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Relatos Ardientes

Mi madre nos eligió a los dos en la cocina

La mañana después siguió un ritmo extraño, demasiado normal. Mi padre desayunó silbando, repartiendo tostadas como si la noche anterior nunca hubiera ocurrido. Camila bajó vestida ya para la oficina, se sirvió café y me revolvió el pelo al pasar.

—Hasta luego, hermanito —dijo, con ese tono burlón que solo usaba conmigo.

Yo todavía no estaba seguro de cómo mirarles a la cara. Habíamos cruzado un umbral durante la noche y nadie parecía dispuesto a comentarlo.

A media mañana sonó mi teléfono. Era Camila desde su oficina, riéndose antes incluso de saludar.

—Nicolás me ha dicho lo que quiere.

—¿En qué está pensando? —pregunté, ya preocupado.

—Tranquilo. Quiere traer a un amigo para que nos vea.

—¿Cómo?

—Su amigo es voyeur, un mirón profesional. Le pone ver y nada más. —Camila se reía con esa risa ronca suya—. Quiere mirarnos follando.

—¿Vernos a quiénes?

—A ti, a mi querida suegra y a mí. Los tres al mismo tiempo.

Colgué sin saber qué responder. Dejé el móvil sobre la mesa y me quedé un rato mirando el techo, intentando ordenar la cabeza.

Una hora más tarde, mi madre me llamó desde la cocina. Su voz tenía algo raro, un tono más bajo de lo habitual.

Entré y la encontré sentada a la mesa con un café delante. Llevaba un vestido de algodón fino, sin sujetador. Se le notaba todo.

—¿Qué pasa, mami? —pregunté al ver su gesto serio.

—Ayer no vino Iván.

Se me secó la boca de golpe. La noche anterior habíamos pretendido que un amigo de mi padre, Iván, había pasado por casa y se había acostado con ella. Era la coartada que mi padre y yo habíamos inventado para justificar lo que en realidad había sido un trío entre los tres.

—¿Cómo dices?

Soltó una carcajada corta.

—Que no soy tan tonta como pensáis. Sé perfectamente que me follasteis los dos. Tu padre y tú.

Me debió quedar una cara de pánico evidente, porque continuó enseguida.

—Pero lo pasé bien. Me gustó tener a dos hombres a la vez. Vuestra historia de los tapones para los oídos era poco creíble, cariño. Oía todo lo que decíais. Incluso el cuento que le contaste a tu padre sobre aquella noche en que casi me violan. Casi me muero de la risa por dentro.

—Mamá, yo…

—Calla. —Me puso un dedo en los labios sin levantarse de la silla—. Ya hablé con tu padre esta mañana. Hicimos las paces.

—¿Las paces? —repetí, sin saber qué quería decir exactamente.

—Hemos llegado a un acuerdo.

Se levantó, dio dos pasos hacia mí y me agarró por la cintura del pantalón del pijama. Tan despacio como puede serlo una decisión ya tomada.

—Vamos a seguir como hasta ahora, los cuatro. Tu padre con Camila. Yo contigo.

—Mamá, ¿tú sabes lo que estás diciendo?

—Lo sé perfectamente. A tu padre le gusta Camila, y a mí me gustas tú. No hay un solo motivo por el que tengamos que disimular más.

Bajé la mirada. No supe contestarle. Quizá porque, en el fondo, llevaba meses queriendo oír exactamente esa frase.

—Y otra cosa —añadió, ahora con esa media sonrisa que se le había instalado en la boca—. No vamos a escondernos. Si tu padre quiere ver, que vea. Si estamos los cuatro en casa, igual. Se acabaron los horarios.

Me besó en la boca antes de que pudiera responder. Un beso largo, abierto, con la lengua entrando despacio. Su mano ya estaba dentro del pantalón.

—Mami…

—Shhh.

No tenía manera de ganar esta conversación. Ni quería ganarla.

Me empujó hacia atrás hasta sentarme en el borde de la mesa de la cocina. Me bajó el pijama de un tirón y se arrodilló en el suelo de baldosas frías. La luz de la ventana le iluminaba media cara y se le veía un mechón pegado al sudor de la sien.

Se la metió en la boca sin avisar. Toda, hasta el fondo. Yo agarré el borde de la mesa con las dos manos.

Mientras me chupaba, no dejaba de mirar hacia la puerta. No para vigilar, sino al revés. Quería que entrara alguien. Quería que mi padre la viera arrodillada con la verga de su hijo en la boca.

—Levanta las piernas, cariño —pidió, ronca.

