El pendrive que mi mujer dejó junto al lavabo
Desde aquella partida de cartas no habíamos vuelto a tocar el tema durante una temporada larga. No es que no lo hubiéramos disfrutado, todo lo contrario: simplemente lo dejamos reposar. Supongo que fue por la cercanía de los dos episodios, por la necesidad de asimilar con calma esa nueva intimidad que se había abierto entre nosotros o, según llegué a temer durante semanas, porque Renata quizá se hubiera arrepentido.
Fuera cual fuera la razón, nuestra relación no se movió ni un milímetro y nuestra vida sexual siguió siendo tan plena como siempre. A veces, sin embargo, la sorprendía mirándome con una sonrisa que no terminaba de explicarme, como si guardara una idea que todavía no se atrevía a poner sobre la mesa.
Hasta que llegó una noche cualquiera.
Estábamos en la cama y ella me regalaba la felación más ardiente que le recordaba en años. Se tomaba su tiempo, alternaba la lengua y los labios, y cada vez que yo creía estar cerca, aflojaba para volver a empezar. Cuando ya no podía más, fue subiendo por mi pecho hasta quedar sobre mí, mirándome desde arriba, y me clavó un susurro que me quemó la sangre.
—¿Te apetecería que invitáramos a Iván a cenar otra vez? —ronroneó, sin dejar de acariciarme.
Yo, paralizado como un actor amateur con miedo escénico y la mente completamente en blanco, solo acerté a responder de la peor manera posible: terminé antes de tiempo sobre mi propio abdomen. Después le di un beso torpe, todavía aturdido.
—Me atrevería a decir que eso es un sí —concluyó risueña, mientras su dedo índice dibujaba círculos sobre mi piel.
—Pensaba que no me lo volverías a pedir nunca —conseguí articular cuando recuperé un poco de cordura.
—No sabía cómo te lo ibas a tomar —contestó, sin dejar de masajear mi erección, que ya volvía a despertar—. Pero compruebo que mejor de lo que imaginaba.
***
Estuvimos discutiendo cuándo podría ser, pero no el cómo. Encerrarnos en un plan demasiado rígido solo podía traer decepción, y la experiencia nos había enseñado que dejar fluir la situación era siempre la mejor idea. Al final elegimos el viernes de la semana siguiente: yo tenía una reunión de trabajo por la tarde, lo que le daría a Renata tiempo de sobra para prepararlo todo sin prisas.
Ella se encargaría de avisar a Iván. Dábamos por hecho que no pondría ningún reparo; lo conocíamos desde hacía años y la complicidad entre los tres se había ido tejiendo despacio, sin forzar nada. Esa noche dormí relativamente bien, aunque me desperté excitado y con la cabeza llena de posturas, de dinámicas, de cosas que quería probar. No tenía ni idea de lo lejos que estaba todo aquello de suceder como yo lo imaginaba.
***
El viernes señalado, el día en la oficina empezó con un ajetreo brutal. Yo no dejaba de mirar el reloj en la esquina de la pantalla del ordenador, deseando que las horas corrieran más deprisa. Pero después de comer, mi jefe soltó la bomba: la reunión de las cinco se aplazaba a las siete.
Fue como un jarro de agua fría. Llamé a Renata para avisarle de que llegaría más tarde de lo previsto. Ella le quitó importancia y me contestó con una voz cargada de promesas que no me preocupara, que la cena no se iba a enfriar. Aquello volvió a levantarme el ánimo de inmediato, aunque por dentro ya sentía un nudo de impaciencia.
La reunión resultó ser un suplicio de los peores que recuerdo. Dábamos vueltas en círculos sin acercarnos a ningún acuerdo, repitiendo los mismos argumentos una y otra vez. Yo miraba la hora cada cinco minutos, desesperado, y aquello no tenía pinta de terminar nunca.
Sobre las nueve, derrotado, le mandé un mensaje a mi mujer diciéndole que cenaran ellos y que me uniría en cuanto pudiera. Me sentía fatal por ella y, sobre todo, por mí, porque sabía que era más que probable que el plato fuerte de la noche se cancelara. Pero estaba atrapado en aquella sala, y no había forma de escapar.
Cerca de las diez, el jefe sugirió que llamáramos a casa para avisar de que la cosa iba para largo. Como si yo no lo supiera ya. Telefoneé a Renata; me dijo que los había pillado terminando el segundo plato. Le conté el panorama, le pedí que me disculpara ante Iván y que le rogara posponerlo para otro día.
—Relájate, anda —me dijo con una calma extraña—. De las disculpas me encargo yo.
Se lo agradecí y colgué, frustrado, sin sospechar nada en aquel tono suyo tan tranquilo.
***
Finalmente, a eso de la una y media de la madrugada y con todo a medio resolver, salí de la oficina. Pensé en llamar para avisar de mi llegada, pero temí despertarla y me limité a mandarle un mensaje diciéndole que iba de camino. Conduje hasta casa con un humor de perros, acordándome de la madre de mi jefe en cada semáforo, consolándome a duras penas con la idea de que ya habría otra oportunidad.
Cuando entré, la casa estaba a oscuras y en silencio, salvo por una respiración tranquila que llegaba desde nuestro dormitorio. Me sorprendió comprobar que Renata ya se había acostado, pero supuse que, tras el chasco, no habría tenido ganas de esperarme despierta.
Dejé las llaves en el recibidor, me fui quitando la ropa de la oficina en el salón hasta quedarme en ropa interior y me metí en el baño a lavarme los dientes. Cuál fue mi sorpresa al encender la luz y descubrir, apoyada junto al lavabo, una pequeña caja con un pendrive dentro y un post-it amarillo pegado en la tapa.
