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Relatos Ardientes

Los pies de mi madre encendieron algo que no debía

Me llamo Adrián y tengo treinta y cuatro años. Nací en Granada y me mudé muy pequeño a Valencia, así que de mis primeros años apenas conservo imágenes sueltas. A mi madre, Lorena, la tuve siendo muy joven. Mi padre se largó antes de que yo aprendiera a caminar, sin dejar más que un apellido y una deuda, de modo que ella me crió sola, a pulso, sin pedirle nada a nadie.

Sobra decir que mi madre siempre fue una mujer impresionante. Con su metro cincuenta y siete no le sobraba ni le faltaba un detalle: el pelo largo y oscuro, las caderas marcadas, unas tetas grandes y firmes que le rebotaban al andar bajo la blusa, y unas piernas que cortaban la respiración. Trabajaba como comercial de una empresa de cosméticos y se pasaba el día entero recorriendo la ciudad a pie, de portal en portal, siempre arreglada, siempre con tacón y medias, como si cada casa fuera una entrevista importante.

Tengo que ser honesto, aunque me cueste contarlo. Desde muy joven sentí por ella algo que no debía sentir. No era solo el cariño de un hijo. Era esa mezcla enferma de admiración y deseo que me revolvía por dentro cada vez que la veía cruzar el salón con esa ropa que parecía sacada de una revista, con el culo respingón marcándose bajo la falda estrecha. Durante años lo escondí, lo enterré, fingí que no existía. Pero existía, y todo cambió una noche concreta.

Lo que más me obsesionaba, por raro que suene, eran sus pies. Cada vez que llegaba de la calle y se dejaba caer en una silla para quitarse los zapatos, yo no podía apartar la mirada. La forma en que las medias le brillaban bajo la luz, el arco perfecto del empeine, el modo en que flexionaba los dedos al quejarse del cansancio. Me la había cascado incontables veces pensando en esos pies, en meterme sus deditos en la boca, en correrme encima de su empeine. Aprendí a mirarla de reojo, a fingir que estaba pendiente del televisor mientras en realidad la seguía con el rabillo del ojo, disimulando la erección que se me marcaba en el pantalón. Era una tortura silenciosa que me había acompañado durante demasiado tiempo.

***

Por aquel entonces yo tenía diecinueve años recién cumplidos y seguía viviendo en casa, ahorrando para la matrícula de la universidad mientras echaba algunas horas en una tienda. Esa noche había puesto una película tonta en el sofá y me había quedado medio adormilado, con el mando en la mano y la mente en blanco.

Escuché la llave en la cerradura. Mi madre entró arrastrando un poco los pies, con el bolso colgando del hombro y esa cara de cansancio que ponía después de un día interminable de timbres y escaleras. Se dejó caer en el sofá, a mi lado, y empezó a desabrocharse las sandalias de tacón sin quitarse las medias negras de nylon.

—¿Qué tal, mi niño? ¿Qué has estado haciendo? ¿Has cenado ya? —dijo, y soltó un suspiro largo mientras se masajeaba el tobillo—. Uf, qué dolor de pies traigo, mi amor. ¿Te molesta si te pido un masajito?

—No, mamá, ¿por qué me iba a molestar? —respondí, y antes de pensarlo demasiado ya le había tomado un pie entre las manos.

El tacto me sorprendió. La media estaba ligeramente húmeda, cálida, y por debajo se notaba la suavidad de la planta y, a la vez, la tensión de todo un día de caminar. Olía a piel, a sudor, a algo íntimo y hembra que me llenó la nariz y me nubló el juicio. Apreté con los pulgares la base de los dedos y ella echó la cabeza hacia atrás con un gemido bajo de alivio que me fue directo a la polla.

Y entonces lo sentí. Por primera vez en mi vida, las manos de mi madre sobre sus propios pies dejaron de ser un gesto inocente. Siempre me había gustado verla con tacones y medias, pero nunca, jamás, había imaginado lo dura que se me podía poner sosteniéndole un pie. Se me marcó la verga entera contra la bragueta, latiéndome, mojando ya la punta del calzoncillo. Me asusté de mí mismo. Y, aun así, no la solté.

—Más arriba, en el empeine —murmuró ella, con los ojos cerrados—. Ahí, justo ahí. Tienes unas manos buenísimas, cariño.

Seguí masajeando despacio, recorriendo el arco del pie, los dedos, el talón, mientras intentaba pensar en cualquier cosa que apagara el bulto brutal que se me estaba armando entre las piernas. No funcionó. Cada gemido suyo, cada suspiro, cada vez que flexionaba los dedos contra mi palma, me lo ponía más dura. Sentía cómo me chorreaba el líquido preseminal dentro del calzoncillo, cómo el glande me palpitaba pidiendo salir.

