Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cuando mi amante murió, mi novio dejó de ser él

Después de aquella tarde en la que dejé a Renata humillada sobre el mármol de mi estudio, algo terminó de quebrarse dentro de mí. Doblegarla no había bastado. Quería algo más concreto, más oscuro, algo que tuviera nombre propio y cuerpo de hombre. Lo que quería era a Mateo. Y me entregué a él como quien se arroja a un pozo seco sabiendo que abajo solo hay piedras.

Durante casi un año entero, vivimos en una especie de embriaguez constante. Había semanas en las que nos veíamos cinco o seis veces, escondidos en suites del centro financiero o en moteles anónimos de las afueras, donde nadie pregunta nada y la única ley es el dinero por adelantado. También usábamos el departamento que él alquiló por orden mía, en cuanto le ordené dejar a Renata. Lo había convertido en mi prisionero voluntario, y él había aceptado el rol con una devoción casi religiosa.

Yo, que toda la vida había sido la mujer ordenada, la que tenía agendas perfectas y reuniones puntuales, empecé a tejer mentiras con una facilidad que me asustaba. Cenas con clientes que no existían. Viajes urgentes a Rosario o a Córdoba. Congresos inventados a los que «debía» asistir tres días seguidos. Cada excusa era una llave que abría la puerta a horas enteras consagradas a usar el cuerpo de Mateo como se me antojara.

Porque eso era lo que había sucedido entre nosotros: los roles se habían invertido. Ahora yo empuñaba el látigo y él lo besaba antes de pedir más. Lo encadenaba a la cama, le marcaba la piel hasta dejarle huellas rojas en las nalgas, le susurraba al oído que no era más que mi juguete. Le encantaba suplicar. Lloraba cuando yo le negaba el orgasmo durante horas, manteniéndolo al borde sin dejarlo caer, solo para concedérselo al final con una crueldad que sabía a triunfo.

Y yo me entregaba con la misma intensidad. Volvía a casa con las piernas temblando, con marcas en el cuello que tenía que disimular con maquillaje, con los labios hinchados de tanto morder. Y aun así, cuando Diego me abrazaba por la noche con su ternura habitual, mi cuerpo respondía como si una sombra ajena se hubiera apoderado de mis nervios.

La culpa aparecía solo a ratos, como un visitante incómodo que llegaba sin avisar. Cuando Diego me preparaba el desayuno con su sonrisa tranquila. Cuando me abrazaba por la espalda mientras yo lavaba los platos. En esos momentos sentía una puñalada en el pecho, sabía que lo estaba traicionando del modo más sucio. Pero el deseo por Mateo era una droga más fuerte que cualquier moral. Una droga que yo misma me inyectaba una y otra vez.

De Renata casi no supe nada en esos meses. Diego me contó, sin darle importancia, que ella había renunciado a Vega y desaparecido del mapa profesional. No me sorprendió: su familia le permitía esos lujos. Andrés, en cambio, se había mudado a Madrid y abierto dos boutiques de ropa exclusivas. Me escribía de vez en cuando por mensajes. Más de una vez intentó advertirme: «No confíes tanto en Mateo, ese hombre le debe demasiado a Renata». Yo le respondía con evasivas elegantes. Sé perfectamente lo que hago, pensaba, mientras sentía el peso de las cadenas que yo misma le había puesto a mi amante.

Pero llegó una mañana que rompió el espejismo entero.

***

Habían pasado tres días sin noticias de Mateo. Tres días enteros sin un mensaje, sin una llamada, sin una orden mía obedecida. Le escribí varias veces. Primero con tono juguetón, después con la impaciencia de una mujer acostumbrada a ser obedecida, al final con un miedo mal disimulado bajo la máscara de la indiferencia. Nada. Solo silencio.