Me incliné hacia atrás y subí las rodillas hasta los hombros. Quedé abierto sobre la mesa, expuesto. Ella sonrió con esa sonrisa pícara que solo me dirigía a mí y bajó la lengua despacio, lamiendo desde los testículos hacia abajo. Cuando llegó al ojete, paró, me miró otra vez y cerró los labios alrededor del agujero, sorbiendo como si quisiera tragárselo entero.

—Joder, mami.

—Calla, bebé. Déjame.

Pasó la lengua varias veces, presionando, intentando entrar. Yo no me atrevía a hablar. Tenía los ojos cerrados cuando oí la puerta moverse.

Mi padre estaba en el umbral. Me incorporé un poco por instinto, pero él levantó una mano para que me quedara como estaba.

Se acercó por detrás de ella, sin que mi madre se diera cuenta. Le pasó las manos por debajo de los brazos y le tiró del vestido hacia abajo, sacándole los pechos. Se los apretó con ganas.

—Qué puta eres, mi vida.

Mi madre frenó un segundo. Volvió la cabeza, le besó en la boca con la misma lengua con la que me acababa de comer el culo. Yo lo vi todo desde mi posición ridícula sobre la mesa.

—Aunque sigas siendo mi marido —le dijo a mi padre, separándose un poco para hablarle a la cara—, soy la puta de mi hijo. Quiero que lo tengas claro de aquí en adelante.

Mi padre asintió sin decir nada. La empujó hacia delante, le hizo apoyar las palmas en el suelo y le levantó el vestido por la espalda. Se sacó la polla y se la pasó por las nalgas un par de veces, dejando claro lo que venía después.

—Tú sigue chupando a tu hijo —le ordenó—. Yo voy a romperte el culo, puta.

Mi madre soltó una risa ronca. Levantó el trasero hacia él, sin disimulo, ofreciéndoselo. Lo mecía despacio, con un descaro que no le había visto nunca con mi padre.

Y entonces noté un cambio en mí que no esperaba. Verle detrás de ella, a punto de penetrarla, me puso de mala leche. Celos. Como si fuese él el que me estuviese poniendo los cuernos con mi mujer y no al revés.

Me bajé de la mesa, me puse delante de su cara y le golpeé la mejilla con la verga.

—Chúpala. Venga.

Mi padre empujó por detrás y empezó a entrar despacio. Mi madre soltó un gemido largo y la cabeza se le fue contra mi pelvis. Abrió la boca por instinto y se la tragué entera.

Los dos empezamos a follar a la vez, él por detrás, yo por delante. Cada empellón suyo la mandaba contra mí. Cada empellón mío le hacía echar la cabeza atrás. Era una mecánica idiota y perfecta.

—Te voy a romper el culo, puta —repitió él.

Le dio un azote tan fuerte que mi madre perdió el equilibrio y cayó hacia delante. Se sostuvo a duras penas, volvió a coger mi polla con la mano y se la llevó otra vez a la boca, ahora chupando solo el glande con los labios apretados.

—Mami…

—Soy tu puta, cariño —me dijo entre lametones, mirándome desde abajo—. Tu puta, ¿oíste?

La cogí por el pelo y la embestí. Le metí el capullo hasta la campanilla. Ella se atragantó un segundo, luego se relajó, y entonces ya no hubo manera de detener nada.

—Vaya boca tienes, cabrona.

Mi padre la embistió otra vez, ahora más fuerte. Plas, plas, plas. La cocina se llenó de un sonido seco, palmas contra carne, mientras ella se retorcía entre los dos. Cada vez que él bajaba con el azote, ella temblaba como si le diera placer directo el dolor.

—¡Fóllame, cornudo! —gritó de pronto, girando la cabeza.

A mi padre se le ensombreció la mirada por un instante. Le dio otro azote, esta vez dejando la marca de los cinco dedos en la nalga blanca. Pero no se detuvo. Aceptó el insulto, lo masticó y lo devolvió en forma de embestida.

—Putón.

Yo seguía golpeándole la boca con la polla. Cada vez que ella la soltaba para tomar aire, yo se la metía otra vez. Cada vez que él empujaba con fuerza, ella la soltaba.

—Rómpeme el culo, mi vida.

Mi padre se inclinó por encima y la besó en la boca, mientras seguía dentro de ella. Yo no me lo creía. Su lengua estaba en la lengua de su mujer al mismo tiempo que su mujer me estaba comiendo a mí. Y, sin embargo, así era.

Me agaché un poco, metí las manos por debajo y le agarré los pechos colgando, retorciéndole los pezones como había hecho mil veces antes, cuando él no estaba. Ella gimió en la boca de él.

Le tiré del pelo para separarla del beso y me golpeé la cara con mi propia verga.

—Chupa. Puta.

