. Estaba exhausto, más de lo que podía explicar.

El congreso había sido en Bilbao. Profesionalmente, útil; en lo personal, un desastre que prefiero no contar. Allí conocí a una mujer, una colega impecable de pies a cabeza, y dejémoslo ahí. Lo que de verdad importa pasó después, en el camino de vuelta.

Conducía mirando el reloj cada dos por tres. La fina llovizna que caía sobre la autovía no ayudaba nada a mantener los ojos abiertos, y el sopor me pesaba en los párpados como plomo. Tomé la primera salida de servicio que vi.

Era un motel de carretera, de esos pegados a un restaurante de aspecto familiar y una gasolinera. Pedí una habitación, la primera que me ofrecieron, y ni protesté cuando me dieron una que daba a la parte trasera. No me fijé en el número. Solo quería desplomarme sobre un colchón.

Solté la maleta, cené algo rápido en el restaurante y volví. Me di una ducha larga, buscando disipar el cansancio bajo el agua caliente. Después llamé a mi pareja, casi por obligación. Ella me contestó con esa risita afilada que ya me ponía en guardia.

—¿Y ahora qué, toca consolarte solito? —dijo, pinchándome como siempre.

Tragué saliva e intenté disimular el agotamiento.

—Solo necesito dormir. El sitio es cutre, cariño. Mañana llego —contesté.

—Ya… pues no te desveles, amorcito. No vaya a ser que te quedes a dos velas y sin nadie que te haga compañía —soltó, con una nueva pulla.

Corté la llamada sin despedirme bien. La rabia y una culpa difusa me empujaron a salir a la terraza a tomar el aire. Necesitaba calma. Pero la calma no existe en los moteles de carretera.

Me di cuenta de que las terrazas de las habitaciones se conectaban, separadas solo por una jardinera baja. Y allí estaba él. Un tipo enorme, lo que se dice un armario empotrado.

Le eché unos sesenta años. Grande, rondaría el metro ochenta y cinco, corpulento, con esa barriga firme de los hombres que fueron fuertes y siguen siéndolo. La camiseta de tirantes apenas contenía la mole de su cuerpo. Pelo oscuro entrecano, barba de varios días. Cuando habló, su voz fue un trueno que rompió el silencio.

—Vaya cielo de mierda, ¿eh? Pero mira qué luna —dijo, señalando con el mentón.

Luego su mirada se clavó en mí, en mi cara, en mi boca, en mi pelo. Empezó a soltar piropos con una seguridad que me desarmó. Sin sutileza, sin rodeos, sin pedir permiso.

—Bonito, con esos ojitos tiernos —murmuró.

Y yo, en lugar de cortarlo, le reí la gracia. Ingenuo, con el cuerpo todavía cargado de tensión, no puse el límite que tocaba. Debería haberlo mandado a paseo en ese mismo instante.

—Sabes, eres un reclamo para hombres como yo —siguió, sin bajar la voz.

No dejaba de tirarme los tejos con un descaro que me resultó abrumador. Y reconozco que ese fue mi error: no marcar la distancia de inmediato. Porque una parte de mí, esa parte curiosa que llevaba años queriendo cruzar ciertas fronteras, se sentía halagada. Sin preguntar siquiera si me interesaba, fue directo.

—¿Una copa? Invita la casa.

Dudé. Sabía perfectamente lo que significaba. No era una copa.

—¿Vienes o no vienes? No muerdo… salvo que me lo pidas —añadió.

Me quedé en silencio, perplejo.

—No, gracias —acerté a decir, y me metí en mi habitación.

***

Dejé el balcón entreabierto por el calor. Me quité la ropa hasta quedarme en ropa interior. Mi cuerpo siempre me ha recordado mis límites: delgado, de hombros estrechos, con poco que mostrar ahí abajo. Me hace sentir expuesto, y esa noche más que nunca.

