El club de maridos que compartían a sus esposas
Llevaba un tiempo moviéndome por ese universo paralelo de las infidelidades, un ecosistema con sus propias reglas. Lo recorría no desde el lugar del engañado, sino desde el del cómplice, el catalizador. Me había vuelto una especie de observador de cornudos, y mi gran descubrimiento fue que no todos eran iguales.
Los había clasificado casi como un biólogo clasifica insectos. Estaba el intermitente, que un día te abría la puerta de su dormitorio y al siguiente la cerraba con un pestillo de paranoia. Estaba el voyeur puro, que se sentaba en un rincón y bebía con los ojos a su mujer con otro. Estaba el sumiso, obediente nato, esclavo consentido del deseo ajeno. Y el más extremo, el que hallaba su éxtasis en el acto más servil de todos: el que se arrodillaba a chupar la polla que acababa de follarse a su mujer, o el que abría la boca para tragarse el semen ajeno chorreando del coño de su esposa.
Había un patrón curioso: con casi todos los maridos cuyas esposas me había follado, terminaba forjando una amistad rara y fuerte. Mi papel de «el otro», del que les vaciaba las pelotas a sus mujeres delante de sus narices, rompía las barreras y abría una camaradería que nacía del tabú compartido.
Fue en mi grupo de teatro y deporte donde dos hombres empezaron a destacar en mi radar. Gonzalo era una figura conocida, carismático, siempre en el centro de algo. Un día apareció con Rubén, y su química era la de dos que se conocen de toda la vida. Yo los traté a la vez, y aunque su dinámica tenía un matiz ensayado, lo archivé como una rareza sin importancia.
Pronto esa rareza se volvió un patrón. Los dos empezaron a buscarme de forma deliberada. El trato pasó de cordial a íntimo, lleno de confidencias y roces. No era mi imaginación; otros del grupo lo notaron, aunque nadie le dio mayor peso. Yo, en cambio, empezaba a unir las piezas.
Gonzalo era funcionario, brazos fuertes y cabeza afeitada, una calma de hombre seguro. Su gran pasión, que compartía con su esposa Bianca, era el teatro: él dirigía y escribía. Bianca era abogada, melena castaña ondulada, un cuerpo potente que ella criticaba por «algún kilo de más». Tetas grandes, pesadas, de las que llenaban el escote, y un culo redondo que reclamaba manoseo. Lo suyo estaba en la mirada: una expresión permanentemente insinuante, un destello travieso que prometía pecados sin decir palabra. Conmigo, sin embargo, guardaba una distancia cortés que no tenía con nadie más.
Rubén trabajaba en un banco, robusto, el pelo moreno salpicado de canas. Era la mano derecha de Gonzalo en los montajes. Su esposa, Renata, era la antítesis de Bianca: delgada, atlética, melena lisa cayendo sobre los hombros y un culo perfecto, respingón, que se adivinaba bajo cualquier ropa y que pedía a gritos que se lo abrieran a dos manos. Renata sí me daba cuerda, una simpatía abierta y juguetona.
El detonante estalló una tarde. Alguien había contado los detalles de un encuentro mío, y mi reputación como amante había corrido como la pólvora. Filtrada a través de los maridos, la historia llegó a oídos de los dos amigos.
—Mateo, en confianza —me dijo Gonzalo, bajando la voz como si compartiera un secreto de Estado—. Te diré el pecado, pero no el pecador. Dicen que te has follado a dos casadas del grupo. Te lo cuento para que andes con ojo.
Intenté esquivarlo con una sonrisa, pero los detalles que manejaban sobre mis «hazañas» eran demasiado precisos. Eran verdad. Al verme resistir, Rubén empujó.
—Vamos, Mateo, al menos di algo. Con lo que te hemos contado a ti...
Endurecí el gesto. No solía ponerme serio con ellos, pero esa vez lo hice.
—A quién me follo es problema mío. Y algo que jamás hago es dar nombres ni detalles. Os lo digo porque es la primera y última vez que dejo que se hable de esto delante de mí. Tema cerrado.
