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Relatos Ardientes

El trío que mi novio pagó y no se atrevió a tocar

Me llamo Camila, tengo veintiocho años, mido 1.65 y peso unos setenta kilos. Tengo curvas, las caderas anchas, los pechos grandes, y nunca me sentí del todo cómoda en mi propia piel. Andrés, mi novio desde hace tres años, me jura que está loco por mí tal cual soy. Él mide 1.60, tiene una pancita que se niega a soltar, y nunca pisó un gimnasio en su vida. Antes de conocerlo, solo había estado con un chico, en mi último año de la universidad. No tengo demasiado con qué comparar.

Andrés llevaba meses insistiendo con la idea del trío. Lo planteaba en cualquier sobremesa, después de una cerveza, como quien sugiere comprar una mesa nueva para el comedor. Yo siempre decía que no. Hasta que dije que sí, no sé bien por qué. Quizá porque me cansé de discutir, quizá porque la idea ya me había hecho cosquillas alguna noche en la oscuridad.

Buscó en páginas de contactos y me presentó tres perfiles. Elegí al más alto. Desde que empecé a ir al gimnasio para bajar unos kilos, me había vuelto curiosa con los cuerpos marcados. A veces cruzaba miradas con el instructor, fantaseaba dos segundos y volvía a mi caminadora. Soy tímida y fiel; nunca me animaría a nada de eso. Esta era mi excusa controlada, mi permiso firmado por escrito por mi propio novio.

El chico se llamaba Iván. Casi 1.92 metros, hombros anchos, marcado hasta el cansancio, blanco, con esa cara de modelo de catálogo que no parece real. Lo que yo no sabía —Andrés me lo confesó después— es que en el filtro había dejado pasar solo a hombres con pollas grandes. Al ver las fotos del perfil ni me imaginé que esa cosa midiera lo que medía. Veintitrés centímetros, gruesa, con venas que parecían dibujadas a propósito.

***

Andrés reservó un departamento por Airbnb en un barrio que no conocíamos, lejos del nuestro. Tenía una sola habitación, una cama king y, en la esquina, una silla de madera con un cojín fino. Acordamos por chat tres reglas: nada de besos, sexo nada más, y los tres participando en todo. Lo escribimos en serio, como si firmar un mensaje de WhatsApp con un «ok» significara algo.

Cuando Iván cruzó la puerta, esas tres reglas duraron menos de un minuto. No saludó a Andrés. Me miró a mí, se acercó en dos zancadas y me levantó del piso como si fuera de papel. Sentí sus bíceps marcarse contra mi espalda. Me besó en la boca, sin pedir permiso, con la lengua adentro, mientras Andrés seguía con la puerta abierta y un vaso de gaseosa en la mano.

Me quedé congelada un segundo. Después le respondí. Nunca había estado tan cerca de un cuerpo así, tan denso, tan caliente. Le rodeé el cuello con los brazos. Andrés cerró la puerta con el codo y no dijo nada.

Iván me tiró de espaldas sobre la cama. Se subió encima de mí sin soltarme las muñecas. Recién entonces giró la cara hacia mi novio.

—Vos sentate ahí —le dijo, señalando la silla con la barbilla—. Después vemos.

Andrés palideció. Asintió. Se sentó. No volvió a la cama en tres horas.

***

Iván me sacó la blusa de un tirón, sin mirarme a los ojos. Me bajó el corpiño, los pechos rebotaron afuera y él se rio bajito, como aprobando una compra. Yo me sonrojé hasta el cuello.

—Estás buenísima —dijo, y antes de que pudiera contestar ya tenía la boca pegada a mi cuello.

Sus dedos me abrieron las piernas con la misma soltura con la que uno abre una caja. La polla, dura, me golpeó el muslo a través del jean que él mismo me estaba bajando. No habló de condón. Se escupió la mano, se pasó la saliva por la punta y se acomodó en mi entrada.

—Bancá, bancá —murmuré, porque algo en mí todavía recordaba a Andrés en la silla.

