Lo que pasó en el ascensor con mi hermana
Era una noche de verano y volvía de salir con un amigo. Como casi siempre, no nos habíamos comido un colín. Supongo que las chicas nos olían las ganas a kilómetros y nos hacían el vacío. Así que terminamos cada uno para su casa, los dos algo cargados de copas.
Me la encontré en el portal del edificio. Una casualidad de esas que parecen un guion. Mi hermana Lorena volvía de tomar algo con sus amigas y llegaba a la misma hora que yo. Daba por hecho que ella, con el cuerpo que tenía, habría arrasado. Solo con chasquear los dedos tendría a sus pies a cualquiera.
La vi acercarse por la acera con una falda corta y le mantuve la puerta abierta. Como buen hermano, la esperé. Ella también venía un poco achispada, aunque ninguno de los dos llegaba a borracho. Lo normal un sábado a esas horas.
—¡Qué caballero! —dijo riéndose.
Nunca me había fijado demasiado en mi hermana como mujer. No porque fuera fea ni nada parecido, sino porque siempre había estado ahí. Habíamos crecido juntos. La miraba un poco como se mira un cuadro colgado en la pared: sabes que está, pero dejas de prestarle atención.
Esa noche, sin embargo, había algo distinto. No sé si fue el calor, las copas que yo arrastraba de la última discoteca, o su ropa, bastante ligera, lo confieso. Quizá la forma en que movía la cadera mientras se acercaba al portal.
—Solo por ti. Pasa, hermanita, que te espero.
—Gracias.
Yo iba con un vaquero y una camiseta, tan normal como siempre. Ella, con la minifalda y un top, estaba espectacular. Lo habría estado hasta con un saco de patatas, pero vestida así sus curvas le habrían quitado el rezo al más santo.
No es una belleza de revista, lo admito. No tiene un trasero descomunal de los que salen en internet, pero es bastante voluptuosa. Nada que ver con esas modelos de pasarela a las que se les cuentan las costillas.
—¿Vuelves ya? —pregunté.
—Sí, hoy no había nadie que valiera la pena.
—A mí me ha pasado lo mismo.
Soy bastante más alto que ella y, muy pegados al entrar en el ascensor, disfruté de una vista privilegiada de su escote, generoso por cierto. Será que ya venía caliente de antes, pero verla así me subió todavía más la temperatura. Creo que se dio cuenta enseguida de cómo se me iban los ojos hacia su pecho.
—Eh, que mis ojos están más arriba —dijo, aunque por el tono no parecía nada molesta.
—Perdona. Anda, dale al botón, que vivimos en el décimo.
El ascensor arrancó, pero a los pocos metros empezó a hacer ruidos raros. Lorena, asustada, se abrazó con fuerza a mi cuerpo. Notar sus tetas apretadas contra mi torso, con los pezones marcándose por debajo del top, fue lo peor que me podía pasar en ese instante. La polla se me empezó a hinchar dentro del vaquero sin remedio.
—Tranquila, no pasa nada, enseguida llegamos —dije, haciéndome el valiente.
La verdad es que durante unos segundos yo también estuve acojonado, hasta que el trasto se detuvo del todo entre dos pisos. Sabía que esas cosas tienen frenos de emergencia y que no íbamos a caer. Pero a esas horas, ¿quién iba a venir a sacarnos?
—Dale al botón de la alarma, a ver.
Pulsó el dibujo de la campanita, pero no sonaba nada. Más tarde nos enteramos de que la comunidad llevaba años sin pagar la línea telefónica del ascensor.
—Mi móvil no tiene cobertura —dijo ella, mirando la pantalla.
—El mío tampoco. El hueco es una caja de hormigón armado con barras de acero, no entra señal. Y los frenos han actuado, así que no vamos a caernos.
—El que estudies ingeniería no nos va a sacar de aquí.
—Ni eso ni nada. Hasta que no se levante alguien por la mañana, estamos atrapados. Y faltan horas para eso.
—O sea, que más vale que nos pongamos cómodos y esperemos.
