La mejor amiga de Diego le hizo creer que solo jugaba
La tarde de sábado en el piso de Lucía siempre tenía la misma textura: persianas a media altura, una taza de café enfriándose sobre el escritorio y el ruido constante del teclado mecánico de Diego machacando las teclas como si el destino del mundo dependiera de cada partida. Nicolás estaba en la cama, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas estiradas, fingiendo leer algo en el móvil.
Nicolás y Lucía eran amigos desde la universidad. Diego había llegado después, casi tres años más tarde, y nunca había terminado de encajar en ese rincón privado que ambos compartían: bromas de hacía años, silencios cómplices, miradas que el novio jamás había aprendido a descifrar. Por eso, supuestamente, él prefería refugiarse en los auriculares cada vez que Nicolás aparecía por casa.
—No estés tan serio —le susurró ella desde el otro extremo del colchón, y empezó a avanzar a gatas hacia él.
Llevaba una camiseta gris de tirantes, ancha por el cuello, y un pantaloncito corto de chándal negro. El pelo rubio, recogido en una coleta alta, le caía a un lado de la cara en mechones sueltos. Cuando se detuvo entre las piernas del chico y se sentó sobre los talones, él supo exactamente qué iba a pasar. Lo supo por la forma en la que lo miró, por la manera en la que se mordió el labio inferior, por el silencio que se instaló entre los dos mientras Diego soltaba un grito al micrófono a tres metros escasos.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, aunque la respuesta sobraba.
Nicolás asintió sin mover la boca. Notaba la sangre empujando en sitios donde no debería empujar. Bajó la cremallera del vaquero con cuidado, despacio, atento al chasquido metálico, y dejó caer el calzoncillo lo justo para que su polla quedara libre, ya medio dura, latiendo con un ritmo que parecía sincronizarse con los clics del ratón.
—Mmm… qué desperdicio tenerla guardada —murmuró ella, con esa media sonrisa que tantas veces lo había arrastrado a hacer cosas que no debía.
Se inclinó hacia delante y, en un solo movimiento, sacó los pechos por encima del escote ancho de la camiseta. Eran tibios, generosos, con una piel pálida sembrada de pecas pequeñas que él había imaginado más veces de las que estaba dispuesto a admitir. Los envolvió alrededor de la polla, apretándolos desde los lados, y escupió en el valle que formaban para lubricar. Luego empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, lento, controladísimo, midiendo cada centímetro.
—Joder, Lucía… —gruñó él entre dientes.
—Calla, idiota —susurró ella sin perder la sonrisa—. Como te oiga, lo vamos a pasar mal los dos.
Diego seguía a lo suyo. La pantalla del ordenador le iluminaba la cara con destellos azules y rojos. Insultaba a un compañero de equipo con la voz un poco subida, completamente metido en la partida. Bastaba que girara la cabeza hacia la derecha. Solo eso. Un movimiento mínimo, perezoso, y los pillaría a su novia con los pechos fuera, ordeñando a su mejor amigo en la cama que ambos compartían cada noche.
—Mírame —ordenó ella en voz baja.
Él la miró. Sus ojos verdes se habían oscurecido. Cuando subía, la cabeza de la polla asomaba entre los pechos, y Lucía se inclinaba lo justo para rozarla con la punta de la lengua. Era un gesto rápido, casi furtivo, pero cada vez que lo hacía el chico le clavaba las uñas en los muslos sin querer, peleando con un gemido que se le quedaba atascado en la garganta.
—¿Te gusta así? —susurró, lamiendo otra vez.
Nicolás asintió sin abrir la boca. No se fiaba de sí mismo.
El sonido del roce era pequeño, casi inaudible, pero a él le retumbaba en los oídos como un tambor. Un chasquido húmedo, suave, mezclado con la respiración de ambos. De vez en cuando, Diego soltaba una carcajada, un improperio, un comentario al micrófono, y entonces ella aceleraba el ritmo, como si el ruido del juego fuera un permiso para apretar un poco más.
—Si gira la cabeza ahora —murmuró sin dejar de moverse—, lo ve todo. Hasta el último detalle.
—Lucía, por favor…
—¿Por favor qué? ¿Que pare? ¿O que siga?
Él no respondió. Se limitó a apoyar una mano en su nuca, sin presionar, solo acompañando el movimiento. Ella sonrió victoriosa y bajó la cabeza otra vez para chupar la punta, esta vez más despacio, dejando que la saliva cayera y se mezclara con el roce.
