Mi suegra nos descubrió y nos puso sus condiciones
Aquel día ninguno de los dos supo cómo sostenerle la mirada a nuestra suegra. Nos había encontrado en la pileta, con mi concuñada chupándome la pija debajo del agua, justo en el peor de los escenarios posibles: en un mismo acto estábamos traicionando a sus dos hijos.
La tarde se me hizo eterna. Solo quedaba esperar a que Norma reuniera a la familia y contara lo que había visto. No había forma de zafar de aquello.
Con los nervios a flor de piel terminamos los festejos y cada uno volvió a su casa, fingiendo una normalidad que ya no existía.
Al día siguiente, aunque era feriado puente, me escapé a la oficina con tal de estar lejos de mi mujer y no derrumbarme delante de ella. Encendí la computadora y, a la media hora, me llegó un mensaje de Luciana.
—¿Alguna novedad? —preguntaba.
—Nada por ahora —contesté.
—Sin noticias, buenas noticias —insistió ella.
—No va a tardar en contarlo todo —escribí.
—¿Vos creés? —me respondió Luci.
—¿Y vos qué harías en su lugar?
—No sé. Sería arruinarles la vida a sus dos hijos por una imagen de la que ni siquiera puede estar segura.
—No creo que haya margen para dudas —le dije.
—Quizás nuestra suegrita nos sorprende.
Y vaya si nos sorprendió.
***
A media mañana me enteré de que me habían agregado a un grupo de mensajes con un nombre que no dejaba lugar a interpretaciones: «Tenemos que hablar». Lo había armado Norma y solo estábamos ella, Luciana y yo.
Empezaron a cruzarse mensajes, tanto en el grupo como por privado con Luci. No podíamos creer que nuestra suegra no hubiera dicho nada todavía y que no pensara hacerlo hasta hablar cara a cara con nosotros dos.
—¿Dónde nos vemos? ¿En un bar? —propuse yo.
—Quiero un lugar tranquilo, donde podamos hablar sin gente alrededor —escribió Norma.
Por privado, Luciana me contó que tenía su departamento para ella sola el viernes, porque sus padres se iban de viaje al mediodía. Quedamos en encontrarnos los tres allí, a las cinco de la tarde.
Con todo casi perdido, me la jugué y le propuse llegar una hora antes, con la excusa de ponernos de acuerdo en qué le íbamos a decir a la suegra.
El viernes tardó una eternidad en llegar. Los nervios me carcomían por dentro mientras contaba las horas para el encuentro.
A las cuatro salí de la oficina y le escribí a Luci.
—Ya salí, quizás llego antes.
—Vení tranquilo, ya estoy en el departamento —me respondió.
No lo dudé: frené en un quiosco y compré preservativos.
***
A las cuatro y media estaba en la puerta del edificio. Toqué el timbre y Luciana bajó a abrirme. Me dio un beso en la mejilla, saludó a un vecino que salía y entramos juntos al ascensor.
Apenas se cerraron las puertas, ella me miró y yo le sostuve la mirada. Sonrió. Sonreí. Me acerqué a besarla. Nos agarramos como dos animales que se desean y se odian al mismo tiempo, trenzados en un beso desesperado. El ascensor llegó a su piso y, por suerte, no había nadie esperando afuera.
Me tomó de la mano y me arrastró hasta el departamento. Había dejado la puerta entornada. Entró conmigo tirándome del brazo, la cerró de un golpe y volvió a abalanzarse sobre mí. La acompañé devolviéndole el beso con la misma intensidad, o con más.
—¿Trajiste forros? —me preguntó sin rodeos.
—Traje —le dije.
Entonces se desató todo el deseo que habíamos contenido durante esos días. Nos besábamos como dos adolescentes, sin pausa, sin respirar. Un mensaje sonó al mismo tiempo en los dos teléfonos y nos frenó en seco.
Era nuestra suegra, avisando que ya venía en camino.
—¿Tan rápido? Vieja de mierda —dijo Luci.
—Sí, qué vieja de mierda —repetí yo, riéndome de los nervios.
Llegó otro mensaje: «En diez minutos estoy. Sé que habíamos quedado a las cinco, pero se me hizo temprano».
—¿Y ahora cómo le explico por qué estás acá? —preguntó Luciana, pálida.
—Me voy ya y vuelvo en diez minutos —resolví.
Salí para despistarla, acomodándome la ropa en el ascensor. Ya en la calle, di una vuelta por las cuadras arboladas de Belgrano para hacer tiempo.
A los diez minutos, Luci me escribió que Norma ya había llegado.
