El juego que le propuse a mi esposa con su jefe
Hay fantasías que uno carga durante años sin animarse a decirlas en voz alta. Yo cargué la mía casi una década, hasta que una noche cualquiera, con la luz apagada y mi mujer respirando contra mi pecho, las palabras se me escaparon solas.
Me llamo Martín, tengo cuarenta y siete años. Soy un tipo común: estatura media, flaco, de ojos claros. Dicen que conservo buena pinta para la edad, aunque eso lo dicen siempre los que te quieren halagar.
Estoy casado con Carla. Tenemos un hijo de veintiún años que estudia en Córdoba y vive allá desde marzo. Yo trabajo por mi cuenta y ella es administrativa en una empresa de logística. Carla tiene treinta y nueve años, mide poco más de un metro sesenta y conserva un cuerpo que detiene conversaciones cuando entra a un lugar.
Lo de mi mujer no es solo el físico. Tiene el pelo castaño oscuro, largo, unas tetas que no necesitan corpiño y una cola que hace girar cabezas en la calle. Pero lo verdaderamente peligroso es otra cosa: emana algo. No se viste de manera provocativa, no tiene cara de fácil, y justamente por eso casi nadie se anima a encararla. Los hombres la desean en silencio, y ella lo sabe.
Con los años, nuestra cama entró en una meseta. Nada grave, solo la rutina de siempre. Para llenar ese hueco empecé a mirar videos por mi cuenta, y ahí se me despertaron deseos que no sabía que tenía. De a poco fui llevando esas imágenes a nuestras charlas, sobre todo cuando teníamos sexo y ella me preguntaba qué me calentaba.
Una noche se lo dije sin filtro: lo que más me excitaba era ver a una mujer seducir a un hombre, entregarse, disfrutar de ser deseada hasta perder la vergüenza. Esperaba que se incomodara. En cambio, Carla se quedó pensando y al rato volvió a tocar el tema, como si algo de eso también le hubiera quedado dando vueltas.
—¿Qué te gusta que haga una mujer? —me preguntó otra noche.
—No sé. Me encanta verlas provocar, jugar con el deseo de un tipo.
—¿Te gustaría que yo fuera así? ¿Más provocativa?
—Me encantaría.
—Pero si me visto distinto, alguno se va a zarpar. Y vos te vas a morir de celos.
—Sabés que nunca fui celoso. Confío en vos. Y sé que a las mujeres les gusta sentirse deseadas. A todas.
No dijo nada más esa noche, pero algo se encendió. Durante la semana la vi llegar con bolsas de ropa nueva. El viernes, cuando le pregunté qué había comprado, me miró fijo.
—Dijiste que querías una mujer más provocativa. Lo primero que tengo que cambiar es el look.
Se acercó y me besó como cuando éramos novios, mordiéndome la oreja, prometiéndome que a partir de ahora iba a ser la mujer que le gustaba a su marido. Me llevó al dormitorio, me empujó sobre la cama y me sacó el pantalón con una sonrisa de diabla. Cuando terminó conmigo, se desnudó despacio, agarró una de las bolsas y se metió al baño.
Salió con un vestido negro de lycra que se le pegaba a cada curva. Debajo se le marcaban las medias con portaligas. Parecía otra mujer, una que recién conocía.
—De ahora en más me voy a vestir así —dijo, acostándose a mi lado—. Y me voy a tener que aguantar que medio mundo me quiera coger.
—No me vas a decir que la idea no te gusta.
—Es excitante, sí. Pero, ¿de verdad te calienta que otro me desee? Porque si me visto así, hasta en el laburo alguno se va a animar.
Mientras lo decía, su mano ya me tenía duro de nuevo. Le saqué el vestido como pude, sin quitarle la tanga, y la cogí con unas ganas que hacía meses no sentía. Acabó empapada, temblando, y terminamos casi juntos, agotados.
***
El lunes se preparó para ir a trabajar con un pantalón blanco ajustadísimo que dejaba ver la tanga negra de abajo, y una camisa entallada que le resaltaba el pecho.
—Amor, ¿no se te nota demasiado la tanga?
—Esa es la idea, papi. Vos querías una mujer provocativa. Ahora no te quejes.
Me dio un beso y se fue a maquillarse. Cuando salió, con los tacos puestos, estaba imposible de ignorar. No tenía cara de puta, pero sí de mujer que va de frente.
—Hoy empieza mi vida de mina sexy. Después te cuento cómo me fue.
Pasé el día sin poder concentrarme, imaginando cosas. A media tarde me llamó.
—Tenías razón, amor. Todos me dijeron algo del cambio de look.
