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Relatos Ardientes

Volví al piso de mi ex y la novia estaba por llegar

A Diego lo había dejado yo, hacía siete meses, y todavía no entendía bien por qué. La excusa que me daba a mí misma era Mateo, que había aparecido como aparecen las tormentas en verano, sin avisar y arrasando con todo. Pero las dudas se habían quedado dentro de mí mucho después de que Diego se fuera de mi cama. Las primeras semanas hablamos casi a diario, nos vimos un par de veces, lloramos lo justo y nos prometimos distancia. Él encontró a una tal Carla. Yo me agarré a Mateo como quien se agarra a la primera tabla que pasa al lado del naufragio.

Aquel jueves de octubre amanecí decaída sin razón aparente. Hay días en que el cuerpo te pide pelea y yo elegí pelear poniéndome guapa. Saqué el vestido verde que mi madre me había regalado por mi cumpleaños, esos zapatos de tacón medio que aguantan una jornada entera sin que las plantas protesten, y delante del espejo me recogí el pelo de una forma que me favorecía sin que se notara el esfuerzo.

El moreno todavía aguanta, y con este vestido se me ven las piernas mejor que en julio.

Salí hacia la facultad por el camino largo, el que pasaba por su calle. No fue voluntario, o quizás sí; ya no quería distinguir entre la rutina vieja y el deseo nuevo. Cuando llegué a su portal, alcé la vista al balcón por costumbre, como había hecho durante dos años cada mañana. Y allí estaba Diego, apoyado en la barandilla con un café en la mano, mirando hacia la nada. Me vio. Levantó la mano despacio, como si dudara. Yo le sonreí y le hice un gesto: subo. Él tardó tres segundos en apretar el botón del portero automático.

Apenas crucé la puerta del edificio me di cuenta de que aquello no iba a salir como yo decía que iba a salir. El olor del portal —madera vieja, ascensor con humedad, lejía del rellano— me golpeó en el pecho y se me bajó a otro sitio. Tuve que sentarme en el segundo escalón un instante para respirar. Estaba mojada. Estaba absurdamente mojada y aún no le había visto la cara ni le había rozado un dedo. Maldita memoria del cuerpo.

Subí en el ascensor mirándome los ojos en el espejo. Me dije que solo iba a saludar.

***

Diego me abrió descalzo, con el pelo todavía húmedo. Olía a esa colonia infantil que yo le conocía bien y que me hizo apretar las muelas. Estaba más guapo. Le habían quedado bien estos meses sin mí, lo cual era injusto y me dolió un poco en el orgullo, pero también me dio un empujón. Nos abrazamos y noté que él respiraba más rápido de lo normal.

—Estás… —dijo, y no terminó la frase.

—Tú también —respondí.

Nos reímos sin motivo. Me invitó a pasar. La casa olía exactamente igual que cuando vivía la mitad de mis días allí. Solo la fotografía del cuadro del pasillo había cambiado: ya no estábamos los dos en la playa, ahora había una imagen en blanco y negro de una calle de Lisboa. Hice como que no lo notaba.

—¿Sigues teniendo aquellos vinilos? —pregunté—. Los que ibas comprando uno a uno en el mercadillo.

—Tengo unos cuantos nuevos —dijo, frotándose la nuca—. Ven, te los enseño.

Me llevó a su habitación. La cama estaba deshecha, las sábanas claras revueltas en mitad del colchón. Sentí un pinchazo, mitad celos, mitad codicia. Me senté con cuidado y crucé las piernas; el dobladillo del vestido me subió un poco. Diego se sentó al borde, lejos, a la distancia que se sentaría con un compañero de carrera.

Sacó los vinilos. Yo fingí interés mientras buscaba el ángulo correcto para que mi escote contara la historia que yo no quería contar en voz alta. Le pregunté tonterías sobre las asignaturas, sobre el grupo del año pasado, sobre su madre. Él respondía mirando el reloj cada dos por tres.

—¿Esperas a alguien? —pregunté con la voz más inocente que pude fabricar.

—Carla. Está al llegar.

