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Relatos Ardientes

Dos terapeutas, un hotel y un deseo prohibido

El salón del hotel Almenara destilaba un lujo discreto. Bajo los techos altos, el aire olía a madera de sándalo y a té Earl Grey, y un viejo tema de jazz se deslizaba sin estridencias entre las mesas de mármol.

Renata se ajustó las gafas de lectura. El brillo de la tablet iluminaba unas facciones maduras, con esa determinación en la mirada que solo dan los años de consulta. Su melena oscura, cortada con precisión casi geométrica sobre los hombros, enmarcaba un rostro que había escuchado mil tragedias sin perder la calma. Llevaba un traje de chaqueta impecable; la falda estrecha dibujaba su silueta con una sobriedad que, paradójicamente, resultaba provocadora, y sus piernas, envueltas en seda negra, se cruzaban con una naturalidad estudiada.

A pocos metros, Adrián observaba el juego de luces sobre la pantalla de su teléfono. Su traje, de una sastrería que se reconocía en la caída del hombro, encajaba con su porte atlético de los cuarenta y tantos. No era solo apuesto: desprendía ese magnetismo del profesional que domina el silencio.

Tras varios minutos de escaneo mutuo, de esos que solo dos expertos en la psique saben ejecutar sin parecer invasivos, él se levantó.

—La luz de este rincón es la mejor para trabajar, pero la peor para la fatiga visual —dijo, con voz de barítono, deteniéndose a una distancia prudente—. Si no le importa compartir la mesa, el resto del salón empieza a sentirse demasiado concurrido.

Renata levantó la vista y analizó la microexpresión de seguridad en su rostro. Era un colega; lo supo antes de que terminara de hablar.

—Adelante. La ergonomía del mobiliario suele ser la última prioridad en estos templos del lujo —respondió con una sonrisa leve—. Supongo que usted también viene a diseccionar las «Nuevas tendencias en el tratamiento del trauma» mañana por la mañana.

—Adrián —se presentó él, tomando asiento—. Y sí, aunque a veces sospecho que venimos a estos congresos buscando más un alivio a nuestra propia contratransferencia que soluciones reales para los pacientes.

—Renata. —Apoyó los codos sobre la mesa—. Una observación aguda. El reciclaje profesional suele ser una coartada perfecta para el aislamiento necesario.

Él dejó el teléfono sobre el tapete, una capitulación temporal ante la presencia de ella. Renata se retiró las gafas, revelando unos ojos oscuros con una chispa de ironía. Adrián pidió un whisky de malta y le sostuvo la mirada un segundo más de lo protocolario.

—Dice usted que el mobiliario no es ergonómico —comentó él, acomodándose en el sillón de terciopelo—, pero sospecho que su postura, tan impecablemente recta, no responde al diseño del hotel, sino a una disciplina interna para no desmoronarse tras ocho horas de contención emocional.

Renata esbozó una sonrisa mínima. Le gustaba el envite: no era una observación genérica, sino un dardo dirigido a la estructura de su carácter.

—Interesante hipótesis. Pero usted habla de «desmoronarse». Es un término muy físico para alguien que trabaja con lo intangible. ¿Es ese su temor cada vez que cierra la puerta de su consulta? ¿Que la estructura no sostenga el peso de lo que escucha?

—El peso es llevadero si uno sabe distribuirlo —se inclinó un poco, sin abandonar el tono profesional—. El problema surge cuando el silencio de la consulta se traslada al salón de casa. Mi mujer cree que el silencio es descanso. Yo, en cambio, empiezo a verlo como un síntoma. Un espacio en blanco que ya no sabemos cómo llenar sin recurrir a la logística doméstica: los horarios de los niños, la cena del viernes con los mismos amigos de hace una década.

Renata asintió. Esa confesión, envuelta en un análisis técnico, resonó en ella. La previsibilidad de su propio hogar, ese orden que antes le daba seguridad, se le antojaba ahora un corsé de seda.

—El caos es necesario para la vida, Adrián. En mi casa el orden es tan perfecto que a veces me siento un elemento decorativo más. Mi marido es un hombre de principios sólidos, pero los principios sólidos rara vez dejan espacio para la improvisación. Y la improvisación es donde reside el deseo.

