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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi tío cuando me quedé sola

Lo que voy a contar pasó hace muy poco, casi nada de tiempo, y todavía me cuesta creer que haya ocurrido. Es la segunda vez que me acosté con mi tío Damián, el favorito de todos. Él tiene cincuenta y dos años y yo treinta y tres. No voy a dar más datos que esos, porque hay cosas que prefiero guardar para nosotros dos.

Mis tíos no tuvieron hijos, así que siempre nos consintieron a los sobrinos como si fuéramos suyos. Yo soy la única sobrina mujer, y eso me convirtió desde chica en la regalona de la casa. A Damián le conté siempre todo: mis novios, mis miedos, las cosas que no me atrevía a decirle ni a mi madre. Era mi confidente, el que me conocía mejor que nadie. Por eso, cuando me dejó mi prometido a tres meses de la boda, fue su voz la que necesité escuchar.

—Vente unos días con nosotros —me dijo por teléfono, con esa calma de siempre—. Aquí te despejas.

Compré el pasaje esa misma tarde. Necesitaba huir, que alguien me cuidara, sanar el corazón roto. Jamás imaginé que la cura iba a tener esta forma.

La primera vez había sido en una playa apartada, dos días antes. Pero esa historia la dejo para otro momento.

***

Ese día volvimos del mar con la piel salada y una risa cómplice que no nos atrevíamos a nombrar. Por dentro yo era un nudo: era mi tío, por dios, y aun así seguía caliente, todavía sentía su boca en lugares que no debía. Cuando entramos, mi tía Norma nos recibió con una sonrisa enorme y me preguntó si me sentía bien. Mi cara debía ser un poema.

—Me cayó algo mal en el estómago —mentí a medias—. Quizás algo que comimos allá.

Se acercó cariñosa y me tocó la frente.

—Estás un poco caliente, mi niña —dijo, y Damián soltó una risita que apenas se oyó—. Habrá sido el sol, no estás acostumbrada.

—Seguro —respondí, sin mirar a nadie.

—Nosotros vamos a buscar a la abuela y de ahí al cumpleaños de mi hermana —me avisó—. ¿Te quieres quedar?

—Sí —solté, casi con alivio—. Mejor me quedo, no sea que esto sea un virus y los contagie a todos.

—Vale. Volvemos de noche. Damián, cámbiate que se hace tarde.

Me metí en el cuarto de invitados y fui directo a la ducha. Bajo el agua caliente cerré los ojos y volvió todo de golpe: él desnudo, yo con aquel vestido de lino negro sin nada debajo, su boca, sus manos firmes, la manera en que me besó como si llevara años esperándolo. Salí del baño todavía encendida, sin haber llegado a nada, con el cuerpo pidiendo lo que la cabeza me prohibía.

Rebusqué en la maleta el vibrador que había traído. Soy una mujer muy sexual, y la idea de pasar dos semanas sin tocarme me resultaba impensable. La casa estaba en silencio, ya se habían ido. Tenía horas enteras para mí.

Me tendí en la cama, cerré los ojos y dejé que la imaginación volara. Llevé el vibrador entre las piernas y empecé despacio.

—Sí… —gemí bajito, casi para mí—. Así, tío, dame…

Lo veía agachado entre mis piernas, su lengua trabajando, sus ojos buscando los míos cada tanto. Subí el ritmo, arqueé la espalda, se me escapó la voz.

—Ah… sí, no pares… —La fantasía me arrastraba—. Métemela, Damián, quiero que nos vengamos juntos.

—¡Ah! —grité, demasiado fuerte, cuando lo imaginé entrando en mí—. ¡Sí, así, así!

Abrí los ojos para apartarme el pelo de la cara. Y lo vi.

Ahí.

Parado.

En el umbral.

Desnudo.

Con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Con la mano alrededor de su miembro, acariciándose despacio mientras me miraba.

Solté el vibrador como si quemara y por instinto me tapé los pechos con un brazo y el sexo con la otra mano.

—¿Por qué te tapas? —me dijo, acercándose a la cama—. Si ya te he visto todo. Y no solo verte. Esa boca, ese cuerpo, ya pasaron por mis manos hace dos días.

No dije nada. Solo lo miraba, con el pulso golpeándome en la garganta.

—¿Te gustó? —siguió, sentándose a los pies de la cama—. ¿Quieres que tu tío te siga cuidando?

—¿Qué haces aquí? —pregunté, confundida—. ¿Dónde está la tía?

—Camino al cumpleaños de su hermana. Yo me quedé por si necesitabas algo —dijo, y la sonrisa se le ensanchó—. Y ya veo que sí. Gritabas tanto que te escuché desde el pasillo.

Tendría que haberle dicho que se fuera. No lo hice.

—Tranquila —añadió en voz baja—. Aquí está tu tío para bajarte esa calentura.

Y sin más, se acercó y me besó.

***

Soy fanática de los besos, pero ese fue distinto. Sus manos encontraron el camino hasta mi cintura con una seguridad casi insolente, borrando la poca distancia que quedaba entre nosotros. Al sentir su piel contra la mía, el aire se volvió más espeso, cargado de algo que me recorrió la espalda en un escalofrío lento. Su respiración tibia rozó la curva de mi cuello y se detuvo justo donde el pulso se acelera sin permiso.

