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Relatos Ardientes

Mis tíos sabían que los espiaba desde el pasillo

Me llamo Mariela. Acababa de cumplir veintiuno cuando me mudé a la ciudad para empezar la universidad, y aunque siempre supe el efecto que provoco al entrar a una habitación, jamás imaginé en qué clase de enredo terminaría bajo el techo de mis tíos.

Rodrigo y Carolina me recibieron como a una hija. Él tenía cuarenta y seis años, ingeniero, un hombre de calma casi desesperante y un cuerpo que cuidaba con disciplina. Ella, hermana mayor de mi madre, llevaba una agencia de eventos y arrastraba una elegancia que parecía de otra época. A sus cuarenta y dos, sin hijos y con una rutina de hierro, tenía una figura que cualquier chica de mi edad envidiaría.

Lo que nadie me advirtió fue que en esa casa nunca se cerraban las puertas con llave.

***

Las noches se volvieron una música que yo no debía escuchar. Los gemidos de Carolina y el ritmo pausado pero firme de Rodrigo me arrastraban hacia el pasillo como si tiraran de un hilo. Desde la penumbra, los espiaba. Ver a mi tío follarse a mi tía, verla a ella con las piernas abiertas de par en par y el coño empapado recibiendo cada embestida, encendió en mí una corriente que no sabía nombrar.

La primera noche solo quise mirar. Me dije que era curiosidad, que me iría enseguida. Pero me quedé hasta el final, conteniendo la respiración, con la espalda pegada a la pared fría, viendo cómo la polla de Rodrigo entraba y salía del coño de mi tía brillante de flujo, cómo ella se relamía y le pedía más, más adentro, más fuerte.

La segunda noche volví. Y la tercera. Me sentaba en el suelo, junto al marco de la puerta, viendo cómo él la agarraba de las caderas y se la clavaba hasta el fondo, cómo ella arqueaba la espalda y dejaba escapar un gemido gutural cada vez que la verga de mi tío le llegaba al útero. Una de esas madrugadas no aguanté más. Con los ojos fijos en ellos, deslicé la mano dentro del pantalón del pijama y me encontré el coño chorreando. Me froté el clítoris en círculos lentos, ahí mismo en el suelo, mordiéndome el labio para no hacer ruido, mientras metía dos dedos en mi conejo apretado y los movía al mismo ritmo con el que Rodrigo se follaba a Carolina. Me corrí en silencio, con las piernas temblando, viéndolos llegar al final: él descargando su corrida dentro de ella, ella recibiendo cada chorro con la boca abierta y un gemido largo.

Pero una noche todo cambió. Estaban en la postura que más me trastornaba: Rodrigo de pie al borde de la cama, sosteniendo las piernas de Carolina en alto, penetrándola con embestidas secas que hacían chocar sus huevos contra el culo de mi tía. Yo estaba tan absorta, con la mano metida en las bragas y dos dedos hundidos en mi coño, que no me di cuenta de que ella había girado la cabeza. Sus ojos, nublados de placer, encontraron los míos en la oscuridad. Una sonrisa lenta, cargada, se dibujó en su boca, sin que la polla de mi tío dejara de entrar y salir de ella.

—¿Te gusta lo que ves, amor? —susurró, con la voz rota por otra embestida—. ¿Te gusta ver cómo me folla tu tío?

El corazón se me subió a la garganta. Me levanté tan rápido que estuve a punto de caer y corrí a mi cuarto como si me persiguieran. Cerré la puerta, me apoyé contra ella y escuché cómo, abajo, los sonidos se apagaban. Un silencio espeso llenó la casa. Estaba muerta de vergüenza, expuesta, y aun así el fuego que habían prendido en mí no se apagaba. Ardía más fuerte.

