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Relatos Ardientes

Me arrodillé ante mi casero para pagar el alquiler

—Arrodíllate.

La orden no entró solo por mis oídos. Reverberó dentro de mi cráneo, bajó por mi espina dorsal y desactivó cualquier defensa que mi cabeza intentara levantar. Una sola palabra, dicha sin levantar la voz, y mi cuerpo ya estaba decidiendo por mí.

Mi parte racional, esa vocecita que sonaba exactamente igual que mi padre cuando se sentía decepcionado, gritaba sin parar. Vete de aquí. Te va a usar. Eres un hombre, ten algo de dignidad. Pero había otra voz, mucho más antigua y aterradoramente más fuerte, que susurraba desde algún lugar profundo: obedece, ríndete, es más fácil si te dejas llevar.

Mis rodillas cedieron. No fue una decisión consciente. Fue como si la gravedad de la habitación se hubiera multiplicado por diez y me empujara hacia abajo sin darme opción. El impacto contra el suelo de mármol fue duro y limpio. El frío de la piedra atravesó la tela de mis vaqueros —que aún colgaban ridículos alrededor de mis tobillos— y mordió mi piel, enviándome una punzada que, de un modo extraño, me ayudó a enfocar.

Ya estaba hecho. Estaba de rodillas.

Desde aquella nueva perspectiva, el mundo entero cambió de forma. El ático parecía una catedral, y Vela, sentado en aquel sillón de cuero como en un trono, era el ídolo al que yo había venido a sacrificarme. Mis ojos quedaron a la altura de su entrepierna. El traje gris marengo se tensaba sobre sus muslos abiertos, y la costura del pantalón trazaba una línea directa hacia el bulto que descansaba allí, pesado y arrogante.

Me sentí minúsculo. Y, lo más perturbador de todo, me sentí en mi sitio.

—Buen chico —murmuró él.

No había calidez en su tono. Solo la satisfacción seca de quien ve que las piezas se mueven exactamente donde las había calculado. Llevaba semanas calculándome a mí. Tres meses de alquiler atrasado, una carta de desahucio sobre la mesa y, después, esa propuesta envuelta en una sonrisa: «Hay otras formas de saldar una deuda, Bruno». Yo había dicho que no. Había dicho que no tres veces. Y ahí estaba, arrodillado.

El sonido de mi propia respiración era lo único que rompía el silencio. Jadeaba corto y rápido, como un perro sediento. Mi erección, atrapada en el algodón de mis calzoncillos, latía con fuerza contra mi vientre, un recordatorio constante de mi traición. Estaba de rodillas frente a otro hombre, con los pantalones bajados, y mi cuerpo reaccionaba como si fuera a acostarme con la mujer de mis sueños. Era enfermizo. Era excitante. Eran la misma cosa.

Vela se inclinó hacia delante. El olor de su colonia me golpeó de nuevo, más intenso esta vez, mezclado con el aroma de su piel: una nota cálida, ligeramente agria, que emanaba de su entrepierna. Mis fosas nasales se dilataron solas, buscando ese olor, queriendo descifrarlo a pesar de mí mismo.

—Es solo un trabajo —dijo, como si me leyera la mente—. Un intercambio de servicios. Tú tienes una boca. Yo tengo una necesidad. Y tú tienes una deuda que no puedes pagar de otra manera.

Llevó la mano a la hebilla del cinturón. El cuero crujió. El sonido metálico de la lengüeta liberándose de la correa fue nítido, casi clínico.

Mi corazón martilleaba contra las costillas. Va a pasar de verdad.

Bajó la cremallera despacio. Cada diente de metal separándose sonaba como una cuenta atrás. Metió la mano dentro de la ropa interior, una tela negra y suave, y se la sacó.

Quedó liberada ante mis ojos con un movimiento elástico y pesado. No era bonita en el sentido clásico, sino brutalmente funcional. Gruesa, con la cabeza ancha y oscura, una vena marcada recorriéndola por debajo. Osciló un instante, como una bestia despertando de un letargo largo, y se quedó apuntando directamente a mi cara, a escasos centímetros de mi nariz. El calor que irradiaba era palpable. Lo sentía en las mejillas.