—Básicamente. Menos mal que el suelo está limpio, o nos íbamos a pasar la noche de pie.
Me senté en el suelo y estiré las piernas. Aquello me puso más nervioso todavía, porque desde abajo veía los muslos de mi hermana. Y como la falda era cortísima, casi alcanzaba a distinguir su ropa interior.
—Siéntate de una vez, que me pones nerviosa de pie. Vamos a estar aquí un buen rato.
—Te lo tomas con mucha calma.
—¿Qué remedio queda? Anda, cuéntame algo de tu noche, a ver si se nos pasa el tiempo.
—Ha sido aburridísima. Solo estábamos Carla y yo, y todos los tíos que se acercaban eran unos babosos.
—Igual que mis amigos y yo, entonces. Por cierto, Carla está muy buena.
—¿Ves como sois unos babosos? —dijo soltando una carcajada.
Bromeando intentábamos relajarnos y matar el tiempo. La parte de relajarme yo la tenía complicada. Lorena se había sentado enfrente y la falda empezaba a deslizarse por sus piernas recogidas. Por suerte se había colocado de lado y un muslo le tapaba lo justo, pero ya le veía casi media nalga, y acabábamos de quedar encerrados juntos.
—Si tuvierais un poco más de cuidado, si supierais disimular, os las llevaríais de calle. No estáis nada mal.
—¿Tú crees?
—Tú tienes buen cuerpo y eres mono. Y tus amigos tampoco están tan mal.
—Entonces el problema es la actitud.
—¿Acaso tú no me estás mirando las piernas y el escote ahora mismo?
—Joder, es que son preciosas, y no hay mucho más que ver aquí dentro.
—¿En serio? ¿No me ves gorda?
—Estás perfecta. Ya me gustaría tener una novia con tu cuerpo y tu cara.
—¿No empieza a hacer calor aquí? —dijo abanicándose—. Al menos sabes echar un piropo.
Y sí que hacía calor, pero buena parte salía de mi entrepierna, donde la polla ya empujaba con fuerza contra el vaquero, y no del aire encerrado.
—Es solo que estamos muy apretados. Ven aquí, anda —me dijo.
Juro que en ese momento no pensaba que fuera a pasar nada raro. Pero me resultaba imposible controlar la calentura, y menos cuando se acurrucó bajo mi brazo, dejando su pecho justo bajo mi barbilla y su muslo rozando el mío.
Le rodeé los hombros y la pegué más a mí. Creo que el gesto la hizo sentir segura. Apoyó la cabeza en mi pecho; tenía que estar oyendo mi corazón a mil. Después puso una mano en mi vientre, firme y caliente sobre los abdominales. Al principio lo tomé como una caricia cariñosa, de confianza.
Entonces la mano empezó a bajar. Un momento después estaba sobre mi cinturón. Yo le daba besos suaves en el pelo, y alguna vez rozaba con los labios el borde de su oreja.
—Pareces más relajada —murmuré.
—Lo estoy. Muy a gusto contigo. Hacía años que no estábamos tan juntos. Me das seguridad.
—Creo que desde que te cambió el cuerpo te empecé a tener respeto. No me parecía bien abrazarte así.
—Pues no sé por qué. Sigo siendo la misma. ¿O es que no te gusto?
—Ya te he dicho que sí. Me encantas.
—Entonces, ¿por qué no me estás tocando?
Su mano ya había pasado el cinturón y se apoyaba de lleno sobre el bulto duro bajo el vaquero. Apretó con la palma abierta, midiéndomela por encima de la tela, y soltó una risita al notar el grosor.
—Joder, hermanito. Vaya polla se te ha puesto. ¿Y todo esto por mí?
—¿Hablas en serio? —pregunté con la voz cortada.
—Muy en serio. Así pasamos el rato y nos divertimos. Vamos a estar aquí horas, y yo hace semanas que no follo.