—¿Viste? Contame, ¿qué te dijeron?
—Después. Ahora no puedo, me llama Esteban. Te amo.
Y cortó, dejándome con la intriga clavada. Esteban era uno de los gerentes. No estaba en el área de Carla, pero cada tanto se juntaban para repasar informes. Un tipo de nuestra edad, casado, con hijos, alto, entrenado, de esos que asisten al gimnasio todas las mañanas. Según ella, había tenido aventuras con medio personal femenino de la empresa, y todas hablaban maravillas de él.
En alguna fiesta de fin de año lo había visto mirar demasiado a mi mujer. Nunca le di importancia. Una vez se lo comenté y ella me dijo que él era así con todas, que si fuera por él ya la habría encarado, pero que ella siempre mantuvo distancia. No le creí del todo. Me daba cuenta de que, en el fondo, a ella también le gustaba.
Esa tarde llegó radiante. Me dio un beso enorme y, sin que yo se lo pidiera, empezó a contar.
—Tenías razón. Todos se daban vuelta a mirarme. Cada vez que iba de una oficina a otra, sentía las miradas clavadas en la cola.
—¿Y te gustó sentirte deseada?
—La verdad que sí. En algunos momentos hasta me calenté un poco.
Se sentó sobre mí en el sillón y empezó a besarme, a acariciarme. Estaba caliente, lo notaba.
—Dale, ¿quién se desubicó?
—Nadie, en realidad. Pero uno de los que me dijo algo fue Esteban. Me dijo que hoy estaba particularmente linda, que ya era hora de que mostrara lo sexy que soy.
—¿Y nada más?
—En una de las veces que me hizo ir a su oficina, mientras me mostraba unas planillas, sentí algo duro que me rozó la cola.
Cuando dijo eso, se me puso dura otra vez. Ella lo sintió y sonrió, acariciándome a propósito.
—¿Y vos qué hiciste?
—Nada. Pensé que fue casual. Pero por cómo me miró todo el día, sé que no lo fue.
Esa noche hicimos el amor como dos desesperados, y durante dos días no volvimos a tocar el tema.
***
El jueves volvió a la carga: camisa entallada, falda negra con un tajo importante y medias de encaje. Una secretaria de fantasía.
—¿Estoy bien así? Espero que no se desubique ninguno —dijo, irónica, antes de salir.
A las cinco me llamó.
—Me piropearon bastante. Y Esteban me llama a cada rato a su oficina.
—Ojo con ese, que es un depredador.
—Por ahora no se zarpó, pero me devora con la mirada.
—Y a vos eso te encanta. Seguro que cuando estás con él te movés más sensual de lo normal.
—Un poquito, sí. De mala que soy. Te dejo, me llama de nuevo.
Durante la cena la noté colorada. Me dijo que después, en la cama, me contaba. Y entre caricias arrancó.
—Apenas corté con vos, Esteban me llamó. Otra vez, mientras me mostraba una planilla, se me apoyó. Pero esta vez con más descaro. Me quedé paralizada, junté valor, me di vuelta y le pedí que no se desubicara. Me tomó de la cintura, me pegó a él y me hizo sentir la erección que tenía.
Yo estaba volando de calentura. Ella siguió.
—Logré despegarme, pero no me salían las palabras. Él me pidió disculpas, me dijo que hacía mucho que quería algo conmigo, que este cambio lo tenía loco. Le dije que soy casada, que amo a mi marido. Y me respondió que una mujer como yo merece un hombre que la haga delirar.
—¿Y vos qué le dijiste?
—No sabía qué decir, amor.
Su mano bajó hasta mí, que ya estaba como una piedra.
—Uy, papi. ¿Tanto te calienta que otro me quiera coger?
—La verdad que sí. No sé por qué. ¿A vos no te excita que un hombre esté así de caliente con vos?
—Sí. Pero también me parece que está mal. Soy tu esposa.
Nos lanzamos como salvajes. Estaba mojadísima y se lo dije.
—¿Estás así por Esteban? —le pregunté, embistiéndola con fuerza.
—Sí, me excita un montón —gimió, y estalló en un orgasmo que la dejó sin aire.
La inundé. Después nos quedamos quietos, y le vi otra vez esa carita de pena.
—¿Qué pasa?
—Tengo miedo de que esto arruine lo nuestro. No sé si seguir con el juego.
—El juego nos gusta a los dos. Pero si no estás cómoda, lo dejamos. Yo confío en vos, mientras no me ocultes nada.
—Te cuento todo. Pero hay situaciones que no sé si voy a poder manejar. Si seguimos con esto, en algún momento me van a dar ganas de verdad de acostarme con alguien.