—Ah. No te entretengo —dije, y no me moví ni un centímetro. Al contrario, apoyé la mano en su muslo como quien apoya un libro—. ¿Vive contigo ya?

—No, no.

Lo dejé respirar. Le hice una pregunta sobre un disco antiguo y, al reírme, le rocé el brazo con el mío. Nuestra química ya estaba bailando por la habitación. Lo sentía en cada centímetro de piel que no se atrevía a tocar. Diego siempre había sido fiel. Siempre. Y yo lo sabía mejor que nadie, porque dos años de él me lo habían enseñado.

—¿Te acuerdas de cuando…? —empezó él, y se cortó.

—¿De qué?

—Da igual.

—Dilo.

—De cómo follábamos —soltó, mirando al suelo—. No sé por qué he dicho eso. Perdona.

Me incliné y le hablé al oído. No me reconocía la voz que me salió.

—¿Tu novia folla tan bien como yo?

No contestó. Diego miró el reloj otra vez y se separó unos centímetros.

—Lucía, Carla está a punto de llegar.

Yo me sentí la peor mujer de esta ciudad y de la siguiente, y me gustó. Le besé el cuello, debajo de la oreja, donde sabía que tenía un nervio que le hacía cerrar los ojos. Lo sentí tensarse entero. Bajé la mano por el muslo y le rocé por encima del pantalón. La tenía dura desde hacía rato.

—¿Te la chupa? —le pregunté.

—Eh…

—No te la chupa. Y si te la chupa, no como yo.

—Dios.

Le desabroché el botón del vaquero. Le bajé la cremallera con dos dedos, despacio, como se baja un secreto.

—Lucía, no… Carla…

—Pues que mire y aprenda.

Lo miré a los ojos cuando lo tuve fuera. Era exactamente como lo recordaba, exactamente como lo había echado de menos noches enteras en silencio.

—Te he extrañado —le dije, y por primera vez en meses sentí que no estaba mintiendo.

Y me la metí en la boca. Despacio primero, hasta el glande, y le apreté con los dientes con esa suavidad que él conocía y que lo desarmaba. Lo escuché gemir y me sentí la dueña de aquella habitación. Le acariciaba los testículos con la mano izquierda mientras le lamía el tronco entero, mientras él me bajaba los tirantes del vestido y me amasaba los pechos como si tuviera prisa por recuperar el tacto. Después me la tragué hasta el fondo y dejé escapar ese ruido lento de placer que él reconocía mejor que cualquier disco de su colección.

—Para —dijo de pronto, agarrándome la cabeza—. Para o me corro.

Hice algo que no me había permitido nunca con él. Me incorporé, se la guardé en el bóxer con cuidado y me alisé el vestido.

—Bueno —dije, ya casi de pie, fingiendo seriedad—, Carla está a punto de llegar. No quiero líos. Me voy.

Diego me miró con una cara que no le conocía. Me agarró por la muñeca, tiró de mí hacia la cama, me levantó el vestido de un golpe y me arrancó la ropa interior de un tirón. La sentí romperse. Me asustó. Me asustó y me encendió a partes iguales.

—De aquí no te vas hasta que te folle como te mereces —dijo, ya sin pedir permiso.

***

El Diego tímido y educado se había roto en algún sitio entre la cremallera y mi voz al oído. El que me miraba ahora era otro. Yo lo dejé hacer. Me arrancó el vestido por la cabeza, me pasó la lengua por los pezones con una brusquedad que me sacudió de las caderas a las cejas, me agarró los pechos con las dos manos como si quisiera comprobar que eran los mismos. Eran los mismos. Yo abrí las piernas tumbada, sin disimular.

—Lucía, esto está ardiendo —dijo pasándome dos dedos entre los muslos—. Algo me dice que quieres que te la meta.

—Por favor.

Se subió encima atrapándome las manos contra el colchón. No podía moverme. Empezó a rozarme con la polla, sin entrar, frotándome el clítoris a un ritmo que me iba a hacer correrme antes de hora. Quise resistirme, hacerlo durar, devolverle un poco del juego que le había hecho yo a él. No pude. Cuando me soltó las manos y me puso las piernas sobre sus hombros y me la metió de un golpe, el grito que solté lo tapó con la mano.