***

Cuando creí que el peligro había pasado, me desnudé con las manos temblando y me tendí sobre la cama. La luna entraba por la ventana y me iluminaba entera: los pechos duros, los pezones erizados, el pubis afeitado brillando de humedad. Pasé las palmas por mi piel, me pellizqué los pezones hasta que dolieron y bajé hasta el calor entre mis muslos. Ya estaba empapada, los labios del coño hinchados, resbaladizos. Cerré los ojos y empecé a frotarme el clítoris con dos dedos, repitiendo en mi cabeza la imagen de la verga de mi tío hundiéndose hasta el fondo, del culo de mi tía recibiéndolo con ansia. Me imaginé que era yo en esa cama, que esas manos grandes estaban sobre mis caderas, que era su polla la que me abría en dos. Metí tres dedos en mi coño y los curvé buscando el punto, mientras el pulgar seguía dando vueltas al clítoris.

Abrí los ojos.

Rodrigo estaba en el marco de mi puerta, la que no había cerrado con llave. Desnudo, bañado por la misma luz plateada que a mí, con la polla erecta, gruesa, apuntándome, y una mano meneándosela despacio, sin prisa, observándome.

—No te detengas —dijo, con una voz grave que apenas era un susurro y que, sin embargo, llenó toda la habitación—. Sigue tocándote ese coñito, Mariela. Déjame verte.

Obedecí. Volví a hundir los dedos en mí, sin apartar los ojos de esa verga que él acariciaba para mí, tan hinchada que la vena del centro palpitaba. Se acercó. Sus pasos no hacían ruido sobre la alfombra. Se sentó al borde de mi cama y su mirada recorrió mi cuerpo desnudo con una intensidad que me hizo sentir más expuesta que nunca.

—Eres preciosa —murmuró—. Y estás toda empapada. Ábrete más, déjame ver bien ese coño.

Abrí las piernas del todo, avergonzada y excitada a partes iguales. Él se inclinó y su boca encontró la mía. Fue un beso lento, profundo, que me robó el aliento y cualquier idea de resistencia, mientras su mano me apartaba los dedos y me sustituía por los suyos, más gruesos, que se hundieron en mi coño con una facilidad obscena. Un jadeo se me escapó solo.

—Qué apretadita estás —gruñó contra mis labios—. Este coñito se ha estado guardando para mí, ¿verdad?

—Sí, tío —susurré sin pensar, y la palabra le arrancó un gemido ronco.

Bajó la cabeza y me chupó un pezón, mordisqueándolo, mientras seguía metiéndome y sacándome los dedos. Después pasó al otro. Su boca fue bajando por mi vientre, dejando un rastro húmedo, hasta que sentí su aliento caliente entre mis piernas. Me abrió los labios del coño con los pulgares y me lamió de abajo arriba, con la lengua plana, muy despacio. Me sacudí entera.

—Tío, por favor…

—Shhh. Esto será nuestro secreto —dijo, antes de cerrar los labios alrededor de mi clítoris y chuparlo. Nadie tiene que saber que le como el coño a mi sobrina, ¿verdad?

Me comió con hambre, alternando lengüetazos largos con succiones cortas en el clítoris, metiéndome dos dedos y girándolos dentro. Yo me agarraba a las sábanas, arqueada, mordiéndome el dorso de la mano para no gritar. El primer orgasmo me pilló así, con la boca de mi tío pegada a mi coño: me corrí en su lengua, temblando, sintiendo cómo se tragaba cada gota que le dejaba.

Se incorporó, con la barbilla brillante, y se colocó entre mis piernas. La punta de su polla, gorda y roja, se apoyó en la entrada de mi coño y me hizo contener el aire.

—Tranquila —susurró—. Voy a metértela entera.

Y con un empuje firme se hundió en mí hasta el fondo. Me arqueé, y casi de inmediato el ardor se convirtió en una ola de placer que me hizo gritar. Él selló mi boca con otro beso y empezó a follarme, lento primero, con embestidas largas que salían hasta la punta y volvían a entrar hasta chocar contra mi cérvix, después más hondo, más rápido. Sus caderas chocaban contra las mías con un chapoteo húmedo, obsceno, y yo notaba cada centímetro de su verga abriéndose paso.

—Qué bien follas, sobrina —jadeó en mi oído—. Me estás apretando la polla.

—Más, tío, más fuerte —le supliqué, sin reconocer mi propia voz.