—Me voy a correr —avisó él entre dientes, casi sin voz.
—Hazlo —contestó ella, mirándolo con la barbilla apoyada contra su propio pecho—. Córrete entre mis tetas. Quiero verlo.
Nicolás apretó los ojos. Apretó la mandíbula. Apretó todo lo que tenía para no soltar el ruido que pugnaba por salir. Cuando llegó, llegó como una descarga seca y silenciosa, arqueándole la espalda hacia delante. Los chorros le salpicaron a ella el escote, el cuello, una gota le quedó colgando del mentón. Lucía siguió moviéndose un poco más, lentamente, ordeñándolo hasta el final, sin soltar sus ojos en ningún momento.
Detrás de ella, Diego soltó un grito de júbilo: había ganado la partida. No se giró.
Lucía se pasó un dedo por la piel, recogió una gota y se la llevó a la boca. La chupó con calma, sin dejar de mirarlo.
—Qué rico —dijo, casi sin sonido—. ¿Mejor ahora?
El chico solo pudo asentir, intentando recuperar el aliento.
—La próxima vez —añadió ella en un susurro casi inaudible, mientras se limpiaba el escote con el borde de la camiseta—, te la chupo entera con él al lado.
***
Nicolás se escabulló al baño con la excusa de refrescarse. Necesitaba meter la cabeza bajo el grifo y recordarse que aquello tenía que parar. Que era su amiga. Que era la novia de Diego. Que ya habían llegado demasiado lejos otras veces y se habían jurado, las dos últimas al menos, que no se repetiría.
El problema era que Lucía nunca lo juraba en serio. Lo decía con la boca y luego, dos semanas más tarde, encontraba la manera de arrastrarlo otra vez. Y él, cuando estaba cachondo, era incapaz de decir que no a nada que ella propusiera. Lo sabían los dos.
Volvió al cuarto con la cara mojada y la intención firme de pasar el resto de la tarde a un metro de distancia de ella. Plan que duró exactamente el tiempo que tardó en cruzar el umbral.
Lucía estaba tumbada de costado sobre la cama, mirando a Diego jugar con una sonrisa pequeña y peligrosa. La camiseta seguía un poco bajada. Aún tenía restos de la primera ronda brillándole sobre la piel, una mancha pálida que no se había molestado en limpiar. Cuando lo vio aparecer, esos ojazos verdes se clavaron en los del chico con un mensaje claro: «No has terminado».
Nicolás se sentó a su lado intentando aparentar normalidad. Notaba el corazón golpeándole el cuello con tanta fuerza que estaba seguro de que ella podría oírlo, pero también de que él mismo estaba dispuesto a callarlo a base de pura voluntad. Pura voluntad que se vino abajo en cuanto la mano de Lucía le rozó el muslo por encima del vaquero.
—Lucía, no.
—Lucía, sí —contestó ella, con una risa silenciosa en los labios.
Forcejearon un instante: él intentó sujetarle las muñecas, ella se rio sin sonido y se zafó con esa habilidad que tienen las mujeres acostumbradas a ganar siempre estas peleas. La cremallera bajó otra vez. La polla volvió a salir, todavía sensible, ya empezando a despertarse a pesar suyo.
Diego soltó un suspiro al otro lado de la habitación. Se reclinó hacia atrás un segundo, estiró el cuello hacia la izquierda, hacia la ventana. Nicolás dejó de respirar. Lucía se quedó muy quieta, con la polla del chico entre los pechos otra vez, sin moverse, sin pestañear. Pero el novio volvió al teclado sin mirarlos.
—Si gira la cabeza —repitió ella, tan bajo que el chico tuvo que leerle los labios—, nos ve. Enteros. Con todo.
—Para —le suplicó él.
No paró. Empezó a moverse otra vez, más despacio que la primera ronda, casi a cámara lenta, como si quisiera estirar cada segundo. El roce ya no era silencioso del todo: una gota de la primera tanda se había deslizado entre ellos y hacía un sonido pequeño y húmedo cada vez que los pechos rebotaban contra la piel del chico.
Esta vez Lucía giró un poco el torso, deliberadamente, de manera que sus pechos quedaron orientados hacia Diego. Si él se giraba ahora, aunque fuera para rascarse la nuca, los vería de frente. Vería a su novia haciéndole una mamada apretada con las tetas a tres metros de su silla, en su propia cama.
