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Relatos Ardientes

Mi hermana sentada encima durante todo el viaje

Ya habíamos tomado la circunvalación y dejábamos atrás la ciudad cuando me di cuenta de que la erección no iba a ceder sola. Dolía contra la tela del pantalón. Pensé, iluso, que en unos minutos se calmaría.

Noelia no paraba de moverse. No la culpo: viajar sentada sobre las piernas de alguien en una camioneta sin lugar no es cómodo para nadie. A mi izquierda, Marisa iba encima de la auditora y tampoco la pasaba bien, aunque el techo alto evitaba que se golpearan la cabeza.

Genoveva, en cambio, miraba el paisaje con una calma estudiada. Kilómetros de llanura verde, viento sobre el pastizal, nada que justificara tanto interés. Lo que sí me llamó la atención fue su mano: abierta, quieta, apoyada en la parte externa del muslo de Marisa. No la retiraba. Marisa no parecía notarlo. O fingía no notarlo.

De pronto Noelia se acomodó y mi glande quedó encajado justo en la ranura entre sus nalgas, presionado hacia adelante por el peso de su cuerpo. No fue dolor: fue placer puro, eléctrico. Le puse una mano en la pierna, pidiéndole en silencio que se quedara quieta. Entendió, y se detuvo. Por unos minutos.

Hubiera preferido que doliera de verdad. El dolor me habría ayudado a odiar la situación. Pero esto era otra cosa. El recuerdo de su cuerpo en cuatro patas sobre la cama, abierta y brillante, pidiéndome que entrara de una vez. Nunca nadie se había sentido tan perfecta. Apreté los dientes.

Los kilómetros pasaban y la presión se volvía insoportable. Por suerte el chofer anunció una parada para cargar combustible. Todos podríamos bajar, estirar las piernas, ir al baño.

Carla salió casi corriendo hacia los sanitarios. Marisa bajó detrás, se desperezó y ofreció comprar sándwiches para el viaje; ella invitaba. Genoveva asintió, conforme con que no se tocara el viático de la empresa. Las tres desaparecieron dentro de la estación. El chofer nos miró.

—Ustedes también tienen que bajar. Hasta que termine de cargar.

Noelia descendió y sus ojos fueron directo a mi entrepierna. La marca era imposible de disimular. Se acercó y susurró, casi rozándome la oreja:

—Parate atrás mío. Quedate pegado hasta que volvamos a subir.

Obedecí. Usé su cuerpo como escudo mientras nos alejábamos despacio rumbo a los baños. Pensé que orinar ayudaría a bajar la erección. Pero justo antes de entrar, apareció Marisa.

—Ese es el de hombres, Noelia.

Nos quedamos helados.

—Ah… es que mi hermano necesita ayuda. Un minuto nada más.

Marisa me clavó la mirada.

—¿Eso es lo que imagino?

Recordé la mentira de esa mañana en los archivos: las «erecciones involuntarias». Asentí.

—Ya veo —dijo, bajando los ojos al bulto—. No creo que Genoveva se haya dado cuenta, pero yo sí. Noelia no para de moverse. ¿Entendés que tu hermano no lo hace a propósito? Que es parte de su… condición.

Noelia me miró desconcertada. Le sostuve la mirada, rogándole en silencio que me siguiera la corriente. Por suerte entendió.

—Ah, sí… pobre —dijo, volviéndose hacia Marisa—. Sé que no es su culpa. Por eso no me enojo. Igual la culpa es un poco mía, por reservar mal la camioneta.

—De eso hablamos después —respondió Marisa—. Al final no salió tan mal. Genoveva está encantada con el ahorro. Y vos, Tobías, ¿vas a poder soportar todo el viaje? Son varios días, varias sucursales, sentados así.

—Es incómodo —dijo Noelia con naturalidad—, pero para él es peor.

—Pobrecito… te debe doler muchísimo. —Marisa me miró con una mezcla de lástima y algo más difícil de descifrar—. Me incomoda que sea justo tu hermana la que esté ahí. Siento que Dios me mira y dice «esto no debería pasar».

—Dios entenderá que no es intencional —intervino Noelia, serena—. No se preocupe. Puedo bancarlo. Aunque… ojalá no haya ningún accidente.

Sonrió con picardía. Sentí que el corazón se me detenía un segundo.

—¿Qué tipo de accidente? —preguntó Marisa, entrecerrando los ojos.

