Mi esposa me cambió por la mujer de mi patrón
Voy a contarles cómo perdí a Carolina, mi esposa, y todo por flojo. No la perdí con otro hombre; eso quizá habría podido soportarlo. La perdí con una mujer, y de esa pelea ni armas tenía para dar.
La cosa empezó una mañana cualquiera, de esas en las que yo todavía estaba boca abajo en la cama cuando ya el sol pegaba duro en la calle.
—Marcos, son las doce —dijo Carolina abriendo las cortinas de un tirón—. Doce del día y tú aquí, tirado como bulto.
Me cubrí la cara con la almohada.
—Mi vida, déjame otra media hora. Anoche llegué pasadito.
—Pasadito mis ojos. Llegaste oliendo a cantina y a perfume barato. Levántate o te echo el agua del balde encima.
Carolina no era de amenazas vacías. La conocía desde hacía siete años y había aprendido que cuando hablaba con ese tono ya tenía el balde listo. Me arrastré al baño y dejé que el agua fría me bajara la cruda.
Frente al espejo me daba ánimos solo. Marcos, eres guapo. Las mujeres pierden el sentido por un hombre como tú. Si tu mujer no se aviva, otra te recoge del piso. Tonterías de borracho del día siguiente, pero a mí me funcionaban.
Salí en toalla y la encontré en el patio, frotando una camisa contra el lavadero.
—Carolina, ándale, hazme un caldito con harto chile que ando muy maltrecho.
Ni me miró.
—El día que traigas para los frijoles me das órdenes. Hoy no.
Me senté en un banquito y le rogué. Le dije que esta vez sí iba a cambiar. Lloriqueé. Lo había hecho tantas veces que ya tenía coreografía. Ella suspiró, soltó la camisa, se limpió las manos en el delantal.
—Mi hermano Ricardo te consiguió chamba. Microbús de la ruta del centro. Hoy a las tres te presentas con don Eduardo, el dueño. Le entregas tres mil al día. El diésel sale de ahí. Lo que sobre, es nuestro. Si me fallas esta vez, Marcos, ya no vuelvo a abrirte la puerta. Esto no es amenaza, es promesa.
Asentí como un niño bueno. Esa misma tarde recogí las llaves del microbús con don Eduardo, un señor canoso de unos sesenta años, callado, de los que miran a los ojos sin pestañear. Me dio una palmada en el hombro y me dijo que confiaba en mí porque Ricardo lo había prometido. Por la palabra de tu cuñado, no por la tuya, agregó.
Esa primera semana fui aplicado. Llegaba a casa con mil, mil doscientos pesos. Carolina los recibía contando billete por billete, y por las noches, cuando se metía a la cama, me dejaba abrazarla por la espalda. Después de un mes corto de buena conducta, hasta me regaló más que un abrazo.
—Hoy te lo ganaste —dijo, y se quitó el camisón frente a la lámpara.
Carolina tenía treinta años pero un cuerpo de muchacha. Las piernas firmes, los pechos llenos, la piel tibia. Se subió a la cama en cuatro patas, con las tetas colgando pesadas y los pezones ya duros, y me apartó las manos cuando quise agarrarla. Bajó por mi pecho, por la panza, y sin más se metió mi verga entera en la boca. Me chupó despacio, apretando los cachetes, mirándome. Sacaba la polla llena de saliva, me la lamía desde los huevos hasta la punta y volvía a tragársela hasta el fondo. Yo apretaba las sábanas con los puños.
—Mira cómo se te pone —murmuró, escupiendo un hilo de baba sobre el glande y volviendo a metérsela.
Después se sentó encima. Se agarró mi verga con la mano, se abrió el coño con dos dedos y se dejó caer despacio. Estaba tan mojada que entró de un solo empujón. Empezó a moverse arriba y abajo, con las tetas rebotándome en la cara, y yo, en vez de aguantar, me la comí con la boca como un desesperado. Le mordí los pezones, se los chupé, y a los dos minutos —ni siquiera dos— sentí que se me venía todo. Me corrí adentro con un gruñido, agarrándola de las nalgas, y caí para atrás con los ojos en blanco. Ella todavía se movió unos segundos encima de mí, buscándose el clítoris con la punta de los dedos, hasta que se dio cuenta de que yo ya estaba dormido, con la verga saliéndosele blanda y chorreando semen por los muslos.
Después me contó que en esas ocasiones se quedaba mirando el techo, con la respiración agitada, la corrida mía escurriéndole por el coño, y se acababa sola con los dedos. Se frotaba el clítoris rápido, mordiéndose el labio para no hacer ruido, y cuando se venía apretaba los muslos y ahogaba el gemido en la almohada. Que ya había aprendido a no esperar nada de mí. Pero eso lo supe después. Por ahora yo dormía feliz, pensando que era el mejor amante del barrio.
