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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el coche con mi madre

Aquella mañana me levanté con una idea fija en la cabeza. Fui directo a la cocina, donde mi madre fregaba apoyada en la encimera, y me acerqué despacio por la espalda. La rodeé con los brazos, apreté mi cuerpo contra el suyo y dejé que las manos subieran hacia sus pechos.

Se soltó de golpe.

—Siéntate y espera a que estén las tostadas —dijo con una frialdad que no le conocía.

Me quedé helado. ¿Había hecho algo distinto a lo de los otros días? Obedecí sin entender nada y me dejé caer en la silla.

No pude evitar mirarle el culo. Llevaba las mismas mallas ajustadas con las que había jugado conmigo días atrás, pero ahora ni un gesto, ni una sonrisa. Aquel recibimiento tan seco me dejó sin saber si volver a abrazarla o largarme a mi cuarto con el día arruinado.

Se abrió la puerta y entró mi padre, seguido de Nadia. Se sentaron, empezaron a hablar todos a la vez, pero mi madre y mi hermana fingían que lo del día anterior no había ocurrido nunca. Apenas me miraban. Charlaban entre ellas como si yo no estuviera.

Cuando salí hacia el taller, esperé que mi madre me lanzara alguna de sus señales de las últimas semanas: un pellizco, un beso en la mejilla, cualquier cosa que dijera que seguíamos en lo nuestro. En lugar de eso, me despidió desde la cocina sin moverse.

Con Nadia, lo mismo. Habíamos pasado de caminar abrazados contándonos confidencias a un cortante «adiós, pringado» en el portal, antes de irse del brazo de Quique, que la esperaba en la esquina.

Vaya mierda de día.

***

Pasé toda la jornada dándole vueltas al asunto. El día anterior había estado a punto de algo serio con las dos, y ahora me daban de lado como si fuera un extraño. Empecé a calentarme y a convencerme de que todo era culpa mía, por haberlo forzado, por no saber parar a tiempo.

Dani, nunca aprendes.

Por la noche, en casa, la misma escena: ellas riéndose, hablando, ignorándome por completo. Yo las observaba esperando una mínima señal, algo que dijera «lo hago para disimular», pero no llegó nada. Sentí que mi mundo se venía abajo.

Pasaron tres días y la cosa seguía estancada. Las caricias y los pellizcos que nos habíamos regalado últimamente se habían esfumado. ¿Ya no era el hijo cariñoso que tanto le gustaba?

Entré en un bucle bastante feo. Del taller a mi habitación, de mi habitación al taller, sin más. Ni ellas mostraban interés ni yo me atrevía a pedirlo. Me encerraba a solas y solo salía para comer o para meterme en el baño. Hasta había dejado de prestar atención a los ruidos de la casa. Nada me motivaba lo más mínimo.

Y lo peor era que en aquella casa nadie parecía notarlo. Había vuelto a ser el mismo fantasma de antes.

La ansiedad fue creciendo hasta que una mañana me levanté vomitando. Avisé de que no iba al taller y mi madre me miró con algo parecido a la preocupación.

—¿Qué te pasa, Dani? Estás muy raro últimamente.

Será posible. Era ella la que me ignoraba y, encima, el raro era yo. Le pedí que me dejara solo y me quedé hecho un ovillo bajo las sábanas.

***

Dos horas después oí la puerta. Entreabrí los ojos y la vi dudando en el umbral, nerviosa, sin decidirse a entrar. Al final me giré del todo y le pregunté qué quería.

—Voy a hacer unas compras —dijo en voz baja—. ¿Te vienes conmigo?

La propuesta me extrañó, pero no sé por qué acepté. Pensé que un paseo me vendría bien y, sobre todo, que quizá por fin hablara conmigo. Me vestí, fui al salón y esperé a que saliera de su cuarto.

Cuando apareció, me dejó sin aire. Se había arreglado como para una guerra: un vestido cortísimo, ajustado a las caderas, y un escote en el que se le veía todo el canalillo y media curva de los pechos.

—Vámonos —dijo con una sonrisa que llevaba días sin dedicarme.

Subimos al coche y tomó una dirección que yo no reconocía. Desde luego no era hacia las tiendas de siempre. Estuve a punto de preguntar a dónde íbamos, pero al verle la sonrisa y aquel escote, me hundí en el asiento y me dediqué a mirarla de reojo.

Al rato encendió la radio y empezó a cantar y a moverse en el asiento, dando pequeños saltos al ritmo de la música. Vaya, estamos de fiesta. Yo la observaba mientras sus pechos rebotaban bajo la tela del vestido.

—Ponte cómodo y canta, cariño —me dijo, las primeras palabras amables desde que habíamos salido.

La miré de mala gana. Acababa de vomitar y me pedía que cantara. Estaba yo para bailes.

Se giró sonriendo, me guiñó un ojo y tiró del vestido hacia arriba.

