Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi tía no se quitó la bata cuando él se fue

El portazo de Bonifacio retumbó por todo el bloque como un trueno seco. Eran las cinco y media de la mañana y el barrio seguía a oscuras, con algún perro ladrando a lo lejos y el primer autobús de la línea nocturna arrastrándose por la avenida. Dentro del piso, el silencio cayó de golpe, roto solo por el zumbido del frigorífico y el tic-tac terco del reloj de pared.

Me había despertado con el primer estruendo. La tos de fumador empedernido, las luces del pasillo encendidas de golpe, los gritos de siempre. Me quedé quieto bajo la sábana, tapado hasta la barbilla, escuchando la rutina de mi tío como quien reconoce una canción que detesta pero se sabe de memoria.

Amparo intentaba calmarlo con voz baja, casi un murmullo.

—No grites, Bonifacio, que Iván está durmiendo.

—¡Que le den al niñato! Que se levante si quiere. Si no fuera por mi hermano, dormiría en la puta calle.

Ella no contestó. Oí sus pasos descalzos por el pasillo, el silbido de la cafetera exprés, el tintineo de la taza contra el plato, el pan cayendo en la tostadora. Mi tío seguía gruñendo mientras se vestía, y entonces llegó la parte que me hizo abrir los ojos del todo.

—Te quitas esa bata antes de que se levante el crío, ¿eh? Que te come con los ojos el muy cabrón.

—Si es tu sobrino… —respondió ella, suave pero firme.

No la veía, pero supe que estaba sonriendo por dentro. Porque en eso mi tío tenía razón: yo la comía con los ojos desde hacía años.

—Te la quitas mientras yo no esté, joder, que vas enseñando el culo por toda la casa.

Apuró el desayuno de un trago, se enfundó la chaqueta del curro y salió dando el portazo de rigor. El ascensor tardó una eternidad. Al final llegó el ruido de la puerta del coche abajo, el motor del viejo Seat arrancando a la primera por puro milagro, el chirrido de las ruedas al salir del garaje.

Silencio otra vez. Amparo suspiró hondo, como si se quitara una losa de encima.

***

Oí sus pasos hacia la terraza. Descorrió la puerta de cristal y salió al pequeño balcón que daba a la calle. Se asomó por la barandilla, estirando el cuello para asegurarse de que el coche desaparecía por la esquina, que no volvía por nada olvidado, que se iba de verdad.

Yo ya me había levantado. Descalzo, en calzoncillos y camiseta, crucé el pasillo sin hacer ruido. La terraza estaba fresca a esa hora, y el aire olía a asfalto mojado por la limpieza nocturna y al jazmín del vecino de abajo.

Ella llevaba la misma bata de felpa de siempre: azul desvaída, corta hasta medio muslo, con el cinturón flojo y el escote abierto porque con el calor no se molestaba en atarla bien. De espaldas se le marcaba todo. La cintura, las caderas anchas, las piernas firmes de mujer que ha trabajado de pie toda la vida.

Me paré justo detrás de ella, tan cerca que notaba el calor de su cuerpo. No se giró.

—Buenos días, tía —susurré, con la voz ronca de recién levantado.

Dio un pequeño respingo, pero no se apartó.

—Iván… ¿Ya estás despierto? Pensé que dormirías hasta tarde.

—Con la serenata de tu marido, imposible.

Se rio bajito, todavía mirando hacia la calle vacía.

—Menudo concierto, sí.

Entonces me acerqué un paso más y apoyé las manos en la barandilla, una a cada lado de ella, encerrándola sin llegar a tocarla. Mi pecho rozaba su espalda. Mi entrepierna, ya medio dura solo de verla así, quedó pegada contra su culo por encima de la tela.

—¿Por qué no le has hecho caso al tío? —le pregunté al oído, casi ronroneando—. Sigues con la bata puesta… y se te ve todo.

Ella giró la cabeza lo justo para mirarme de reojo. Tenía el pelo revuelto y los ojos todavía somnolientos, pero brillantes.

—Porque me gusta verte mirar —dijo sin rodeos—. Y sé que te pone verme así.

No había vuelta atrás en esa frase, y los dos lo sabíamos. Llevábamos meses rondándonos, rozándonos en la cocina, sosteniéndonos la mirada un segundo de más. Esa mañana, con el piso por fin solo, las palabras dejaron de ser un juego.

Bajé una mano despacio por su cadera y agarré el bajo de la bata. La subí un poco por detrás, descubriendo la parte baja del culo. No llevaba nada debajo. Solo piel caliente y suave bajo mis dedos.

Ella no hizo nada por impedírmelo. Al contrario: arqueó la espalda y empujó hacia atrás, contra mí.

—¿Y si alguien nos ve desde la calle? —pregunté, aunque ya le había deslizado la mano entre los muslos.

—Son las seis menos cuarto. La gente duerme. Y si miran, que miren —murmuró, y se le escapó un gemido cuando la acaricié despacio, justo donde ya estaba húmeda.

***

Con la otra mano le abrí la bata por delante. Los pechos cayeron libres, los pezones ya duros por el fresco de la mañana y por todo lo demás. Se los cubrí con las palmas, apretando suave, pellizcando mientras le besaba el cuello, la línea de la mandíbula, el lóbulo de la oreja.