—Exacto. El deseo requiere un objeto que no sea del todo conocido —sus ojos recorrieron el rostro de ella, deteniéndose un instante en la línea del cuello, donde el escote de la chaqueta dejaba intuir una piel cuidada—. Dígame, Renata, ¿qué ve cuando me mira, más allá de un colega con un buen sastre?

Ella dejó la taza sobre el plato. El tintineo de la porcelana sonó como un disparo suave. El juego de espejos había comenzado.

—Veo a un hombre que domina el arte de la presencia, pero que tiene un hambre voraz de ser visto: no como el doctor, ni como el padre, sino como el hombre que todavía es capaz de provocar un incendio —dijo, bajando la voz hasta un susurro aterciopelado—. Usa la palabra para seducir porque sabe que la mente es el órgano más sensible. Y veo una vulnerabilidad muy bien gestionada que me resulta intrigante.

Adrián sintió un leve pulso en la sien. La lucidez de Renata era un desafío: no solo lo leía, le devolvía una imagen de sí mismo que él intentaba esconder.

—Es usted peligrosa —admitió con media sonrisa—. Me pregunto si aplica esa misma agudeza en la intimidad. Si busca en el otro la misma precisión que en un diagnóstico.

—La precisión es necesaria para encontrar el punto de ruptura —respondió ella, cruzando las piernas. El roce de las medias produjo un sonido sibilante, casi eléctrico—. Y una vez que algo se rompe, las piezas ya no encajan igual. Hay una belleza violenta en ese proceso.

***

El jazz seguía sonando y el olor a sándalo persistía, pero el aire se sentía más denso, cargado de una intención que ya no era académica. Adrián apoyó los antebrazos sobre el mármol, reduciendo la distancia lo justo para que el aroma de su perfume —cítricos amargos y cuero— llegara a ella como un mensaje cifrado.

—Renata —pronunció su nombre paladeando las vocales—. Me resulta artificial mantener esta distancia gramatical mientras desnudamos nuestras carencias con tanta lucidez. ¿Me permites que te tutee?

Ella asintió despacio. El cambio de pronombre actuó como un interruptor. La barrera del respeto institucional se agrietó, dejando paso a una intimidad mucho más peligrosa.

—De acuerdo. Crucemos esa línea. Aunque dudo que lo que ocurre aquí sea estrictamente terapéutico.

—Nada más lejos —su voz adquirió un matiz ronco—. Te veo ahí, con esa falda que no permite un movimiento en falso, y me pregunto qué pasa cuando Renata decide que ya no quiere ser el eje sobre el que gira el bienestar de los demás.

Renata sintió un escalofrío recorrerle la espalda, perdiéndose donde el elástico de las medias le presionaba los muslos. Adrián tocaba teclas que ella mantenía bajo llave.

—Lo que pasa es que el vacío asusta. Mi marido es el arquitecto del orden, pero también el guardián de mi tranquilidad, y la tranquilidad no genera dopamina. Buscamos el reflejo de nuestro deseo en ojos extraños porque esos ojos no tienen expectativas sobre nosotros.

—Tus ojos no son extraños para mí —replicó él, y por primera vez su mano se desplazó unos centímetros sobre el mármol, sin llegar a tocar la de ella—. Veo en ellos la misma urgencia que siento yo. Cruzas las piernas para ocultar la agitación, pero la dilatación de tus pupilas te delata.

—Hablas de mis pupilas, pero tu respiración se volvió más superficial desde que empezamos a tutearnos —devolvió ella el golpe—. Tu magnetismo no es solo una herramienta de consulta: es un arma. Y me pregunto si tu mujer sabe que, tras esa fachada de padre ejemplar, late un hombre que necesita el riesgo para sentirse vivo. ¿Qué buscas cuando te acercas a una mujer como yo? ¿Confirmar que aún tienes el control, o perderlo del todo de una vez?

Adrián sonrió, y esta vez la chispa en sus ojos fue puramente instintiva. El decoro se mantenía en la postura y en el traje caro, pero el subtexto era ya un incendio.

—Busco la excepción a la regla, Renata. Y tú eres una anomalía. Me temo que el ascenso a la superficie nos va a resultar doloroso.

