Mi abuela me confesó el secreto de mi padre
Tengo veintiún años y vivo en un pueblo pequeño de la provincia de Soria, en esa franja del interior que la gente llama «la España vacía». Aquí casi todo el mundo es mayor, las casas están medio cerradas y los inviernos son largos. Estudio en la universidad a distancia y vivo con mis padres y con mi abuela materna, Remedios, viuda de sesenta y tres años. En el pueblo de al lado vive mi otra abuela, Encarna, la madre de mi padre, también viuda, de sesenta y seis.
Mi madre trabaja de administrativa en el ayuntamiento comarcal y mi padre heredó de mi abuelo una furgoneta grande con la que se gana la vida. Cada mañana recoge en una cooperativa los encargos que le han hecho los vecinos —comida, medicinas, alguna pieza de recambio— y los reparte casa por casa por todos los pueblos de alrededor. Sale a las ocho y vuelve sobre las nueve de la noche.
Todos los sábados, sin embargo, deja para el final el pueblo donde vive su madre, y allí se queda a dormir. Decía que era para hacerle compañía, que una mujer sola a esa edad lo agradece. Yo nunca le di más vueltas. Volvía los domingos a mediodía y pasaba la tarde en casa, y así habían sido las cosas desde que tengo memoria.
La noche en que todo cambió era un sábado de agosto. Volví a casa sobre las once, después de estar con los amigos en la plaza. Encontré a mi madre y a mi abuela en el salón, las dos con el pijama puesto y un cubata en la mano, viendo una serie. Esa era su costumbre de los sábados: una copa larga, la tele encendida y charla hasta tarde.
Me preparé yo también una copa y me senté en el sofá, al lado de mi abuela, que es donde me pongo siempre. A los pocos minutos terminó el capítulo y mi madre dijo que tenía sueño y que se iba a la cama. Yo aún tenía media copa, y mi abuela dijo que se quedaba un rato más charlando conmigo.
—Anda, prepárame otra —me pidió en cuanto mi madre cerró la puerta—. Un día es un día.
Se la serví y nos quedamos los dos solos, con un concurso de fondo que ninguno miraba. No podía imaginar que aquella conversación iba a cambiarme la vida.
Hablando de esto y de aquello, salió el tema de que mi padre se había quedado, como todos los sábados, en casa de su madre. A mi abuela, con las copas, se le soltó la lengua.
—Tu padre no se queda a dormir en casa de su madre —dijo, mirándome de reojo—. Se queda a «dormir» con su madre.
—Es lo mismo que he dicho yo, abuela —respondí, sin captar nada.
—No, cariño. No es lo mismo.
Entonces lo entendí, y se me secó la boca.
—A ver… ¿me estás diciendo que mi padre se acuesta con su madre? ¿En ese sentido?
—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo —contestó, con una sonrisa de satisfacción por haberme hecho llegar solo.
—¿Pero cómo va a ser eso posible? Si es su madre.
—Claro que es su madre. Pero también es una mujer, con sus necesidades, sin marido. Y su hijo se las cubre, al menos un día por semana.
—Joder, abuela. Me dejas de piedra. ¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque me lo ha contado tu madre. Entre nosotras no hay secretos.
—¿Mi madre también lo sabe?
—Tu padre se lo dijo desde el principio. Ella lo entendió y lo aceptó. Nunca se lo ha ocultado.
Me eché hacia atrás en el sofá, intentando ordenar lo que acababa de oír. Mi familia entera vivía sobre un secreto del que yo no sabía nada.
—Sería como si yo, los sábados que no está papá, me acostara contigo —dije, medio en broma, tanteando.
—No es lo mismo —respondió ella, sin reírse—. Tu madre sí tiene un hombre que la atiende.
—Ya. Pero tú no tienes a nadie. ¿O es que tú no tienes esas necesidades?
—Ay, hijo. Claro que las tengo.
—¿Y entonces?
—Pues que ya soy vieja, y no hay nadie que quiera acostarse con una vieja como yo.