Al cuarto día, mientras me preparaba un café en la cocina y Diego ya se había ido al trabajo, encendí el televisor sin prestar mucha atención. La voz de la presentadora me cortó como un cuchillo:

—«…fue encontrado sin vida en su departamento del barrio norte. Según las primeras pesquisas, Mateo Aldana fue apuñalado en múltiples ocasiones. La principal sospechosa es su expareja, Renata Cisneros, quien no habría aceptado el final de la relación…»

La taza se me escurrió de las manos y se rompió contra las baldosas. El café caliente me salpicó las piernas pero no sentí nada. En la pantalla apareció una foto reciente de Mateo, sonriendo con esa arrogancia que yo había aprendido a doblegar y a amar al mismo tiempo.

Muerto. Apuñalado. Desangrado en su propio departamento.

La noticia se desplegó con detalles macabros: el arma encontrada, ropa de Renata manchada con su sangre, testigos que hablaban de discusiones violentas en los días previos. Un crimen pasional perfecto. Y todo, según la narrativa, porque él la había dejado por otra mujer. Por mí.

Me derrumbé entre los pedazos de porcelana. Lloré con un sonido que no había oído nunca salir de mi propia garganta, un llanto sin consuelo, animal. Me dolía el pecho, me dolían las manos, me dolía la piel completa, esa que él había aprendido a leer de memoria.

Porque a pesar de todo, a pesar de la traición original, a pesar de las manipulaciones y las drogas con las que él me había envenenado al principio cuando obedecía a Renata, yo lo amaba. Lo amaba con una devoción enferma y absoluta. Era el único hombre con el que me sentía diosa y esclava al mismo tiempo. Y ahora ese altar estaba vacío.

***

Los días siguientes se diluyeron en una niebla. Apenas dormía. Cuando el cansancio me vencía, soñaba con Mateo encadenado a la cama, con su voz pidiendo más. Despertaba empapada, sin saber si era de sudor o de lágrimas. Bajé varios kilos. Cancelé reuniones, ignoré a mi familia, dejé de contestar el teléfono. Pasaba las horas mirando el techo de la habitación.

Diego intentó todo. Me llevó al médico, me sugirió terapia, me ofreció unas vacaciones. Yo rechazaba cada propuesta con monosílabos. Una noche intentó hacerme el amor. Fue tierno, paciente, como siempre. Mi cuerpo respondió por inercia mientras mi mente seguía atrapada en el recuerdo de las embestidas brutales de Mateo. Tuve un orgasmo hueco, mecánico, y cuando Diego se durmió abrazándome, lloré en silencio contra la almohada.

Pero una noche, algo cambió.

Yo estaba de espaldas a él, mirando la pared sin verla. Diego se acercó por detrás. Su mano subió desde mi cintura hasta uno de mis pechos y empezó a acariciarlo con una lentitud nueva, distinta. Bajó por mi vientre y se metió entre mis piernas con una determinación que no le conocía. Sus dedos me abrieron despacio. Al principio no sentí casi nada. Pero él insistió, con una paciencia firme, y mi cuerpo, traidor, terminó por responder.

—Date vuelta —dijo, con una voz baja que no era la suya.

Me dio vuelta, separó mis muslos y bajó con la boca. Su lengua fue lenta, después insistente. Gemí sin querer. Entonces, sin aviso, sentí su dedo presionando contra mi ano. Me tensé. Diego nunca había sido atrevido con el sexo anal. En todos los años juntos lo habíamos hecho cuatro veces, y siempre porque yo lo había pedido. Ahora era él quien lo buscaba.

Su dedo entró despacio, lubricado con mi propia humedad. Un segundo dedo. Un tercero. Cuando estuve completamente dilatada, jadeando contra las sábanas, se acomodó detrás de mí, alcanzó un lubricante de la mesita de noche (yo ni siquiera sabía que estaba ahí) y empujó con firmeza.

El ardor inicial dio paso a una oleada de placer que me hizo arquear la espalda. Entonces, sin previo aviso, me dio una nalgada durísima. El sonido seco resonó en la habitación.

—Así. Abrime bien el culo —gruñó, con una voz que no reconocí.

Otra nalgada, más fuerte.

—Sos mi puta. Decímelo.

Sus palabras me encendieron como gasolina. Empecé a gritar de placer. Cuando me corrí, lo hice convulsionando entera, y él se vació adentro mío con un gruñido animal que nunca antes había oído de su boca.