Intenté concentrarme en la técnica, en hacerlo bien, como si fuera un masaje de verdad y no esta cosa prohibida que me quemaba por dentro. Le presioné el talón con los nudillos, le estiré con cuidado cada dedo, le pasé los pulgares por el centro de la planta hasta que ella ronroneó de gusto. La media se había calentado entre mis manos y desprendía ese olor tan suyo, tan íntimo, ese aroma agrio de pies encerrados todo el día en cuero que en vez de darme asco me tenía la polla dura como una piedra, mojándome los pantalones. Me imaginé lamiéndole la planta entera, chupándole los dedos uno a uno a través del nylon, y tuve que apretar los muslos para no correrme allí mismo.

—No pares —susurró con la voz pastosa, ya medio entregada al sueño—. Qué a gusto me dejas, cariño.

Y no paré. Aunque cada minuto que pasaba me hundía un poco más en algo de lo que sabía que no iba a poder salir igual.

La película seguía sonando de fondo, lejana. En algún momento sus respuestas se fueron espaciando, sus suspiros se volvieron más lentos, y comprendí que se había quedado dormida. O eso creí.

***

Fue al rato cuando me di cuenta de algo que me cortó la respiración. Mientras yo seguía con su pie derecho entre las manos, el izquierdo —el que había soltado— se había deslizado por el sofá hasta quedar apoyado, con toda la planta, justo sobre el bulto de mi pantalón. No medio rozándolo. Encima, completo, cubriendo el largo de mi erección a través de la tela, la planta caliente aplastándome la polla contra el vientre.

Me quedé inmóvil. El corazón me iba a mil. Pensé en apartarme, en levantarme con cualquier excusa, en irme a mi cuarto y fingir que nada de aquello había ocurrido. Esto está mal. Esto está muy mal. Es tu madre, joder. Me lo repetí varias veces. Pero no me moví. O, peor, me moví en la dirección equivocada.

Empecé a balancear la cadera casi sin querer, un movimiento mínimo, apenas un temblor, buscando la fricción de esa media de nylon contra la polla hinchada. Sentí cómo el arco de su pie encajaba perfecto sobre el bulto, cómo la tela mojada de tanto preseminal se pegaba al glande y me hacía ver estrellas. Mientras tanto, seguía acariciando el otro pie, y en un impulso que no supe controlar bajé la cabeza y lo rocé con los labios, primero apenas, luego más abierto. Le pasé la lengua por el empeine a través del nylon, saboreando el gusto salado del sudor filtrado en la media. Me metí el dedo gordo entero en la boca, con media y todo, y lo chupé conteniendo la respiración para no despertarla. La saliva empapó el nylon, dibujando el contorno de cada uñita pintada.

Ella suspiró. Solo eso. Un suspiro suave, como de sueño profundo. No retiró el pie. Si acaso, me pareció que lo apoyaba con un poco más de firmeza, presionándome la polla con la planta, arrastrándola apenas un centímetro arriba y abajo, como acompañando mi vaivén.

El roce se volvió un ritmo. Empujé la cadera contra su pie con más ganas, sintiendo cómo la verga se me deslizaba entre la tela del pantalón y la planta caliente de mi madre. Cada empujón me acercaba un poco más al borde. Le solté el otro pie un momento, me desabroché el botón del vaquero con dedos temblorosos y bajé un poco la cremallera para aliviar la presión. La polla saltó hacia arriba, marcándose ahora solo bajo el algodón fino del calzoncillo, y volví a colocarme el pie encima. El contacto fue eléctrico. La media resbaló contra el calzoncillo mojado y sentí cómo el arco del pie de mi madre me recorría el largo entero de la polla, del glande al escroto, apretando.

Le lamí la planta del pie que tenía en las manos, esta vez sin disimulo, chupando el nylon con la boca abierta, saboreando ese sudor amargo, metiéndole los cinco dedos entre los labios de una vez. Y todo el rato empujando la cadera, follándole el pie contra el bulto como un perro en celo.

La tela tibia, la presión justa, el olor de su piel, todo se mezcló en una sensación que me nublaba la cabeza. Sabía que tenía que parar. No paré. Aceleré el balanceo, mordiéndome el labio para no gemir, con los ojos apretados y la boca llena de los dedos de mi madre, hasta que la presión se acumuló de golpe en la base de los cojones y reventó.

Fue como una explosión silenciosa. Me sacudí entero, apretando los dientes, sintiendo cómo el semen me subía a chorros por la polla y empapaba el calzoncillo, cómo la tela mojada resbalaba contra la planta de su pie mientras yo seguía embistiendo, exprimiendo cada espasmo. Un chorro, dos, tres, cuatro, hasta que sentí el charco tibio extendiéndose por el algodón, mojándome el vientre, colándose entre la tela del pantalón y la media de mi madre. Me deshice contra su planta sin atreverme a soltar ni un suspiro, con la boca todavía cerrada en torno a sus dedos. Y justo en ese instante, en el segundo más vulnerable, abrí los ojos y miré hacia su cara.

Su ojo derecho estaba entreabierto.