Ella se inclinó un poco más. Sus rodillas, bajo la mesa, quedaron a milímetros de las de él.

—El dolor es solo otra forma de sensación. Y después de tanta anestesia doméstica, cualquier sensación es bienvenida.

El piano se detuvo. El silencio que siguió fue repentino, casi violento. En el rincón del bar, el camarero recogía las botellas, y las luces bajaron un tono: la jornada había terminado para el resto del mundo.

—Parece que el servicio termina aquí —dijo ella, y su voz sonó con una claridad nueva, despojada de la ironía profesional—. El análisis ha sido impecable, Adrián. Pero me temo que las conclusiones solo pueden extraerse en un entorno con más privacidad.

Él se levantó primero y le ofreció la mano, no como cortesía, sino como una invitación al abismo.

—Tu habitación, entonces. Sospecho que allí la teoría dejará de sernos útil.

***

Las puertas del ascensor se cerraron con un siseo metálico que sonó a veredicto. En cuanto el habitáculo quedó sellado, el aire estalló. No hubo preámbulos. Adrián la atrapó contra el espejo frío y se besaron con una desesperación famélica, como si intentaran extraer del otro todo el oxígeno que les había faltado en sus vidas perfectas.

Las manos de él se hundieron en el cabello de Renata, deshaciendo el peinado geométrico, mientras ella tiraba de su corbata. Adrián deslizó una mano por debajo de la falda estrecha, subiendo por el muslo enfundado en seda hasta encontrar el borde del liguero. Un gruñido escapó de su garganta al descubrir que, bajo la falda de ejecutiva, Renata llevaba un tanga negro empapado.

—Ya estás mojada —susurró él contra su cuello, apartando la tela del tanga y hundiendo dos dedos en el coño de ella sin previo aviso—. Estabas así abajo, mientras me hablabas de rupturas.

—Cállate y sigue —jadeó Renata, aferrándose a sus hombros mientras los dedos de Adrián la penetraban con un ritmo brutal, chapoteando en su humedad.

La mano de ella bajó a su vez, palpando el bulto duro que empujaba el pantalón de sastre. Renata desabrochó el cinturón, bajó la cremallera y sacó la polla de Adrián: gruesa, palpitante, con una gota espesa brillando en el glande. La apretó con la mano, midiéndola, y él ahogó un gemido contra su boca.

El ascensor subía, pero ellos ya habían caído.

Cuando la puerta de la habitación se abrió, no entraron: se precipitaron. La penumbra, apenas rasgada por el resplandor de los edificios al otro lado del ventanal, actuó como un catalizador. La ropa fue cayendo en un rastro de urgencia sobre la alfombra; cada prenda era una capa de responsabilidad que se desvanecía. Adrián le arrancó la blusa con destreza febril, haciendo saltar dos botones que rebotaron en el parquet, revelando la curva de sus pechos bajo el encaje negro. Le bajó las copas del sujetador con los dientes y atrapó un pezón oscuro y duro entre los labios, chupándolo hasta hacerla gemir.

—Dios, qué tetas —masculló él, mordisqueando la carne firme mientras la otra mano estrujaba el pecho gemelo—. Todo el rato hablándome de superego mientras yo pensaba en esto.

Renata le arrancó la camisa a tirones y recorrió con las uñas el torso firme, bajando hasta agarrarle la polla de nuevo, esta vez a piel desnuda. La masturbó despacio, apretando el prepucio, mientras él le desabrochaba la falda y la dejaba caer al suelo. Renata quedó de pie, en tanga, liguero y medias negras, los tacones aún puestos, los pechos fuera del sujetador que colgaba abierto. Adrián la contempló un segundo largo, la polla erguida contra el vientre, y ella se sintió más poderosa que en toda la maldita conferencia.

—Al suelo —ordenó ella, empujándolo por los hombros—. Quiero verte de rodillas antes.

Adrián obedeció. Se arrodilló ante ella, le arrancó el tanga de un tirón que le arañó las caderas, y le hundió la cara entre los muslos sin ceremonia. Su lengua se estrelló contra el coño de Renata como si llevara toda la noche esperando ese instante. La lamió de arriba abajo, separando los labios con los pulgares, penetrándola con la lengua, subiendo hasta encerrar el clítoris entre los labios y succionar con una avidez que la hizo tambalearse.