Cuando todo terminó nos quedamos en silencio. Yo lo miré desde la almohada. Su rostro, siempre sereno, tenía ahora una dureza tallada en piedra, y en los ojos un fuego oscuro que parecía llevar años dormido. Se inclinó y me besó en los labios con una lentitud reverente, como sellando un pacto que ninguno de los dos había pronunciado.

***

Aquello no fue un hecho aislado. Se volvió nuestra nueva normalidad.

Diego me tomaba contra la encimera de la cocina mientras yo intentaba preparar el café. Me empujaba contra los azulejos fríos de la ducha. Me doblaba sobre el escritorio cuando yo trataba de revisar correos. Su deseo se había vuelto insaciable, y el mío, contra toda lógica, también.

El viernes siguiente, mientras terminábamos de cenar, me dijo con voz baja:

—Ponete algo lindo. Hoy salimos.

Lo miré sorprendida. Diego nunca había sido de salidas nocturnas. Pero había una determinación en sus ojos que no admitía preguntas. Me puse un vestido corto, ajustado, con lencería roja debajo. Cuando bajé, él me miró con una sonrisa lenta que no le conocía.

Me llevó a un lugar en la zona vieja de la ciudad. Por fuera parecía un lounge discreto. Adentro, la atmósfera era otra: luces tenues, música sensual, perfume caro mezclado con algo más primitivo. Una mujer alta vestida de negro nos recibió y le susurró algo a Diego. Él asintió y se volvió hacia mí.

—Mi amor… pase lo que pase, si querés irte, nos vamos. Te amo más que a nada.

Esa frase me dejó descolocada. Recién entonces, al recorrer el salón con la mirada, entendí dónde estábamos: sofás de terciopelo, parejas besándose abiertamente, siluetas semidesnudas. Era un club de intercambio.

Nos sentamos en un sofá apartado. En la pista central una pareja empezó un show explícito. La música se volvió más lenta. Diego deslizó el tirante de mi vestido y dejó mis pechos al aire. Sus dedos apartaron mi tanga y empezaron a masturbarme con precisión experta. Yo estaba empapada.

Una chica rubia se acercó a nuestro sofá. Sin pedir permiso se sentó a mi lado y me besó en la boca. Su novio, un moreno atlético, se unió un segundo después. Cuatro cuerpos, cuatro bocas. Mi mente daba vueltas pero mi cuerpo ardía.

En algún momento el chico se puso de pie frente a mí. Diego me miró a los ojos y dijo, con voz ronca:

—Si querés… chupásela.

El morbo ganó. Lo hice mirándolo a él. Después alterné entre las dos, sintiendo cómo Diego se excitaba con cada lametón ajeno. Alguien me apartó la tanga. El moreno se acomodó entre mis piernas con un preservativo y me penetró de un solo empujón. La rubia se sentó sobre Diego y empezó a cabalgarlo.

Entonces sentí algo frío contra mi ano. Lubricante. Dedos. Y después una segunda verga abriéndome despacio. Mi primera doble penetración. Y la estaba teniendo justo enfrente de mi pareja.

Me corrí varias veces seguidas, perdida en una marea de manos y voces. Diego me miraba desde el otro sofá, hundido en la chica, con los ojos brillantes de una lujuria que parecía no tener fondo.

***

Seguimos así dos semanas más. Volvimos al club varias veces. Hicimos el amor en estacionamientos, en baños, en terrazas oscuras. La adrenalina me tenía adicta. Por momentos casi conseguía olvidarme de Mateo. Casi.

Una tarde llegué más tarde de lo habitual y encontré a Diego en la sala con dos maletas a sus pies. Su rostro, habitualmente sereno, estaba endurecido. No había ternura en esa mirada.

—Tenemos que hablar, Camila —dijo con voz baja, como si cada palabra le costara sangre.

Me quedé congelada en el umbral.

—Hace semanas que noté que algo andaba mal. Tu conducta era extraña. Salías mucho, casi no me buscabas. Decidí contratar un detective.

Sentí que el piso se inclinaba.