Me agarró las piernas, me las puso sobre sus hombros y me clavó hasta el fondo, ahora casi doblada en dos. Yo me aferraba a sus antebrazos, las uñas clavadas en su piel, sintiendo cada estocada resonar en el vientre. Cambió de postura: me puso a cuatro patas, me agarró del pelo con una mano y de la cadera con la otra, y me embistió por detrás. La palmada seca de sus huevos contra mi coño llenó la habitación.

—Dime que eres mía —gruñó—. Dime que este coño es mío.

—Es tuyo, tío, todo tuyo, follame, no pares…

El orgasmo me partió como un rayo. Un temblor me recorrió de la cabeza a los pies y un grito ahogado estalló en mi garganta mientras el coño se me cerraba a espasmos alrededor de su polla. Él siguió un poco más, prolongándolo, hasta que con un gruñido ronco sacó la verga y descargó su corrida sobre mis nalgas y mi espalda, en chorros gruesos y calientes que sentí resbalar. Se desplomó a mi lado, jadeando, y con dos dedos recogió parte de su semen de mi piel y me lo puso en los labios. Se lo chupé sin pensarlo.

Esa noche dejé de ser solo su sobrina.

***

A la mañana siguiente, el mundo seguía igual y yo no. Bajé a desayunar convencida de que todos podían leerlo en mi cara. Pero Carolina me sirvió jugo con su sonrisa de siempre y Rodrigo leía el periódico como si nada. Solo una vez, al pasar detrás de mi silla, su mano rozó mi hombro y se quedó un segundo de más.

La atracción era imposible de esconder. Los ojos de él me seguían por la casa; los míos buscaban los suyos. Y Carolina empezó a tocarme: un ajuste en el cuello de la blusa, una mano en mi cintura al pasar, un comentario sobre lo bien que me sentaba el rosa.

—Tienes una piel de diosa —me dijo una tarde, deslizando los dedos por mi mejilla—. Apuesto a que ese coñito tuyo sabe a gloria.

Empezó un juego peligroso. Rodrigo trabajaba muchas tardes desde casa, y los días que yo llegaba temprano de la facultad y ella aún no volvía de la agencia, no perdíamos el tiempo. Nos encontrábamos en el estudio, en el sofá del salón, una vez incluso en la cocina, contra la isla de mármol. Me sentaba sobre el granito frío, me arrancaba las bragas y se arrodillaba para hundir la cara entre mis piernas hasta hacerme gritar, chupándome el clítoris con hambre y metiéndome la lengua en el coño. Después me daba la vuelta, me inclinaba sobre la piedra, me abría las nalgas con las dos manos y me metía la polla hasta los huevos, follándome por detrás con embestidas que me hacían chocar las tetas contra el mármol.

—Mi secreto —me susurraba al oído mientras yo temblaba, con su verga latiendo dentro de mí—. Mi sobrina perfecta. Mi puta favorita.

Otra tarde me arrodillé yo. Le bajé el pantalón en el estudio, le saqué la polla y me la metí en la boca. Al principio solo lamí la punta, saboreando la gota salada que le brotaba, y después me la fui tragando entera, con las lágrimas asomándome cuando me la clavaba en la garganta. Él me agarró de la nuca y marcó el ritmo, follándome la boca hasta que le corrí en la lengua todo su semen espeso y me tragué cada gota, mirándolo a los ojos.

—Buena chica —jadeó, acariciándome el pelo—. Esa boca es mía también.

***

El otro lado del juego llegó un viernes. Carolina me pidió que la acompañara a su agencia.

—Necesito probar unos diseños nuevos en alguien con tu tipo de cuerpo —dijo—. ¿Te molesta?

No me molestaba. Me encantaba su ropa: atrevida, sensual. Su vestidor era más grande que mi habitación, con espejos en todas las paredes. Cerró la puerta y empezó a sacar vestidos, blusas, piezas delicadas y casi transparentes.

—Prueba este —dijo, tendiéndome un vestido negro diminuto—. Pero para ver cómo cae tienes que desvestirte.

La miré, insegura. Su sonrisa era dulce, pero sus ojos brillaban con la misma luz que veía en los de Rodrigo. Me quité la blusa y el pantalón y me quedé en ropa interior, vulnerable bajo su mirada.