—Carla, en todo este tiempo me di cuenta de que me gustaría verte con otro. Y sé que a vos también te gustaría. Si lo hablamos y nos ponemos de acuerdo, podemos disfrutarlo los dos.
Se me abalanzó. Volvió a esa cara de morbo y empezó a tocarme.
—¿En serio te gustaría verme con otro?
—Hace rato que lo fantaseo.
—Pero van a pensar que sos un cornudo. Y que yo soy una putita.
—No me molesta. Si piensan que soy un cornudo, es porque a vos te ven como lo que quiero que seas conmigo.
—¿Querés que sea bien puta con otro?
—Eso quiero.
La monté. Ella ya gozaba sin disimulo.
—Quiero que seduzcas a Esteban —le dije, y se volvió loca.
—¿En serio? ¿Qué querés que haga?
—Que sigas vistiéndote sexy. Que cuando vayas a su oficina te muevas para él. Que lo dejes apoyarse, tocarte. Que te hagas la esposa buena que no quiere traicionar a su marido, pero que él se dé cuenta de que vos también estás caliente.
—Sí —gimió, y tuvo otro orgasmo sin frenar—. Mañana mismo empiezo. Lo voy a dejar que me apoye, y después te cuento todo.
Acabamos rendidos, los dos, con la sensación de haber cruzado una línea de la que no íbamos a volver.
***
Al día siguiente se puso un vestido azul que parecía pintado sobre la piel, tacos aguja y medias de encaje del mismo tono. Estaba para perder la cabeza.
A media mañana me mandó un mensaje: Esteban le había pedido que se quedara unos minutos a la hora del almuerzo, cuando casi todos salían a comer. No pude trabajar. La cabeza me hervía de imaginar lo que estaba por pasar.
Apenas llegó a casa se me tiró encima, me comió la boca y me arrastró al dormitorio. Entre besos arrancó el relato.
—Lo saludé como siempre, con un beso en la mejilla, pero corrí apenas la cara y casi se lo doy en los labios. Me hice la distraída. Él se quedó duro. Toda la mañana fui yo la que inventaba excusas para entrar a su oficina, y se dio cuenta. Por eso me pidió que me quedara al mediodía.
—¿Y qué pasó?
—Cuando se fueron casi todos, fui. Él se levantó con la excusa de cerrar la puerta, y al volver me tomó por atrás. Me hizo sentir todo. Y reconozco que eso ya me puso caliente.
—¿Y vos?
—Pará, dejame contar, que ya estás a mil. Esta vez le agarré el brazo y lo aparté con una sonrisa. Le pedí de nuevo que no hiciera esas cosas. Se me acercó, me miró fijo y me dijo: «No dejo de pensar en vos. Imaginate cómo me ponés con solo verte».
—¿Y vos?
—Sonreía. Me preguntó qué tenía mi marido para que yo fuera tan fiel. Le dije que no soy como las minitas de ahí que él voltea. Y me respondió que estaba seguro de que en la cama soy una fiera y que vos no me atendías bien.
—Hijo de puta —me reí, durísimo.
—Me volvió a agarrar de la cintura. Intentó besarme y le corrí la cara. Lo aparté otra vez y le pedí que parara. Y con esa cara de ganador me dijo: «Está bien. Pero tarde o temprano vas a ser mía. Andá preparando a tu maridito para que se acostumbre a ser un cornudo. Sé que te empezaste a vestir así para soltar a la mujer que llevás adentro».
—No puedo creerlo.
—Pasó al lado mío para abrir la puerta y me rozó la cola sin disimulo. Me acompañó hasta el ascensor como si nada. Y yo salí de ahí mojada, Martín. Mojada de verdad.
Para entonces yo no había podido parar de tocarme durante todo el relato. Ella ya se había sacado el vestido y se acariciaba sola. Bajé hasta ella y la besé entre las piernas hasta que arqueó la espalda.
—Así, papito. Seguí.
—¿Querés que lo encare? ¿Te lo querés coger? —le pregunté, subiendo.
—Si vos querés, sí. Pero lo tengo que hacer bien, que nadie se dé cuenta.
La penetré y empezamos a coger como locos.
—¿Vas a ser su mujer?
—Voy a ser su puta. Y vos mi cornudito. ¿Querés?
—Sí —gemí, y acabamos los dos al mismo tiempo, devastados.
Esa noche, abrazado a ella, supe que ya no había marcha atrás. El juego que yo había propuesto recién empezaba, y los dos estábamos demasiado calientes para detenerlo.
Continuará.