—Nada, nada… un chiste tonto. Ya terminaron de cargar. Vamos, Tobías, mejor nos sentamos antes de que la auditora nos vea.

Volvimos. Me senté en mi lugar. Noelia se acomodó encima mío con más cuidado que antes, pero igual sentí cómo su cuerpo se asentaba exactamente donde más lo notaba.

Marisa bajó la vista a mi erección marcada y luego me miró fijo.

—¿Te duele mucho?

—Un poco… sí —mentí. Era más fácil jugar a la víctima que admitir que el roce constante me estaba volviendo loco.

—Ahí dentro está muy apretado —dijo en voz baja—. Noelia, esto no te va a gustar, pero tu hermano necesita sacarla. Al menos hasta que se le baje.

Extendió la mano hacia mi pantalón, como si fuera a consolar a un animal herido, pero se detuvo al primer contacto. Retiró los dedos rápido, como si se hubiera quemado.

—¿Creés que podés aguantar así sentada?

Noelia me lanzó una mirada veloz: está re loca.

—Si no hay otra… —respondió encogiéndose de hombros.

—Muy bien. Por suerte el vestido es largo, no se va a notar. Y cuando bajemos, esperen a que las demás se vayan primero. Yo los ayudo. Permiso, Tobías.

Sin más preámbulos bajó el cierre de mi pantalón. La verga saltó libre, tiesa, latiendo al aire. Los ojos de Marisa se dilataron; los de Noelia también, aunque a ella la sorprendió más la audacia de la jefa que el tamaño.

—Ahí vienen —susurró Marisa, histérica—. ¡Sentate rápido!

No hubo tiempo de pensar. Noelia se metió de un salto en la camioneta y se dejó caer sobre mí. Sentí el calor inmediato de sus nalgas, la tela fina de la bombacha blanca rozando la punta. Marisa tiró de la falda hasta cubrir todo.

—Ay, si Genoveva se entera, nos mata. Esa mujer odia estas cosas.

—¿Y usted no? —preguntó Noelia, con un dejo de desafío.

—Claro que sí… pero entiendo que es una condición médica. Que no se vea, por favor. Y no te muevas tanto, nena.

Fue lo último que alcanzó a decir antes de que el resto subiera. Carla ayudó a Noelia con el cinturón. Genoveva, sin disimulo, aprovechó para apretarle las tetas a Marisa mientras le pasaba el suyo.

La camioneta arrancó. La tensión era tan densa que Marisa le pidió al chofer que pusiera música. Cualquier cosa para romper el silencio. Faltaban pocos kilómetros hasta la primera sucursal.

Con el ruido de fondo pude susurrarle a Noelia:

—Quedate quieta, por favor.

—Lo intento… pero es como sentarme en un palo caliente.

Liberar la verga había aliviado la presión, pero ahora el glande estaba peligrosamente cerca de su entrada. Sentía la humedad filtrándose a través del algodón, el calor de sus labios abriéndose alrededor de la tela. Cada latido hacía que la punta empujara contra ese hueco que parecía succionarme. Lo único que impedía la penetración era esa bombacha empapada.

De reojo vi cómo la mano de Genoveva se deslizaba hacia el centro del muslo de Marisa, rozando ya el borde de la falda. Marisa no reaccionaba; su atención estaba fija en nosotros. Le preguntó tres veces al chofer cuánto faltaba. La voz le temblaba un poco más cada vez.

El asfalto irregular hacía que la suspensión rebotara. Cada pozo era un golpe: mi verga se hundía un poco más contra la tela, la bombacha se metía entre sus labios, delineando el agujero justo sobre mí. El sudor nos unía, mi pecho pegado a su espalda, gotas resbalando por su columna y mezclándose con las mías.

El aire acondicionado no alcanzaba. Un olor sutil a excitación empezó a flotar en el espacio cerrado, mezclado con el perfume barato de Marisa y el cuero gastado de los asientos.

Noelia contuvo un jadeo mínimo cuando un bache más fuerte deslizó la tela un centímetro hacia un lado. El glande rozó piel húmeda por primera vez. Directo. Nos quedamos los dos inmóviles, respirando fuerte.

Marisa nos miró por el retrovisor. Tenía las mejillas encendidas.

—Falta poco… aguanten un poquito más —susurró, como si rezara.

Pero su mano libre ya no estaba en el apoyabrazos. Apretaba su propio muslo, los nudillos blancos.