Una sola palabra escrita con su letra: «Ponme».
***
Me quedé paralizado, con el cepillo todavía en la mano. Todo aquello resultaba demasiado críptico para las dos de la madrugada. Por un instante el cansancio estuvo a punto de convencerme de ignorarlo y meterme en la cama, pero la curiosidad, esa curiosidad enfermiza que nunca me ha dejado en paz, pudo mucho más.
Salí del baño descalzo, tanteé a oscuras el puerto USB del televisor del salón y me dejé caer en el sofá antes de encender la pantalla. El brillo me hirió los ojos un segundo. El explorador de archivos no dejaba lugar a dudas: una única carpeta con un solo documento que, por su nombre y su extensión, supe enseguida que era un video.
Apreté play con el corazón golpeándome las costillas.
El encuadre era fijo. En la imagen reconocí de inmediato nuestra cama, vista desde un lateral, recortada a lo ancho por la medida del colchón y a lo alto por el cabecero. Una luz titilante, que supuse provenía de un par de velas en la mesita de noche, dibujaba sombras cálidas y bañaba la habitación con un resplandor suave. Un leve ruido estático, mezclado con conversaciones lejanas e ininteligibles, rompía la quietud de la estampa.
Lo grabó. Lo grabó para mí.
—Bruno dice que la reunión va para largo y que me disculpe de su parte —se escuchó por fin con claridad la voz de mi mujer—. Que no va a poder venir, vaya.
—Pues es una auténtica lástima —respondió Iván, con un tono contrariado que me pareció sincero—. Se está perdiendo una cena maravillosa. No sabía que cocinaras tan bien.
—No —contestó Renata, cargada de picardía—. Pero ya sabes lo buena que soy en otras cosas.
La frase provocó un silencio espeso que ella misma se encargó de romper.
—No te hagas el despistado ahora, anda. Sabías perfectamente a lo que venías esta noche.
—Bueno, pero sin él aquí… no sé, me da cosa —replicó Iván, dudando.
—Pues por eso mismo. De alguna manera tendremos que compensárselo, ¿no crees? Y estoy segura de que le va a encantar la sorpresa. Venga, pasa y túmbate.
La voz de Renata sonó de pronto mucho más cerca del micrófono, justo antes de que dos figuras irrumpieran en el encuadre. Reconocí el rostro de nuestro invitado mientras apoyaba la cabeza en mi almohada y dejaba descansar los brazos sobre el abdomen, visiblemente tenso. Tragué saliva en la oscuridad del salón, incapaz de moverme.
La cintura de mi mujer ocupó de repente el primer plano, tapando la cámara mientras se afanaba en desabrocharle los vaqueros a su compañero hasta poder bajárselos. La prenda y ella salieron un segundo de la imagen, dejando como único protagonista del plano la desnudez nerviosa de Iván, cuyo pecho subía y bajaba con una respiración cada vez más agitada.
Y entonces, en unos pocos segundos que a mí me parecieron horas, volvió a entrar en cuadro la razón de aquella respiración entrecortada. Renata, vestida únicamente con una pinza que le recogía el pelo en un moño deshecho, se subió a la cama a gatas. Escaló despacio por las piernas de él hasta colocar su rostro a la altura de su ombligo, deteniéndose ahí, alargando el momento.
—No creerías que me iba a saltar el postre, ¿verdad? —dijo, y giró el rostro para clavar sus ojos oscuros directamente en el objetivo de la cámara.
Me estaba mirando a mí. A través de la pantalla, a través de las horas que nos separaban, me buscaba a mí. Sostuvo la mirada un segundo eterno y luego, sin apartar los ojos, bajó la cabeza y lo atrapó con los labios.
***
No sé cuánto tiempo estuve allí sentado, en calzoncillos, con el reflejo azulado del televisor temblando sobre mi cara. Sentía una mezcla imposible de describir: rabia por haberme perdido la noche, deseo hasta el dolor por lo que estaba viendo, y una excitación nueva que nacía precisamente de saber que ella lo había hecho pensando en mí, que cada gesto era un mensaje grabado para que yo lo encontrara.
El video continuó. Renata se tomaba su tiempo con él igual que se lo tomaba conmigo, lo provocaba, lo dejaba al borde y se apartaba, jugando con su impaciencia como solo ella sabía. De vez en cuando volvía a girar la cabeza hacia la cámara, comprobando que yo seguía ahí, recordándome que todo aquello me pertenecía aunque hubiera ocurrido sin mí.
Cuando la pantalla por fin se quedó en negro, me di cuenta de que mi mujer no se había arrepentido de nada. Al contrario. Mientras yo me consumía en una sala de reuniones, ella había convertido mi ausencia en el regalo más retorcido y más excitante que me habían hecho jamás.
Apagué el televisor, saqué el pendrive y lo apreté en el puño. Recorrí el pasillo a oscuras hasta nuestro dormitorio. Renata dormía de costado, o eso aparentaba, con la respiración demasiado pausada para ser real. Me deslicé bajo las sábanas y pegué mi cuerpo al suyo.
—¿Lo viste? —murmuró sin abrir los ojos, con la voz ronca de quien lleva rato esperando esa pregunta.
—Lo vi —respondí contra su nuca, todavía con el corazón desbocado.
Ella se giró despacio para quedar frente a mí. En la penumbra apenas distinguía el brillo de sus ojos, pero los sentí buscándome igual que en la grabación.
—Esto es solo la primera parte —susurró, deslizando una mano hacia abajo—. La próxima vez no quiero que te lo pierdas.