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Relatos Ardientes

El fin de semana que dejé de fingir mi fidelidad

Renata se quedó sentada en el sofá después de ese último polvo, todavía a horcajadas sobre Damián, con las piernas abiertas a ambos lados de sus caderas. La camiseta vieja que llevaba puesta estaba pegada al sudor de su espalda. El salón olía a café frío, a sexo y a ese aroma indefinible de piel caliente que queda cuando dos cuerpos han estado demasiado tiempo pegados.

No se movió. Ninguno de los dos habló durante un buen rato. Solo se escuchaba la respiración pesada de él y, más lejos, el zumbido bajo de la nevera.

Por dentro, ella era un torbellino.

Una parte cada vez más pequeña —la que todavía se aferraba a su relación, la que había creído en aquella absurda terapia que les recomendó Marcelo— se repetía como un mantra: Es solo interpretación. Es para resultar creíbles. Es profesional. Esa voz sonaba razonable, casi noble. Se imaginaba explicándoselo a su novio algún día, con tono serio y adulto.

Pero cada vez sonaba más débil, más lejana, como si gritara desde el fondo de un pozo.

Porque otra parte, mucho más grande y mucho más ruidosa, no paraba de susurrarle lo que de verdad pasaba. Le había gustado. Le había gustado demasiado. Y eso la asustaba más que ninguna otra cosa.

Sentía el calor culpable subiéndole por la piel, como si su cuerpo reconociera algo que su cabeza todavía se negaba a admitir. Recordaba cómo había pedido más fuerte hacía un rato, cómo se había corrido dos veces seguidas con él dentro. Y lo peor: en ninguno de esos momentos había pensado en su novio. Solo en el placer inmediato, en la sensación de estar siendo tomada, usada, llena.

Se sentía sucia. No por los fluidos, sino porque una parte de ella quería más. Quería que llegara la noche. Quería que Damián cumpliera su promesa, aunque le doliera, aunque la dejara temblando entre el placer y el dolor. Y eso la aterrorizaba.

Damián la abrazó por la cintura y le besó el cuello despacio.

—¿En qué piensas? Estás muy callada.

Renata tardó en contestar. Tuvo que tragar saliva dos veces.

—En… nada. Solo estoy cansada.

Él soltó una risa baja.

—Mentirosa. Estás pensando en esta noche, ¿verdad?

Ella se tensó. No respondió. Damián le acarició la espalda, como si pudiera leerle la mente.

—No voy a hacer nada que no quieras. Pero sé que te gusta. Lo noto cuando te corres. Lo noto cuando me miras después.

Renata cerró los ojos con fuerza.

—No sé qué me pasa —susurró, tan bajo que casi no se oyó—. No sé quién soy cuando estoy contigo.

Él no contestó de inmediato. Solo la apretó un poco más contra su pecho.

—Quizá estás descubriendo quién eres de verdad —dijo al fin, con una calma que la desarmó—. Y eso asusta. Pero no estás sola.

Renata escondió la cara en el hueco de su cuello y entendió algo terrible y liberador a la vez: no sabía si quería parar, pero estaba casi segura de que no iba a hacerlo.

***

Un rato después, ya separados y medio recompuestos, a Damián le entró hambre de verdad.

—¿Pedimos una pizza?

—Sí, por favor —rio ella, agotada—. Algo normal, con mucho queso. Y refresco, que tengo la boca seca.

Él cogió el móvil, pidió una grande de pepperoni y otra de cuatro quesos, y se tiró de nuevo a su lado.

—Llega en veinticinco minutos —dijo, acariciándole distraídamente el muslo.

Vieron la tele en silencio, medio adormilados, hasta que sonó el timbre. Damián se incorporó de golpe, con una chispa traviesa en los ojos.

—Renata… ve tú a abrir.

Ella lo miró confundida.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

Él se mordió el labio inferior, conteniendo la risa.

—Desnuda.

—¿Estás loco? Ni de broma.

Damián se acercó, le puso las manos en las caderas y la miró con esa mezcla de seriedad fingida y picardía que ya empezaba a conocer demasiado bien.

—Es por la compenetración. Un poco de riesgo, de vergüenza compartida. Eso alimenta la confianza. Solo es abrir, coger las cajas y cerrar. Ni se va a enterar de quién eres. Hazlo por mí… pero más por ti.

Renata se quedó mirándolo, el corazón latiéndole fuerte. Una parte de ella quería negarse en redondo. Pero otra, esa que había ido creciendo todo el día, se sintió tentada. El riesgo. La idea de hacer algo prohibido… y que él lo viera.