—Calla —me dijo al oído, riéndose un poco, follándome cada vez más fuerte—. Calla, Lucía, que vas a despertar al edificio.

No podía hablar, no podía respirar, y eso lo hacía mejor todavía. Pensar que me estaba follando en la misma cama donde dormía con Carla me ardía como una venganza pequeña y dulce. Cerré los ojos y me agarré a la almohada. Él me cogió la cara con las dos manos.

—Abre los ojos —dijo, muy serio—. Quiero que me mires mientras me muero por ti.

Abrí los ojos y me desmoronó por dentro. Todo lo que había estado negando durante siete meses subió de golpe, como cuando se rompe una tubería vieja. Lo amaba todavía. Lo había amado todo este tiempo. Lo de Mateo era ruido. Esto, esto era el sonido limpio.

Salió de mí y me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas y me metió dos dedos primero, muy lento, comprobando algo que no supe qué era. Yo apretaba alrededor de sus dedos como una respuesta. Me agarró del pelo y tiró hacia atrás, sin hacerme daño.

—¿La quieres o no?

—Sí…

—No te oigo.

—Sí, sí, dámela ya.

Entró y volví a gritar. Después me hizo estirar las piernas y se tumbó sobre mí, atrapándome las manos contra las suyas, hablándome al oído mientras se movía.

—Follas como una verdadera puta —me susurró—. Te he echado de menos así.

No pude contestar. Solo sentía el calor subiéndome por las costillas, los pechos rozándose contra las sábanas, su aliento empapándome la oreja. Estaba a punto.

—Diego… me voy…

—Sí, vente. Vente conmigo.

Y se sacudió encima de mí con una potencia que no le recordaba, y todo lo que tenía dentro se disparó al mismo tiempo. Llegamos juntos. Lo escuché gemir contra mi cuello mientras se corría dentro, y yo cerré los ojos y desaparecí un rato del mundo. Sentí su peso, un beso pequeño detrás de la oreja, y una calma que no había sentido en meses.

***

Volví a la realidad cuando Diego se incorporó de pronto, recogiendo la ropa del suelo.

—Lucía, Carla se retrasa pero está al caer. Vístete, por favor.

Lo hice. Me puse el vestido. La ropa interior rota la metí en el bolso, hecha un nudo. Mientras me abrochaba los zapatos escuché la puerta del piso abrirse y una voz aguda decir:

—Diego, perdona el retraso, ¿comiste ya?

Diego me miró tenso como su polla dos minutos antes.

—No, no he comido. Está Lucía, que vino a por unos discos.

Salí del cuarto colocándome el pelo, con un vinilo en la mano que ni siquiera había mirado. Conocía a Carla de la facultad. Era de esas chicas que esperaban en la sombra a que la novia oficial se descuidara. Me saludó con una sonrisa de plástico y yo le devolví otra peor. Por un momento pensé en decirle, mirándola fijo: «mírame bien, voy sin braga porque tu novio me la rompió antes de follarme, y si te acercas más vas a oler a él en mi cuello».

No le dije nada, claro. Cogí el vinilo, me despedí de Diego con dos besos rápidos en las mejillas —los dos besos más obscenos de mi vida— y bajé las escaleras en lugar del ascensor para que las piernas dejaran de temblarme.

Eso fue ayer. Hace un rato me ha llegado un mensaje al móvil.

«Lucía, sentirte caliente debajo de mí es lo único que quiero. Quiero tu cuerpo, tu boca, todo. Quiero follarte siempre.»

Solo de leerlo me he sacudido entera. Y aquí estoy, con Mateo en la otra habitación, escribiendo esto como si confesara, sabiendo perfectamente lo que voy a hacer mañana.

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Comentarios (1)

Tatianita97

jajaja dios mio que situacion!! me quedo corto, quiero saber como termino todo esto

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