—Todo, cielo —dijo con suavidad—. La tela de abajo cambia las líneas.

Con las manos temblando, terminé de desnudarme y crucé los brazos sobre los pechos. Ella me los bajó despacio.

—No te escondas. Eres una obra de arte.

Sus manos empezaron profesionales, ajustando la tela sobre mis hombros. Pero pronto los dedos rozaban mi piel a propósito: un toque en el costado, una mano en la cintura que se demoraba, un roce con el dorso por debajo de los pechos. Cuando se agachó para el dobladillo, su cara quedó a la altura de mi vientre y respiró hondo, con la nariz casi pegada a mi pubis.

—Hueles delicioso —murmuró, la voz ronca—. A vainilla y a coño mojado. Me pregunto si sabrás igual.

Mi respiración se aceleró, mis pezones se endurecieron contra la tela fina. Carolina lo notó. Sus ojos se oscurecieron.

—¿Has estado alguna vez con una mujer? —preguntó, subiendo hasta quedar a mi altura.

No pude responder. Solo pude mirarla, hipnotizada. Acercó su rostro al mío hasta que nuestros labios casi se tocaron.

—Tía, yo… —intenté, pero sus dedos cubrieron mi boca.

—Shhh. No digas nada.

Y me besó. Suave al principio, explorador, luego profundo, con la lengua adueñándose de la mía. Sus manos se enredaron en mi pelo mientras la mía, por voluntad propia, se posaba en su cintura. Sin dejar de besarme me subió el vestido hasta la cintura, me metió la mano entre las piernas y ahogó un gemido contra mi boca al encontrarme empapada.

—Mírate cómo estás —susurró, restregando dos dedos entre los labios de mi coño—. Chorreando por tu tía. Qué sobrina más golosa.

Me guió al sofá del vestidor y me sentó. Me arrancó el vestido de un tirón y me abrió las piernas. Después se arrodilló frente a mí, igual que Rodrigo tantas veces, pero esta vez eran sus labios pintados los que se acercaban a mi sexo.

—Deja que tu tía te enseñe cómo se le come el coño a una mujer —murmuró.

Fue una sensación completamente distinta. Donde él era fuerza, ella era delicadeza. Donde él era posesión, ella era paciencia. Su lengua trazaba círculos lentos y precisos alrededor del clítoris, subía y bajaba por los labios, se hundía dentro de mí y salía para chupar de nuevo el capullito hinchado. Dos dedos se deslizaron dentro de mi coño y me buscaron el punto exacto, curvándose, presionando, mientras la lengua seguía con su tortura sabia. Sentí un cosquilleo distinto, más profundo, subiendo desde el vientre.

—Tía… algo… voy a…

—Déjate, mi amor —susurró sin apartar la boca—. Córrete en mi lengua.

Me arqueé y me corrí con un temblor largo, mordiéndome el puño, sintiendo cómo un chorro tibio se me escapaba y ella lo bebía sin apartar la cara, gimiendo contra mi coño como si fuera la cosa más deliciosa del mundo. Me llevó al orgasmo con una calma exquisita, bebiéndose cada uno de mis sonidos y cada gota que salía de mí.

Luego se desvistió frente a mí. Tenía el cuerpo de una diosa: pechos generosos con los pezones oscuros y erectos, cintura estrecha, un pubis con una franja fina y perfectamente recortada. Se tendió a mi lado y guió mis manos por su cuerpo.

—Tócame —susurró—. Descubre lo que es hacer feliz a una mujer.

Le acaricié los pechos, se los apreté, me agaché a chuparle los pezones, primero uno y luego el otro, mientras ella suspiraba y me guiaba la mano hacia abajo. Bajé por su vientre y encontré su coño, caliente y resbaladizo. Ella me enseñó a moverme: me hizo dibujar círculos sobre su clítoris, me guio los dedos dentro, me susurró más despacio, más adentro, así. Cuando la sentí temblar, bajé la cabeza como ella lo había hecho conmigo y cerré los labios sobre su clítoris. Su sabor me llenó la boca, un sabor limpio y almizclado que me volvió loca. Le comí el coño con ganas, torpe pero entregada, hasta que se le tensaron los muslos y me apretó la cara contra ella corriéndose en mi boca con un gemido largo.