Saqué algo fuerte del minibar, buscando relajarme. Y entonces, otra vez, esa voz. Me giré. Estaba en el umbral del balcón, apoyado en el marco. Solo llevaba unos bóxer, y la tela apenas disimulaba el bulto que cargaba.

Era descomunal. No solo largo: grueso, denso, marcado bajo el algodón. No hizo ningún gesto por taparlo. Me miró y sonrió de medio lado.

—Entonces invitas tú. Quiero hablar, anda, déjame pasar —dijo, ya dentro antes de que respondiera.

No supe negarme. Traía un par de bebidas en la mano y las dejó sobre la cómoda. Empezamos a beber y a charlar. Me dijo que se llamaba Damián.

Hablamos de tonterías, de una chica que esa misma tarde le había dado calabazas. Me confesó que estaba caliente y que no aguantaba más. Su ego andaba herido, y yo era la única compañía a mano.

—Hacemos una cosa —propuso—. Nos la machacamos cada uno por su lado, sin tocarnos. Solo para soltar tensión.

Puse mis reparos, pero a él le dieron igual. Con total descaro se la sacó. Era una barbaridad: larga y, sobre todo, gruesa, dura y palpitante. Me quedé paralizado, avergonzado, cohibido y ahora con razón. A su lado yo era insignificante, y me encogí todavía más. Ni siquiera fui capaz de mostrarme.

Al ver que no hacía amago de nada, pareció molestarse. Me empujó sobre la cama con un movimiento brusco. En el forcejeo por quitármelo de encima, perdió el equilibrio y cayó. Su cuerpo enorme me aplastó y el peso me sacó el aire de los pulmones. Su mano rasgó la tela de mi ropa interior. Quedé desnudo.

El calor de la habitación era insoportable; los dos sudábamos. Bajó la mirada hacia mi entrepierna y descubrió mi pequeñez. Esperé la burla. No llegó. En su cara solo quedó el deseo, sucio y posesivo.

Y empezó. Me lamió. No solo la punta: trazó con la lengua un camino descendente, caliente y áspero, hasta el borde mismo de mi entrada. Gemí sin querer. Me devoraba sin asco, con una avidez que no había sentido nunca.

Mientras lo hacía, se ayudó con los dedos. Metió dos, gruesos y firmes, despacio pero sin pausa. La doble estimulación me arrancó un gemido ronco, profundo, que me sorprendió a mí mismo.

Fue completamente inesperado, pero el torrente de sensaciones llegó tan violento que mi cabeza se rindió sin pelear. Damián, consciente de mi inexperiencia, se movía con una precisión brutal, sabiendo exactamente dónde presionar y dónde insistir.

—Así me gusta —murmuró contra mi piel—. Gime para mí.

Las piernas se me doblaron solas, ofreciéndole mejor acceso, la vergüenza disuelta en una niebla de placer. El roce de su barba contra la piel sensible me mandaba escalofríos hasta la base de la columna. Y entonces me oí decir algo que nunca pensé que diría.

—Joder… Damián… no pares.

Aceleró el ritmo de los dedos, ahora resbaladizos por su propia saliva. Era invasivo, profundo, una sensación incómoda y excitante a partes iguales. Mi cuerpo se arqueaba buscando más, y supe que la curiosidad se me había convertido en otra cosa.

Era el cruce del límite, justo como había vaticinado mi pareja al teléfono, pero de una manera que jamás habría imaginado. De pronto se detuvo. Me levantó por la cintura. La adrenalina me golpeó el estómago, y el miedo y la excitación se mezclaron en un nudo.

No hubo aviso. Entró de una sola embestida. Un grito desgarrado, mitad dolor mitad otra cosa, se me ahogó en la almohada. Sentí que me partía. Pero ese dolor duró poco. Mejor morder la almohada que tener a todo el motel escuchándome.

No se detuvo. Empezó a moverse con una potencia animal, transformando la agonía en un ritmo lento y demoledor. Su peso sobre mi espalda me anclaba a la cama, su aliento caliente contra mi oreja.

