El pendrive que mi mujer dejó junto al lavabo
Desde aquella partida de cartas no habíamos vuelto a tocar el tema durante una temporada larga. No es que no lo hubiéramos disfrutado, todo lo contrario: simplemente lo dejamos reposar. Supongo que fue por la cercanía de los dos episodios, por la necesidad de asimilar con calma esa nueva intimidad que se había abierto entre nosotros o, según llegué a temer durante semanas, porque Renata quizá se hubiera arrepentido.
Fuera cual fuera la razón, nuestra relación no se movió ni un milímetro y nuestra vida sexual siguió siendo tan plena como siempre. A veces, sin embargo, la sorprendía mirándome con una sonrisa que no terminaba de explicarme, como si guardara una idea que todavía no se atrevía a poner sobre la mesa.
Hasta que llegó una noche cualquiera.
Estábamos en la cama y ella me regalaba la mamada más ardiente que le recordaba en años. Se había acomodado entre mis piernas abiertas, con el pelo suelto cayéndole sobre los muslos, y me tenía la polla entera metida en la boca. Se tomaba su tiempo, alternaba la lengua y los labios, subía muy despacio hasta dejar solo el glande atrapado entre los dientes, lo lamía en círculos y volvía a tragarla hasta el fondo, hasta que la punta le rozaba la garganta y se le escapaba una arcada húmeda que me hacía temblar las piernas. Cada vez que yo creía estar cerca, ella me lo notaba en la tensión del vientre, aflojaba, sacaba la verga entera de su boca y me la sostenía en la mano, mirándome mientras me babeaba encima y se pasaba la punta por los labios hinchados. Después bajaba a chuparme los huevos uno a uno, se los metía enteros en la boca, tiraba de ellos con la lengua y me miraba desde ahí abajo con una sonrisa perversa antes de volver a empezar. Cuando ya no podía más, cuando la tenía dura como una piedra y goteando, fue subiendo por mi pecho a besos hasta quedar sentada a horcajadas sobre mí, con la humedad ardiente de su coño apoyada justo encima de mi polla. Se restregó despacio, mojándome, mirándome desde arriba con los ojos entornados, y me clavó un susurro que me quemó la sangre.
—¿Te apetecería que invitáramos a Iván a cenar otra vez? —ronroneó, sin dejar de moverse, deslizando su coño empapado a lo largo de mi verga.
Yo, paralizado como un actor amateur con miedo escénico y la mente completamente en blanco, solo acerté a responder de la peor manera posible: terminé antes de tiempo, disparando un chorro largo de semen entre nuestros vientres, sintiéndome descargar en espasmos incontrolables mientras ella se reía bajito y seguía frotándose contra mí, embarrándose la vulva con mi corrida. Después le di un beso torpe, todavía aturdido, y ella me lamió el labio inferior sin dejar de sonreír.
—Me atrevería a decir que eso es un sí —concluyó risueña, mientras su dedo índice recogía un hilo de semen de mi abdomen y se lo llevaba a la boca, chupándolo despacio.
—Pensaba que no me lo volverías a pedir nunca —conseguí articular cuando recuperé un poco de cordura.
—No sabía cómo te lo ibas a tomar —contestó, con la mano ya cerrada de nuevo sobre mi polla medio blanda, masajeándola con la corrida que aún me resbalaba por la piel—. Pero compruebo que mejor de lo que imaginaba.
No tardó ni un minuto en devolverme el empalme a base de muñeca y de escupitajos calientes que dejaba caer desde arriba. Se sentó de nuevo sobre mí, se guio la verga con la mano y se me clavó de golpe, hasta el fondo, arrancándonos a los dos un gemido ronco. Follamos así, con ella cabalgándome despacio, arriba y abajo, apretando el coño en cada bajada, hasta que se corrió a horcajadas mordiéndose el labio y yo terminé otra vez dentro de ella, esta vez con calma, empujando desde abajo.
***
Estuvimos discutiendo cuándo podría ser, pero no el cómo. Encerrarnos en un plan demasiado rígido solo podía traer decepción, y la experiencia nos había enseñado que dejar fluir la situación era siempre la mejor idea. Al final elegimos el viernes de la semana siguiente: yo tenía una reunión de trabajo por la tarde, lo que le daría a Renata tiempo de sobra para prepararlo todo sin prisas.
Ella se encargaría de avisar a Iván. Dábamos por hecho que no pondría ningún reparo; lo conocíamos desde hacía años y la complicidad entre los tres se había ido tejiendo despacio, sin forzar nada. Esa noche dormí relativamente bien, aunque me desperté excitado y con la cabeza llena de posturas, de dinámicas, de cosas que quería probar. No tenía ni idea de lo lejos que estaba todo aquello de suceder como yo lo imaginaba.
