Subió a la cima con la novia de su amigo
Dos días antes del viaje, el grupo se reunió en el bar de siempre para repasar los últimos detalles. Reparto de coches, quién recogía a quién, qué traía cada uno. La rutina típica de unos amigos que organizan un fin de semana de convivencia.
Fue allí donde Diego presentó a Valeria, su nueva novia, al resto. Una formalidad. Mateo le dio dos besos sin pensarlo demasiado, devolvió el saludo y siguió hablando con los demás. Nada que registrar todavía.
Llegaron a la cabaña el viernes por la noche, después de tres horas de carretera y una última subida por una pista de tierra que olía a romero. Se repartieron los cuartos, sacaron las cervezas y empezaron a colocar la cocina. Demasiado pronto para que pasara nada. Pero Valeria no le pasó desapercibida a Mateo, aunque fuera la pareja de su amigo. Y a ella tampoco él, aunque fuera uno más del grupo.
El sábado tocó programa intenso. Senderismo por la mañana, descenso en kayak por el río que pasaba a un kilómetro de la cabaña, y por la tarde una barbacoa larguísima en la que se pusieron al día de todo lo que había cambiado en los últimos meses. Valeria iba saltando de conversación en conversación, conociendo al grupo, riéndose con anécdotas viejas que ella no podía conocer.
Con Mateo se notaba más afinidad, aunque no fuera evidente. Con Camila hizo migas enseguida, esa química de chicas que se reconocen rápido. Hablaban en un rincón del porche y, entre risa y risa, Valeria preguntaba por los chicos del grupo. Indagaba con la naturalidad de quien quiere ubicarse.
Esa noche, antes de subir al cuarto que compartía con Diego, Valeria comentó en voz alta que al día siguiente quería madrugar para ver amanecer desde la cima del cerro próximo. Que iba a llevar la esterilla y hacer una sesión de yoga arriba, mientras salía el sol. Nadie se apuntó. Demasiado temprano, demasiado frío. Mateo dijo que él también pensaba subir, que la meditación al amanecer era de las pocas cosas que lo despejaban. Ella sonrió y se fue a dormir.
***
A las seis menos cuarto, Mateo salió de la cabaña intentando no despertar a nadie. Cargó la mochila pequeña, la cantimplora y la chaqueta polar. El aire de mayo todavía cortaba a esa hora. Apenas había avanzado cien metros por la senda cuando escuchó pasos rápidos detrás. Se giró. Valeria venía con el pelo recogido a medias, la esterilla bajo el brazo y una sonrisa demasiado despierta para esa hora.
—Buenos días —dijo ella, alcanzándolo.
—Pensaba que estaría solo —respondió él, sorprendido.
—Si quieres te dejo solo. Anoche me pareció una invitación.
Mateo esbozó una sonrisa lenta y negó con la cabeza.
—No, no. ¡Claro, vente! A mí no me importa compartir. Hay que fluir y dejarse llevar.
Subieron en silencio los primeros tramos. La senda zigzagueaba entre encinas y rocas grandes, y el cielo iba pasando del azul marino al violeta. Mateo iba un paso delante, marcando ritmo. Valeria respiraba ya con esfuerzo cuando llegaron al último tramo, una pequeña trepada entre bloques de granito.
Él subió primero con cierta soltura, pese a llevarle varios años de ventaja. Se giró desde arriba para verla intentar la siguiente roca.
—¿Te estás ahogando un poco, no? ¿Necesitas que te empuje? —preguntó con tono neutro.
—Si me empujas, mejor. Pero todavía no me ahogo —respondió ella, con un brillo en los ojos que no tenía que ver con el ejercicio.
—Pues pasa delante y te voy ayudando en lo que queda.
Mateo se colocó detrás de ella en el angosto pasillo de roca. Le indicó dónde apoyar el pie. Ella se impulsó. Él la sujetó por las caderas, casi por instinto, y la ayudó a subir el último tramo. Valeria se detuvo arriba, recuperó el aliento y se giró hacia él con una media sonrisa.
—Puedes agarrarme del culo y empujar, no pasa nada, ¿eh? Además, estamos solos. Nadie se va a enterar —dijo, y se rio.