—Tranquilo —jadeó—. Respira. Esto es cruzar el límite. Siente cómo te abro.

El movimiento era constante, imparable. Me agarraba con una intensidad que dejaba marca. Las horas parecieron disolverse. Entre los gemidos y los jadeos, me penetró una y otra vez, sin tregua, hasta que el placer y el cansancio se confundieron en una sola cosa.

Al final llegó lo inevitable. Se vino dentro de mí con un espasmo profundo y se retiró de golpe. Yo quedé abierto, expuesto, el cuerpo temblando. Lo vi levantarse de un salto y mirar a un lado y a otro, como si buscara algo.

—Aguanta ahí, princesa —dijo, y se rio—. Vuelvo enseguida.

Fue al minibar, abrió un botellín de cerveza y se lo bebió de un trago, sin prisa, observándome. Volvió a la cama. Yo seguía tendido, tratando de recuperar el aliento, sintiéndome más vulnerable de lo que jamás me había sentido.

***

Me giró, me colocó otra vez en posición y volvió a entrar, ahora con una furia renovada. Ya no era dolor: era una plenitud brutal que me dejaba sin palabras. Me sujetaba de las caderas y embestía marcándome el ritmo, marcándome entero.

Mis brazos delgados se aferraban a las sábanas. Las horas se esfumaron en gemidos y respiraciones entrecortadas. Me penetró sin descanso casi hasta el amanecer. Mi cuerpo quedó hecho un mapa de su deseo: mordiscos en el cuello, marcas rojas en el pecho, moratones en las caderas y la piel ardiendo por los azotes.

Llegó a venirse varias veces dentro de mí. La última fue la más honda, un espasmo largo que me dejó tiritando, exhausto y con la sensación de estar completamente lleno. Cuando por fin se apartó, me sentí abierto, usado y extrañamente liberado. La luz gris del alba se colaba por el balcón sin cerrar. Miré el techo sabiendo que ya no era el mismo hombre que había llegado la noche anterior.

Debí caer en un sueño de puro agotamiento. El sol ya estaba alto cuando me despertó un dolor seco, sordo, recorriéndome la parte baja del cuerpo. Al mirar las sábanas, el corazón se me encogió: había rastros de la intensidad de la noche, una prueba muda de hasta dónde había llegado.

Un silbido entró por el balcón. Era él. Damián, ahora con camiseta de deporte y pantalón corto, recién duchado, limpio, sin un solo signo del cansancio que a mí me destrozaba. Traía una bandeja.

—Buenos días, princesa —dijo, y me sonrió.

No preguntó cómo estaba. Asumió que el desayuno bastaba para compensarlo todo. Apoyó la bandeja, con café y algo de bollería, sobre la mesita de noche. Luego sus ojos recorrieron la escena: mi cuerpo marcado, mi pelo revuelto, las sábanas desordenadas.

—Parece que tuvimos una noche productiva —comentó, con una voz profunda y sin rastro de culpa.

Se sentó a mi lado. El colchón se hundió bajo su peso y me obligó a contraer los músculos doloridos. Me incliné y dejé escapar un siseo.

—Me duele todo, Damián —me quejé, débil.

Me ignoró. Puso su mano grande sobre mi muslo y acarició, más posesivo que tierno. Se me erizó la piel. Me miró a los ojos con la misma intensidad de la noche.

—No sé cómo te llamas, pero ya da igual. Te llamaré princesa —dijo, en un ronroneo de dominio—. Vamos a limpiar esto. Pero antes come algo. Vas a necesitar fuerzas.

Su mirada, sin embargo, no estaba en la bandeja, sino en mi entrepierna.

—Necesitas más de esto, ¿verdad? —preguntó, sin esperar respuesta, acariciando despacio—. Tu cuerpo dice que no has tenido suficiente.

Susurró con un tono de superioridad que me recorrió entero.