Después nos quedamos abrazadas, mi cabeza en su pecho, sus dedos jugando con mis pezones. Esa tarde aprendí la suavidad de su piel, la humedad cálida de su sexo, el sabor de su boca. Y cuando Rodrigo llegó a casa esa noche, los tres cenamos juntos. Bajo la mesa, el pie descalzo de Carolina acariciaba mi pantorrilla mientras la mano de él encontraba la mía y la apretaba.

***

Así viví durante semanas, partida entre dos amantes que compartían techo y un secreto que cada uno creía guardar conmigo a solas. Por las mañanas, antes de clase, pasaba por la agencia. En su oficina con vista a la ciudad, Carolina cerraba la puerta con llave y me hacía suya sobre el escritorio de cristal, con la boca y con las manos, o me enseñaba a devolverle cada caricia. Un día me sentó sobre su cara, con las medias todavía puestas, y me hizo cabalgarle la lengua hasta correrme dos veces seguidas. Otro me colocó frente al ventanal, con la falda subida y las bragas en los tobillos, y me metió tres dedos por detrás mientras me susurraba lo puta que me estaba volviendo. Por las tardes, si Rodrigo estaba en casa, eran sus dedos los que me recorrían, su verga la que me abría, su voz la que me llamaba suya.

Vivía en un estado constante de excitación, dividida entre la boca experta de mi tía y la polla de mi tío. Ellos lo sabían. Y en sus miradas, cuando estábamos los tres, había un entendimiento que todavía no se atrevía a decirse en voz alta. Yo lo sentía, y me moría por saber qué pasaría el día que ese deseo estallara con los tres en la misma habitación.

***

Llegó una tarde de luz dorada. Salí temprano de la facultad y, al girar la llave, el silencio de la casa me envolvió apenas un segundo. Rodrigo ya estaba allí, esperándome en el pasillo con esa mirada que siempre me aceleraba el pulso y un bulto marcado bajo el pantalón.

Sin una palabra, me tomó de la cintura y me pegó a la pared. La falda voló, sentí sus manos apretando mis nalgas con urgencia y las bragas romperse de un tirón. Me llevó hasta el sofá de cuero, me tumbó boca arriba, me arrancó la blusa y su boca se cerró sobre mis pechos mientras yo le abría el pantalón y le sacaba la verga ya dura. Me la metió sin previo aviso, hasta el fondo, arrancándome un grito.

—Te he deseado toda la mañana —susurró contra mi cuello mientras se me clavaba con esa fuerza que me hacía perder la razón, el sofá crujiendo bajo cada embestida.

Yo estaba en pleno éxtasis, las piernas enredadas en su espalda, el coño chorreando alrededor de su polla, cuando el sonido de la puerta principal nos congeló la sangre.

Carolina entró al salón. Se quedó de pie, impecable en su traje sastre, mirando la escena: su marido con la verga hundida hasta los huevos en el coño de su sobrina.

—¿Qué es esto? —exclamó con una voz gélida que me hizo temblar—. ¡En mi propia casa! ¡Rodrigo, Mariela!

Intenté cubrirme, roja de vergüenza, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Pero entonces su expresión cambió. Una sonrisa lenta curvó sus labios mientras dejaba el bolso sobre una silla y empezaba a desabrocharse la chaqueta con una calma inquietante.

—Buena actuación, ¿verdad, Rodrigo? —dijo, acercándose—. Casi me la creo yo misma.

Me quedé paralizada. Rodrigo no se apartó; al contrario, siguió dentro de mí, se incorporó apenas para rodearme con un brazo y la miró con complicidad, moviendo las caderas apenas, lo justo para que yo sintiera cómo su polla seguía viva dentro de mi coño.

—Ya no aguantábamos más el teatro, pequeña —me dijo, besándome el hombro—. Sabíamos que nos espiabas desde la primera noche. Te veíamos en la penumbra de la puerta, tocándote el coñito mientras nos mirabas follar.