***
Al mes de aplicación, empecé a aflojar el paso. Me dormía tarde, salía a las cuatro, los billetes que llegaban a casa eran cada vez menos. Y peor: empecé a no volver. Me iba con los amigos a un bar que se llamaba El Pistachón, donde había una mesera, Karla, que me hacía mucha gracia. Carolina notó las manchas de labial en mis camisas. Notó el perfume ajeno en mi cuello. Y un día, sin que yo me diera cuenta, me oyó hablar por teléfono.
—Va, mis cuates, cuenten conmigo. ¿En el Pistachón a las nueve? Listo. De la fiera de mi casa yo me encargo, no se va a enterar.
Cuando colgué, Carolina estaba al otro lado de la puerta. Su cara era un volcán dormido. Pero no dijo nada. Sonrió incluso. Me dejó bañarme, perfumarme y salir tarareando. Qué ingenuo, me dijo después que pensó. Hasta le abrí la puerta de la calle para que se fuera más contento.
Ocho horas pasaron desde mi partida. A las once de la noche, Carolina se puso un pants, se hizo un chongo, metió una plancha en la bolsa y salió a buscarme.
Apenas cerró la puerta de la calle, un coche se detuvo frente a ella. Era don Eduardo, mi patrón, con su chofer al volante y, atrás, una mujer.
—Buenas noches, señora Carolina. Andaba buscando a Marcos o a su hermano Ricardo. Su esposo no ha entregado la cuenta en diez días. Me debe treinta mil pesos. El micro tampoco aparece. Vengo a recoger lo mío.
Carolina sintió el suelo abrirse pero no lo dejó ver. Le explicó que iba justamente a buscarme a un antro, que de seguro el microbús estaba ahí estacionado. Don Eduardo le ofreció acompañarla en su camioneta. Le abrió la puerta trasera y mi esposa subió al lado de la mujer que iba ahí.
Soledad. Así se llamaba la esposa de don Eduardo. Cuarentona, alta, de piel muy blanca y un cuerpo que se notaba trabajado. Llevaba una blusa con escote profundo y una chamarra de cuero que se quitó apenas Carolina se sentó a su lado.
—Eres la mujer de Marcos —dijo Soledad mirándola de arriba abajo—. No sabía que era tan afortunado. Mírate.
Carolina sonrió por cortesía. A los dos minutos sintió la mano de Soledad apoyada en su rodilla. No firme, no agresiva. Apoyada. Como quien deja la mano sobre la mesa para que la otra decida si se queda o se va.
La camioneta avanzaba por la avenida. Don Eduardo iba adelante hablando con el chofer: cuentas, números, problemas del negocio. Atrás, Soledad sacó el celular y le pasó un mensaje a Carolina.
«No te asustes. ¿Quieres ver algo?»
Carolina respondió que no entendía. Soledad, sin esperar más, se bajó un poco el escote y durante cinco segundos dejó al descubierto los pechos más perfectos que mi esposa hubiera visto jamás. Grandes, firmes, los pezones oscuros y duros por el aire frío. Después se acomodó la blusa como si nada.
«¿Te gustan?», escribió.
Carolina no contestó. Soledad escribió otra vez: «¿Quieres tocarlos?»
Mi esposa me contó después que en ese momento le temblaron las piernas. Que sintió calor en el cuello y vergüenza y curiosidad todo junto. Que nunca había mirado a otra mujer así. Pero que cuando Soledad le tomó la mano con suavidad y se la guió bajo la blusa, no la retiró.
La piel de aquella mujer madura era firme como la de una muchacha de veinte. El pezón se endureció de inmediato bajo la palma de Carolina, gordo y rugoso contra la yema del dedo. Soledad le agarró la muñeca y la obligó a apretar más fuerte, a pellizcárselo, y soltó un suspiro corto por la nariz para que don Eduardo no oyera. Mi mujer se puso a masajearle la teta entera, sopesándola, sintiendo el peso caliente de esa carne blanca que se le desbordaba por los dedos. Mientras tanto, la otra mano de Soledad ya estaba metida por la cintura del pants, deslizándose entre la tela y la piel, buscando lo que ya estaba húmedo.
Los dedos de Soledad encontraron el coño de mi esposa empapado. Le separó los labios con dos dedos, le acarició el clítoris en círculos lentos y después se lo apretó suave entre índice y pulgar. Carolina abrió las piernas sin darse cuenta. Soledad le metió un dedo entero, hasta los nudillos, y lo movió adentro hurgando, buscando el punto. Después metió dos. Carolina apretó los labios para no gemir. El asiento de cuero le crujía bajo las nalgas cada vez que se removía. Cerró los ojos. Soledad le susurró al oído:
—Estás chorreando, mamita. Mira cómo tienes esto.