No esperó nada. Empujó. Sentí cómo la cabeza me estiraba de un modo que jamás había sentido. Solté un grito corto, agudo. Le clavé las uñas en los hombros. Centímetro a centímetro fue entrando, hasta que apoyó las caderas contra las mías. Me quedé quieta, respirando por la boca, tratando de acostumbrarme.

—No te muevas todavía —pedí.

Tardó unos segundos. Después empezó a moverse, lento, casi saliendo del todo antes de volver a entrar. Cada movimiento me arrancaba un sonido distinto. El dolor se fue diluyendo en otra cosa, algo caliente que me subía desde abajo. Empecé a mover yo también las caderas, sin pensar.

—Más fuerte —dije.

Lo dije sin reconocerme la voz. Iván sonrió contra mi cuello y aceleró. Me besaba la mandíbula, el cuello, las clavículas. Cuando intenté besarlo en la boca él se corrió hacia un costado, esquivándome, y volvió a pegarse a mi piel sin tocarme los labios. Yo igual lo busqué dos, tres veces.

Andrés estaba a dos metros de la cama, agarrado a los apoyabrazos. Le temblaba la mandíbula. En un momento se levantó, cruzó hasta la mesada de la cocina y volvió con una botella de agua que dejó al borde de la cama sin decir nada. Iván ni lo miró.

—Sí, así —gemía yo—. No pares.

Cuando me corrí, le clavé los talones en la espalda baja. Fue un orgasmo largo, distinto a los que conocía. Él tardó pocos segundos más. Se vino adentro, sin avisar, y yo sentí cada pulso. Cuando salió, parte cayó sobre la sábana y parte me bajó por el muslo. Quise abrazarlo, besarlo en la mejilla, y él se incorporó como si yo no estuviera.

***

Descansamos. Andrés se acercó con una bandeja improvisada: dos vasos de agua, un sándwich cortado en triángulos. Le temblaban las manos. Iván agarró el vaso sin agradecer y se lo tomó de un trago.

—Traé el lubricante —ordenó.

Andrés tardó en moverse. Después fue al bolso, hurgó, sacó un pomito y se lo alcanzó casi en puntas de pie. Iván lo dejó al lado de la almohada.

—Arrodillate —me dijo a mí.

Nunca había hecho una mamada en serio. A Andrés le pasaba la lengua, lo besaba, pero nunca tuve la polla entera en la boca. Esta era enorme, todavía mojada de mí, brillante. La miré con una mezcla rara de asco y curiosidad. Iván no esperó a que me decidiera. Me agarró del pelo y me empujó hasta meterme la punta entre los labios.

Tosí. Apenas entraba. Tenía los labios estirados y la mandíbula tensa. Empecé a pasarle la lengua de costado, torpe, sintiendo las venas latir contra mi paladar. Iván me marcaba el ritmo con la mano en la nuca.

—Así —murmuraba—. Tranquila, no te ahogues.

Andrés volvió con el vibrador que había traído él mismo. Lo tenía en la mano como quien entrega un cuchillo. Iván se lo arrebató sin mirarlo, lo encendió en un nivel intermedio y me lo metió de un solo movimiento. Las vibraciones me recorrieron entera. Gemí con la boca todavía llena.

—Seguí chupando —dijo.

El vibrador entraba y salía al mismo tiempo que él me empujaba la cabeza. La saliva me caía por el mentón hasta los pechos. No podía pensar en nada. Llegué de nuevo, esta vez con la boca ocupada, ahogando los gritos. Mi cuerpo se sacudió alrededor del juguete.

Iván se vino segundos después, en mi boca. Tragué casi todo por reflejo. Lo poco que se escapó me bajó por la barbilla. Tosí. Él me miró desde arriba y sonrió como si me hubiera regalado un premio.

—Bien hecho.

Andrés, en la silla, miraba el piso.

***

Después del segundo descanso —Andrés trajo Red Bull, sin tomar nada para sí, los dedos blancos de tanto apretar la lata— Iván me puso boca abajo, las rodillas dobladas, la cadera elevada. Untó lubricante con dos dedos, masajeando despacio. Nunca había hecho anal.