La reacción me descolocó. No se enojaron. No hubo tensión. Al contrario, parecían satisfechos, casi alegres. Pensé que era impresión mía.
—Mateo, tengo una obra nueva, es lo mejor que he escrito —dijo Gonzalo, los ojos brillantes—. Y nos preguntábamos si querrías ser el protagonista. Un chico joven que vuelve a casa y termina enredado con la mujer madura del mejor amigo de sus padres. Tienes la edad perfecta para el papel.
Encogí los hombros. El teatro no era lo mío y se lo dije.
—El papel de la mujer lo haría Bianca —añadió, y de pronto la oferta se volvió tentadora.
Rubén, que observaba como un árbitro silencioso, intervino con una sonrisa socarrona.
—Normal que dudes. Sos joven, ves las relaciones de un modo más moderno, menos primitivo... ¿no?
Le devolví la sonrisa, pero con filo.
—La vida es corta. Que cada quien folle con quien quiera, sin pensar en obligaciones. La moral sexual es una jaula que inventaron los aburridos para aguarle la fiesta al resto. Yo prefiero vivir afuera de ella.
El silencio que siguió fue denso. Se miraron, y por un segundo vi un destello de triunfo en sus ojos. Era como si acabara de aprobar un examen que no sabía que estaba rindiendo.
—Uy, se hizo tarde —dijo Gonzalo de repente—. Mateo, ¿nos acercás a casa?
Los dejé en sus puertas con un simple «hasta mañana». Apenas llegué a mi piso, el teléfono vibró. Era Gonzalo.
—Mateo, joder, me dejé la laptop en tu coche. No puedo perderla, tengo trabajo importante ahí.
Bajé al estacionamiento. La encontré caída entre el asiento y la palanca de cambios, en su funda negra. Saqué una foto y se la mandé. La respuesta llegó al instante, como si la tuviera escrita esperando el momento.
—POR FAVOR... NO MIRES SU CONTENIDO. CONFÍO EN TI.
Leí el mensaje tres veces. La mayúscula, el «por favor», el «confío en ti». No era una advertencia. Era una invitación. Un reto. Mi cabeza lo tradujo solo: míralo, es lo que queremos.
Subí con la laptop. La abrí. No tenía contraseña. Estaba esperando. En el escritorio había una carpeta con un nombre tan obvio como insultante: «MATEO». Hice clic.
Un torrente de imágenes se desplegó frente a mí. Bianca y Renata, desnudas, en poses explícitas, cada una con su marido. Bianca montada sobre Gonzalo, las tetas colgando pesadas mientras se empalaba en su polla, su cara de éxtasis reflejada en el espejo, un hilo de saliva cayéndole del labio. Otra: Bianca de rodillas con la polla de Gonzalo metida hasta la garganta, los ojos húmedos, un collar de babas en la barbilla. Renata en cuatro patas, Rubén tomándola por detrás desde un ángulo que glorificaba ese culo perfecto abierto, la verga entrándole y saliéndole brillante de sus jugos. Otra: Renata con las piernas separadas, el coño depilado abierto con dos dedos hacia la cámara, chorreando semen fresco.
Y había más: una carpeta llamada «CONTACTOS», con decenas de subcarpetas a nombre de otros hombres, otras casadas en actos similares, pollas ajenas hundiéndose en coños ajenos, corridas en tetas, en culos, en bocas abiertas. Pero en esas, las caras siempre estaban borrosas. Solo en las de Bianca y Renata los rostros eran nítidos, perfectos. Eran un producto de lujo para un cliente selecto: yo.
Eran un club. Una cofradía de maridos que compartían a sus esposas como trofeos. Y yo era el nuevo invitado, el plato fuerte que llevaban meses preparando.
***
Decidí torcerles el juego. Al día siguiente fui yo a su terreno. Aparecí en el trabajo de Gonzalo con la laptop en la mano y su cara se dibujó entre el pánico y la sorpresa. Insistió en tomar una cerveza en el bar de la esquina. Acepté.