No había prisa, solo una tensión exquisita que se palpaba en el silencio mientras sus dedos trazaban líneas invisibles sobre mi piel. Cerré los ojos para no perderme ningún detalle.

Fue bajando despacio hacia mis pechos. Ahí jugó, mordió, lamió durante lo que pareció una eternidad y seguramente fueron segundos. Primero uno, luego el otro; mientras atendía uno con la boca, la mano cubría el otro. Le hundí los dedos en el pelo y tiré apenas, gimiendo bajito.

—Suéltate, mi niña —murmuró—. Nadie nos escucha. No te reprimas.

Siguió descendiendo con la boca y la lengua. Pasó por mi vientre y se detuvo. Yo ya no aguantaba: me dejé caer del todo sobre la cama, mirándolo, una mano en su pelo y la otra en mi propia cabeza. Cuando su lengua se hundió en mi ombligo, arqueé la espalda y se me escapó un gemido ronco.

Ese gesto solo me prendió tanto que sentí un latigazo de humedad entre las piernas.

Sus manos subieron a mis pechos y me pellizcó los pezones, jugando con ellos mientras su boca seguía bajando. Cuando llegó a mi sexo, levantó la vista y preguntó:

—¿Me das permiso, cariño?

Asentí.

—No te escucho —dijo, con media sonrisa.

—Sí —respondí, y sonó más a súplica que a respuesta.

Pegó su boca a mí y sentí algo que nadie me había hecho sentir antes. Gemí, volví a arquearme, y mi respiración se desbocó como las alas de un colibrí. El pulso me golpeaba las costillas intentando seguir el ritmo de sus manos en mi pecho y su lengua entre mis piernas. El mundo entero se redujo al calor de su boca.

—Ay, joder, tío, sí… —gemí una y otra vez. Con ambas manos le apreté la cabeza contra mí, suplicando en silencio que no se detuviera.

Llevó una mano hasta mi boca y entendí. La abrí y le chupé los dedos, primero uno, después otro y otro, mientras él jugaba con mi lengua. Luego bajó esa misma mano y la sentí en mi entrada, dentro y fuera, dentro y fuera, como un baile lento, mientras su lengua buscaba el punto exacto y se quedaba ahí.

—Qué duro lo tienes —dijo, y se relamió.

Lo empujé de nuevo, en una invitación clara a que se callara y siguiera.

—¡Ah! —Ya casi no tenía aliento—. ¡Sigue! ¡Ah!

Mis gemidos subían y subían hasta que el placer me partió en dos. Me vine con un grito largo, temblando, dejándole la mano y la cara empapadas.

—Sí… —susurré, y caí rendida con los brazos a los costados y las piernas flojas.

Él se quedó ahí un momento. Sus dedos salieron despacio, se incorporó, me miró y dijo:

—Esa ha sido la mejor entrega que me han dado en la vida.

Se acostó a mi lado, me dio un beso en la mejilla y me abrazó.

—Descansa, que esto no termina aquí —dijo, y tomó mi mano izquierda para llevarla hasta su miembro—. Mira cómo me tienes.

***

Gemí, pero la mano empezó a moverse sola. El calor que salía de él me golpeó la palma como una corriente. Bajo mis dedos sentí el latido, esa rigidez tensa que delataba cuánto tiempo llevaba conteniéndose. No era solo el tamaño: era la urgencia acumulada que ahora, bajo mi tacto, amenazaba con desbordarse.

Mis dedos se cerraron con una firmeza que le arrancó un gruñido grave, profundo, que le retumbó en el pecho. El aire de la habitación pareció agotarse. La humedad de mi propia piel volvió el roce un deslizamiento fluido, pesado, cargado de intención, que lo hizo jadear.

Él presionó mi mano contra sí mismo, guiando el vaivén, mientras la otra se enredaba en mi pelo y tiraba lo justo para obligarme a besarlo. Su respiración chocaba contra la mía, caliente y entrecortada. Nos besábamos a tropezones, buscándonos. Cada apretón mío era una provocación, una forma de decirle que ahora yo tenía el control del incendio que yo misma había encendido.

Me separé y me incorporé de golpe.

—No te detengas —susurró con la voz rota, el cuerpo arqueándose hacia mí—. Hazme lo que quieras, pero no pares.

Me incliné hacia adelante y dejé que mi aliento le rozara la piel mientras mis dedos exploraban. Después lo envolví con la boca, sin tregua, cerrando los labios a su alrededor con una succión profunda que lo dejó sin aire de golpe. Mis dedos presionaban la base con fuerza posesiva, mi lengua trazaba círculos en la punta, manteniéndolo suspendido en un borde insoportable.

Sentí sus manos hundirse en mi pelo, guiándome con una urgencia desesperada, su cuerpo tensándose, buscando mi boca. El ritmo se volvió frenético, una danza que lo arrastró hasta el límite. Con un rugido quebrado que inundó la habitación, se deshizo por completo. Sentí el espasmo recorrerme la garganta y saboreé el eco de su placer mientras él se rendía, exhausto, bajo mi caricia.

Después nos quedamos en silencio, enredados, escuchando el reloj de la cocina marcar las horas que todavía nos quedaban a solas. No hablamos de culpa. No esa tarde. La tía no volvería hasta la noche, y yo, que había llegado con el corazón hecho pedazos, descubrí que algunas heridas se curan de las formas más prohibidas.

Lo que vino después, en los días siguientes, lo contaré otro día.

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