—No hay nada que me ponga más que repetir. Toca rematar la faena.

Antes de que pudiera protestar, me alzó en brazos como a un crío. Solté un quejido, más de dolor que de sorpresa, y mi cabeza quedó apoyada en su hombro ancho. Me llevó al baño y me metió en la ducha.

Me dejó bajo el agua caliente y, para mi sorpresa, empezó a desnudarse él también. Su sexo se levantó de nuevo, imposible.

—Tengo una fantasía con la ducha —dijo, descarado—. ¿Tú no?

Ajustó el grifo hasta que el agua cayó caliente y reconfortante. El calor me alivió un poco el dolor. Me giró, me empujó contra los azulejos, enjabonó su mano y volvió a abrirme paso con los dedos. Suspiré sin poder evitarlo.

Y sin previo aviso, me penetró de pie, por detrás, clavándome a la pared entre embestida y embestida. Tiró de mi pelo con una mano firme, inclinándome la cabeza, mientras me mordía el cuello y me sujetaba el pecho con fuerza. El agua nos caía encima, mezclando el vapor con los gemidos.

Aquel momento en la ducha fue solo el principio de dos días sin descanso. Me tuvo prácticamente sin parar, como una máquina insaciable. Nos movimos entre la cama, el suelo, el baño y de vuelta a la cama. El desayuno se quedó frío en la mesita. La única pausa era la mínima para beber agua del minibar.

Me llamó princesa y me trató con una posesividad brutal. Me poseyó de todas las formas imaginables, a veces con una ternura salvaje, casi siempre con una fuerza que me dejaba al borde del desmayo. Las marcas se multiplicaban en mi piel. Me sentía usado y, a la vez, incapaz de querer parar.

Cada vez que parecía saciado, mi cuerpo volvía a responder a su mínima caricia. El congreso, la autovía, mi pareja, todo se desvaneció. Solo existían el motel, Damián y la necesidad urgente de más.

Cuando llegó la noche del segundo día, me dejó tendido en la cama, agotado, el cuerpo todavía temblando. Se levantó. Su sexo, esa masa enorme, por fin flácido, pero su cara reflejaba la satisfacción de un depredador después de una buena cacería.

—Hasta aquí llegamos, princesa —dijo, recogiendo su ropa—. Me has dejado satisfecho. Debo confesar que has sido mi mejor conquista.

Lo dijo con un tono irónico, casi burlón. Se vistió con una rapidez asombrosa. Antes de salir, deslizó una tarjeta sobre la mesita.

—Te dejo mi número. Estoy seguro de que me llamarás.

Lo miré, incapaz de moverme, con una mezcla de miedo, deseo y confusión.

—¿Te vas? —pregunté, casi sin voz.

Asintió.

—Sí. Y tú necesitas irte, o te mato de placer —se rio—. Yo necesito una semana de descanso. Ah, y la habitación está pagada. Buen viaje.

Y con esa última frase deslizó la puerta del balcón y desapareció, dejándome exhausto, usado y marcado por un deseo que no sabía que tenía dentro.

Conduje de vuelta a casa con el cuerpo lleno de moratones y de huellas, pensando en cómo demonios iba a explicárselo a mi pareja. Pero esa, supongo, es otra historia. Solo sé una cosa: salí de aquel motel siendo alguien distinto, y todavía no he decidido si esa tarjeta sigue o no en mi cartera.

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Comentarios (4)

theregar

que relato tan bien escrito!! me dejo sin palabras

DiegoMar92

Por favor seguí con esto, quede con ganas de saber que paso despues. Los mejores siempre se hacen cortos...

SombrasDeNoche

Me hizo acordar a algo que me paso hace años en un hotel de ruta. Uno nunca sabe lo que puede pasar del otro lado de una terraza. Excelente relato!

CarlosV_BCN

Y despues de esa noche lo volviste a ver? Me deja intrigado el final, no puedo evitar querer saber mas

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