—Joder, Mateo, no sé cómo se me cayó. Tengo la cabeza en otro lado —arrancó su actuación.
Lo miré sin parpadear.
—A ver, Gonzalo. No me tomes por tonto. La laptop no se te olvidó. La dejaste ahí a propósito, sin clave, para que viera exactamente lo que querías que viera.
Su sonrisa se congeló. Abrió la boca, pero no salió nada.
—Y ahora cuéntame qué queréis. Y no me digas que Rubén no está metido, porque sé que esto es de los dos.
Se recostó en la silla, derrotado. El aire de jefe seguro se desvaneció.
—Tienes razón. Perdónanos —dijo—. Es complicado de explicar. Hace unos años le propuse a Bianca meter a un tercero. Se puso como una fiera, creyó que la engañaba. Me costó días aclararle que el tercero tenía que ser un hombre, que lo que yo quería era verla disfrutar, ser follada por otro delante mío.
Bebió un sorbo, la mirada perdida en la espuma.
—No lo entendió. Para ella era una humillación. Hasta que un día se me ocurrió presentárselo como un ejercicio de actuación. Le dije que era una actriz fantástica encerrada en papeles de buena esposa, que se atreviera a algo crudo. Montamos una escena de un encuentro furtivo, con un actor contratado. Yo la dirigía: «más pasión, que él te desee, chupale la boca como si te fuera la vida». Y vi cómo la barrera entre la actriz y el personaje se borraba, cómo el rubor de su piel ya no era actuado, cómo se le endurecían los pezones bajo la blusa y cómo se le humedecía la ropa interior mientras aquel tipo le manoseaba las tetas «actuando».
Se inclinó hacia mí.
—Esa noche, en la cama, me preguntó: «¿te excitó verme con él?». Le confesé que sí, que verla deseada me volvía loco. Y por fin lo aceptó. El teatro fue nuestro pasadizo para cruzar la línea. Con Rubén y Renata fue más directo: él es voyeur de toda la vida, ella exhibicionista nata. La primera vez que estuvimos los cuatro, Renata se abrió de piernas en el sofá y se masturbó delante nuestro sin pestañear. No necesitaban excusa.
—¿Y por qué yo? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—Porque eres distinto. No te mueves en esos círculos, eres de nuestro mundo. Y sabemos que eres bueno. Una de ellas fue muy explícita: dijo que contigo no era solo sexo, era una experiencia. Que la habías dejado corriéndose tres veces seguidas, que le habías vaciado las pelotas dentro y que al día siguiente todavía sentía el coño palpitando. Queremos que Bianca y Renata vivan algo inolvidable, y queremos dirigirlo. Tú serías nuestra estrella.
Bajó aún más la voz.
—Bianca es una bomba. Insaciable. Pero se sigue negando a dar el paso real, fuera del escenario. Es su última frontera. Le aterra sentir que me traiciona. Siempre la he visto «necesitada», como si le faltara algo, como si su deseo fuera más grande de lo que mi polla puede darle.
Ahí vi mi momento. La puerta que él mismo había entreabierto. Me recosté, crucé los brazos.
—¿Sabes, Gonzalo? Por lo que vi anoche en esas fotos, no me extraña nada que se sienta así. Y no hablo de vuestras mujeres, que están espectaculares. Hablo de ti y de Rubén. La tuya parece un tapón de champán: cortita, gorda de más en la base y sin punta que hurgue donde tiene que hurgar. Cumple su función de descorchar, poco más. La de Rubén es larga, pero fina como un palito de brocheta. Sirve más para señalar que para satisfacer. Con esas dos vergas, Bianca y Renata están condenadas a irse a dormir a medias toda la vida.
El silencio cayó absoluto. Gonzalo se quedó paralizado, la cerveza a mitad de camino. Esperaba furia, negación. No fue eso lo que vi. Vi su piel sonrojarse, no de vergüenza, sino de excitación. Su respiración se entrecortó, su pupila se dilató. Bajo la mesa vi cómo se le marcaba un bulto duro en el pantalón. La humillación no le había dolido: lo había encendido.
