Deseé a mi hijo mientras me entregaba a su padre
Marina marcó el número con los dedos temblando. Llevaba todo el día encerrada en una tensión que no la dejaba pensar, y cuando Beatriz contestó al otro lado, las palabras le salieron atropelladas. Le dijo que se sentía mal, que estaba excitada desde la mañana, que no podía seguir así o terminaría haciendo una locura.
—Tranquila, Marina, no pasa nada —la voz de la psicóloga era suave, pausada, hipnótica—. Lo que te ocurre es que estás en una fase de crecimiento. Estás construyendo tu autoestima. Esa moral falsa que te enseñaron te dice que te frenes, que cortes de raíz cualquier cosa que te haga libre. Pero es mentira. Tienes que pelear contra esos miedos y disfrutar de lo que te pide el cuerpo.
Marina escuchaba, pero no acababa de creerlo. ¿Por qué esa desazón? ¿Por qué esa necesidad constante de sexo, como si tuviera otra vez quince años? Al final lo soltó, solo para quedarse tranquila.
—No me parece normal, Beatriz. Esto antes no me pasaba. Yo era feliz con mi vida, tenía mi rutina con mi marido, y ahora… ahora es muy fuerte, por Dios.
—Respira hondo. Relájate unos segundos —contestó la psicóloga—. Has vivido atada toda la vida. Renunciaste a estudiar, a tener una carrera, a una vida propia que te llenara. Y todo por él. Hugo, en cambio, no sacrificó nada. ¿Dejó la universidad? No. ¿Dejó sus amigos? No. La única que pagó el precio fuiste tú. Eres prácticamente una esclava de esa casa.
—Sí, es verdad, pero…
—Pero nada. Dejaste de salir, de bailar, de beber, de tener sexo como tú querías. Y no hablo solo de tu marido. Él es quien te cercena, quien te impide ser quien eres en realidad. Tienes derecho a disfrutar de tu cuerpo, Marina. Con quien quieras.
—No es tan fácil. Además, estaría mal visto. ¿No? —respondió ella, dudando.
—No es malo. No es pecado. Son inventos de una sociedad que nos asfixia. Sé libre. Decide por ti misma.
Marina colgó con las ideas extrañamente claras. Pensaba en su adolescencia, cuando solo había salido con Hugo, cuando él la dejó embarazada y ella abandonó todo para criar a Diego. Ahora lo veía distinto. Tenía que recuperar el tiempo perdido. Tenía que crecer, hacerse autosuficiente, dejar de depender de nadie.
Y sin embargo, por debajo de toda esa filosofía, lo único concreto que sentía era el calor entre las piernas. Llevaba todo el día sofocada. Se había masturbado dos veces y ninguna había servido de nada.
***
Después de cenar le entró el remordimiento. Quizá Beatriz tuviera razón, quizá no, pero pensó que lo justo era compensar a Hugo. Apartó esa idea de la cabeza y la convirtió en deseo. Necesitaba sexo, y lo necesitaba ya.
—Olvídate de la tele —le dijo desde la puerta del salón—. Vamos a la habitación. Ahora.
Hugo la miró sorprendido. Hacía años que no veía a su mujer con esa urgencia en la mirada, no desde que eran dos críos que no podían quitarse las manos de encima. Apagó el televisor a toda prisa y la siguió por el pasillo.
—Te necesito —ronroneó Marina nada más cerrar la puerta.
No le dio tiempo a pensar. Le desabrochó la camisa de un tirón, le bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo movimiento y se arrodilló frente a él. Tomó su sexo con la mano y se lo metió en la boca antes de que él pudiera articular palabra.
—Mmm… cuánto te echaba de menos —murmuró ella, mirándolo desde abajo.
Recorría el tronco con la lengua, jugaba con sus testículos, le mordisqueaba la punta y levantaba los ojos buscando su aprobación, igual que una niña que espera que la feliciten.
—¿Pero qué te pasa hoy? —preguntó Hugo, todavía perplejo—. Hace años que no te ponías así.
—Que te he echado de menos, cariño —respondió ella con una vocecita melosa que no era la suya.
—¿Y qué me vas a hacer? —insistió él, animado por aquella mujer tan decidida.
Marina se mordió el labio inferior y le guiñó un ojo con picardía.
—Te voy a entregar el culo. Quiero que me lo des entero.
Hugo no se lo creía. Aquella no parecía su mujer. Pero le daba igual quién fuera en realidad: tener delante semejante propuesta era como ganar la lotería. La agarró del pelo y la lanzó sobre la cama como si fuera una muñeca a su disposición.
Cómo voy a disfrutar esta noche, pensó él. Iba a ser una auténtica fiesta.
La cogió por las caderas, le separó las nalgas con los pulgares y, al ver que estaba abierta, dispuesta, palpitando, se hundió de golpe.
—¡Aaah! —gimió Marina al sentirlo entero.
—Cris… —se le escapó, usando un viejo apodo—. Estás abierta del todo. ¿Cómo es posible?
Ella se retorcía de placer, jadeando contra la sábana.
—Es que… mmm… me preparé para cuando llegaras —contestó a modo de excusa.
Hugo se quedó sin palabras. Marina nunca había hecho algo así, nunca se había comportado de esa manera tan obscena. Pero teniendo delante lo que tenía, dejó de hacer preguntas. La sujetó con fuerza por las caderas y se entregó a embestirla sin tregua.