Sin retirar la mano de mi bragueta, con la otra se bajó el escote del top y dejó una teta al aire, redonda y firme, con el pezón hinchado y oscuro apuntando hacia mí. Le rocé el pezón con suavidad y la oí soltar un suspiro largo. Luego lo cogí entre el pulgar y el índice y se lo pellizqué despacio, sintiendo cómo se endurecía todavía más entre mis dedos.
—Lorena, estamos jugando con fuego.
—Pues vamos a quemarnos. Tócame el coño, que estoy cachonda perdida. Llevo mojada desde que subimos al ascensor.
Ella misma mantuvo mi mano sobre su teta. Durante un rato jugué con el pezón, chupándolo también, tirándolo con los dientes con cuidado, mientras ella me apretaba y me acariciaba la polla por encima del vaquero, dibujando toda su longitud con los dedos. Yo estaba durísimo, tanto que dolía.
—No sé si es la adrenalina del encierro o que esta noche te veo guapo —dijo con la voz ronca—. Pero se me está haciendo la boca agua pensando en esto que me estás enseñando.
—¿Has bebido mucho?
—No lo suficiente como para usarlo de excusa.
En ese momento se giró y se sentó a horcajadas sobre mis muslos. Nos mirábamos a los ojos. La falda seguía cubriéndola, pero yo notaba el calor y la humedad de su coño empapando la tela sobre mi vaquero. Tenía su teta desnuda a un palmo de la cara y me retaba con la mirada, hasta que nuestros labios se unieron en el primer beso que nos dábamos como algo más que hermanos.
Las lenguas entraron en juego enseguida, buscándose sin control. Nos sabía la boca a alcohol, pero nos daba igual; nos besábamos como si cruzáramos un desierto y aquella fuera la única fuente de agua. Ella me mordía el labio de abajo y me lo estiraba, luego me llenaba la boca con su lengua y me la chupaba yo como si le comiera el coño. Aproveché para llevar las manos por sus muslos hasta el culo que siempre, en secreto, me había llamado la atención. Se lo apreté fuerte, hundiéndole los dedos en la carne, y ella empezó a mecer la cadera restregándome el coño contra el bulto.
—Llevas tanga —dije.
—Claro, las bragas las tengo en el bolso. Dame un dedo.
Me guio la cabeza hacia su teta descubierta. Entendí lo que me pedía sin palabras, así que cerré los labios sobre el pezón y empecé a chuparlo con hambre, pasando la lengua alrededor y luego succionando fuerte. A la vez ella me cogió la mano, se metió mi índice y el corazón juntos en la boca y me los ensalivó bien, chupándomelos despacio, dentro y fuera, como si fuera otra cosa lo que le estaba mamando.
—Ya sabes lo que quiero que acaricies. Tonto del todo no eres.
Empezaba a descubrir lo descarada que era mi hermana, pero desde luego no me iba a quejar. Llevé los dedos por debajo del fino cordón del tanga y empecé a acariciar entre sus nalgas, bajando poco a poco hasta encontrar los labios de su coño, hinchados y resbaladizos. Estaba empapada. Deslicé un dedo por la raja de arriba abajo, abriéndosela, y ella soltó un gemido fuerte que solo yo podía oír.
—Así, despacio. Métemelo. Hay que calentar mucho a una chica antes de nada —me susurró lamiéndome la oreja y mordiéndome el lóbulo.
Le clavé el dedo hasta el fondo y noté cómo su coño se cerraba alrededor apretándomelo. Empecé a moverlo dentro, entrando y saliendo, buscándole el punto por delante mientras con el pulgar le buscaba el clítoris. Cuando lo encontré, hinchado y duro como un botón, ella pegó un respingo y me clavó las uñas en el hombro.
—Ahí, joder, ahí. Otro dedo, méteme otro.
Le metí el corazón junto al índice y los empecé a mover a la vez, curvándolos dentro. El coño le hacía ruido, mojado, chapoteando cada vez que se los sacaba y se los volvía a clavar. Ella cabalgaba sobre mi mano moviendo la cadera para clavárselos más profundo.