Suspiró, resignada, y se quitó la camiseta. Quedó completamente desnuda, el cuerpo todavía marcado por las huellas de las manos de Damián.

—Eres un cabrón —murmuró, pero ya caminaba hacia la puerta.

Cuando volvió a sonar el timbre, respiró hondo y abrió solo lo justo para asomar el cuerpo y extender el brazo. El repartidor era un chico de unos veintitantos, con gorra ladeada. Al verla —desnuda, el pelo revuelto, la curva de la cadera apenas oculta por el ángulo de la puerta— se quedó congelado, la boca entreabierta, incapaz de articular palabra. Las cajas le temblaban en las manos.

—Hola… gracias —dijo ella con voz temblorosa, cogiéndolas con una mano y extendiendo la otra con el dinero—. Quédate con el cambio.

El chico tardó varios segundos en reaccionar. Asintió de forma mecánica y murmuró algo que pudo ser «gracias» o «joder», los ojos recorriéndole la piel todavía brillante de sudor. Ella lo notó todo. Cada segundo de esa mirada le quemaba.

—Buenas noches —dijo Renata, y cerró la puerta con cuidado.

Apoyó la espalda contra la madera y soltó el aire que había estado conteniendo. Se giró hacia Damián, con la cara roja y una expresión de falsa indignación.

—¿Contento, pervertido?

Él se reía a carcajadas, pero la excitación se le notaba.

—Joder, Renata… has estado increíble. ¿Has visto la cara del pobre chaval?

Ella dejó las pizzas en la mesa y se cruzó de brazos.

—No vuelvas a pedirme algo así. Me muero de vergüenza.

Damián se acercó, le puso las manos en la cintura y bajó despacio hasta las nalgas.

—Venga, dime la verdad. ¿Qué has sentido? ¿Solo vergüenza… o algo más?

Renata apartó la mirada un segundo, mordiéndose el labio. Entre las piernas sentía un calor nuevo, traicionero.

—Al principio quería que me tragara la tierra —admitió en un susurro—. Pero luego… me puse cachonda. Mucho. Saber que me veía así, y que tú estabas aquí mirándome… me sentí expuesta. Y también poderosa. Como si estuviera rompiendo algo y me gustara.

Él la atrajo hacia su cuerpo.

—Esa es mi chica —murmuró contra su boca, antes de besarla profundo y lento.

***

Devoraron la pizza casi sin hablar, entre risas nerviosas, y luego se quedaron tirados en el sofá. Renata tenía la cabeza apoyada en el muslo de Damián; él le acariciaba el pelo. El ambiente estaba tranquilo, pero cargado: cada roce parecía una cuenta atrás.

De repente, él apagó la tele.

—Renata… ya es hora —dijo con voz baja y firme—. Ven al cuarto.

Ella sintió un nudo inmediato en el estómago. El corazón le dio un vuelco. Recordó sus palabras de antes y todo su cuerpo se contrajo de anticipación. Dudó un segundo, pero al final le dio la mano y se dejó llevar.

Caminaron desnudos por el pasillo, el suelo fresco bajo los pies. Estaba nerviosa, sí, pero también mojada. El miedo y la excitación se le enredaban en el pecho como dos alambres calientes.

En la habitación, Damián la abrazó por la cintura, las manos bajando enseguida a sus nalgas. Las agarró con fuerza mientras la besaba con la lengua, lento, devorador. Bajó la cabeza y atrapó uno de sus pezones con la boca, alternando succiones con mordiscos suaves. Renata echó la cabeza hacia atrás, jadeando, las manos enredadas en su pelo.

—Ahhh… así… —gimió.

De pronto, él le agarró el pelo por la nuca, con la fuerza justa para que sintiera un tirón en el cuero cabelludo. Ella soltó un gritito de sorpresa y placer.

—Abajo —le dijo, llevándola hacia el suelo.

Renata se dejó caer de rodillas. Levantó la mirada, los ojos brillantes de nervios y deseo, y empezó lamiendo de abajo arriba, dejando un rastro húmedo. Luego se lo metió en la boca, abriendo mucho, subiendo y bajando, alternando succiones fuertes con lametazos largos. La saliva le chorreaba por la barbilla.

—Joder… qué bien lo haces —gruñó él, con la mano todavía en su pelo.

—Suficiente —dijo al fin, sacándosela de la boca—. A la cama. En cuatro.