Algo cambió dentro de mí en ese momento. Miré a mi abuela de verdad, por primera vez. Llevaba solo los pantalones finos del pijama y una camiseta de tirantes. Vi lo que siempre había tenido delante y nunca me había parado a mirar: unos muslos firmes, los pezones marcándose bajo la tela. Estaba excitada, y yo empezaba a estarlo también.
—La madre de papá es mayor que tú —dije, con la voz un poco temblona—, y ya ves cómo sigue resultándole deseable.
—Eso es distinto. Él lo hace por pena, porque ella está sola. Le da compañía y cariño.
Y ahí, ya metido del todo en el charco, vi una oportunidad que no quería dejar pasar.
—Pues a mí también me da pena que lleves tanto tiempo durmiendo sola, sin un hombre que duerma contigo.
Mi abuela sonrió de una manera que me dejó claro que me tenía justo donde quería.
—¿Me estás diciendo que tú serías ese hombre? ¿Que quieres dormir conmigo?
—Eso es exactamente lo que te estoy diciendo, abuela. Eres mayor, sí, pero te cuidas y estás estupenda. Si tú quieres, yo encantado, esta misma noche.
—Ay, hijo. ¿De verdad?
—Totalmente en serio.
—Pues vámonos ya a la cama, anda. Y apaga este fuego que llevo dentro.
***
Nos fuimos a su dormitorio sin hacer ruido. Nos desnudamos deprisa, y la vi entera por primera vez. No estaba ni gorda ni delgada. Tenía unos pechos generosos, algo caídos, y la piel sorprendentemente tersa para su edad. Mi erección apuntó al techo en cuanto la luz de la mesilla cayó sobre ella, y eso fue lo primero en lo que se fijó.
Se sentó en el borde de la cama y tiró de mí hacia ella.
—Ven, cariño, acércate. Lo primero que quiero es probarte. Llevo años sin tener una así delante.
Me agarró con una mano mientras con la otra me acariciaba despacio. Bajó la piel, dejó la punta al descubierto y se quedó mirándola un segundo, como si no terminara de creérselo. Luego se la metió en la boca y empezó a chuparme con una calma y una técnica que no me esperaba. Se notaba que era algo que sabía hacer, aunque hiciera mucho que no lo hacía.
Le sujeté la cabeza con las dos manos y me moví despacio, dejando que sus labios cerrados me recorrieran de arriba abajo. Ella no apartaba los ojos de mi cara, unos ojos azules muy claros, mientras me llevaba cada vez más adentro sin un solo gesto de arcada. Cuando noté que estaba al borde, se lo avisé.
—Abuela, espera, que me corro.
No me hizo caso del todo. Dejó solo la punta dentro y fue tragando a medida que yo me vaciaba, recogiéndolo todo con la lengua sin perder una gota. Después siguió un rato más, suave, hasta que no quedó nada. Fue, sin exagerar, lo mejor que me habían hecho nunca.
Nos tumbamos, nos besamos y nos acariciamos un buen rato. Bajé a sus pechos, los chupé, los sostuve con las dos manos, y para cuando quise darme cuenta volvía a estar duro.
—Qué maravilla la juventud —murmuró al notarlo—. Déjate de caricias y métemela ya. Quítale las telarañas a tu abuela.
Se abrió de piernas, dobló las rodillas para facilitarme las cosas y me coloqué entre sus muslos. Apoyé los brazos para no dejarle todo mi peso encima y entré despacio, hasta el fondo, de una sola vez. Soltó un grito ahogado, de puro alivio.
—Gracias, cariño. Hacía años que no entraba un hombre aquí. Ahora fóllame bien, que lo necesito.
Como acababa de correrme, sabía que iba a aguantar, así que me lo tomé con calma, disfrutando de lo estrecha y caliente que estaba. Ella solo jadeaba con la boca abierta, sin dejar de mirarme, como queriendo convencerse de que era su nieto el que le estaba dando aquello. Cuando volví a estar cerca, se lo dije.
—Córrete dentro —pidió en voz baja, para que su hija no la oyera—. Lléname, anda.