Mi glande ya no rozaba tela: rozaba carne caliente. Entré de golpe en el primer pozo grande, sin aviso. Noelia soltó un gemido corto que disfrazó de tos. Se mordió el labio y se quedó rígida un segundo, pero el cuerpo no la dejaba quieta. Cada vez que intentaba enderezarse, su pelvis se hundía un poco más. Cuanto más mojada se ponía, más fácil se deslizaba todo. Sentía sus paredes internas contrayéndose alrededor de mí, como si decidieran por ella.

Apoyé las manos en sus muslos, fingiendo que solo la sostenía para que no se cayera. Pero mis dedos se clavaban un poco más de lo necesario. Convertí mi respiración entrecortada en suspiros de cansancio por el viaje.

Marisa nos miraba desde el asiento de al lado. No decía nada, pero sus ojos iban de la cara de Noelia a la mía, y bajaban al regazo cubierto por el vestido. La tela se movía demasiado para ser casual: subidas y bajadas casi imperceptibles, pero constantes.

Cada bache era peor que el anterior. La suspensión rebotaba y mi verga se hundía hasta la base, salía un poco, volvía a entrar. Un bombeo lento, rítmico, imposible de frenar. Noelia apretaba los dientes y se aferraba al apoyabrazos con los nudillos blancos. Intentaba no mover las caderas, pero su cuerpo respondía solo.

—Tranquila, nena —susurró Marisa, inclinándose hacia nosotros—. No te muevas tanto.

Lo dijo con una voz rara. Ronca. Como si estuviera conteniendo algo. Tenía las pupilas dilatadas y miraba fijo el punto donde el vestido se arrugaba sobre nuestros cuerpos unidos. Creo que lo sabía. O al menos lo sospechaba.

Mientras tanto, Genoveva seguía ajena. Su mano derecha había avanzado por el muslo de Marisa hasta casi el borde de la entrepierna. Marisa no reaccionaba. La pierna le temblaba un poco, pero mantenía la vista clavada en nosotros, como si eso fuera más importante que lo que ocurría entre sus propias piernas.

Otro bache fuerte. La camioneta se levantó y cayó con violencia. Mi verga se clavó profundo; sentí ese anillo apretado abriéndose y cerrándose alrededor de mí. Noelia dejó escapar un sonido ahogado, mitad gemido, mitad queja, y lo tapó girando la cabeza hacia la ventana.

—Perdón… —murmuré contra su oído, tan bajo que solo ella podía oírme.

—No… no pares —respondió en un hilo de voz. No sé si lo dijo a propósito o se le escapó.

Marisa se mordió el labio. Su mano libre apretaba el apoyabrazos con fuerza. La otra seguía inmóvil mientras Genoveva la acariciaba cada vez más arriba.

Noelia empezó a temblar. No de frío. Sus muslos se contraían alrededor de los míos. Intentaba contenerlo, pero su cuerpo se apretaba rítmicamente sin que pudiera evitarlo. Yo estaba al límite. La cara me ardía. Intenté pensar en cualquier otra cosa: balances de banco, facturas, el color del auto del vecino. Nada funcionaba.

Marisa carraspeó.

—¿Falta mucho, chofer? —preguntó por cuarta vez.

Pero la voz le salió quebrada. Y cuando Genoveva deslizó un dedo por debajo del elástico de su ropa interior, Marisa soltó un suspiro corto que nadie más pareció notar. Excepto nosotros.

Noelia giró la cabeza y me miró de reojo. Tenía los ojos vidriosos.

—Tobías… —susurró.

No hizo falta que terminara la frase.

***

Dejamos la ruta y entramos en las calles vacías del pueblo. La sucursal quedaba a una cuadra de la plaza, un edificio modesto con las persianas a medio bajar. Apenas había pasado hora y media desde la salida. Para mí fue eterno.

Esperamos a que todos bajaran. Marisa nos cubrió con naturalidad:

—Necesito hablar un momento con ellos. Adelántense, ya los alcanzamos.

El chofer cruzó a la cafetería de enfrente. Nos quedamos los tres solos junto a la camioneta. Noelia y yo no podíamos movernos sin que se notara. Marisa se paró delante mío, bloqueando la vista desde la calle, y mi hermana se pegó a mi costado usando su vestido como escudo extra. Caminamos así, como un trío torpe, hasta la recepción.