***
El viernes señalado, el día en la oficina empezó con un ajetreo brutal. Yo no dejaba de mirar el reloj en la esquina de la pantalla del ordenador, deseando que las horas corrieran más deprisa. Pero después de comer, mi jefe soltó la bomba: la reunión de las cinco se aplazaba a las siete.
Fue como un jarro de agua fría. Llamé a Renata para avisarle de que llegaría más tarde de lo previsto. Ella le quitó importancia y me contestó con una voz cargada de promesas que no me preocupara, que la cena no se iba a enfriar. Aquello volvió a levantarme el ánimo de inmediato, aunque por dentro ya sentía un nudo de impaciencia.
La reunión resultó ser un suplicio de los peores que recuerdo. Dábamos vueltas en círculos sin acercarnos a ningún acuerdo, repitiendo los mismos argumentos una y otra vez. Yo miraba la hora cada cinco minutos, desesperado, y aquello no tenía pinta de terminar nunca.
Sobre las nueve, derrotado, le mandé un mensaje a mi mujer diciéndole que cenaran ellos y que me uniría en cuanto pudiera. Me sentía fatal por ella y, sobre todo, por mí, porque sabía que era más que probable que el plato fuerte de la noche se cancelara. Pero estaba atrapado en aquella sala, y no había forma de escapar.
Cerca de las diez, el jefe sugirió que llamáramos a casa para avisar de que la cosa iba para largo. Como si yo no lo supiera ya. Telefoneé a Renata; me dijo que los había pillado terminando el segundo plato. Le conté el panorama, le pedí que me disculpara ante Iván y que le rogara posponerlo para otro día.
—Relájate, anda —me dijo con una calma extraña—. De las disculpas me encargo yo.
Se lo agradecí y colgué, frustrado, sin sospechar nada en aquel tono suyo tan tranquilo.
***
Finalmente, a eso de la una y media de la madrugada y con todo a medio resolver, salí de la oficina. Pensé en llamar para avisar de mi llegada, pero temí despertarla y me limité a mandarle un mensaje diciéndole que iba de camino. Conduje hasta casa con un humor de perros, acordándome de la madre de mi jefe en cada semáforo, consolándome a duras penas con la idea de que ya habría otra oportunidad.
Cuando entré, la casa estaba a oscuras y en silencio, salvo por una respiración tranquila que llegaba desde nuestro dormitorio. Me sorprendió comprobar que Renata ya se había acostado, pero supuse que, tras el chasco, no habría tenido ganas de esperarme despierta.
Dejé las llaves en el recibidor, me fui quitando la ropa de la oficina en el salón hasta quedarme en ropa interior y me metí en el baño a lavarme los dientes. Cuál fue mi sorpresa al encender la luz y descubrir, apoyada junto al lavabo, una pequeña caja con un pendrive dentro y un post-it amarillo pegado en la tapa.
Una sola palabra escrita con su letra: «Ponme».
***
Me quedé paralizado, con el cepillo todavía en la mano. Todo aquello resultaba demasiado críptico para las dos de la madrugada. Por un instante el cansancio estuvo a punto de convencerme de ignorarlo y meterme en la cama, pero la curiosidad, esa curiosidad enfermiza que nunca me ha dejado en paz, pudo mucho más.
Salí del baño descalzo, tanteé a oscuras el puerto USB del televisor del salón y me dejé caer en el sofá antes de encender la pantalla. El brillo me hirió los ojos un segundo. El explorador de archivos no dejaba lugar a dudas: una única carpeta con un solo documento que, por su nombre y su extensión, supe enseguida que era un video.
Apreté play con el corazón golpeándome las costillas.
El encuadre era fijo. En la imagen reconocí de inmediato nuestra cama, vista desde un lateral, recortada a lo ancho por la medida del colchón y a lo alto por el cabecero. Una luz titilante, que supuse provenía de un par de velas en la mesita de noche, dibujaba sombras cálidas y bañaba la habitación con un resplandor suave. Un leve ruido estático, mezclado con conversaciones lejanas e ininteligibles, rompía la quietud de la estampa.
Lo grabó. Lo grabó para mí.
—Bruno dice que la reunión va para largo y que me disculpe de su parte —se escuchó por fin con claridad la voz de mi mujer—. Que no va a poder venir, vaya.
—Pues es una auténtica lástima —respondió Iván, con un tono contrariado que me pareció sincero—. Se está perdiendo una cena maravillosa. No sabía que cocinaras tan bien.
—No —contestó Renata, cargada de picardía—. Pero ya sabes lo buena que soy en otras cosas.
La frase provocó un silencio espeso que ella misma se encargó de romper.