Y entonces lo entendí todo. No era solo un cornudo que quería mirar. Era un masoquista. Necesitaba que el hombre que iba a follarse a su esposa le dijera en la cara que su polla no estaba a la altura. Ese era su verdadero prólogo.
—Te gusta, ¿verdad? —dije con una sonrisa lenta—. Que te lo diga así. Que te diga que tu polla no le alcanza a Bianca. Que necesita una verga como la mía, gorda y larga, para llenarla de verdad.
Bajó la vista, incapaz de sostenerme la mirada, y asintió apenas.
—Sí —susurró, la voz rota y a la vez febril—. Sí, joder, sí.
La partida había cambiado por completo.
***
—Esto se hace a mi manera —le dije, dejando el vaso con un golpe seco—. Olvídate de tu obra y tus ensayos, esa es la excusa de los cobardes. Esta noche, en tu casa, a las once. Vino, música baja, la luz que tú sepas. Dile a Bianca que tengo una sorpresa y nada más. Y cuando llegue, no te escondas en un rincón. Quiero que te sientes en ese sillón junto a la ventana y mires todo. Cómo le arranco la ropa, cómo se la meto, cómo se corre en mi polla. ¿Entendido?
Tragó saliva. Asintió, un gesto de sumisión total.
—Entendido.
Llegué puntual. Me abrió Gonzalo, vestido de negro, intentando proyectar control que sus ojos desmentían. La casa olía a incienso caro y a ansiedad; un jazz lento sonaba de fondo. En el sofá estaba Bianca, con un vestido rojo sangre que se adhería a sus curvas, el escote hundido enseñando la mitad de esas tetas pesadas. Me evaluó con esos ojos color miel, entre la cortesía y la extrañeza, sin sonreír. No sabía qué hacía yo ahí.
—Gonzalo me dijo que eres una actriz excepcional —dije, ignorando por completo al marido, que ya se había deslizado hacia su sillón asignado—. Que te gusta desafiarte.
Ella cruzó las piernas, lento, deliberado. Vi un fogonazo blanco entre sus muslos: no llevaba bragas, o llevaba unas mínimas.
—Y a ti te gusta dirigir, ¿no, Mateo? Me han contado cosas.
Me arrodillé frente a ella, mi cara a la altura de sus rodillas.
—Olvida todo lo que te contaron. Lo que vas a sentir esta noche nadie te lo podrá describir.
Y entonces la toqué. No una caricia: posé la mano sobre su muslo, sobre el vestido, y la subí lento hasta rozarle el pliegue de la ingle. Sentí el espasmo eléctrico de su cuerpo. Su mirada voló hacia Gonzalo, una pregunta muda llena de alarma. Él solo sonrió débilmente, lo que no la tranquilizó en nada. Llevé mi otra mano a su nuca, enredé los dedos en su pelo y la atraje hacia mí.
—Míralo —le susurré al oído—. Sentado ahí, con las manos en el regazo, sin hacer nada. Es un espectador, Bianca. Y esta noche el espectáculo eres tú, con mi polla adentro.
Intentó retroceder, pero la sostuve.
—Mateo, no sé a qué juegas, pero...
—No es un juego —la corté, y la besé con posesión, robándole el aliento, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca. Sus labios estaban tensos, resistiéndose, pero la insistencia los fue ablandando. Sentí cómo su lengua salía a buscar la mía, tímida primero, hambrienta después. Mi mano bajó por su cuello, le cubrió una teta por encima del vestido y le pellizqué el pezón hasta sentirlo endurecerse como una piedra bajo la tela. Ella gimió dentro de mi boca. Bajé más, subí por debajo del vestido hasta la piel caliente de su entrepierna. Un tanga de encaje empapado. Aparté la tela con dos dedos y le encontré el coño desnudo, hinchado, chorreando. Le hundí los dedos hasta los nudillos y ella se arqueó soltando un jadeo largo.
—Ya estás mojada —dije contra su boca, moviéndole los dedos adentro, sintiendo cómo se le apretaba el coño alrededor—. Empapada. ¿Es la emoción, o la necesidad de que alguien te trate como de verdad quieres, como una hembra en celo?