Le sacó los dedos brillantes de jugo y se los pasó por debajo de la nariz a Carolina para que se oliera. Después se los llevó a su propia boca. Cuando mi esposa abrió los ojos, vio a Soledad chupándose los dedos con la lengua afuera, tragándose el sabor de ella, sonriendo con los labios mojados.
La camioneta frenó. Habían llegado al Pistachón. Las dos mujeres se compusieron como si nada. Bajaron a buscarme. No me encontraron en el antro, pero sí cuatrocientos metros más adelante: el microbús estampado contra un árbol, doce pasajeros sentados en la banqueta esperando ambulancias, y yo de pie, discutiendo con un policía, oliendo a tequila hasta los huesos.
Don Eduardo se acercó. Yo le inventé que se me habían reventado los frenos. El chofer me delató en dos segundos: los muchachos del micro le habían contado al policía que yo iba con una mujer en el regazo y por eso perdí el volante. Carolina me dio dos cachetazos en plena cara antes de que don Eduardo se metiera a separarnos.
Esa noche entendí que la había perdido. Aunque todavía no entendía hasta qué punto.
***
Don Eduardo cumplió su palabra: me metió a la cárcel por daños y deuda. Ciento treinta mil pesos. No los tenía. Carolina no fue a verme ni una vez. Le hablé desde el teléfono del penal y me dijo, en frío, que iba a intentar sacarme con una sola condición: que firmara el divorcio en cuanto saliera.
—Lo demás lo arreglo yo, Marcos. No preguntes.
No pregunté. Veinte días después, un guardia me abrió la celda y me dijo que estaba libre. La deuda había sido perdonada.
Y solo entonces, ya en la calle, empecé a sospechar cómo había pagado Carolina.
Ella me lo contó completo, después, sin un solo gramo de culpa. Al día siguiente de mi llamada se vistió bien, se puso lápiz labial por primera vez en meses y se presentó en la casa de don Eduardo. La sirvienta la pasó a la sala. Pero quien bajó por las escaleras no fue don Eduardo. Fue Soledad.
—Vengo a pedirle un favor a su esposo —dijo Carolina mirando al suelo.
—Mi esposo no está. Pero a lo mejor yo puedo hacerlo más rápido —dijo Soledad cerrando la puerta de la sala.
Le ofreció café. Se sentó frente a Carolina con las piernas cruzadas. Hablaron un rato del clima y de mi inutilidad. Después Soledad estiró el brazo y le puso un dedo en la barbilla a mi mujer, obligándola a levantar la cara.
—La otra noche te quedaste a medias —dijo—. Yo no. Yo me terminé sola pensando en ti. Metí tres dedos y me imaginé tu boca. ¿Te molesta que te lo cuente?
Carolina negó con la cabeza. Ni siquiera podía hablar.
—Si quieres que tu marido salga, no me debes nada. Te lo regalo. Pero si quieres quedarte un rato, te enseño cosas que él nunca te va a enseñar.
Mi mujer se quedó. Subieron al cuarto. Soledad cerró la puerta con llave y encendió una lámpara de mesa. Puso a Carolina de espaldas al espejo y empezó a desvestirla ella misma, pieza por pieza, como si la estuviera descubriendo por primera vez. Le sacó la blusa por la cabeza y le pasó la lengua caliente por el cuello, mordiéndoselo despacio. Le desabrochó el brasier y las tetas de Carolina cayeron libres, con los pezones ya erectos. Soledad se agachó y le chupó primero uno, luego el otro, mordisqueándoselos, tirando con los dientes, hasta dejarle el pecho salpicado de saliva.
Después le bajó los pantalones. Le metió la mano por encima de la tela de las bragas y sintió lo empapadas que estaban.
—Igualita que en la camioneta —murmuró—. Chorreando de nuevo.
Le arrancó las bragas de un tirón. Soledad se desnudó después, con calma, mostrándose entera sin prisa. Cuando se quitó la falda apareció un coño depilado, rosado, con los labios grandes ya hinchados. Carolina se quedó mirándolo como quien mira algo prohibido.
—Arrodíllate.
Carolina obedeció. Soledad puso un pie sobre la silla del tocador y le ofreció su sexo a la altura de la boca. Le agarró la nuca y se la acercó despacio.
—Sácame la lengua. Así. Ancha, plana. Lámeme entera desde abajo, hasta arriba. Una vez. Otra. Chúpame los labios uno por uno, tómatelos entre los tuyos. Bien. Ahora buscá el clítoris. Está ahí. Ese pedacito duro. Con la punta de la lengua, en círculos. Despacio, mamita, no es una paleta, es un botón. Mírame. Mirame a los ojos mientras me lo chupas.