Se abrió del todo el top, dejando las dos tetas al alcance de mi boca. Como estaba entretenido con ellas, decidí callar y seguir sus instrucciones. Con toda la sangre concentrada en otra parte, tampoco estaba yo para grandes conversaciones; se me escapaba algún jadeo mientras pasaba de un pezón al otro, chupándolos con fuerza, mordiéndolos, dejándolos brillantes de saliva.
Lo que sí notaba era el calor de su cuerpo. La tela del tanga estaba empapada y mis dedos salían de su coño chorreando, resbaladizos hasta los nudillos. Pese a mi poca experiencia, estaba claro que la estaba haciendo disfrutar.
—Sigue un poco más. ¿Sabes que en algún momento te voy a comer la polla? —dijo—. Te la voy a chupar hasta el fondo, hermanito. Se me pone dura solo de pensarlo.
Comerme aquel cuerpo era el sueño de cualquiera de mis amigos y, desde luego, el mío. Pero ella no se iba a conformar con tan poco. Quería más, y faltaban horas para el amanecer.
—Rómpeme el tanga —ordenó.
Creo que aquello estaba más que preparado, porque no hizo falta tirar fuerte. Me quedé un trocito de encaje empapado en la mano y lo guardé en el bolsillo para no dejar pruebas en el ascensor.
—Quédatelo de recuerdo —rio—. Para que te la casques oliéndolo cuando estés solo.
—¿Y ahora qué?
—Ahora te estás quietecito, que me lo vas a comer entero.
Se puso de pie con una pierna a cada lado de mi cuerpo. Levantó la falda un par de veces, jugando, hasta dejármelo todo justo encima de la cara. Ahí lo tenía, el coño de mi hermana, depilado, con los labios abiertos e hinchados, brillando de lo mojada que estaba. Un hilo transparente le colgaba del clítoris y goteaba en mi boca abierta. Era lo más bonito que había visto en mi vida.
—¿Te gusta?
—Lo adoro.
—Pues cómemelo. Usa la lengua, hermanito. Enséñame lo bien que se te da.
No tuvo que decir más. Dobló las rodillas hasta que pude alcanzarla y me pegó el coño a la boca sin rodeos. Saqué la lengua y le di el primer lengüetazo largo, de abajo arriba, saboreando todo lo que goteaba. Estaba dulce y salada a la vez, con ese sabor a hembra en celo que me puso todavía más loco. Le separé los labios con los dedos y le clavé la lengua dentro, penetrándosela hasta donde pude, moviéndola en círculos dentro de su coño. Después subí al clítoris y empecé a chupárselo, encerrándolo entre los labios y jugando con la punta de la lengua sobre él.
—¡Ay, joder, joder, así! No pares, no pares.
Se agarraba a mi pelo y de vez en cuando me daba algún tirón, prueba de lo encendida que estaba. Me restregaba el coño contra la cara, cabalgándome la boca, sin dejar de gemir. Yo seguía sujetándole el culo, separándole las nalgas y colándole un dedo por atrás, jugando con el aro apretado del ojete mientras seguía comiéndomela por delante. Entre jadeos me avisó.
—Me corro, hermano. Me corro en tu boca. Trágatelo todo. Trágatelo todo, joder.
Se le arqueó la espalda y noté cómo el coño se le contraía sobre mi lengua. Me llenó la boca con una oleada caliente y espesa que me chorreó por la barbilla. No paré de lamerle mientras se venía, sacándole hasta la última gota, hasta que ella tuvo que apartarse un segundo, temblando, con el clítoris demasiado sensible para aguantar más.
—Pero no creas que te libras así. Ya sabes lo que toca después.
Se giró dándome la espalda y poniendo el culo frente a mi cara. Yo seguía durísimo, con la polla presionando el vaquero de tal forma que me hacía daño, aunque hacía rato que había dejado de prestarle atención a mi propia urgencia. No sabía si acabaría la noche con un dolor del tamaño del edificio o si me haría el favor de aliviarme. Me daba igual; tenía a mi hermana solo para mí.