Empujé hasta el fondo y me dejé ir. Al sentir el calor dentro, ella estalló también, mordiéndose los labios para no gritar. Le tapé la boca con un beso mientras los dos terminábamos a la vez, y me quedé quieto un rato más, notando cómo se contraía.
Luego salí y me tumbé a su lado, agotados los dos.
***
Cuando recuperamos el aliento, hablamos de lo que acababa de pasar y, sobre todo, de lo que iba a pasar a partir de entonces.
—¿Se lo vas a contar a mamá? —pregunté.
—Claro. Y seguramente ya nos ha oído. Tu madre es comprensiva, ya lo verás. Hasta se va a alegrar por mí.
Y ahí, otra vez, vi una puerta abierta.
—Abuela… si papá se acuesta con su madre, ¿no podría yo acostarme también con la mía?
Ella me miró, primero seria, luego con media sonrisa.
—¿Me estás diciendo que, además de con tu abuela, te gustaría con tu madre?
—Es una fantasía que tengo desde hace años. No te voy a mentir.
—¿Y yo qué? —respondió, con un punto de celos.
Me di cuenta de que la había dejado en segundo plano.
—Tranquila, que también seguiría contigo. Soy joven y fuerte, puedo con las dos.
Se relajó y volvió a sonreír.
—Está bien. Tienes todo el derecho. Mañana mismo lo hablo con tu madre, y ya verás como no hay ningún problema.
—Pero hay algo más. Si papá le pidió permiso a mamá para lo suyo, ¿no tendría mamá que pedírselo a él para lo nuestro?
—Claro que se lo dirá. Ellos no hacen nada a espaldas del otro.
—Joder. Menudo marrón. ¿Y qué crees que dirá papá?
—¿Qué va a decir? Si lleva años con su madre… Pues que, si tu madre está conforme, por él no hay problema.
Me quedé pensando que ojalá tuviera razón. Antes de irme a mi cuarto, volví a hacérselo una vez más, despacio, de cara, y dejé otra vez todo dentro de ella. Después me fui a dormir como si no hubiera pasado nada. Pero había pasado, y al día siguiente empezarían a verse las consecuencias.
***
Era domingo, estaba de vacaciones y no me desperté hasta cerca del mediodía. Cuando bajé a la cocina, mi madre y mi abuela me esperaban sentadas a la mesa, las dos sonriendo. Esa sonrisa me tranquilizó: la conversación ya había tenido lugar.
Mi madre nos había oído por la noche y había esperado a que su madre se lo confirmara. Lo había aceptado desde el primer momento. Le parecía bien por mi abuela, que lo necesitaba, y en cuanto a ella misma, reconoció que también lo había imaginado más de una vez. El mismo razonamiento que yo había hecho: si su marido se acostaba con su madre, ella podía hacerlo con su hijo.
Yo asentía a todo, cada vez más excitado. Pensaba que íbamos a hacerlo allí mismo, pero mi madre me paró los pies: no haría nada conmigo hasta hablarlo con mi padre. Y mi padre estaba a punto de llegar.
Quedamos en que lo hablarían después de comer, mientras yo me iba con los amigos para no estar delante. Cuando volví, ya de noche, encontré a mi madre sola en el sofá.
—¿Y papá? ¿Y la abuela Encarna? —pregunté.
—Ven, siéntate aquí y te cuento.
Me senté a su lado. Me contó que mi padre había reaccionado como ella esperaba: si ella estaba de acuerdo, por él no había problema. Pero había añadido algo. Ya que su suegra —mi abuela Remedios— se había acostado conmigo y suponía que seguiría haciéndolo, a él también le gustaría estar con ella, para que todos estuviéramos en igualdad y nadie tuviera nada que esconder. La habían llamado, ella había aceptado encantada, y llevaban más de una hora encerrados en el dormitorio.
Yo alucinaba. No me cabía en la cabeza que todo fuera tan fácil, que algo así pareciera de pronto lo más natural del mundo.
—Bueno, cariño —dijo mi madre, viéndome paralizado—. Ya sabes cómo están las cosas. Ahora nos toca a nosotros. Si quieres, nos vamos al cuarto y hacemos lo que los dos llevamos tiempo queriendo.