—No te hagas el despistado ahora, anda. Sabías perfectamente a lo que venías esta noche. Sabías que ibas a acabar con mi coño en la cara.
—Bueno, pero sin él aquí… no sé, me da cosa —replicó Iván, dudando.
—Pues por eso mismo. De alguna manera tendremos que compensárselo, ¿no crees? Y estoy segura de que le va a encantar la sorpresa. Venga, pasa y túmbate. Y sácate ya la polla, que llevas toda la cena disimulando el bulto y no puedo más.
La voz de Renata sonó de pronto mucho más cerca del micrófono, justo antes de que dos figuras irrumpieran en el encuadre. Reconocí el rostro de nuestro invitado mientras apoyaba la cabeza en mi almohada y dejaba descansar los brazos sobre el abdomen, visiblemente tenso. Tragué saliva en la oscuridad del salón, incapaz de moverme.
La cintura de mi mujer ocupó de repente el primer plano, tapando la cámara mientras se afanaba en desabrocharle los vaqueros a su compañero hasta poder bajárselos, arrastrando de un tirón también los calzoncillos. La prenda y ella salieron un segundo de la imagen, dejando como único protagonista del plano la desnudez nerviosa de Iván, con la polla dura tumbada contra el vientre, gruesa, la punta ya brillante, y el pecho subiendo y bajando con una respiración cada vez más agitada.
Y entonces, en unos pocos segundos que a mí me parecieron horas, volvió a entrar en cuadro la razón de aquella respiración entrecortada. Renata, vestida únicamente con una pinza que le recogía el pelo en un moño deshecho, se subió a la cama a gatas. Escaló despacio por las piernas de él hasta colocar su rostro a la altura de su ombligo, deteniéndose ahí, alargando el momento, con la verga de Iván rozándole la mejilla.
—No creerías que me iba a saltar el postre, ¿verdad? —dijo, y giró el rostro para clavar sus ojos oscuros directamente en el objetivo de la cámara.
Me estaba mirando a mí. A través de la pantalla, a través de las horas que nos separaban, me buscaba a mí. Sostuvo la mirada un segundo eterno y luego, sin apartar los ojos, bajó la cabeza y se la tragó entera de una sola vez, hasta que la nariz le chocó contra el pubis de Iván y él soltó un jadeo ahogado que se oyó nítido en el altavoz. Ahí se quedó unos segundos, con la polla enterrada en la garganta, y yo pude ver cómo movía la lengua alrededor sin sacársela, cómo se le hinchaban los mofletes cada vez que él se agitaba contra su boca.
Cuando por fin la sacó, un hilo largo de saliva le quedó colgando del labio hasta el glande. La agarró con la mano y empezó a pajearlo despacio mientras le lamía los huevos, uno primero y luego el otro, chupándoselos enteros como me hacía a mí, tirando de ellos hacia arriba con la boca hasta que Iván levantaba las caderas de la cama. Después subía por la vena gruesa que le corría por debajo de la verga, pasando la lengua plana en un lametón lento, y volvía a tragársela hasta el fondo. Escupía sobre el glande, extendía la saliva con el puño cerrado y bajaba la boca otra vez, y así una y otra vez, hasta que la habitación se llenó de un ruido húmedo, de arcadas contenidas, de gemidos roncos de Iván. Yo, en el sofá, ya me había metido la mano dentro de los calzoncillos sin darme cuenta.
Iván intentó decirle algo, avisarla, pero Renata no aflojó. Al contrario, se acomodó, le clavó las uñas en los muslos y aceleró, chupando cada vez más rápido, mirando otra vez a la cámara en el instante justo en que él le agarró la nuca con las dos manos y empezó a correrse. Vi cómo se le hinchaban las mejillas, cómo un chorro se le escapaba por la comisura, y cómo ella, sin sacársela, tragaba todo lo que él le estaba disparando en la garganta. Cuando por fin la soltó, se apartó despacio, abrió la boca para enseñar lo que le quedaba dentro y se lo tragó con un gesto lento, para la cámara, para mí.
—Esto es solo para calentarte, cariño —dijo lamiéndose los labios—. Todavía nos queda mucha noche.
Se giró de espaldas al objetivo, se puso a cuatro patas encima de él y le sentó el culo en la cara sin pedir permiso. Iván no lo dudó: le clavó las manos en las nalgas, se las abrió y empezó a comerle el coño desde abajo, con un hambre que se le notaba en cada movimiento del cuello. Yo veía perfectamente cómo la lengua de él le entraba y le salía, cómo subía a lamerle el culo y volvía a bajar, cómo Renata se restregaba contra su boca moviendo las caderas en círculos, apoyando las manos en el vientre de él, con los pechos balanceándose y los ojos cerrados. En un momento se agachó hacia adelante y volvió a atrapar la polla de Iván, que ya estaba dura otra vez, y se puso a chupársela en un sesenta y nueve furioso, mordiendo la almohada entre gemido y gemido cuando la lengua de él le encontraba el clítoris.