—¿Te imaginas que mira ahora? —susurró ella, lamiendo la punta cuando asomó—. ¿Te imaginas la cara que pondría?
Nicolás no quería imaginársela. Y al mismo tiempo no podía pensar en otra cosa. Sentía la adrenalina recorriéndole la columna hasta la nuca, una mezcla de pánico y de excitación tan fuerte que casi le dolía. Cada movimiento de Lucía era una tirada de dados.
Diego se rio de algo. Lucía aceleró. Las pulsaciones del chico se descontrolaron.
—Aaah… —se le escapó.
—Shhh… —rio ella en silencio, sin parar—. Como hagamos ruido, nos pilla.
Una gota gruesa rodó por su escote y cayó sobre la base de la polla, haciendo el roce todavía más resbaladizo, todavía más sonoro. La presa apretaba. Los pezones de ella, duros como dos piedras pequeñas, se rozaban contra la piel del chico en cada subida.
De pronto, Diego soltó un grito de frustración —algún error del equipo contrario, supuso Nicolás— y se echó hacia atrás en la silla. Su cabeza se movió hacia la derecha. Hacia ellos. Solo un instante. Lucía no se inmutó. Nicolás dejó de existir durante medio segundo. Luego el novio se inclinó hacia delante para coger la lata de refresco sin mirar siquiera, y bebió de pie.
Ella aprovechó el descuido para bajar la cabeza más y lamerle la punta entera, esta vez con la lengua plana, lentísima, haciendo un sonido suave que se mezcló con el gluglú del refresco bajando por la garganta de Diego.
—Mmmfff… —el chico se mordió el labio hasta el dolor, clavando los dedos en la sábana—. Lucía, para un segundo… por favor…
Ella negó con la cabeza, sonriendo con malicia, y apretó más fuerte.
—Quiero que te corras otra vez —susurró tan cerca que Nicolás sintió su aliento caliente sobre la piel sensible—. Mientras está justo ahí. Imagínate que gira la cabeza ahora mismo y ve cómo me llenas el escote por segunda vez.
El riesgo era absoluto. Diego podía levantarse en cualquier momento. Podía estirarse, podía cansarse de la partida, podía simplemente girarse para hacerle un comentario a su novia. Y ellos seguían ahí, expuestos, follando entre los pechos de Lucía a dos metros escasos de la espalda del novio.
Lucía abandonó cualquier intento de disimulo. Sus pechos subían y bajaban con más energía, el sonido del roce era ya claramente audible si uno lo buscaba, y la polla del chico entraba y salía del canal apretado de su piel, brillante por la mezcla de saliva y semen seco.
Sus ojos verdes le sostenían la mirada con una mezcla de desafío y disfrute que Nicolás no le había visto nunca. Estaba viviendo aquello al límite, alimentándose del peligro, y él, a su pesar, estaba haciendo exactamente lo mismo.
—¿Te vas a correr otra vez para mí? —susurró ella, con la lengua plana rozando la punta a cada subida—. Hazlo. Córrete entre mis tetas con Diego al lado. Quiero sentir cómo tiemblas de gusto y de miedo a la vez.
Nicolás asintió. No podía hacer otra cosa. Tensó el cuerpo entero, contuvo la respiración y cerró los ojos un instante, porque sabía que si seguía mirándola iba a soltar un gemido que los hundiría a los dos. Y sin embargo, en lo más oscuro y vergonzoso de sí mismo, había una parte que no quería que parara nunca. Una parte que esperaba, casi rezaba, que él girara la cabeza justo a tiempo y los pillara.
El segundo orgasmo lo alcanzó como una corriente eléctrica, silencioso a duras penas, y Lucía recogió cada gota sobre la piel como si fueran un trofeo. Detrás, Diego seguía insultando al monitor, ajeno, ganando partidas, perdiendo otras, completamente fuera de la habitación que en realidad estaba sucediendo a su espalda.
Cuando ella se incorporó por fin, tenía el escote brillando bajo la luz tibia de la lámpara y una sonrisa que no era inocente. Se inclinó, le besó la comisura del labio en silencio y volvió a tumbarse a su lado como si no hubiera pasado nada, fingiendo mirar el móvil.
—La próxima vez —le susurró sin mover la boca—, te lo hago en el sofá, con él mirando la tele.
Nicolás no le contestó. Pero los dos sabían que iba a haber próxima vez.