Me entraron sudores. La tela se le subió por los muslos y aparecieron sus piernas desnudas y, entre ellas, el triángulo negro de la ropa interior. No mires, Dani. Por lo que más quieras, no mires.

Giré la cabeza hacia la ventanilla. Ella me puso la mano en la pierna y me dio un pellizco.

—Venga, canta conmigo.

Volví a girarme, nervioso, y me encontré de nuevo con sus muslos abiertos y la tela tapándole apenas el sexo. Conducía contenta, pisaba el acelerador y luego el freno, y cada vez que lo hacía separaba más las piernas; el vestido se le recogía en las caderas y aquello quedaba cada vez más expuesto.

Miré de reojo y vi cómo la tela se le había metido entre los pliegues. Sin poder evitarlo, se me puso dura como una piedra. Para ya. Pero entonces noté que ella miraba el bulto de mis pantalones y sonreía satisfecha.

Me puso otra vez la mano en la pierna y la subió despacio, muslo arriba. Yo la observaba; ella sonreía y se iba acercando a la zona de peligro.

—¿Estás mejor, mi vida? —preguntó.

¿Y qué demonios respondo a eso?

Quería tocarla, acariciarla, pero su actitud de los últimos días me frenaba. No quería volver a estropearlo justo ahora que parecía que recuperábamos el terreno perdido. Así que me quedé mirando como un tonto, sin decidirme.

Entonces sus dedos rozaron el bulto y, sin más, me lo agarró por encima de la tela. Lo apretó y lo sacudió despacio.

—¿Mejor ahora? —dijo riéndose.

Resoplé. Miré su mano, miré entre sus piernas. Las tenía abiertas del todo y la ropa interior ya casi no tapaba nada.

Vamos, Dani. No te cortes.

Me armé de valor y le puse una mano en el muslo. No me rechazó, así que empecé a acariciarla y fui subiendo por la cara interna hasta rozar la tela.

—¡Ay! —se rió, nerviosa—. No me hagas cosquillas.

Bajé hasta la rodilla y volví a subir, esta vez mirándola a los ojos. Ella se giró, se mordió el labio y me sostuvo la mirada hasta que mis dedos llegaron a su sexo.

—Mmm —gimió al sentir que la apretaba.

Se incorporó un poco y se deslizó en el asiento, empujando las caderas hacia delante. Se está poniendo a tiro.

Conducía cada vez más despacio, mirando hacia abajo sin parar. Mis dedos se movían sobre la tela, recorriendo el contorno, el surco, y sobre todo la humedad: estaba empapada.

—Mmm —suspiró, apretando los labios.

Aparté el borde de la tela y pasé la yema por su sexo directamente, sintiendo el calor de la piel. Cuando presioné un poco para hundir el dedo, soltó un gemido más largo y cerró los ojos un instante, sin dejar de conducir.

—Mmm... —murmuró, apretando las piernas en torno a mi mano.

Yo no paraba. La acariciaba metiendo el dedo todo lo que la postura me permitía. Ella respiraba cada vez más fuerte, soltando suspiros sonoros.

***

De pronto echó las caderas hacia delante, separó del todo las piernas y frenó en seco, metiéndose en el arcén. Con el coche detenido, su mano empezó a moverse arriba y abajo sobre mi erección, más deprisa, mientras ella daba pequeños botes en el asiento.

Cerraba los ojos para no mirarme y respiraba a bocanadas.

—Más adentro —me pidió de golpe—. Más adentro.

Era la primera vez que me lo decía con todas las letras. Hasta ese momento todo había pasado como por casualidad, sin que ninguno reconociera nada.

—Hazlo con los dedos, cariño —rogó entre jadeos.

Estaba casi tumbada, con las caderas fuera del asiento y las piernas completamente abiertas. Yo metía los dedos hasta el fondo y los sacaba empapados.

—Sí... así... —repetía empujando contra mi mano.

Era la única canción que sonaba ahora dentro del coche. Eso y sus gemidos, que me dejaban con la boca abierta. Jamás habría imaginado que mi madre fuera tan escandalosa. La miraba entrecerrar los ojos, morderse los labios, respirar a golpes.

—Sigue —dijo, y ya no sonaba a ruego sino a orden.

Le miré los pechos a través del escote y no aguanté más. Le solté los botones del vestido a toda prisa y le liberé las tetas. Ella misma se tiró del sujetador hacia arriba hasta sacarse los pezones, oscuros y duros. Me lancé sobre ellos.

—Despacio, mi vida —protestó al notar mis dientes—. No me hagas daño.

Pero yo no estaba para delicadezas. Saqué los dedos y los volví a meter empujando hacia arriba; había leído que ahí estaba el punto que más placer daba, y presioné cuanto pude.

—¡Ah! —soltó un grito.