Ella misma se sujetaba la falda en la cintura. Yo solo tenía que separarle las nalgas y clavar la lengua todo lo profundo que llegara. Le lamí primero el coño desde atrás, hundiéndole la cara entre las piernas, y luego subí, muy despacio, hasta la rosita apretada del culo. Le pasé la lengua alrededor y ella pegó un temblor.
—Está limpio —dijo adivinando mi duda—. ¿Para qué crees que llevo toallitas en el bolso? Métemela ahí. Cómeme el culo, no seas cobarde. No pares, que tienes que hacer que me corra un par de veces más.
No me quedaba otra que obedecer, aunque no habría parado ni con los bomberos abriendo las puertas. En esa postura alcanzaba todo. Le clavé la lengua en el ojete apretándola y forzando la entrada hasta que noté cómo cedía un poco y podía metérsela dentro. Ella se movía atrás y adelante, restregándome la cara, gimiendo cada vez más alto. Cuando le veía demasiada tensión ahí, bajaba al coño y le chupaba el clítoris otra vez, luego subía otra vez al culo, sin descanso. Le colé dos dedos en el coño mientras se lo comía por atrás y sentí cómo se contraía toda.
—Otra vez, joder, me corro otra vez. Sigue, sigue.
Se corrió una segunda vez, pegando culo y coño contra mi boca, aplastándome contra la pared del ascensor. Se quedó unos segundos así, jadeando, con las piernas temblándole.
—Creo que ahora te toca algo a ti —dijo al cabo de un rato.
Sin cambiar de posición, dobló el cuerpo con una agilidad sorprendente y empezó a desabrocharme el pantalón. Antes me había apartado de un manotazo cada vez que yo lo intentaba. En ese gesto se me clavó la nariz en su culo y la lengua llegó donde pudo. Me sacó la polla del calzoncillo de un tirón y le rebotó dura contra la barriga. La agarró con la mano, la apretó midiéndola de arriba abajo, y me la escupió antes de meterse la punta en la boca.
—Qué dura y caliente. Justo como me gusta. Y parece que aguantas.
—Contigo en este plan, ni idea de cuánto aguantaré.
Se la metió hasta el fondo, tragándola entera hasta que noté sus labios contra la base y su nariz apretándome contra el vientre. Se quedó ahí unos segundos, ahogándose un poco, con la garganta abrazándome la punta, y luego se retiró despacio dejando un hilo de baba colgando de la comisura. Volvió a bajar, otra vez hasta el fondo, y otra, y otra, marcándose un ritmo húmedo y ruidoso, chapoteando. Con la otra mano me agarraba los huevos y me los apretaba con la medida justa.
—Llamemos a las cosas por su nombre. Estamos follando, hermanito —dijo apartándose un momento, con la boca brillante y la mano moviéndomela rápido de arriba abajo—. Y aunque me veas así, no creas que se la chupo a cualquiera.
Volvió a tragármela, esta vez metiéndose la mano entre las piernas para tocarse el coño mientras me mamaba. La escuchaba jadear con la polla en la boca, sin dejar de chuparme.
—Métemela ya, hermano. La quiero dentro. Métemela ya.
No se entretuvo más. Ni se molestó en darse la vuelta; creo que además quería demostrarme lo flexible que era. Se enderezó, se colocó a horcajadas sobre mí de espaldas, apoyó la mano en mis rodillas, se cogió mi polla con la otra y se la guio hasta el coño. Se sentó despacio, ensartándose ella sola. Sentí cómo su coño me iba tragando, apretado, ardiendo, chorreando. Cuando llegué al fondo, gemimos los dos a la vez. No hay nada más caliente, más húmedo, más estrecho. Decir que estaba en la gloria sería quedarme corto.
Arqueaba la espalda mientras subía y bajaba la cadera, follándome ella a mí, montándome como si me estuviera domando. Cada vez que bajaba, me clavaba la polla hasta la raíz y le veía el culo aplastándose contra mis muslos. Cada vez que subía, veía mi polla salir empapada, brillante de lo mojada que la tenía. Giraba la cabeza para buscar mis labios y su melena me rozaba la cara y el pecho. Ella misma me llevó las manos a sus tetas para que se las estrujara y le pellizcara los pezones con suavidad.