—Acércate —ordenó.

Me arrastré sobre las rodillas, ignorando el roce abrasivo contra el mármol. Me detuve cuando mi aliento empañó la punta de su miembro.

—Ábrela.

Abrí la boca. Los labios me temblaban. Me sentía torpe, inexperto, como si tuviera quince años otra vez. Había estado con chicas, claro, sabía lo que se sentía al recibir. Pero estar al otro lado de aquello me aterrorizaba y me fascinaba en idéntica medida.

Vela no esperó. Puso una mano sobre mi nuca. Sus dedos se enredaron en mi pelo corto con un agarre firme, posesivo, que no dejaba ninguna duda sobre quién mandaba allí. Y empujó.

Mi primera reacción fue de pánico puro. La cabeza golpeó contra mi lengua, salada y caliente. El sabor fue un choque: piel, sudor limpio, algo metálico y denso por debajo. No era desagradable. Era humano. Demasiado humano para que pudiera fingir distancia.

Empujó más adentro. Mis labios se estiraron para acomodar el grosor. Sentí la textura de la vena rozándome el paladar, una sensación rugosa que me hizo estremecer entero. Me llenaba la boca por completo, no dejaba espacio para el aire, ni para pensar, ni para nada que no fuera él.

—Mueve la lengua —dijo, con la voz tensa, gutural.

Lo intenté. Fue un movimiento torpe, un lametón vacilante por la cara inferior. Vela gruñó, impaciente, apretó el agarre en mi pelo y marcó el ritmo él mismo.

—Así no. Chúpala. Hazlo bien, Bruno.

Empecé a succionar. Las mejillas se me hundieron. El sonido húmedo de la saliva llenó la habitación, un ruido sucio que en cualquier otro contexto me habría dado vergüenza. Pero allí, con su mano guiando mi cabeza y su olor llenándome los pulmones, ese ruido era la banda sonora exacta de mi caída.

Poco a poco, el pánico inicial dio paso a algo más espeso. Sumisión.

Me di cuenta de que no tenía que pensar en nada. No tenía que preocuparme por el alquiler, ni por el futuro, ni por demostrar que era «un hombre de verdad». Solo tenía que ser una boca. Algo caliente y húmedo al servicio de aquel hombre. Y había una paz oscura, casi vertiginosa, en esa idea. Una liberación que no esperaba.

Vela empujó más hondo, buscando mi garganta. Tuve una arcada. Los ojos se me llenaron de lágrimas, el reflejo se disparó y la garganta se me cerró en un espasmo alrededor de él.

Pensé que se detendría. Que se apartaría. Pero hizo lo contrario: aprovechó el espasmo.

—Eso es —gimió, echando la cabeza hacia atrás—. Aprieta. Lucha contra ello.

Aquellas palabras deberían haberme dolido. Deberían haber sido la gota que colmara el vaso y me devolviera la cordura. Pero cuando volvió a frotar contra el fondo de mi garganta, provocándome otra arcada que me hizo babear sobre sus muslos, sentí un chispazo eléctrico directo a la ingle.

Mi propia erección dio un salto violento dentro de la ropa. El placer se mezcló con la asfixia hasta que no supe distinguirlos. Las lágrimas me corrían por la cara y me nublaban la vista, pero no quería parar. Empecé a disfrutar de la presión, del dolor en la mandíbula, de la sensación de estar lleno de algo que no era mío.

Mis manos, hasta entonces muertas a los costados, subieron solas. Necesitaba anclarme a algo. Le agarré los muslos. El traje era suave, pero el músculo de debajo estaba duro como el acero. Le clavé los dedos en la carne, lo acerqué hacia mí, pidiendo más sin decir una palabra. Más profundidad, más castigo, más de él.

Vela notó el cambio. Notó que ya no me resistía, que estaba participando.

Soltó una risa baja, oscura, y empezó a moverse contra mi cara con un ritmo lento y demoledor. Entraba y salía, convirtiendo mi boca en una funda de carne tibia. Yo intentaba seguirle, moviendo la cabeza, lamiendo, tragando la saliva y el líquido que empezaba a brotar amargo y espeso.

—Te gusta —dijo entre dientes—. Mírate. Mira cómo gimes.