—Suave, por favor —pedí, mirándolo por sobre el hombro—. Es la primera vez.

—Lo sé —respondió, sin sorpresa.

Empujó. Dolió como si me partiera. La cabeza pasó después de varios segundos, y yo grité con la cara contra la almohada. Él se detuvo. Me dejó respirar. Esperó. La quemazón fue cediendo de a poco, transformándose en una presión densa, distinta a todo.

Cuando volvió a moverse, lo hizo a un ritmo de prueba. Yo apretaba los puños contra la sábana. Después aflojé. Después empecé a empujar hacia atrás. La fricción, en algún momento, dejó de ser solo dolor.

—No pares —dije, sorprendiéndome a mí misma.

Embistió más fuerte. Me apretó la cadera con las dos manos, dejando marcas que iban a durar días. Yo intentaba girar la cara para buscarlo. Él me mantenía en posición, sin permitirme la cercanía. Solo el cuerpo, solo el acto.

Se vino adentro de mí otra vez. Sentí cómo me llenaba y cómo, al salir, parte goteaba sobre la sábana. Me dejé caer de costado, agotada. Le tomé la mano izquierda con las dos mías y le besé los nudillos. Él me dejó hacer, sin devolver el gesto.

***

—Una más —dijo después, sin preguntar.

Andrés en la silla cerró los ojos un segundo. Iván volvió a lubricarme y entró de nuevo, esta vez con menos resistencia. El cuerpo ya sabía. Embistió rápido, sin gentilezas, mis pechos rebotando contra el colchón. Yo gritaba sin pudor, dejando que la habitación entera se enterara.

—Te amo —murmuré sin pensar, en medio de una embestida.

Iván se rio, breve, y no contestó. Me besó una sola vez, en la espalda, entre los omóplatos. Suficiente para que yo siguiera diciendo cosas que no debía. Cuando estaba por terminar, salió, me dio vuelta de un solo movimiento y se vino sobre mi cara, sobre los labios entreabiertos y los mechones que tenía pegados a la frente. Lamí lo que pude. Sonreí, exhausta.

Andrés se quedó mirándonos con la boca apenas abierta. No estoy segura de si respiraba.

***

En total, fueron casi tres horas. Cuando Iván se incorporó y empezó a vestirse, Andrés se levantó de la silla por primera vez en toda la tarde. Sacó del bolsillo del saco un sobre y se lo extendió, con la mano temblando.

—Setecientos cincuenta. Lo acordado.

Iván abrió el sobre. Contó los billetes despacio, sin mirarlo.

—Son mil —dijo—. Fui demasiado suave con ella. La traté como si fuera mi pareja.

Andrés balbuceó algo. Yo, todavía desnuda sobre la cama, me incorporé apoyada en un codo.

—Pagale los mil —le dije a Andrés, con una voz que no era la mía—. Se lo ganó.

Andrés me miró como si no me conociera. Tragó saliva. Sacó otro fajo del bolsillo interno y completó el monto sin decir una palabra. Iván dobló los billetes, los guardó, y antes de cruzar la puerta caminó hasta la cama, se inclinó y me besó en la boca, lento, profundo. La primera vez que me besaba bien desde que había entrado. Después me dio una palmada en la nalga que sonó contra las paredes vacías y se fue, sin despedirse de mi novio.

***

Andrés y yo salimos del departamento veinte minutos después. El cuerpo me dolía en lugares que no sabía que existían. Caminamos hasta el auto en silencio. Él manejó sin poner música, sin preguntarme nada. Yo miraba por la ventanilla y pensaba en Iván, en lo que iba a hacer la próxima vez que mi instructor del gimnasio me cruzara la mirada cerca del banco de pesas.

Cuando llegamos a casa, Andrés me preguntó si quería un té. Le dije que sí, sin mirarlo. Mientras él calentaba el agua, me metí en la ducha y lloré dos minutos seguidos antes de empezar a sonreír.

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Comentarios (2)

Norberto_Cba

Que relato!! me quedé con ganas de mas, definitivamente de lo mejor que lei en mucho tiempo

mariela77

por favor una segunda parte!! quede completamente enganchada

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