Ella gateó hasta el colchón y se puso a cuatro patas, el corazón latiéndole en la garganta. Damián se colocó detrás. Primero la preparó con la lengua y luego con los dedos, despacio, abriéndola, mientras ella temblaba.

—¿Estás preparada? —murmuró con voz ronca.

Renata solo pudo asentir, la respiración entrecortada.

Él se alineó y empujó. Entró de a poco, centímetro a centímetro, hasta el fondo.

—¡Ahhh…! —chilló ella, las uñas clavándose en las sábanas.

Damián gruñó de placer y empezó a moverse: primero profundo, luego más rápido, alternando ritmos. Cada embestida le arrancaba un gemido.

—¡Ah…! ¡Más…! —pedía ella, el dolor convertido en placer abrasador.

La hizo enderezarse de rodillas, le rodeó la cintura con un brazo y le agarró un pecho con la otra mano, besándola por encima del hombro mientras seguía moviéndose. Las lenguas enredadas, los gemidos ahogados en la boca del otro.

—Me vas a matar —jadeó ella contra sus labios.

La volvió a poner a cuatro patas y la sujetó de las caderas, el sonido de la piel contra la piel llenando la habitación.

—¡Me corro…! —aulló Renata de pronto, el orgasmo explotando dentro de ella.

Damián no aguantó más. Empujó una última vez hasta el fondo y se vació con un gruñido largo. Los dos se derrumbaron sobre la cama, sudorosos, jadeantes, temblando.

Cuando por fin pudieron moverse, ella giró la cabeza y lo miró con una sonrisa enorme, exhausta pero feliz.

—Joder… creo que ese ha sido el mejor orgasmo de mi vida.

Él soltó una risa ronca y le acarició la espalda mojada.

—El mío también.

El miedo se había ido. Solo quedaban placer, agotamiento y una extraña paz. Y, en el fondo de su mente, la pequeña voz ya no le hablaba de su pasado, sino de su futuro. Simplemente sabía que quería más.

***

Se durmieron casi al instante, con los cuerpos entrelazados. A la mañana siguiente, la luz pálida del invierno se colaba por las rendijas de la persiana. Renata se despertó primero. Le dolía el cuerpo entero, pero no era solo dolor: era un cansancio placentero, como si la hubieran usado hasta el límite y eso, de alguna forma, la hiciera sentir más viva.

Mientras lo observaba dormir —el pelo revuelto, la barba de dos días—, su mente empezó a dar vueltas. Tenía novio. Tenía una vida ordenada. Pero esa relación se sentía cada vez más como una excusa lejana, una mentira piadosa que ya no convencía a nadie, menos a ella misma. Lo que había hecho ese fin de semana no era interpretación. Era entrega. Y le había encantado.

Sin pensarlo, su mano bajó por el abdomen de Damián hasta encontrarlo. Lo acarició despacio, casi con ternura, recorriendo cada vena con las yemas. No era un gesto consciente; era instinto. Mientras lo hacía, lo notó endurecerse, calentarse. Su cara, sin que lo planeara, se fue acercando, y entonces sintió una necesidad casi animal de tenerlo en la boca.

Abrió los labios y empezó a succionar con devoción golosa, perdida en el sabor y la textura, hasta que notó que él se movía.

Damián abrió los ojos despacio, todavía medio dormido, con una sonrisa lenta. Le posó la mano en el pelo.

—Joder… qué manera de despertar. No pares.

Ella no paró. Aceleró, succionando más fuerte, los gorgoteos húmedos llenando la habitación. Él empezó a respirar más agitado, los músculos del abdomen tensos.

—Voy a correrme… —jadeó.

Renata hizo un ruidito afirmativo sin sacárselo de la boca. Damián gruñó, la mano apretándole un poco más el pelo, y se corrió con un sonido gutural. Ella tragó, recogiendo cada gota, ordeñándolo hasta el final.

Se lo sacó de la boca despacio y le sonrió con picardía, exhausta y feliz a la vez.

—Mierda… he creado un monstruo —dijo él, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Mira en qué te he convertido en dos días.

—Tal vez siempre lo fui —susurró ella, todavía con el sabor de él en la boca—. Y solo necesitaba que alguien me lo enseñara.

***

Renata se incorporó despacio, el cuerpo todavía caliente, y lo miró con una mezcla de dulzura y apuro.