***
Volví al edificio y subí, después de que ella bajara otra vez a abrirme. En el ascensor mantuve la compostura, aunque los nervios nos comían a los dos. Entramos juntos. Saludé a mi suegra con un beso y pude sentir cómo ella, despacio, inspiraba mi perfume mientras me besaba la mejilla.
Nos sentamos los tres en el living. Fue Norma la que rompió el hielo.
—Lo primero que quiero saber es cuánto hace que tienen esta relación.
—¿Qué relación? —disparó Luciana.
—No te hagas la tonta, Luci. Esta relación entre vos y él —dijo, mirándome.
—Norma —intervine, serio—, esto no es una relación. Fue algo que pasó. Nos dejamos llevar.
Nunca supe de dónde salió esa frase.
—¡Mirá vos! Se dejaron llevar… —repitió ella con ironía.
—Sí, Norma, fue una macana que nos mandamos —quiso reafirmar Luciana.
—No me tomen por idiota, es lo único que les pido.
—En serio, no es una relación —insistí.
—Bueno, evidentemente vine al pedo. Me mienten en la cara.
Mi suegra se levantó del sillón como si fuera a irse. La tomé de la mano y la frené.
—Esperá. ¿Por qué decís que te mentimos?
—Porque hace media hora entraste a coger con ella. Te vi desde la vereda de enfrente, y cuando avisé que llegaba, te fuiste y volviste haciéndote el que recién llegabas.
Nuestra suegra nos estaba dando una lección. No había forma de engañarla, por más vivos que nos creyéramos. No supe qué hacer. Solo atiné a decirle:
—Sentate, que te contamos.
—Solo si me prometen que no me van a mentir más.
Luciana y yo nos miramos y entendimos que se nos habían acabado las chances de salir bien parados con mentiras.
Empecé por la verdad, la más cruda. Le confesé que habíamos tenido algo la noche del veinticuatro, que habíamos tomado de más y nos dejamos arrastrar.
—¿Cogieron? —preguntó directa.
—No —dije yo.
—No —repitió Luci.
—¿Y qué hicieron?
—No vamos a entrar en detalles.
—O me cuentan todo, o les cuento todo a mis hijos.
Norma ya no amagaba con irse, pero se notaba que hablaba en serio. Entonces soltó una frase que me retumbó en la cabeza.
—Miren, yo no soy ninguna santa. Parezco una señora, y lo soy, pero he hecho mis cosas. Lo importante es ser discreto, y por eso estoy acá. Sé que la calentura te lleva a hacer locuras como las que hacen ustedes. Pero como no quiero lastimar a mis hijos, necesito que me cuenten todo.
Luciana y yo nos miramos entre la sorpresa y el alivio.
***
Fue ella la que arrancó con un relato que no me esperaba.
—Mirá, Norma, no te vamos a mentir. Estábamos todos muy borrachos. Yo cuando tomo me caliento, y tu hijo se quedó dormido del pedo que tenía.
—Entiendo. Vos estás muy buena. Y vos no sos de madera, ¿no? —dijo mirándome.
—Un poco, sí. El alcohol me suelta, y no te voy a mentir… a Luci le tenía ganas hace rato.
—Tiene un culo perfecto, es verdad —admitió mi suegra.
Luciana sonrió, y yo también. El ambiente empezaba a aflojarse. Aun así, no sabía con qué podía llegar a salir Norma. Decidí avanzar por el lado más caliente, dándole la razón.
—¿Viste, Norma? Hasta vos, que sos mujer, no podés no darte cuenta del culo que tiene Luci.
—Gracias, me van a hacer poner colorada —dijo ella.
Luciana llevaba un jean blanco que le marcaba todo. Las dos miradas, la mía y la de Norma, se le fueron encima. No vi venir su reacción: se puso de pie y nos mostró la cola moviéndola apenas.
—Gracias, suegrita —se rió.
—A ver… —Norma estiró la mano.
—Podés tocar —dijo Luci, acercándose.
Mi suegra le acarició la cola con firmeza.
—¡Por Dios, qué duro! Quién pudiera tener uno así.
—Luci, bajate el jean y dejá que lo toque bien —pedí—. Estoy seguro de que me va a entender. De por qué no me pude contener.
Luciana se bajó el jean y mostró una bombacha blanca que le quedaba pintada. Norma volvió a acariciarla, ahora más despacio. Miré a mi suegra a los ojos y la vi morderse el labio. Después me sonrió.
—No te culpo. Es una manzanita esta cola.
—¿Viste, Norma?
—Pero tienen que ser más cuidadosos.
—Lo sabemos, vamos a tenerlo —prometió Luci.