—¡Ah, perfecto! No quería incomodar —contestó él, poniéndole ambas manos en las nalgas y subiéndola con un empuje firme.
—Oye, qué manos tienes.
—Me lo suelen decir.
—¿Y tú de mi culo no opinas?
Mateo no le quitó las manos. Las dejó ahí, evaluando con calma.
—Mmm. Pequeño, redondo, con la firmeza justa. Sí, es un buen culo. Diego es afortunado.
—Mmm. Entonces es verdad que te gustan las mujeres.
—Sí, por supuesto. ¿Por qué lo dudabas?
—Porque ayer fuiste el único al que no pillé mirándome cuando estábamos en lo del río.
—Tú lo has dicho, no me pillaste. Pero no significa que no mirase. Fue un rato muy bueno.
—Me gusta. Eres discreto, entonces.
—Cuando hace falta serlo.
—Como esta conversación y el rato que vamos a echar, ¿verdad?
Mateo se quedó un segundo en silencio. El cielo ya clareaba del todo, pero el sol aún no asomaba sobre la línea de la sierra de enfrente.
—Eh… Sí. Conectar en la naturaleza. Para eso cualquier sitio es bueno. No hace falta subir más. Aquí ya lo podemos hacer —aclaró sin que ella se lo hubiera preguntado—. Lo de conectar, digo.
La química sexual ya estaba en su máximo apogeo. Mateo se apartó hacia un saliente de piedra plano, apoyó la espalda en la roca y se quedó de pie, casi recostado como en una tumbona inclinada. Valeria dejó la esterilla en el suelo, se agachó frente a él de cuclillas y, en cuanto él se sacó la polla, la agarró con la mano.
Empezó a pajeársela despacio, midiendo su reacción. A medida que cogía dureza, se la fue lamiendo entera, desde la base hasta la punta. Mateo le pidió que le enseñara las tetas. Ella obedeció sin dejar de lamerle la polla y los huevos, alternando besos y pequeñas succiones. Él le sobaba las tetas con las dos manos. El frío de la sierra ya estaba haciendo lo suyo con los pezones, que se le habían endurecido como botones.
Esto pinta mejor de lo que pensaba.
Valeria estaba excitada de un modo que no esperaba. Le sorprendía la manera en que Mateo la tocaba: con conocimiento, sin prisa, con la presión exacta. A él le sorprendía lo activa que era ella, lo dispuesta. Le dijo que quería follársela. Ella no lo dudó. Se levantó, se apoyó con las manos en una roca alta y movió las caderas hacia atrás, ofreciéndose sin palabras.
Mateo se arrimó, le palmeó una nalga y la penetró por el coño de una sola embestida. Entró completa. Ella resopló contra la piedra.
—Vaya pollón —murmuró.
Él se inclinó sobre su espalda, le pasó las manos por el pecho y le agarró las tetas. Empezó a jugar con los pezones como si fueran dos pequeños botones, frotándolos entre los dedos, apretándolos y aflojando.
—Por fin uno que me entiende —dijo ella entre resoplidos.
Mateo lo captó al vuelo.
—¿Diego no te da así?
—Mmm. Ojalá.
Apretó las tetas con más fuerza y clavó la polla más a fondo. Ella gimió desde algún lugar profundo y empezó a temblar.
—Ahora no te vayas a echar atrás. Tenemos que acabar —dijo él, ya jadeando.
—Pero dentro no —respondió ella con la voz temblando.
Mateo le sacó la polla y la golpeó un par de veces contra el ano. Ella se apresuró a aclarar.
—Por el culo tampoco.
Él volvió al coño y le dio una palmada sonora en la nalga al ritmo de las palabras.
—Diego, para lo poco que te folla, tiene muchos privilegios.
—No tiene este pollón —contestó ella sin pensar.
Le dio la vuelta y la puso de rodillas sobre la esterilla. Le metió la polla en la boca, hasta la garganta, hasta provocarle una arcada. Mientras se la follaba la boca y le daba alguna bofetada controlada, mantuvieron una conversación entre embestidas.
—¿Prefieres este pollón?
Ella emitió un sonido gutural afirmativo.
—Pídelo.
Silencio.