—¡Así, cariño! ¡Métemela toda! ¡Qué polla tiene mi hermano, joder!
—Si lo estás haciendo tú todo —jadeé.
—Porque sé lo que me gusta a mí y lo que te gusta a ti. Cállate y déjame follarte.
Me cabalgó más rápido, botando encima de mi polla, gimiendo cada vez más alto sin importarle si alguien podía oírnos. Le tenía las nalgas separadas con las manos y podía ver perfectamente cómo mi verga entraba y salía de su coño, chorreando ambos, dejando la base empapada de sus flujos. Le colé el pulgar mojado en el ojete y ella pegó un grito.
—Ay, joder, así, con el dedo en el culo. Me vas a matar.
—Lorena, me voy a correr. No aguanto más.
—Yo también. Hazlo dentro, córrete dentro, que ya tomo precauciones. Llename el coño, hermanito, quiero notarlo.
Me apreté a ella por la cintura y empecé a embestir yo desde abajo, clavándomela desde dentro, mientras ella se dejaba caer con toda su fuerza sobre mí. Los dos gemíamos como animales dentro de aquella caja de metal. Sentí cómo su coño empezaba a contraerse otra vez, apretándome la polla en oleadas, y aquello me detonó a mí. Solté un rugido y me corrí dentro, chorro tras chorro, vaciándome hasta el fondo mientras ella se venía a la vez, temblando encima de mi verga.
Entre jadeos y suspiros llegamos al final. Esta vez sí terminamos a la vez; no voy a presumir de haberlo controlado, fue casualidad o fue ella arrastrándome. Pero estoy convencido de que le gustó. La prueba es que desde aquella noche hemos repetido.
Se quedó recostada sobre mí un rato, con mi polla todavía dentro del coño, aflojándose poco a poco. Cuando por fin se levantó, un chorro espeso de semen le resbaló por el muslo. Se pasó dos dedos, recogiéndolo, y se los llevó a la boca chupándomelos delante como si fuera el postre.
—Rico —susurró.
Yo le acariciaba la espalda y le besaba el cuello y los hombros con ternura, esperando a que los dos recuperáramos el aliento.
Pero ella es incansable. No teníamos sitio para más posturas, y para entonces yo había perdido toda la dureza, pero no quería dejar pasar la noche sin un último capricho.
—Ponte de pie.
—¿Y ahora qué?
—Quiero probar a qué sabe mezclado conmigo. Quiero limpiártela con la boca.
Le hice caso aunque dudaba de poder responder de nuevo. Se arrodilló delante de mí y se metió la polla flácida y pringada en la boca sin ningún asco. La chupó despacio, sin prisa, sacándome del glande hasta la última gota de semen mezclado con sus flujos, pasándome la lengua por los huevos, limpiándolo todo con hambre. Y contra todo pronóstico, me la volvió a empalmar mientras me la mamaba. Solo cuando volvió a estar dura y brillante de saliva la sacó y le dio un beso en la punta.
—Súbete el pantalón, que esto es una tentación. Tendré que compartirte. A lo mejor te presento a alguna de mis amigas.
—¿Tan descaradas como tú?
—Alguna. Me la has comido casi tan bien como ellas.
—¿También te gustan las chicas?
—Como los chicos: solo las muy especiales. Me he comido más de un coño, sí. Y me encantaría verte a ti follándote a una amiga mía mientras yo se lo como a ella.
—Ya va siendo hora de que alguien se levante.
—Déjame acurrucarme contigo un rato más. Me siento protegida.
Poco después, alguien volvió a conectar la corriente y el ascensor se puso en marcha hasta dejarnos en nuestro piso. Me dio un último beso en los labios, largo, con lengua, metiéndome la mano una última vez en la bragueta para apretármela, antes de abrir la puerta de casa, como promesa de que aquello no había sido más que el principio.