—El informe me llegó el día antes de la muerte de Mateo. Las fotos. Los videos. Iba a confrontarte esa misma noche. Pero al día siguiente apareció el noticiero, y después te vi tan rota que mi amor no me dejó hacerlo. Quise consolarte, aunque cada caricia me sabía a mentira.

Hizo una pausa larga.

—Fui a la cárcel a hablar con Renata. Y ahí me enteré de todo. Cómo había sido ella quien armó el plan original. Cómo vos decidiste seguir incluso después. Lo del hombre de Cartagena, lo de Mateo durante todos esos meses. Me lo contó con una frialdad que me heló la sangre.

Tragó saliva con esfuerzo.

—En vez de odiarte, me dio miedo perderte. Pensé que si te daba lo que yo creía que necesitabas, el club, los riesgos, los otros cuerpos, podría retenerte. Por eso ideé todo esto. Pero ver cómo disfrutabas de verdad con otros, cómo gemías para ellos… al final no lo pude soportar. Los celos me estaban comiendo vivo. Dejé de respetarme.

Me miró directo a los ojos.

—Acepté el traslado a la nueva oficina que Vega abre en Miami. Me voy esta noche.

Me lancé hacia él, las lágrimas brotando sin control.

—Diego, perdoname. Por favor. Fui una estúpida. No puedo vivir sin vos. Dame otra oportunidad.

Él me acarició la mejilla con una ternura rota.

—Démosle tiempo al tiempo, Camila. Quizá algún día. Pero ahora no puedo quedarme.

Sonó un claxon suave afuera. Su auto había llegado. Me besó en la frente, un beso largo, definitivo. Tomó las maletas y salió. Antes de cruzar la puerta giró una última vez.

—Vendé el auto si querés. Después arreglamos lo demás de la mejor manera posible. Nunca quise hacerte daño.

Y se fue.

***

Los meses siguientes se extendieron como un desierto silencioso. Intenté volver al club, buscar otros cuerpos, recuperar al menos esa válvula de escape. Pero ya no funcionaba. Donde antes había fuego, solo había ceniza. La partida de Diego me había secado por dentro de un modo que ni la muerte de Mateo había logrado.

Me refugié en el trabajo. Vendí casas. Cerré contratos. Cuidé a mis padres, llamé más seguido a mi hermano. Construí pequeñas anclas, frágiles pero reales. De Diego supe cosas sueltas: lo ascendieron a socio, se casó con una mujer llamada Isabel, tuvieron dos hijos. A veces, en la soledad de mi departamento, me preguntaba si alguna noche, abrazando a su esposa, recordaba cómo me había llamado puta mientras se vaciaba dentro mío.

Renata cumplió quince años de prisión. Andrés siguió teniendo hijos, ya iban cuatro. Yo seguía esperando, en las noches largas, encontrar alguna vez un amor verdadero. Uno que no naciera del duelo ni del vacío. Uno que yo supiera cuidar sin romperlo. Un amor sereno, que no necesitara clubes ni dobles penetraciones para sentirse vivo.

A veces, los domingos a la tarde, me sentaba en el balcón con una copa de vino y me preguntaba si esa mujer que fui —la que se dejó coger por extraños mientras su pareja miraba— seguía viva en algún rincón mío, o si era ya solo ceniza fría.

No lo sabía. Solo sabía que seguía acá, respirando, esperando con paciencia casi religiosa una segunda oportunidad. No para que otro hombre me salvara, sino para aprender, por fin, a no destruir lo que amo.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (5)

DarioMza

tremendo relato, me atrapó desde el principio hasta el final!!!

CarolinaFdc

Que giro tan inesperado... me dejó pensando toda la tarde. Ojala haya segunda parte

SilRos_BA

increible de verdad, sigue escribiendo asi

Ale_Rdz

Al principio no sabia bien para donde iba pero cuando llegué al final entendi todo. Muy bien logrado

marito_pampa

Es raro como un relato te puede dejar tan confundido en el buen sentido. Lei cada parte dos veces para no perderme ningun detalle. De lo mejor que encontre ultimamente por aca

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.