***

No podía ser. Me quedé helado, todavía temblando por el final, con la garganta seca y la polla latiendo, escupiendo las últimas gotas dentro del calzoncillo empapado. ¿Me había estado mirando todo el tiempo? ¿Cuánto llevaba despierta? La cabeza me daba vueltas intentando encajar lo que acababa de ver.

Y hubo algo más, algo que terminó de descolocarme. Mientras yo terminaba, me pareció notar que sus dedos —los del pie apoyado sobre mí— se cerraban y se abrían muy despacio, una y otra vez, apretándome la polla a través del pantalón como si me ordeñara los últimos coletazos, como si me estuviera exprimiendo con la planta y los deditos a propósito. Un gesto pequeño, deliberado, imposible de confundir con el movimiento azaroso de alguien dormido. Y encima, cuando ya me vaciaba, había arqueado el empeine, presionando con más fuerza sobre el bulto mojado, restregándose contra mi corrida como si quisiera sentirla caliente a través del nylon.

No supe qué pensar. El pánico y la excitación se mezclaban en un nudo que no podía deshacer. Esperé. Conté los segundos. Pero ella no abrió los ojos del todo, no se movió, no dijo una palabra. Solo soltó otro suspiro largo, medio sonrió con los labios apretados, como quien finge dormir y disfruta del engaño, se relamió despacio los labios y volvió a quedarse quieta.

Me quedé allí sentado, con su pie todavía sobre el bulto empapado de mi pantalón, sin saber si lo que había pasado había sido un accidente que yo aproveché o una invitación que ella nunca pensaba reconocer en voz alta. Lo único que tenía claro era que algo se había roto esa noche, una frontera que ya no podríamos volver a fingir que existía.

Me levanté con cuidado, le bajé el pie despacio hasta el cojín —y noté, al soltarlo, la mancha oscura de humedad en la planta de la media, ahí donde el nylon se había mojado con mi semen filtrado a través del pantalón— y la cubrí con una manta. Antes de apagar la luz del salón, la miré una última vez. Tenía los ojos cerrados y esa media sonrisa todavía dibujada en la cara.

Subí a mi cuarto y me tumbé en la cama, mirando el techo en la oscuridad, con el corazón aún latiendo fuerte y el calzoncillo pegado a la piel por la corrida seca. Sabía que a la mañana siguiente ninguno de los dos diría nada. Sabía que ella prepararía el café como cualquier otro día y me preguntaría si había dormido bien. Y sabía, sobre todo, que aquello no iba a quedar ahí.

Esa noche apenas pegué ojo. Repasé cada detalle una y otra vez: el peso de su pie sobre mi verga, el roce de la media empapada, ese ojo entreabierto vigilándome desde la penumbra, los deditos cerrándose despacio en el instante exacto en que me corría, el arco del empeine restregándose contra el charco caliente de mi semen. Cuanto más lo pensaba, menos creía que hubiera sido casualidad. Una mujer no aprieta los dedos así, con ese ritmo, dormida. Una mujer no arquea el pie contra la polla chorreante de su hijo por accidente. Lo había hecho a propósito, y luego había elegido no reconocerlo, dejándome a mí toda la culpa y todo el silencio.

Me bajé el calzoncillo pegajoso allí mismo, en la cama, y me la volví a cascar pensando en su pie, en su ojo, en sus dedos apretándome. Me corrí otra vez, esta vez a chorros sobre mi propia barriga, mordiendo la almohada para no despertarla al otro lado del pasillo.

Y, sin embargo, en lugar de vergüenza, lo que sentía era una espera ansiosa, casi insoportable. Porque si ella había decidido jugar a ese juego de fingir que dormía, yo estaba dispuesto a seguirle la corriente todas las noches que hiciera falta, a lamerle los pies enteros, a correrme sobre sus medias, sobre sus piernas, sobre su boca si me dejaba. Esa fue la primera vez. No sería, ni de lejos, la última.

Lo que vino después es otra historia. Pero todo, absolutamente todo, empezó esa noche con sus pies y esas medias negras de nylon.

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Comentarios(8)

NachoCba

Excelente!!! Me enganche desde el primer parrafo y no pude parar. Un relato diferente, muy bien logrado

Lector_nocturno77

Muy bien narrado, se nota que le pusiste dedicacion. Espero la continuacion, quede con ganas de mas!!

DaniloBCN

El titulo me atrajo de entrada y el relato no defraudo para nada. Tremendo

TomásCba

Me recordo a una sensacion de la adolescencia que nunca llegue a procesar del todo. Esto captura bien esa mezcla rara de emociones, muy autentico

MartinaRosario

De lo mejor que lei en esta categoria ultimamente. Sin vulgaridades innecesarias, muy bien escrito. Seguí así!

leetodo

jaja el momento del sofa... me mato. Como escribis esto con tanto detalle??? saludos desde mendoza

CristinaMdp

Se hizo corto!!! queremos mas ya

SilviaMG

Lo lei dos veces y la segunda vez me engancho mas todavia. Increible como algo tan cotidiano puede volverse tan intenso

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