Se apoyó en la barandilla y se inclinó hacia delante, ofreciéndose, separando un poco los pies sobre las baldosas frías.

—Joder, Iván… despacito, que me tiemblan las piernas.

Le quité la bata de un tirón y la dejé colgando del brazo. Por un instante la miré entera, recortada contra el cielo gris que empezaba a aclarar sobre los tejados. Cuántas veces la había imaginado así, y la realidad le pasaba por encima a la imaginación.

Me bajé los calzoncillos y la apreté entre sus muslos desde atrás, rozando sin entrar todavía, dejándola sentir lo que provocaba. Ella movía las caderas en círculos pequeños, resbalando contra mí, mojándome.

—Aquí no… —dijo de repente, aunque la voz le temblaba de ganas—. Alguien podría asomarse desde el bloque de enfrente.

La giré despacio y la besé hondo, saboreando el café que acababa de tomar. Sin separar la boca de la suya, la llevé de la mano hacia dentro. Corrí la puerta de la terraza, bajé la persiana hasta la mitad para que entrara la luz pero no la mirada de nadie, y nos dejamos caer en el sofá del salón.

Ella se deshizo de la bata por completo y quedó desnuda, ya con un brillo de sudor a pesar del fresco. Yo me quité la camiseta. Se subió encima, a horcajadas, y se dejó caer despacio, tragándome entero con un gemido largo que ahogó contra mi hombro.

Empezamos lento, sintiendo cada centímetro, cada roce. Después más rápido, más fuerte. El sofá viejo crujía con cada embestida, sus pechos chocaban contra mi cara, sus uñas se me clavaban en los hombros. Yo le agarraba las caderas con las dos manos, ayudándola a subir y bajar, hundiéndome hasta el fondo cada vez.

Se corrió ella primero. Se estremeció entera, se cerró alrededor de mí como un puño, y soltó un grito que tapó mordiéndose el antebrazo para no despertar al edificio. Yo aguanté lo que pude, pero cuando volvió a moverse, más rápido, más desesperada, no resistí más. Me dejé ir con un gruñido largo, agarrándola contra mí mientras ella seguía meciéndose, exprimiéndome hasta el final.

Nos quedamos abrazados, jadeando, pegajosos, con las primeras rayas de sol colándose por las rendijas de la persiana.

—Tenemos todo el día por delante —susurró, besándome despacio en los labios—. Hasta las nueve de la noche, mínimo.

Sonreí, todavía dentro de ella, sin querer moverme.

***

De la terraza y el sofá pasamos directos al dormitorio principal, el de mis tíos, sin molestarnos en recoger nada. La bata de Amparo quedó tirada en mitad del pasillo, mis calzoncillos olvidados en el suelo del salón.

Entramos desnudos, todavía sudados, y nos dejamos caer sobre la cama de matrimonio que crujió bajo el peso de los dos. Era estrecha, de las que apenas caben en un dormitorio de piso protegido, con sábanas de algodón barato que ya olían a nosotros.

Nos tumbamos de lado, yo detrás de ella al principio, rodeándole la cintura con un brazo, el pecho pegado a su espalda. Pronto se giró y quedamos frente a frente, las piernas entrelazadas, las narices casi tocándose. El sol de las nueve entraba por la persiana medio subida y dibujaba franjas doradas sobre su piel, sobre los pechos que subían y bajaban con cada respiración lenta.

Estuvimos así hasta casi las diez. No hablábamos mucho. Solo respirábamos juntos, piel contra piel, el calor de los cuerpos mezclándose con el bochorno que empezaba a colarse por la ventana. A veces me adormilaba —el cansancio de la noche, la adrenalina, todo lo anterior— y despertaba con sus besos suaves por la cara, los brazos, el pecho, como si saboreara cada minuto que nos quedaba.

En algún momento volvió a buscarme con la mano, despacio, y cuando estuve listo se me metió ella sola, sin prisa, apenas moviéndose. Se abrazó a mí con la cabeza apoyada en mi pecho y respiró hondo.

—Ojalá esto no se acabara nunca —dijo, tan bajo que casi no la oí.

Que no se acabe, pensé yo, mirando las franjas de sol estirarse por la pared. Que el tío no vuelva nunca, que el reloj se pare, que la mañana dure para siempre.

Pero los dos sabíamos que el Seat volvería a aparcar abajo a las nueve de la noche, que la bata regresaría a su sitio y que mañana volveríamos a fingir delante de él. Y los dos sabíamos también, sin decirlo, que en cuanto él cerrara la puerta de un portazo y el coche desapareciera por la esquina, ella seguiría sin quitarse la bata.

Ver todos los relatos de Incesto y Amor Filial

Valora este relato

Comentarios (5)

Norberto45

excelente!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo

Florencia_BsAs

Por favor continua esto, quede colgada justo al final. Que paso despues??

Charly_mdp

El inicio me atrapo desde la primera linea. Muy bien escrito, se siente autentico y tiene mucho morbo

Rodrigo_SC

Me recordo a algo que vivi hace años, ese tipo de situaciones que uno no olvida mas jajaja

Luki_BA

increible el morbo que transmite, brutal

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.