Se corrió así, encima de su cara, apretándole la cabeza con los muslos, gritando un «me corro, me corro» que retumbó en el salón y me hizo apretar la polla con más fuerza. Cuando se apartó, tenía toda la barbilla de Iván brillante y él sonreía como un idiota, secándose con el dorso de la mano.
Renata se dio la vuelta, gateó hasta quedar sentada a horcajadas sobre él y, sin dejar de mirar a la cámara, se agarró la verga con la mano, se la puso en la entrada del coño y bajó despacio, muy despacio, hasta que la tuvo entera dentro. Soltó un gemido largo, echó la cabeza hacia atrás, y empezó a moverse. Al principio en círculos, mordiéndose el labio, apoyando las manos en el pecho de él. Luego arriba y abajo, cada vez más rápido, con las tetas rebotándole, con el sonido húmedo de los cuerpos golpeándose llenando la habitación. Iván le agarró la cintura con las dos manos y la ayudó a subir y bajar, embistiendo desde abajo, y de vez en cuando le daba una palmada en el culo que sonaba como un latigazo.
Se cambiaron de postura. Ella se puso a cuatro patas, con la cara girada hacia la cámara, y él se colocó detrás, le agarró las caderas y se la volvió a meter entera de una sola embestida. La follaba fuerte, sin cuidado ninguno, con las nalgas de ella temblando en cada choque, y ella no dejaba de mirarme, de mirar el objetivo, con la boca abierta y los ojos entrecerrados, mordiendo la sábana entre embestida y embestida. En un momento él le juntó las manos en la espalda, se las sujetó como riendas y aceleró todavía más, gruñendo, y ella gimió mi nombre. Mi nombre. No el de él. El mío. Aquello me hizo apretar los dientes en el sofá.
***
El video continuó y continuó. Renata se tomaba su tiempo con él igual que se lo tomaba conmigo, lo provocaba, lo dejaba al borde y se apartaba, jugando con su impaciencia como solo ella sabía. Se dejó follar de lado, con una pierna en el aire, con los dedos de él frotándole el clítoris al ritmo de las embestidas. Se puso encima de nuevo y se corrió otra vez, temblando, apretando el coño alrededor de su verga hasta que él ya no aguantó más y le pidió que se apartara. Ella se bajó a tiempo, se arrodilló entre sus piernas y le abrió la boca sacando la lengua justo cuando Iván se la sacudió por encima con la mano y le disparó chorro tras chorro de semen sobre la cara, la lengua, las tetas. Ella lo recibió con los ojos cerrados y una sonrisa, y cuando terminó, volvió a girarse hacia la cámara con la corrida chorreándole por la barbilla, y me lanzó un beso lleno de semen.
De vez en cuando volvía a girar la cabeza hacia la cámara, comprobando que yo seguía ahí, recordándome que todo aquello me pertenecía aunque hubiera ocurrido sin mí.
Cuando la pantalla por fin se quedó en negro, me di cuenta de que mi mujer no se había arrepentido de nada. Al contrario. Mientras yo me consumía en una sala de reuniones, ella había convertido mi ausencia en el regalo más retorcido y más excitante que me habían hecho jamás. Yo mismo me había corrido dos veces en los calzoncillos sin poder evitarlo, con la mano metida ahí dentro y la boca abierta contra el respaldo del sofá.
Apagué el televisor, saqué el pendrive y lo apreté en el puño. Recorrí el pasillo a oscuras hasta nuestro dormitorio. Renata dormía de costado, o eso aparentaba, con la respiración demasiado pausada para ser real. Me deslicé bajo las sábanas y pegué mi cuerpo al suyo. Estaba desnuda, tibia, y olía a jabón reciente.
—¿Lo viste? —murmuró sin abrir los ojos, con la voz ronca de quien lleva rato esperando esa pregunta.
—Lo vi —respondí contra su nuca, todavía con el corazón desbocado, apretándole el culo contra mi polla, que ya volvía a estar dura por tercera vez.
Ella se giró despacio para quedar frente a mí. En la penumbra apenas distinguía el brillo de sus ojos, pero los sentí buscándome igual que en la grabación. Metió la mano entre nosotros, me agarró la verga y sonrió al notarla así.
—Esto es solo la primera parte —susurró, guiándomela hacia abajo, abriendo las piernas para que se la metiera de una vez—. La próxima vez no quiero que te lo pierdas.