***
Fuimos a su dormitorio y la vi desnuda por primera vez. Me quedé sin saber por dónde empezar, pero ella tenía aún más ganas que yo. Me sentó en el borde de la cama, se arrodilló y empezó a chupármela con ansia, acariciándome a la vez.
Verla así, mirándome desde abajo, a la mujer que me había criado y reñido mil veces, me produjo una mezcla de placer y de vértigo difícil de explicar. Decidí tomar yo el control. La aparté con suavidad y ella, entendiéndolo, se tumbó. Le levanté las piernas, hundí la cabeza entre ellas y empecé a comérsela despacio, allí mismo, en el lugar por el que yo había venido al mundo hacía veintiún años.
No tardó mucho en correrse. Todo su cuerpo se tensó, me apretó la cabeza con las dos manos y soltó un gemido largo que seguro se oyó en toda la casa. Entonces le puse las piernas sobre mis hombros y la penetré hasta el fondo, todavía estremecida por el orgasmo.
Empecé a moverme con fuerza, mirándola a la cara. Ella me miraba con la boca abierta, sin terminar de creer que fuera su hijo quien la follaba así. Y yo pensaba en lo mismo: que era mi madre, la mujer a la que siempre había querido, la de tantas fantasías de adolescente, y que ahora era mía.
Esa idea me llevó al límite. Empujé hasta el fondo, me quedé quieto y me dejé ir en lo más profundo de su cuerpo.
—Me corro, mamá… —jadeé contra su cuello.
Al sentir el calor dentro y oírme, ella volvió a correrse, escandalosa esta vez, agarrándose a mi espalda. Cuando terminé de vaciarme me salí y me tumbé a su lado, intentando recuperarme de aquel primer encuentro.
Pero los dos seguíamos encendidos, y tardamos poco en volver a empezar. Estuvimos hasta caer dormidos de puro agotamiento.
***
A la mañana siguiente desayunamos los cuatro juntos, comentando entre risas y sin ningún pudor cómo había sido la noche. Quedamos en que, de allí en adelante, seríamos una familia abierta, sin tabúes entre nosotros. Mi padre propuso que, durante un tiempo, durmiéramos como esa noche —yo con mi madre, él con su suegra— para coger confianza, y luego ya veríamos.
Fue mi madre la que nos sorprendió al decir que, más adelante, le gustaría hacer un trío con su marido y conmigo. Mi abuela se apuntó enseguida a lo mismo con los dos hombres de la casa. Y, ya puestos, yo dije que, si tanto mi madre como mi abuela iban a estar con nosotros, lo justo sería que la madre de mi padre, mi abuela Encarna, también pudiera estar conmigo. Todos rieron, pero estuvieron de acuerdo en que era lo justo.
Esos primeros tríos llegaron pronto, y se repitieron muchas veces después: con mi madre, con mi abuela Remedios y con mi abuela Encarna, que resultó ser la más insaciable de las tres. Encadenaba un orgasmo tras otro y no paraba hasta dejarnos secos. Con ella, mi padre y yo aprendimos a entendernos, y a ella le ponía especial saber que tenía a la vez al hijo y al nieto.
Con el tiempo se nos fueron asignando, casi sin hablarlo, las preferencias. A mi padre le gustaba más estar con su suegra, quizá porque le recordaba a lo que él hacía con su propia madre. Y a mí, lo que más me llenaba era mi madre. Le gusta que la llame «mamá» cuando estamos de frente, y decirme «hijo», como si ninguno de los dos quisiera olvidar lo que somos.
Hay una fantasía que se ha vuelto casi una obsesión para ella: que la deje embarazada de verdad. Está pensando en dejar de cuidarse y tener un hijo mío. Mi padre le ha dicho que aceptará lo que ella decida, y yo le he dicho lo mismo. Así están las cosas en mi familia: una familia distinta a cualquier otra, unida por un secreto que ya no lo es entre nosotros, y esperando, quizá, la llegada de un nuevo miembro.