La confusión de sus ojos se había vuelto puro fuego, ya no contra mí, sino contra su propia vida. Le saqué los dedos brillantes y se los pasé por los labios, pintándoselos con sus propios jugos, y después se los metí en la boca.
—Chúpate —le ordené. Y me obedeció, cerrando los labios alrededor de mis dedos, la lengua recorriéndolos, los ojos clavados en los míos.
—Demuéstramelo —dijo cuando le saqué los dedos, y en esa voz ya no quedaba nada de la abogada compuesta.
Me puse de pie y empecé a desvestirme. Gonzalo no se movía, la mirada clavada en mí. Cuando me bajé el pantalón y el bóxer de un tirón, oí la inhalación ahogada de Bianca. Mi polla saltó hacia adelante, dura, gruesa, la punta ya brillante. Su boca se abrió sola, los ojos como platos.
—Mierda... —susurró, más para ella que para mí. Alargó la mano, temblorosa, la envolvió con los dedos y no llegó a cerrarlos del todo. La sopesó. La midió con los ojos, midiéndose a sí misma. Se relamió.
—A la boca —le dije.
Se deslizó del sofá al suelo, se arrodilló ante mí y se metió mi polla en la boca sin más preludios. La chupó con hambre atrasada de años, cerrando los labios apretados, ayudándose con la mano en la base, la lengua girando alrededor del glande, produciendo un ruido húmedo de saliva y succión que llenó la sala. Me la sacaba, me la lamía de arriba abajo como un cucurucho, y volvía a metérsela hasta que el glande le tocaba el fondo de la garganta y le arrancaba una arcada. Los ojos se le llenaron de lágrimas y a ella pareció encantarle. Miré a Gonzalo: tenía la mano dura sobre el bulto del pantalón, respirando por la boca abierta.
—¿Ves cómo mama tu mujer, Gonzalo? —dije, agarrándole el pelo a Bianca con una mano y guiándole la cabeza al ritmo que quería—. ¿Alguna vez te la chupó así? Como si tuviera hambre de meses.
Él negó con la cabeza, sin poder hablar.
La levanté, le arranqué el vestido rojo por arriba de un tirón. Debajo no llevaba sujetador. Las tetas cayeron pesadas, grandes, coronadas por dos pezones oscuros ya erectos. Se las agarré, se las apreté, me hundí en ellas con la boca, mordiéndole los pezones hasta arrancarle un aullido. La hice ponerse de cuatro patas en el sofá, el culo hacia su marido. Le arranqué el tanga empapado y lo tiré al suelo, junto a los pies de Gonzalo. El coño le quedó expuesto, rosado, hinchado, brillante, un hilo de flujo colgándole hasta la cara interna del muslo.
—Mírala bien, Gonzalo —dije, abriéndole los cachetes del culo con los pulgares para exhibir todo—. Mírale el coño abierto. Mira cómo lo tiene de mojado antes de que yo se la meta. Así de caliente estaba tu mujer y vos no te dabas cuenta.
Me alineé, apoyé el glande en la entrada y me hundí en ella de un solo golpe hasta el fondo. El grito que escapó de su garganta no fue de dolor: fue de puro shock placentero, el de una mujer que descubre una dimensión nueva del sexo. Se le tensó todo el cuerpo, el coño se le cerró como un puño alrededor de mi polla, y después se aflojó, entregada.
—Ay, dios... ay, dios, qué grande, qué grande... —balbuceaba, la cara pegada al cojín—. Me llena entera... me llena hasta el fondo...
—Mírala, Gonzalo —dije, empezando a embestir con golpes secos y profundos que hacían temblar el sofá y le hacían rebotar las tetas contra el cuero—. Voy a darle lo que tú nunca pudiste. Voy a follármela hasta que se olvide de tu nombre.
Él se había quedado blanco, la palma presionando su erección sobre el pantalón, el rostro una máscara de éxtasis torturado. Y entonces vi la transformación. Bianca dejó de ser la esposa reacia para volverse una bestia en celo, empujando el culo hacia atrás, buscando mis embestidas, clavándose ella misma en mi polla con desesperación.