La chica de la entrada nos indicó el baño sin sospechar nada. Antes de seguirnos, Marisa le pidió a Carla que acompañara a Genoveva a recorrer la sucursal.

—Nos reunimos en cinco minutos —dijo con una sonrisa tensa.

El baño era minúsculo: un inodoro, un lavamanos, un espejo rajado. Me senté en la tapa cerrada, el pantalón todavía desabrochado, esperando que la erección cediera por fin. Noelia se apoyó contra la puerta. Marisa quedó de pie, vigilando.

—Fue un viaje… incómodo —murmuró Marisa, con preocupación genuina.

—No pasa nada —dijo Noelia—. Tuve peores.

Sin ceremonia, metió las manos bajo el vestido y se bajó la bombacha. La tela blanca salió empapada, brillante bajo la luz fluorescente. La sostuvo un segundo entre los dedos antes de abrir la canilla.

Marisa se quedó congelada, los ojos muy abiertos.

—¿Eso… te pasó por los roces?

Noelia enjuagó la prenda con movimientos rápidos, casi indiferentes.

—Claro. Es inevitable. Como la erección de Tobías.

Mi verga, por fin, empezaba a ablandarse. La vergüenza me quemaba la cara. Quería desaparecer.

—Después de esta sucursal hay más horas de viaje —dijo Marisa—. ¿Vas a poder controlarlo?

—Creo que sí —mentí—. Ya pasó. Ahora estoy mejor.

Sabía que bastarían diez minutos de roce para que volviera a endurecerse. Pero necesitaba recuperar algo de dignidad. Mi jefa me había visto dos veces con la verga dura; una tercera sería insoportable.

—Muy bien —dijo, aliviada—. Entonces lo peor ya pasó. Vamos con las demás. Necesito que uses tu talento para convencer a Genoveva de que todo está en orden. Pero no exageres: queremos un préstamo para estabilizar, no para impresionar.

—Entendido.

—Ah, y Noelia, ¿podés traer café y facturas de enfrente? Yo invito.

Le dio unos billetes y salió primero. La seguí sin mirar atrás. No quería quedarme a solas con mi hermana. Nos debíamos una conversación larga, pero no ahí, no en un baño con olor a desinfectante barato.

En la oficina principal, Genoveva ya estaba sentada frente a la computadora. Traje gris perla, libreta en mano, anteojos de marco fino. Cada tanto levantaba la vista y clavaba una pregunta seca.

—¿Y este movimiento de caja?

—Un ajuste interno —respondí con calma ensayada—. Nada grave. Ya regularizado.

La palabra mágica. Dejó pasar el tema. Mientras le mostraba los balances, dejé escapar pequeñas imperfecciones a propósito: un monto que no cerraba del todo, un gasto duplicado, una transferencia con fecha confusa. No errores reales, solo maquillaje imperfecto. La perfección absoluta genera desconfianza; la desprolijidad controlada, confianza.

—El flujo se mantiene estable —dije, señalando el gráfico—. Pero necesitamos liquidez para cerrar el trimestre. Con un préstamo chico corregimos esas diferencias.

Genoveva no anotó nada. Eso siempre me ponía más nervioso que cuando escribía. Miró la pantalla un segundo más y sonrió. Una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que decía «mensaje recibido». Marisa y Carla intercambiaron una mirada de alivio. Al menos en eso no había fallado.

***

Antes de volver a la ruta, Marisa nos miró con esa mezcla de preocupación maternal y algo más que ya empezaba a reconocer en ella.

—A la camioneta. Así nos acomodamos de forma apropiada.

Me senté en mi lugar habitual. Marisa se acomodó a mi lado, más cerca de lo necesario, y sin preámbulos bajó el cierre de mi pantalón como si fuéramos amantes de siempre. Sus dedos cálidos rozaron mi pene semiblando; me estremecí. Lo sacó al aire con delicadeza.

—Es mejor prevenir. Si se despierta en pleno viaje, no vas a poder sacarlo sin que todos lo noten. —Miró por encima del hombro—. Apurate, Noelia, ya vienen.

Noelia se dejó caer sobre mí con cuidado. Mientras Marisa tiraba del vestido, sentí la ausencia inmediata de tela. Piel contra piel. Directa.

—No tenés puesta la bombacha —susurré, ronco.

—Ay, no… ¿cómo me la iba a poner? La lavé y está toda mojada.