Carolina terminó de desnudarse. Se quitó la falda, la blusa, el sujetador de encaje y las bragas, y se quedó frente a mí en toda su gloria. Se subió al sofá y me tomó la barbilla con delicadeza mientras Rodrigo, por debajo, empezaba a moverse otra vez dentro de mí, muy despacio.

—Y yo sé muy bien lo que haces con él por las tardes —susurró—, igual que él sabe lo nuestro en la agencia. Cómo te como el coño sobre mi escritorio, cómo te corres en mi boca. Lo planeamos todo, Mariela. Queríamos que fueras nuestra, de los dos, a tu ritmo.

El miedo se convirtió en una corriente eléctrica que me recorrió entera. Ya no había secretos, solo deseo compartido. Carolina se inclinó y me besó, hundiendo la lengua en mi boca mientras las manos de Rodrigo volvían a recorrer mis curvas y su verga volvía a follarme fuerte, ahora sin disimulo.

—Mírala cómo la abres —le dijo Carolina a su marido, mordiéndome el cuello—. Mira cómo se traga tu polla nuestra sobrinita.

—Ven aquí —le contestó él, sin dejar de embestir—. Ponle ese coño en la boca. Es hora de que se los coma a los dos a la vez.

Carolina se subió sobre mi cara, con las rodillas a los lados de mi cabeza, y me bajó el coño hasta la boca. Le saqué la lengua, la hundí entre sus labios ya empapados y le busqué el clítoris. Ella se me montó encima gimiendo y empezó a frotarse contra mi cara mientras Rodrigo, entre mis piernas, me follaba con embestidas cada vez más largas. Yo estaba en el paraíso: la polla de mi tío llenándome el coño, el coño de mi tía chorreándome en la boca, sus dos voces gimiendo por encima de mí.

Cambiamos de postura mil veces esa tarde. Me pusieron a cuatro patas: Rodrigo detrás, clavándome la verga, Carolina delante, sentada con las piernas abiertas para que yo le comiera el coño mientras me follaban. Después me tumbaron boca arriba y Carolina se sentó a horcajadas en la cara de su marido, restregándole el coño en la boca mientras él seguía dentro de mí. Luego los dos me chuparon a la vez, mi tío el clítoris y mi tía los pezones, con las manos entrecruzadas sobre mi vientre.

Terminaron juntos: Rodrigo sacó la polla en el último segundo y descargó su corrida sobre mi cara y sobre la boca abierta de Carolina, que me la relamió y me la fue pasando en besos, compartiendo el semen de su marido conmigo, boca contra boca. Yo me corrí una vez más, temblando, entre los dos.

Esa tarde, el salón se transformó en el escenario de una entrega total. Fui tomada por la fuerza de él y la delicadeza de ella al mismo tiempo, sus cuerpos moviéndose alrededor del mío en una coreografía que parecían haber ensayado durante meses. Entendí que no era la víctima de su juego, sino la pieza que le faltaba a su matrimonio.

Desde entonces, en esa casa ya no hay puertas cerradas. Somos tres engranajes del mismo placer, y yo, Mariela, soy el centro de su mundo.

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Comentarios(9)

Morbologo

increible... no me lo esperaba para nada. De los mejores que lei en esta categoria

patri88

Lo lei dos veces. La segunda vez lo disfruté mas todavia, sabiendo lo que se venia. Muy buen trabajo

LectorBA_77

Por favor continua con la historia, quede con demasiadas ganas de saber que paso despues!!!

Sebas_Cba

excelente relato, muy bien escrito!!!

ClarisaM

Esa tension que se siente desde el principio hasta el final es adictiva. Me tuvo pegada a la pantalla

Yayo_Sur

me recordo a algo que viví hace muchos años jaja, aunque mucho mas inocente. Buenisimo

Noche_Latina

Que manera de construir el suspenso sin apurarse. Se nota que saben escribir, sigan asi

Ricky_BA

tremendo final... me mato esa ultima escena. Esperando la segunda parte

Anabela_Ros

Ese ultimo parrafo me dejo sin palabras. Corto pero muy intenso, se hizo cortisimo :)

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