—¡Más fuerte, más fuerte, dámela toda! —chillaba, la voz ronca, la cara girada hacia el marido—. ¿Lo ves, marido? ¡Esto es lo que me faltaba! ¡Esto es una polla de verdad! ¡Esto es lo que tú nunca me diste! ¡Diez años de nada, diez años de dos embestiditas de mierda!
Le agarré el pelo, se lo tiré hacia atrás arqueándole la espalda, y le clavé el pulgar en el ojete mientras seguía fundiéndole el coño. Ella soltó un grito animal.
—¡Sí, ahí también, todo, tomame todo!
De pronto se detuvo, jadeando, giró la cabeza, y una idea diabólica le nació en la mirada.
—Para. Sacala. Gonzalo, ven aquí. Arrodíllate.
Él obedeció, torpe, hasta quedar frente a mi sexo, brillante con los jugos de su esposa, chorreante.
—Límpiala. Con tu boca —ordenó ella—. Chupala. Sacate de la boca el sabor a coño de tu mujer follada por otro.
—Bianca, no...
—¡Cállate y hazlo! —gritó, y le cruzó la cara de una bofetada que resonó en la sala—. ¡La boca, abrí la boca!
El golpe pareció despertarlo. La violencia era exactamente lo que necesitaba. Su sumisión se hizo total, y abrió la boca. Le empujé la polla dentro, sintiendo cómo el marido de Bianca la chupaba con el sabor de su mujer todavía pegado a la piel, tragándose los jugos que ella había dejado. Le agarré la cabeza y se la fui metiendo hasta el fondo, sin miramientos. Él se ahogaba, tragaba, volvía a abrir la boca, obediente.
—¡Hazte mi perro, Gonzalo, igual que yo me hice de él! —seguía ella, cada palabra un latigazo que la excitaba más, mientras se tocaba el coño abierto mirando la escena, dos dedos entrándole y saliéndole—. ¡Chupá bien, dejámela limpia para que me la vuelva a meter!
Cuando decidí que era suficiente, le saqué la polla de la boca al marido y volví a montarla. Esta vez la puse de espaldas, con las piernas abiertas al máximo, los tobillos sobre mis hombros, doblada en dos para que Gonzalo viera bien cómo se la metía y sacaba, cómo su coño se estiraba alrededor de mi verga cada vez que se la hundía hasta el fondo. Bianca se agarraba las tetas, se pellizcaba los pezones, se relamía.
—Mirame, marido, mirame la cara mientras me la meten como corresponde... mirame cómo me pongo... esto es una mujer feliz, Gonzalo, esto es lo que hace una polla de verdad...
La sentí venirse. Se le tensó todo el cuerpo, el coño empezó a apretar en oleadas rítmicas y ella soltó un grito largo, prolongado, mientras el marido seguía a sus órdenes, arrodillado a un lado. Estalló en un orgasmo que pareció no tener fin, sacudiéndose bajo mi polla, mordiéndose el labio hasta hacerse sangre.
***
El aire quedó espeso, mezcla de sudor y poder. Pero Bianca no estaba cansada: estaba renacida. Se incorporó, los ojos con una ferocidad nueva, y miró a su marido. Sobre el pantalón de Gonzalo se extendía una mancha oscura. Se había corrido solo con la humillación, sin siquiera tocarse.
Ella soltó una risita cruel.
—Mírate. Te corriste como un colegial. En los pantalones, sin sacártela. Patético.
Se giró hacia mí, y la crueldad dio paso a un apetito puro. Mi polla seguía dura, brillante de sus jugos, sin correrme todavía. Se le iluminaron los ojos.
—No te viniste. Todavía no te viniste.
—No —dije—. Esa corrida es tuya. Vos decidís dónde.
Se subió a mi regazo con las rodillas a los costados de mis caderas, se agarró mi polla con la mano y me guio adentro de nuevo, despacio, sintiendo cada centímetro, bajando hasta empalarse del todo. Cerró los ojos, echó la cabeza atrás.