Le enseñó todo paso a paso, sin grosería, como una maestra. Le enseñó a separar los labios con los dedos, a pasar la lengua plana primero y después concentrarse en el clítoris. Le pidió que la mirara a los ojos mientras lo hacía. Le dijo que aprendiera a respirar entre lamida y lamida. Le metió los dedos en la boca a Carolina para que probara su propia saliva mezclada con el jugo de ella.
—No tengas miedo del olor —le dijo—. Es lo que más rico sabe del mundo. Mételo. Métele la lengua bien adentro, cógeme con la lengua.
Carolina, que conmigo siempre había sido reservada, se entregó como nunca. Enterró la cara entre esas piernas blancas, hundió la lengua todo lo que pudo, la sacó y le chupó el clítoris con los labios apretados haciendo ruido. Soledad se agarró de los pelos de mi mujer y empezó a moverle la cabeza a su ritmo, restregándose el coño contra la boca de Carolina. Cuando estaba por venirse le apretó la cara con las dos manos y le pegó tres embestidas rápidas contra la lengua. Se corrió gritando, con las piernas temblándole, chorreándole por la barbilla a mi esposa.
Después fue al revés. Soledad la recostó sobre la cama, le abrió las piernas de par en par y se las sostuvo con las manos. Se quedó mirándole el coño abierto un momento, admirándolo, y le sopló despacio antes de tocarlo.
—Qué bonito lo tienes, mamita. Rosado. Todo hinchado ya.
Empezó a lamerla despacio. Muy despacio. La lengua entera pasando de abajo hacia arriba, una vez, otra, hasta que Carolina levantó las caderas buscando más. Entonces Soledad le atrapó el clítoris entre los labios y le empezó a chupar sin soltarlo, moviendo la lengua encima al mismo tiempo. Mi mujer se agarró de los barrotes de la cabecera. Gimió abierto por primera vez en su vida.
Soledad le metió un dedo. Después dos. Después tres, hasta el fondo, con la palma hacia arriba, buscando ese punto adentro que a mí me daba pereza encontrar. Los movía en gancho, adentro y afuera, mientras seguía chupándole el clítoris con la boca llena. Al ratito le sumó la lengua adentro también, mordisqueando los labios de fuera. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo llenó el cuarto.
Cuando Carolina gritó tan fuerte que la sirvienta tuvo que poner la televisión a todo volumen abajo, se estaba viniendo por primera vez en su vida con la boca de otra persona pegada al coño. Le apretó la cabeza con los muslos a Soledad y le empapó la cara. Se convulsionó, se puso a llorar, se rió después.
Terminaron una encima de la otra, en tijera, los dos coños pegados y frotándose. Soledad se agarró la pierna de Carolina y la usó de palanca para restregarse más fuerte, clítoris contra clítoris, jugo contra jugo. Se venían las dos a la vez, entrelazadas, frotándose una contra la otra con una sincronía que solo dan dos mujeres que saben dónde está el deseo de la otra. Carolina se corrió por segunda vez esa tarde, con los ojos apretados, arañándole la espalda a Soledad, y cayó rendida boca arriba con los muslos temblando y los coños de las dos hechos una sopa.
Antes de que Carolina se vistiera, Soledad le dijo, todavía desnuda, pasándole un dedo por el pezón:
—Tu marido sale en veinte días. Pero tú vuelves mañana.
Y mi esposa volvió. Y al otro día también. Y al otro.
***
Cuando salí de la cárcel y llegué a la casa, Carolina estaba arreglándose para salir. Pintada, con una blusa nueva, perfumada.
—Mi vida, ya estoy aquí.
—Qué bueno —dijo sin mirarme—. Los papeles del divorcio ya los inició mi abogado. Firma cuando quieras.
—Carolina, espera. ¿Hay otro?
Ella se giró despacio. Me miró a los ojos como hacía años no me miraba: con paz.
—Hay alguien. Pero no es otro. Es otra.
—¿Cómo?
—Soledad. La mujer de don Eduardo. Es ella la que me sacó del problema y es ella con la que voy a estar. Tuviste años para enseñarme, Marcos. Ella aprendió en una tarde lo que tú nunca quisiste saber.
Cerró el bolso, me dio un beso seco en la mejilla y salió. Por la ventana la vi subirse a un coche que ya conocía. Soledad iba al volante, con lentes oscuros, y se inclinó para besar a mi esposa en la boca antes de arrancar.
Por flojo, por borracho, por egoísta, una mujer me ganó a la mía. Y todavía hoy, cuando paso por la calle donde vive don Eduardo, me toca verlas a las dos saliendo abrazadas, riéndose de algo que solo ellas entienden. Y yo me quedo del otro lado de la calle, fumando un cigarro, pensando que de todas las maneras en las que un hombre puede perder a su mujer, esta es la única contra la que no podía pelear.