Era verdad. Estaba gimiendo. Un sonido nasal, patético, vibrando contra él dentro de mi boca. Me daba cuenta y aun así no podía callarlo. Era como si mi cuerpo confesara por mí todo lo que mi boca jamás habría admitido.

Sentí que se tensaba. Su respiración se volvió irregular, sus caderas se sacudieron en espasmos cortos. Iba a correrse. Lo notaba en cómo latía, en cómo se hinchaba aún más, preparándose. Y yo lo deseaba con una intensidad que me asustaba. Quería ese final. Quería tragarme aquello, sellar el pacto, sentirme del todo poseído y vencido.

Me preparé. Abrí la garganta cuanto pude, esperando.

Y entonces el mundo se detuvo.

La mano de mi pelo tiró hacia atrás con violencia, arrancándome de él con un sonido húmedo y obsceno. Me quedé boqueando, con la boca abierta, un hilo de saliva espesa uniendo todavía mis labios con su miembro brillante. El aire frío entró en mi garganta irritada y me hizo toser. Me sentía vacío. Dolorosa, incomprensiblemente vacío.

Miré hacia arriba, confundido, con los ojos rojos y el pecho subiendo y bajando a toda velocidad.

Vela me observaba desde lo alto. Seguía duro, palpitante, goteando sobre mi barbilla, pero su rostro había vuelto a componerse, frío otra vez, aunque los ojos le ardían de triunfo.

No se había corrido. Me había negado el final a propósito. Me había negado la resolución que mi cuerpo entero reclamaba.

—Te gusta —repitió, y esta vez no era una pregunta. Su voz cortó el aire como un bisturí—. Te pone servirme.

Intenté recuperar el aliento. Me limpié la boca con el dorso de la mano, avergonzado de pronto por la cantidad de baba que había producido, por las lágrimas, por todo.

—Yo… —empecé, buscando una excusa, intentando decir que era por el contrato, por el dinero, por la deuda. Cualquier cosa que no fuera la verdad.

Vela se inclinó hacia mí y me agarró la barbilla con fuerza, obligándome a sostenerle la mirada. Los dedos se me clavaron en las mejillas.

—Ni se te ocurra mentirme ahora —siseó—. He sentido tu polla rozando el borde de mi silla. He oído cómo gemías mientras te atragantabas. Te ha gustado tenerla dentro.

Me soltó la cara con un empujón despectivo y se recostó de nuevo en el sillón, dejándome allí, de rodillas, duro y dolorido, con la boca sabiendo todavía a él.

—Admítelo —ordenó, con esa autoridad absoluta que hacía temblar mis cimientos—. Admítelo, o te subes los pantalones y te vas a la calle ahora mismo, con tu deuda y tu dignidad intactas. Tú eliges. Di que te gusta ser mi juguete.

El silencio se estiró entre los dos. Pensé en la carta de desahucio. Pensé en mi padre. Pensé en los tres meses de alquiler y en la línea que ya había cruzado, esa de la que sabía que no había vuelta atrás.

Y, sobre todo, pensé en cuánto deseaba que volviera a meterse en mi boca.

Bajé la mirada. Tragué la poca saliva que me quedaba. Y, con una voz que apenas reconocí como mía, lo dije.

—Me gusta —susurré—. Me gusta ser tu juguete.

Vela sonrió. Por primera vez en toda la noche, fue una sonrisa de verdad.

—Buen chico —dijo—. Ahora termina lo que has empezado.

Y me acercó de nuevo hacia él.

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Comentarios (5)

Marcos_91

tremendo relato, me atrapó desde el primer párrafo!! muy bien escrito

NightRider77

Por favor continuá esto, me quede con muchísimas ganas de saber qué pasó después

LucasBA_lect

jaja la tensión al principio es brutal, de esas historias que no podés dejar de leer

TulioCba

lo que me gusta de estos relatos es cuando se sienten tan reales, uno se mete adentro de la historia. bien ahí!

VigilanteNocturno

Me recorde a una situación parecida que viví hace unos años, aunque sin ese final jaja. Me encantó como lo narraste, muy natural y sin exagerar. Seguí escribiendo!

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