—Aaah... entera... la tengo entera adentro...
Y empezó a mecerse, lento, profundo, girando las caderas, las tetas rebotándome contra el pecho, los brazos alrededor de mi cuello. Se inclinó y me habló al oído, para que el marido oyera cada palabra.
—¿Lo ves, Gonzalo? Él se queda dentro, me llena entera, me toca por dentro donde vos ni sabías que existía. Vos cumplías expediente, dos embestidas y a dormir. Tenías miedo de despertar a la mujer que llevo dentro. Pues ya despertó. Y no va a volver a dormirse nunca.
La agarré de la cintura y empecé a subirla y bajarla con más fuerza, coordinando mis embestidas desde abajo con su ritmo, hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la sala, un golpeteo húmedo, obsceno, acompasado con sus jadeos.
—Voy a correrme adentro —le avisé, sintiéndolo subir.
—Sí, adentro, todo adentro, lléname, lléname bien, quiero llevarla toda adentro toda la noche.
Le clavé los dedos en las nalgas, la empujé hasta el fondo y me corrí con un rugido, chorros largos y espesos derramándose dentro de ella. Bianca gemía sobre mi hombro, sintiéndolo, y volvió a correrse ella misma con las contracciones. Se quedó quieta sobre mí, temblando, con mi polla todavía dentro, dejando que todo se asentara.
Cuando por fin se levantó, un hilo blanco y espeso empezó a caerle por la cara interna del muslo. Miró a Gonzalo, se abrió el coño con dos dedos, y una gota gruesa de semen mío cayó al suelo entre sus pies.
—Vení, marido —dijo, con una calma cruel—. Vení a limpiarme. Con la lengua. De abajo hacia arriba. Todo lo que se me escapa es tuyo.
Gonzalo gateó hasta ella, se puso debajo, y Bianca se le acuclilló encima. Le vi la lengua subir por el muslo, recogiendo mi corrida, y meterse después en el coño de su mujer a limpiar lo que quedaba dentro. Ella cerraba los ojos, se mordía el labio, con una sonrisa que era todo poder.
Cuando terminó, cuando Gonzalo se apartó con la boca brillante y el mentón goteando, Bianca cayó al sillón junto a mí, satisfecha, las piernas todavía abiertas, el coño hinchado y enrojecido. Se rió, amarga y libre.
—¿Sabes por qué nunca te dije nada, Mateo? —preguntó—. Siempre supe que eras peligroso para mí. No era que no me gustaras. Era que sabía que, si te daba un centímetro, caería. No como una aventura, sino como un derrumbe. Y tenía razón.
Estiró una mano, me tomó la polla laxa, todavía brillante, y la acarició con una posesividad nueva.
—Todos estos años me protegí detrás de mi matrimonio y de los jueguitos de Gonzalo. Era un muro para no enfrentar lo que sabía que pasaría si me rendía. Y esta noche el muro cayó.
Se volvió hacia su marido, que escuchaba con la boca abierta, arrodillado a los pies del sillón como un perro nuevo aprendiendo su lugar.
—¿Lo entiendes ahora? No competías contra otro hombre. Competías contra un tsunami con un balde de agua. Contra una polla que me destroza el coño con vos mirando. No tenías ninguna posibilidad.
Gonzalo bajó la cabeza. No de vergüenza: era una rendición total, la aceptación de su lugar en el nuevo orden. Bianca se acercó a mí, no como amante, sino como aliada, y se sentó en el brazo del sillón, con una teta rozándome la mejilla.
—Esto no fue un espectáculo para ti, ¿verdad? —susurró—. Fue una audición. Y la aprobaste. Todos la aprobamos.
Miró a Gonzalo, después a mí.
—Creo que es hora de llamar a Renata y a Rubén. La función va a empezar. Y esta vez el prólogo se acabó. De ahora en más, somos todos cómplices. Y esa polla —añadió, apretándomela con la mano— va a tener trabajo para rato.