Mi suegra no dejaba de acariciarla mientras Luciana se sacaba los zapatos y el jean por completo. Me acerqué al sillón y me senté al lado de Norma. Empecé a acariciar la otra nalga y, con el pulgar, le abría la cola.
—Es perfecto, mirá —le decía.
No sé de dónde me salió, pero corrí con el dedo la fina tela que se hundía entre sus nalgas. Le quedó a la vista el ano depilado, prolijo, fruncido. Norma me miró con una sonrisa y bajó la vista hacia mi pantalón, donde ya se notaba todo.
—Sí, se me paró, Norma.
—No es para menos.
—No sabés cómo se la chupé esa noche, mientras tu hijo dormía —me la jugué con el comentario.
—Uff…
—¿Querés ver? —la encaré.
Mi suegra asintió y cerró los ojos un instante. Era mi momento. Le bajé la bombacha a Luciana por completo.
—Agachate bien —le dije.
Pasó lo obvio. Su sexo depilado quedó expuesto. Le abrí la cola y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lento.
—Tiene una concha riquísima —le dije a Norma.
—¿Sí? —el tono de mi suegra fue casi de súplica.
—¿Querés probarla? —me atreví.
—Si ella no tiene problema… —se atajó Norma.
—Si no contás nada, te lo permito —rió Luciana.
—Soy muy discreta, quedate tranquila.
Dicho eso, mi suegra adelantó la cara y la hundió entre las nalgas abiertas de su nuera. Luci dio un respingo al sentir la lengua. Yo no podía creer lo que estaba viviendo. Mi mujer era de lo más convencional en la cama. Mi cuñado, por lo que insinuaba Luciana, tampoco daba mucho. Y resultaba que la suegra recta era la más caliente de todos, capaz de chuparle el sexo a su nuera sin dudarlo ni un segundo.
Luci se dejaba hacer y giraba la cabeza para mirarme, entre el asombro y la excitación.
Me paré frente a ella y le ofrecí mi pija. No esperaba su reacción.
—¿Y si vamos los tres a mi cuarto? Vamos a estar más cómodos —propuso.
—Lo que quieran… —murmuró Norma, sin despegarse.
—Vamos —cerré yo.
Entonces, no sé de dónde me salió, me agaché, separé a mi suegra del sexo de Luci y la besé en la boca.
—A ver, suegri… compartamos el sabor —le dije.
Norma me besó y me lo dejó todo claro. Era una mujer ardiente escondida detrás de una máscara de señora bien, de madre ejemplar —que de hecho lo era— y de suegra inflexible. Habíamos logrado arrancarle esa máscara, y el personaje de mujer sin freno estaba saliendo a la luz.
El beso fue algo que jamás imaginé. Su lengua se movía con avidez, sus labios eran suaves y carnosos, y recibían mi boca como si la hubieran estado esperando desde siempre. Besaba con un afán digno de la mejor de las amantes.
***
Nos pusimos de pie y, ayudándonos entre los tres, fuimos desvistiéndonos mientras caminábamos hacia el cuarto.
Apenas llegamos, fue Norma la que tomó el control de todo. Me hizo arrodillar en la cama y empezó a chuparme la pija. Si besaba bien, esto lo hacía mejor: era una maestra. No sabría explicar cómo lo lograba, pero la combinación de su saliva, la suavidad de su boca, el movimiento de sus manos y esa mirada libidinosa la convertían en la mejor mamada de mi vida. Si a eso le sumaba el alivio de saber que guardaría el secreto y el morbo de que fuera mi suegra, el combo me hacía perder la cabeza.
—Por Dios, Norma, pará que voy a acabar.
—Bueno —dijo, tajante.
Se sacó la pija de la boca de inmediato y se fue a besar a Luciana, que había mirado todo sin creérselo. Las veía besarse e imaginaba lo que sentía Luci al probar a su suegra. A los segundos, ella empezó a acariciar a Norma por todos lados: el cuerpo, la cabeza, la cola, hasta terminar tomándole la cara mientras seguía entregada al beso.
—Quiero chuparte. Nunca estuve con una mujer, pero ahora me dieron muchas ganas —confesó Luciana.
—Dejame a mí primero. Después me chupás vos.
Mi suegra acostó a su nuera, se tiró encima y la besó otra vez en la boca. Bajó despacio por sus pechos, sin apuro pero con decisión. Yo aproveché el hueco para besar a Luci. Estuve un buen rato así, hasta que un orgasmo suyo me sacó del trance.
Norma subió de nuevo y se encontró mi pija en el camino. Se la llevó a la boca sin demora, y otra vez la sensación fue tan intensa que casi acabo.
—Norma, no sé cómo lo hacés, pero pará, que me vas a hacer terminar.