El golpeteo llenó la habitación, rítmico, brutal. La penetraba hasta el fondo y ella le pedía más, le pedía que no parara, que la reventara como cuando se conocieron. Le encantaba sentir la pelvis de su marido rebotando contra su trasero.
—Méteme la polla entera, por Dios —chilló girando la cara hacia él.
Hugo le soltó una palmada que le dejó la nalga roja y temblando.
—No sé qué te ha pasado hoy, cariño, pero ojalá me recibas así cada noche.
Marina lo miró sonriendo y movió las caderas con una provocación que jamás había mostrado. Bajó la cabeza, la apoyó en el colchón y empezó a balancearse, subiendo y bajando contra él con un desenfreno que la sorprendía a ella misma.
—Fóllame más fuerte —jadeó—. Como antes.
Él hundió los dedos en su carne y se dejó caer sobre ella con todo su peso. El impacto sonó seco. Marina cayó de bruces, pero Hugo no se detuvo. Llevaban años sin entregarse de aquel modo y no estaba dispuesto a desperdiciar un segundo.
Marina creía morir. Ni en el mejor de sus sueños había imaginado algo tan salvaje, y sin embargo disfrutaba siendo tomada como un objeto, como un pedazo de carne dispuesto solo para él.
—Más, más, reviéntame —pidió con un sofoco tremendo.
Sintió que el orgasmo se acercaba y empujó las caderas hacia atrás, buscándolo entero. Hugo apretó el ritmo, su respiración cada vez más entrecortada.
—No puedo más, Marina… —avisó él.
—¡Dios! Lo siento, lo siento dentro —gritó ella al notar el calor del orgasmo de su marido inundándola por dentro.
—Joder, cómo aprietas —respondió él, vencido, dejándose caer a su lado—. Vaya noche.
Se abrazaron. Se dieron un beso largo y tierno, de esos que no se daban hacía mucho. En unos minutos, Hugo dormía profundamente, agotado y feliz.
Marina, no.
***
Tumbada de costado, con el cuerpo todavía vibrando, Marina sentía que algo dentro de ella no se apagaba. Notaba el rastro tibio del orgasmo de su marido y, en lugar de saciarla, aquello le encendió un pensamiento que la asustó.
Si con Hugo había disfrutado tanto, ¿cómo sería estar con Diego?
Apretó los párpados. No quería pensarlo, pero ya lo estaba pensando. Días atrás había encontrado, sin querer, un vídeo en el ordenador de su hijo: ella misma, frente al espejo del baño, sin saberse grabada. Y, peor aún, recordaba el cuerpo de Diego, ya un hombre, sus manos enormes, esa presencia que la incomodaba y la atraía a partes iguales. Su hijo había dejado de ser un niño hacía tiempo y ella apenas se había dado cuenta.
Era una barbaridad. Lo sabía. Pero desde que había empezado a ver a Beatriz, su deseo se había desbocado y ya no distinguía bien dónde estaba la línea.
Miró de reojo a Hugo. Dormido, ajeno a todo. Y ella necesitaba más. Aquel furor no se calmaba.
Se levantó despacio, en silencio, y se acercó de puntillas hasta la habitación de Diego. Pegó la oreja a la puerta, conteniendo la respiración. ¿Estaría jugando a algo? ¿Estaría viendo aquel vídeo otra vez?
El simple hecho de imaginarlo la hizo deslizar la mano por debajo de la ropa. Se quedó allí de pie, a oscuras, en el pasillo, tocándose frente a una puerta cerrada como si tuviera de nuevo dieciséis años y todo le estuviera prohibido.
Si llamo y me abre, podría inventar cualquier excusa, pensó. Si lo pillo mirando ese vídeo, tendría motivo para entrar. La idea le hizo morderse el labio con fuerza. Pero entonces la realidad la golpeó: ¿y si dormía? ¿Y si simplemente estaba jugando? Haría el ridículo más espantoso de su vida. Una madre plantada en la puerta de su hijo, sin nada que decir, con la respiración agitada.
El miedo pudo más que el deseo. Apoyó la frente un instante en la madera fría, recuperó el aliento y regresó a su dormitorio. Se tumbó junto a Hugo, que seguía roncando suave, y se masturbó en absoluto silencio, mordiéndose la mano para no despertarlo, hasta que un orgasmo amargo y solitario la dejó por fin agotada.
***
Por la mañana, en la oficina, le contó a su amiga Lucía que le pasaban cosas raras, que no salía de la excitación, que deseaba sexo a cada momento.
—Has vuelto a la adolescencia —se rio Lucía.
—No te rías de mí, por favor.
—Pues yo te tengo envidia —respondió Lucía, poniéndose seria de pronto—. Tienes un marido estupendo que te folla cuando se lo pides. Ya me gustaría a mí. Yo salgo los sábados y siempre acabo con algún imbécil que se corre en cuanto la mete y me deja a medias.
Hablaron un buen rato de sexo, pero Marina no contó la verdad. No mencionó el vídeo. Y mucho menos lo que había sentido frente a la puerta de Diego después de acostarse con Hugo. Le ardían las mejillas solo de pensarlo.
Después de comer, su marido volvió al trabajo y su hijo se encerró en el cuarto, como siempre. Marina, en cambio, no fue a casa. Bajó hasta la consulta de Beatriz, decidida a preguntarle una sola cosa, la única que de verdad le interesaba: cómo debía comportarse a partir de ahora con Diego.
Y mientras subía las escaleras del gabinete, supo que, dijera lo que dijera la psicóloga, ya conocía la respuesta que quería escuchar.