Me sentí idiota por no haberlo notado antes. Marisa también cayó en la cuenta y se llevó una mano a la boca.

—Oh… tendríamos que haber comprado una nueva. Perdón, no se me ocurrió.

—Está bien —dijo ella—. Además así voy más cómoda. Me estaba irritando.

—Claro… por los roces —murmuró Marisa, sonrojándose—. Bueno, hablamos después.

Llegaron las demás. El ritual se repitió: Carla le abrochó el cinturón a Noelia. Genoveva aprovechó para agarrarle las tetas a Marisa con ambas manos, esta vez sin disimulo. Las estrujó, las acomodó como si moldeara arcilla, buscando «el ángulo perfecto para el cinturón».

—Gracias, Geno —dijo Marisa, con la voz temblorosa—. Perdón que tengas que ayudarme con estas cosas.

—Nada de perdón —cortó Genoveva, firme—. No quiero escucharte lamentándote por el tamaño de tus tetas. Son perfectas. Deberías estar orgullosa.

Volvió a apretarlas, esta vez con un gesto casi posesivo. Marisa sonrió, confusa pero halagada. Todavía no veía las verdaderas intenciones. Su inocencia me dio una punzada de ternura. Y de envidia. Ojalá yo pudiera fingir tan bien.

El contacto directo empezó a hacer efecto casi de inmediato. La humedad de Noelia, tibia y pegajosa, envolvió mi pene de la base a la punta. No se movía, pero no hacía falta. La sola presión de su peso bastaba para que la sangre volviera a bajar. Se me puso dura despacio, inevitablemente.

En mi cabeza chocaban dos voces. Una gritaba esto es una mierda, pará, no ahora, no con la jefa al lado y la auditora mirando. La otra susurraba es tan bueno… solo un poco más. Quería que se moviera. Quería que no se moviera nunca. Quería desaparecer y quedarme ahí para siempre.

Noelia se acomodó con un movimiento mínimo, para aliviar la postura, y fue suficiente: su cuerpo se deslizó hacia arriba y abajo, cubriéndome de su humedad. Era como un juego previo lento, ese que mi ex nunca quiso darme. Carolina veía el sexo como un trámite, directo, sin caricias. Discutimos por eso mil veces. Ahora, con mi hermana encima, sin nada entre nosotros, sentía todo lo que siempre quise y nunca tuve. Y lo odiaba. Porque no era con Carolina. Era con Noelia. Y era en el peor momento posible.

La verga se abrió paso sin pedir permiso. Cada bache, cada curva, empujaba un poco más. No me quejaba de la sensación —era perfecta—, pero el pánico me apretaba el pecho. No durante el viaje más importante de mi vida. No con Genoveva capaz de oler el sexo en el aire. Si se enteraba, me vería como un degenerado que se excita con su propia hermana. Y tendría razón.

Mi cuerpo temblaba. Noelia lo notó y se tensó.

—No es tu culpa —susurré contra su oído—. Soy yo. No puedo controlarlo.

No respondió, pero apretó los muslos alrededor de los míos. Intentaba ayudarme. O quizás contenerse a sí misma.

Intentó acomodarse de nuevo, buscando una posición que la salvara. Lo único que consiguió fue que la verga se deslizara más adentro. Primero la mitad, detenida por una resistencia interna. Luego, como si su cuerpo se rindiera, se abrió del todo. Entré completo. Hasta el fondo.

Se quedó inmóvil, la respiración entrecortada. Cerré los ojos y mordí el labio. ¿Y ahora qué?

Intenté levantarla por la cintura. Ella entendió y se alzó un poco. La verga empezó a salir, lenta. Llegamos hasta la mitad… y un bache fuerte nos sacudió. Volvió a entrar de golpe. Noelia soltó un gemido ahogado que disfrazó de bostezo. Apreté los puños contra sus caderas, intentando no moverme. Pero mi cuerpo ya no obedecía. Latía dentro de ella al ritmo del motor.

Una mano me tocó el hombro izquierdo. Me giré con pavor. Los ojos de Marisa estaban muy abiertos. Movía los labios sin sonido: ¿está adentro? Mentir habría sido inútil. Asentí, resignado.