—Tu puta, mi vida, tu puta. —Se la metió de nuevo y siguió mamando sin parar—. Aunque el cornudo me esté follando, soy tu puta toda la vida.

Mi padre volvió a embestir, ahora con la cara enrojecida. No por el esfuerzo, sino por la palabra. Yo le miré. Sabía perfectamente lo que estaba sintiendo y sabía que no podía hacer nada. Que su hijo le estuviese follando la boca a su mujer en su cara era exactamente lo que él había aceptado esa misma mañana.

Le dio otro azote.

—Puta.

Mi madre se encogió, resopló, levantó más el culo.

—¡Daos pollas! —pidió, sofocada, casi sin aliento—. Daos los dos.

Mi padre empujó y yo empujé. La sincronía duró pocos segundos, pero fue suficiente para que ella empezara a temblar. Le vibraban los muslos. Le caía la saliva por la barbilla.

Glogg, glogg, glogg. El sonido que hacía su boca al tragar mi verga le estaba volviendo loco a mi padre. Le veía mirar la escena como hipnotizado, sin dejar de penetrarla, pero pendiente sobre todo del ruido que salía de la boca de su mujer.

—Chupa, puta —le ordenó—. Haz que tu hijo se corra.

Mi madre, en lugar de obedecerle a él, se separó un segundo, me miró desde abajo y me pidió:

—Ábrelas un poco más, cariño.

Las abrí. Su lengua subió por la cara interna del muslo y volvió a buscarme el agujero. Esta vez no se quedó solo lamiendo. Sin avisar, metió un dedo.

—Mami, joder…

—Córrete, bebé.

Empezó a follarme el culo con el dedo y a sorberme el glande con la boca, todo a la vez. Mi padre, mientras, ralentizó el ritmo y se quedó mirándonos como si fuese él el voyeur, no el amigo de Nicolás.

—Córrete ya, cariño. Córrete en mi boca.

Sentí que llegaba el final. Le agarré la cabeza con las dos manos, ella sacudió la polla dos veces más, y solté todo dentro. Sentí el chorro espeso saliendo entre sus labios apretados, escapándole por las comisuras.

—Traga, puta, traga —le gritó mi padre desde detrás, casi fuera de sí.

Mi madre tragó. Tragó casi todo y luego, en un gesto que solo se le ocurría a ella, abrió la boca y giró la cara para enseñarle a mi padre lo que aún le quedaba en la lengua.

—Mira, cornudo. Mira lo que me da tu hijo.

Y volvió a chuparme, recogiendo lo que aún goteaba por el tronco, lamiendo con la punta como si no quisiera perder una sola gota.

—Tu puta, mi vida —repitió, mirándome con la sonrisa más cínica que le había visto en años—. Tu puta. Te la chupo cuando quieras.

La cogí del pelo y la besé en los labios. Le metí la lengua en la boca y mezclé mi propia leche con su saliva sin asco. Detrás de ella, mi padre seguía clavado, esperando su turno.

—Dale, papá —le dije, levantándome ya de la mesa—. Fóllala bien fuerte. Rómpele el culo si te apetece.

***

Iba a salir de la cocina cuando le oí embestir como un toro. Mi madre cayó hacia delante por el envite, se sujetó con los antebrazos y me miró desde el suelo. Sonreía. Me sonreía a mí, no a él.

Salí, cerré la puerta y me senté en el sofá del salón. Encendí la tele y bajé el volumen al mínimo, no para no oírles a ellos, sino para oírles sin que se notara.

Cuando terminaron, mucho después, salieron juntos de la cocina. Iban cogidos de la mano, despeinados, mirándose como si se conocieran de hace dos semanas. Pasaron por delante de mí sin verme, o fingiendo no verme.

Yo me quedé mirando la pantalla apagada, intentando entender por qué, después de todo aquello, lo único que sentía era una calma extraña. Como si por fin todo estuviese exactamente donde tenía que estar, aunque ese sitio fuera el peor sitio posible.

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Comentarios (6)

FedeMdq89

Tremendo relato, me dejaste con ganas de mas!!

LuchoRiver

Lo que mas me gusta es como arranca, sin rodeos y directo al punto. Muy bueno

ElCurioso77

¿Hay segunda parte? Se hizo cortísimo, necesito saber cómo sigue esto

SantiCba88

Me recordo a una situacion familiar que viví hace años, te juro que se me puso la piel de gallina leyendolo

DiegoRn

jajaja el giro del final me mato, no me lo esperaba para nada

Cecilia_riv

Es de los mejores que leí en esta categoria, tiene tensión desde el primer párrafo. Se nota que saben construir una historia. Ojalá suban mas cosas así, saludos desde Córdoba

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