—No me puedo quedar mucho más —dijo en voz baja, casi con culpa—. Tengo que ver a mi novio esta tarde, dar señales a mi familia… No puedo desaparecer todo el fin de semana.

Damián frunció el ceño, claramente incómodo, pero al final asintió a regañadientes.

—Vale… pero al menos quédate a desayunar.

Ella sonrió, aliviada por el pequeño aplazamiento.

—Desayuno aceptado.

Desayunaron desnudos en la cocina, sin prisa por cubrirse, riendo bajito mientras se miraban a los ojos. Cuando terminó, Renata se levantó a llevar los platos al fregadero. Los enjuagó inclinada ligeramente hacia delante, el cuerpo todavía marcado por la noche anterior expuesto a la vista.

Damián no resistió. Se pegó a su espalda en silencio, ya duro otra vez, las manos subiendo a sus pechos, la boca buscándole el cuello.

—Damián… ya no tengo tiempo —susurró ella, la voz débil.

Él solo gruñó contra su piel. Renata intentó resistirse, pero era una resistencia floja, casi simbólica; empujó las caderas hacia atrás, no para apartarlo, sino para sentirlo más. Él la fue llevando así, pegados, hasta el dormitorio, y la tumbó boca arriba en la cama.

Bajó por su cuerpo, separó los labios de su sexo con los pulgares y hundió la lengua, primero despacio, luego centrándose en el clítoris con lametazos en círculo y los dedos entrando y saliendo. Ella le agarró el pelo, gimiendo alto.

—¡Me vas a hacer correr otra vez…!

Cuando estaba al borde, él le levantó las piernas sobre los hombros y la penetró de un solo empujón.

—¡Aaah…! —chilló ella.

Empezó a moverse profundo y constante, la cama crujiendo, hasta que Renata se arqueó convulsionando alrededor de él. Antes de que terminara de bajar, Damián se tumbó boca arriba y la jaló encima.

—Sube. Rebota para mí.

Ella se empaló y empezó a subir y bajar con fuerza. Él le sujetó los pechos, tirando de los pezones, y Renata echó la cabeza hacia atrás, gimiendo sin control. El segundo orgasmo la alcanzó rápido, más intenso.

Pero entonces, todavía jadeante, hizo algo que ni él esperaba. Se levantó un poco, guió la punta hacia atrás y se dejó caer despacio, hasta sentirlo entero por detrás.

—Renata… —murmuró él, sorprendido.

Ella no dijo nada. Solo empezó a rebotar de nuevo, esta vez con él clavado en el culo, sintiendo cada centímetro. Damián le agarró las caderas, ayudándola a moverse más rápido. Los gemidos de ambos se volvieron salvajes.

—¡Me vas a romper…! —jadeó ella.

—¡Y tú a mí…! —rugió él.

Llegaron al clímax casi a la vez. Renata se contrajo violentamente, aullando, y él empujó hacia arriba una última vez y se vació dentro de ella.

Se dejó caer sobre su pecho, transpirando, temblando, y le dio un golpecito juguetón.

—Eres un cabrón. Me has hecho llegar todavía más tarde.

Él se rio, abrazándola fuerte.

—Y tú una insaciable, que se busca sola la mejor manera de despedirse.

Se besaron con la lengua una última vez: lento, profundo. Luego Renata se levantó con cuidado, se limpió en el baño y se vistió con la ropa del día anterior —falda y camiseta, arrugadas y oliendo a sexo— mientras él la miraba desde la cama con una sonrisa satisfecha.

Cuando estuvo lista, se inclinó sobre el borde de la cama y le dio un beso suave.

—Hasta luego… novio —dijo, riéndose bajito.

Él soltó una carcajada.

—Hasta luego… novia.

Renata salió del cuarto riéndose, y solo cuando estuvo en la calle se permitió respirar hondo. Sabía que en unas horas volvería a su rutina, pero no quería mirar a los ojos a nadie, y menos a su novio. Y no tenía ni idea de cómo iba a hacerlo sin que se le notara, en cada gesto, todo lo que acababa de pasar.

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Comentarios (5)

Marisa_84

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

dani_rosario

Por favor que haya continuacion, me quede con ganas de saber que paso despues.

lectura_nocturna

Me llego mucho el titulo. Esa tension entre lo que uno se dice a si mismo y lo que realmente siente... muy bien logrado. Sigue escribiendo por favor

Fercho_mza

muy bueno, corto pero intenso

CharlotteLectora

¿y que paso al final del finde? quede esperando la segunda parte...

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