Su cara se transformó en una máscara de horror. Se movió con torpeza disimulada y metió la mano por debajo del vestido de mi hermana, como una médica en una revisión invasiva. Sus dedos pasaron por el clítoris —lo sentí en la tensión de Noelia—, bajaron y encontraron mi verga enterrada hasta la raíz. Me miró con incredulidad. Moví los labios en silencio: fue un accidente.

Asintió, solemne, como quien lamenta una tragedia inevitable. Volvió a meter la mano, esta vez por debajo de las piernas de Noelia, que levantó un poco el cuerpo para darle espacio. Marisa agarró mi verga con firmeza, la vista al frente como si nada ocurriera. El primer intento falló: Noelia cayó de golpe, la verga volvió a entrar completa y la mano de Marisa quedó atrapada bajo las nalgas.

Noelia improvisó. Se aferró al respaldo del asiento de Carla y se inclinó hacia adelante.

—¿Ya pensamos qué vamos a cenar? —preguntó con voz natural, casi alegre.

—Todavía no —respondió Carla—. Lo dejo en tus manos.

—No hace falta nada complicado —agregó Genoveva—. Me conformo con cualquier cosa.

Nos compraron tiempo. Marisa sacó la verga con cuidado. Salió brillante, empapada. Pensé que se retiraría. Pero no. Estaba decidida a evitar una segunda penetración. Cuando Noelia volvió a sentarse, se encontró con la mano de Marisa como escudo, los dedos hacia abajo. Cada movimiento rozaba mi miembro de arriba abajo. Caricias involuntarias, lentas, constantes. Incómodo, efectivo para bloquear la entrada. Pero mi verga no se calmaba. Al contrario.

El método no era perfecto. Con los minutos, el glande se escapaba a veces, apenas un centímetro, lo suficiente para rozar la entrada húmeda. Marisa lo notaba e intentaba retenerlo con la punta de los dedos. Pero la camioneta traicionaba: un tambaleo, un bache, y la verga encontraba el camino. Solo la punta. Solo un instante. Suficiente para hacernos jadear a los tres.

Harta, Marisa tomó una decisión drástica. Giró los dedos hacia arriba, tanteó y metió dos dentro de mi hermana. No lo vi, pero lo sentí todo: la presión extra, el espacio reducido, los dedos moviéndose al ritmo de la ruta. Noelia pegó la espalda contra mi pecho y soltó un suspiro largo, tembloroso. Ahora tenía que soportar que su jefa la penetrara con los dedos, como si la masturbara en secreto.

Marisa se acercó a su oreja.

—Perdón. Es la única forma. Yo no los muevo. Es la camioneta.

Entendí por qué temblaba. Los dedos de Marisa se movían sin parar dentro de ella, empujados por cada irregularidad del camino. Y el propio movimiento de Noelia empeoraba todo: apretaba, frotaba, estimulaba. Mi verga estaba aplastada, dolía un poco. Pero prefería esto a volver a entrar del todo.

Percibí una secuencia extraña: Marisa metía los dedos, los sacaba despacio y los frotaba contra el clítoris. Metía de nuevo. Repetía. No era solo para bloquearme. Era una caricia deliberada, disimulada. Noelia no era inmune. Se movía, suspiraba. En un momento me agarró la mano con fuerza, como pidiéndome que la sostuviera mientras soportaba esa dulce tortura.

Hasta que, en lugar del clítoris, Marisa frotó los dedos húmedos contra la punta de mi verga. No buscaba excitar a nadie. Solo limpiaba sus dedos de la humedad constante. Un gesto práctico, casi mecánico.

Cuando giré la cabeza hacia ella, vi la mano de Genoveva bajo su vestido, idéntica a la situación de Noelia. No había avanzado mucho: descansaba sobre el muslo, quieta. Pero Marisa no la retiraba. Seguía con la vista al frente, luchando con la humedad de mi hermana, aceptando el avance lento de la auditora.

Por fin la camioneta se detuvo. Todos empezaron a bajar. Nosotros nos quedamos atrás, iniciando el ritual de siempre para disimular. Marisa retiró la mano con cuidado. Noelia se alzó lo justo para que yo pudiera guardar todo. Nos miramos los tres un segundo: agotados, avergonzados, cómplices silenciosos.

Pero era demasiado pronto para relajarse. El viaje apenas empezaba. Quedaban días, sucursales, paradas. Noches en hoteles compartidos. Y yo todavía no sabía con qué cara iba a mirar a mi jefa después de esto. Ni cómo iba a soportar lo que estaba por venir.

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