—No te escucho. Tienes demasiada polla en la boca —le dio otra bofetada suave—. ¿Te gusta serle infiel?
Le sacó la polla un segundo para que pudiera respirar. Ella aprovechó.
—Sí.
Se la volvió a meter hasta el fondo.
—¿Te gusta ser usada así?
—Mucho —se entendió a duras penas, con la boca llena.
—¿Vas a ser mi perra para que te use en secreto?
Ruido ininteligible.
Mateo le sacó la polla de la boca, aprovechó que ella estaba de rodillas sobre la esterilla de yoga, le empujó la cabeza hasta apoyarla contra la tela y la penetró por el coño con un ritmo constante que retumbó por las paredes del valle en forma de eco. Valeria tenía la respiración agitada y no dejaba de hablar.
—¡Joder, fóllame! Párteme con ese pollón. Uff… ¡Qué polla! No pares. Dame más duro. Dame como la puta que soy y que no me follan.
Los jadeos pasaron a gemidos y los gemidos a alaridos que rebotaban contra la roca. Mateo le metió el pulgar por el culo. Valeria se desencajó.
—¡Diooos! ¡Sí!
Empezó a soplar como si estuviera de parto.
—¡No pares! ¡No la saques! Sigue, sigue, sigue. Me voy a correr. Me vengo, me vengo, me vengo.
Mateo le dejó la polla dentro, hasta el fondo, y agitó el pulgar dentro del culo en pequeños círculos.
—¡Joder, cuánto tiempo sin un orgasmo de verdad! —resopló ella, una y otra vez.
Empezó a temblarle todo. Las piernas, las manos, los hombros. Mateo aguantó dentro mientras ella se sacudía. Poco a poco le fallaron los apoyos y se fue tumbando sobre la esterilla. Él la siguió, quedó encima, levantando solo la cabeza para empujar la pelvis contra la suya con todo el peso. Ella relajó las piernas. Tenía ese sexto sentido de saber que estaba conectada con él a un nivel que no podía explicarse.
Pasados los orgasmos, Mateo la ayudó a girarse boca arriba. Se subió y se acercó a su cabeza con la polla en la mano, avisándole de que se iba a correr. Apoyó la punta en los labios de ella, con suavidad. Valeria le pasó la mano por una nalga y empujó, indicándole que se la metiera un poco más. Mateo se vació entero dentro de su boca. Ella fue tragando cada impulso a medida que le llegaba.
***
Recogieron la esterilla y bajaron por la senda con la cabeza en otra parte. Tendrían que pensar una excusa, pero iban tan extasiados que ni se molestaron. El sol ya estaba alto cuando llegaron a la cabaña.
El primero al que vieron fue a Diego, que les preguntó de dónde venían. Mateo respondió que de ver amanecer. Valeria respondió que de hacer yoga. Diego se quedó un poco descolocado. Ellos se miraron y aclararon casi a la vez.
—Hemos visto amanecer haciendo yoga.
Diego se giró hacia Valeria con asombro.
—¿Mateo ha hecho las posturas esas que haces tú?
—Las básicas —respondió ella, mirando de reojo a Mateo—. Pero le ha puesto mucho empeño y muchas ganas, ¿verdad?
Él apostilló sin perder la cara.
—Es una gran maestra. Ha conseguido que lo disfrute mucho.
—Yo también lo he disfrutado —añadió ella—. Ahí arriba en la montaña ha sido una experiencia enorme. Pocas veces me ha llenado tanto un amanecer.
Diego se convenció sin captar los segundos sentidos y les avisó de que les había hecho el desayuno y de que iba a despertar a los demás.
Cuando Diego desapareció escaleras arriba, Mateo y Valeria se miraron un instante en la cocina vacía. Se sonrieron en silencio. Durante el desayuno grupal les tocó volver a contar la experiencia. Y siguieron con los dobles sentidos. Mateo comentó que conocía más cumbres por la zona para conectar con la naturaleza y recibir su energía. Valeria lo invitó a hacer más sesiones de yoga juntos, para profundizar, para llegar a posturas y posiciones más avanzadas, esas que llenaban más el alma y abrían todos los chakras.
Diego se rio, encantado de que su novia se llevara tan bien con sus amigos.