Me asusté, pero la vi mirar ansiosa lo que hacía y levantar las caderas pidiendo más. Si le gustaba, no iba a negárselo. Los sacaba y los metía, los sacaba y los metía, y ella gritaba de gusto.

—Sí, así, por favor —decía mordiéndose los labios.

Saltaba en el asiento y se giraba hacia mí ofreciéndome los pechos. Yo los chupaba y los mordía por turnos.

—Dios, qué bien, mi vida —murmuró, embelesada, mirando lo que hacía.

Me cogió la cabeza y me la llevó hacia abajo, hacia sus piernas.

—Abajo, cariño —dijo con la mirada perdida.

Con una mano se apretaba un pecho y con la otra me empujaba la cara contra su sexo.

—Cómemelo —ordenó, abriéndose con los dedos.

Me metí entre sus piernas y la recorrí de arriba abajo con la lengua. Estaba mojada por todas partes.

—¡Sí! —gritó, sofocada, agarrándome del pelo.

Temblaba sin parar. Levantaba las caderas y me guiaba la cabeza, hundiéndome la boca entre los pliegues. Yo me esforzaba por meter la lengua y por respirar de vez en cuando, excitado de oírla gemir así.

De repente se le tensó todo el cuerpo. Me apretó la cabeza con los muslos y se corrió contra mi boca.

—Dani, mi amor... ya viene, ya viene...

Joder. Mi madre se está corriendo.

***

Y entonces se me cruzó una idea: ¿y si lo intento?

Me bajé el pantalón, me sacudí un par de veces y salté hacia su asiento para colocarme entre sus piernas. Ella me miró y, por un segundo, pareció que iba a dejarme. Apartó la tela a un lado y froté la punta contra su entrada.

—Mmm —gemí al notar su calor.

Levantó las piernas, ofreciéndose, pero con una expresión que no supe descifrar: a medio camino entre el miedo y el vicio.

—Voy a hacértelo, mamá —dije empujando un poco las caderas.

La vi dudar, resoplar, y de golpe incorporarse.

—No... eso no, Dani —exclamó empujándome para apartarme.

Me retiré y la miré desconcertado. ¿Y ahora qué pasa?

—Ven —dijo echando el asiento hacia atrás para tumbarse—. Mételo entre mis tetas.

Tiró de mi mano y me colocó frente a su cara. Me sujetó entre los pechos, los apretó y empezó a moverlos.

—Así, mi vida. Hazlo entre las tetas —pidió, mirando cómo asomaba la punta entre ellas.

Verla con la lengua fuera, buscando la punta cada vez que aparecía, me hizo agarrarla del pelo y atraerla hacia mí.

—Así, mi amor, así —jadeó, lamiéndome por primera vez.

Subía la cabeza para metérselo entero en la boca y volvía a apretarlo entre los pechos. Ya no quedaba nada por fingir: lo que pasaba entre nosotros estaba reconocido, aceptado. Y eso, más que cualquier otra cosa, me volvió loco. No fue un desliz. Esto va a seguir.

—Sigue, mi vida, sigue —chilló apretándome contra su cuerpo.

Tiré con fuerza de su pelo, obligándola a llevarme hasta el fondo, y terminé sobre su cara y su cuello.

—Mmm... traga —ordené sin soltarle la melena.

Y ella obedeció, sin dejar de mirarme, con un vaivén lento de la cabeza. Después se relamió, recogiendo con la lengua lo que se le escapaba por los labios. Daba gusto verla entregada a algo así. Parecía sacada de una de esas películas que yo veía a solas en mi cuarto.

—Mmm. Qué rico, mi vida —dijo, relamiéndose una última vez.

Me sacudió un par de veces más y, de pronto, cambió el gesto. Se tapó los pechos, se recolocó el vestido y dijo que nos íbamos.

—¿A que ya estás mejor? —preguntó con una sonrisa maliciosa.

Volvió a la carretera y siguió conduciendo hacia casa como si no hubiera pasado nada. Su capacidad para apagar el interruptor me descolocaba: llevábamos días provocándonos, acababa de hacer todo aquello conmigo, y se comportaba como si volviéramos del supermercado.

Pero había una cosa que me hacía sonreír por dentro. Por un instante, aunque solo fueran unos segundos, había llegado más lejos que nunca con ella. Y eso me bastaba para saber que el resto era solo cuestión de tiempo.

¿Me dejará algún día llegar hasta el final? No lo sé. Lo que tengo claro es que no será porque yo deje de intentarlo.

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Comentarios (5)

Manu_89

tremendo relato, me enganche desde la primera linea!!!

KarlosBsAs

Que forma de arrancar esto. El principio te atrapa de una y ya no podes soltar. Espero que haya segunda parte!

DulceTormenta

me dejo sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

ElChicoDeRosario

Hay algo en este tipo de relatos de tension que me vuelve loco. Muy bien escrito, se siente real

Mateo_Cordoba

alguien sabe si hay mas relatos de este estilo? muy bueno

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