Paró, y fue Luciana la que quiso devolverle el favor: se puso a chuparle el sexo a nuestra suegra. Me quedé mirando un rato y después me ubiqué detrás de Luci para penetrarla mientras contemplaba su cola perfecta.
La forma en que entré fue increíble. Estaba tan mojada que me deslicé hasta el fondo de un solo movimiento.
—¿Te está cogiendo? —preguntó Norma.
—Sí… —gimió Luci.
—¿Por el culo?
Me asombró la pregunta, tanto por la franqueza como por lo natural que sonaba en ella. Me había quedado corto con todo lo que venía imaginando de mi suegra. Escupí sobre la cola de Luciana y empecé a jugar con su ano.
—No le des ideas, Norma, que se entusiasma fácil —rió Luci.
—Es que esta cola…
—¿No me vas a decir que nunca lo hiciste por atrás? —preguntó incrédula mi suegra.
—No, nunca —contestó Luciana.
—No te puedo creer. Ese culo tiene que usarse.
Escuché el comentario y hundí un dedo en el ano apretado de Luci, que gruñó como una gata en celo.
—Ay, Luci, seguí chupándome así que me hacés acabar —pidió Norma.
Luciana no aflojó: lamió sin parar hasta que mi suegra estalló en un orgasmo brutal. Era hermoso verla terminar mientras su nuera la complacía.
Cuando se recompuso, Norma se metió entre mis piernas y me lamió desde abajo. Después me sacó la pija del sexo de Luci, me la chupó, y volvió a ocuparse de la cola de su nuera. Entonces nos dio una orden.
—Quiero que cojan por el culo.
—Es que yo nunca… —dudó Luciana.
—Aprovechá, que tiene la medida justa.
—Bueno —concedió Luci.
—Gracias, Norma. Soñaba con esta cola —me salió del alma.
—Ya vengo, voy al baño.
Volvió con un frasquito en la mano.
—Esto va a servir de lubricante, por si lo necesitás. Dejame prepararla a mí.
Me hizo a un lado. Puso a Luciana en cuatro patas y empezó a lamerle la cola desde atrás hasta dejarla húmeda. Después fue metiéndole los dedos despacio, primero uno, luego dos, lubricando con paciencia. En todo el proceso Luci no se quejó: solo gemía y pedía más.
—Ahora vení —me dijo Norma.
Me ubiqué detrás. Mi suegra me chupó un momento y guió mi pija hasta la entrada de Luci. Apoyé y empujé apenas. Como por arte de magia, su cuerpo se tragó la cabeza.
—Ahora entrá lento, hasta la mitad —dirigía Norma, dueña absoluta de la situación—. Y vos, Luci, controlá la penetración: despacio, para atrás y para adelante.
Empezó la fiesta. Luciana sintió cómo el pinchazo se convertía en placer, y el placer en un goce que no esperaba. Fue ella la que ahora me sorprendió.
—Cogeme, cuñadito. Cogeme el culo como tanto esperabas.
—Sí… soñaba con esta cola cada vez que te veía.
—¿Te gusta cogerte a tu concuñada, degeneradito? —me susurraba Norma al oído.
—Voy a acabar con tu pija adentro —jadeó Luci.
—Yo también…
Terminamos casi a la vez, como dos condenados. Norma se adelantó y besó a Luciana en la boca.
—Es hermoso verlos coger. Espero que lo repitamos los tres.
Yo miraba todo sin creérmelo.
***
Lo que siguió fue vestirnos, recomponernos y, sobre todo, enfriarnos. Cuando estuvimos los tres listos, Norma nos pidió que nos sentáramos y empezó a hablar.
—Si quieren que esto siga, tienen que obedecerme en todo lo que diga. ¿Está claro?
Luciana y yo asentimos como dos alumnos en penitencia.
—Vamos a hacer una cosa, y la van a cumplir, porque yo sé cómo funciona esto. Dos veces al año, con seis meses de diferencia, nos vamos a juntar acá, en este departamento, a las cuatro de la tarde. Si alguno no puede venir, no viene, pero nadie manda un mensaje para preguntar nada. El que pueda y venga, va a disfrutar sabiendo que es algo que solo nosotros tres tenemos.
Hizo una pausa y nos miró fijo.
—Y lo más importante: no se van a mensajear entre ustedes ni a mí por este tema, ni por ningún tema sexual. Tampoco van a rozarse ni mirarse con deseo delante de la familia. Cada uno va a seguir con su pareja y van a callar esto. Si pueden cumplir estas reglas simples, todo va a estar bien. ¿Les parece?
—Sí —dijimos los dos, casi al mismo tiempo.