—Joder, joder —gimió Renata, agarrándose a su cabello, obligándolo a apretarse más contra su sexo—. Así, cómeme el coño así, no pares.

La lengua que sabía articular teorías complejas trazaba ahora mapas de placer sobre su clítoris, un ataque rítmico que buscaba la rendición de la mujer que presumía de tener el control. Adrián introdujo dos dedos y los curvó hacia arriba, tocando ese punto que la hacía chorrear, mientras seguía lamiendo el capullo hinchado. Renata sintió cómo el placer se acumulaba en su bajo vientre como una tormenta a punto de estallar. Las paredes de su mente se derrumbaron cuando él succionó con fuerza y clavó los dedos con precisión: un primer orgasmo la sacudió, un espasmo violento que la dejó temblando, con los muslos apretándole la cabeza a Adrián, la corrida escurriéndole por dentro y empapándole la barbilla a él.

—Buena chica —murmuró Adrián, saboreándose los dedos, la boca brillante—. Pero esto no ha hecho más que empezar.

La guio hacia la cama, donde las sábanas de hilo blanco aguardaban como un lienzo para su transgresión. Renata se dejó caer sentada al borde del colchón, aún jadeando, y él se plantó de pie frente a ella. Sin darle tiempo a recuperarse, le agarró el pelo por la nuca y le acercó la polla a la boca.

—Ahora tú. Chúpamela. Enséñame qué sabe hacer esa lengua tan educada.

Renata sonrió con la boca abierta, sacó la lengua y le lamió el glande de abajo arriba, recogiendo el líquido preseminal. Después se lo tragó entero, hasta la base, sintiendo cómo la polla le empujaba contra el fondo de la garganta. Adrián soltó un rugido y le sujetó la cabeza con las dos manos, marcándole un ritmo. Ella se dejó follar la boca, ahogándose un poco, salivando por las comisuras, mientras con una mano le masajeaba los cojones pesados y con la otra se acariciaba el clítoris hinchado.

—Qué guarra eres —jadeó él, mirándola desde arriba, viendo cómo su verga entraba y salía de esa boca de psicóloga—. Toda esa fachada de doctora impecable, y estás aquí tragándome la polla como una zorra.

Renata la sacó con un ruido húmedo, un hilo de saliva uniéndole todavía los labios al glande.

—Y a ti te encanta —contestó ella, jadeando, antes de volver a metérsela hasta la garganta.

Lo mamó despacio, ahora, jugando con el ritmo, chupando solo la punta y dando lengüetazos por el frenillo, apretando la base con el puño. Disfrutaba del poder que tenía sobre el hombre que, una hora antes, la analizaba con frialdad. Cuando notó que él se tensaba demasiado, lo soltó y se echó hacia atrás sobre la cama, abriendo las piernas de par en par.

—Fóllame —le dijo, con las medias todavía puestas, los talones altos apuntando al techo—. Fóllame ya, Adrián, o me corro sola.

Él subió a la cama, se colocó entre sus muslos y frotó el glande empapado por toda la vulva, deteniéndose sobre el clítoris hinchado hasta hacerla gruñir de frustración. Después la penetró de una sola estocada, profunda, hasta el fondo, arrancándole un gemido largo que se le quebró en la garganta. No había delicadeza profesional allí; solo la verdad biológica de dos seres que se reclamaban. Cada embestida era un golpe seco, con los cojones chocando contra el culo de ella, el sonido húmedo de la carne contra la carne llenando la habitación.

—Así, más fuerte —jadeó Renata, clavándole los tacones en la parte baja de la espalda—. Métemela más fuerte, cabrón.

Adrián le agarró las muñecas y se las inmovilizó por encima de la cabeza, dejándola pinada al colchón, y aceleró el ritmo. La embestía con brutalidad, mirándola a los ojos, viendo cómo cada golpe la sacudía entera y los pechos le rebotaban sin control. Renata sentía la polla llenándola por completo, tocándole el cuello del útero en cada estocada, y creyó que se iba a partir en dos.

—Date la vuelta —gruñó él, saliendo de golpe.

La giró con un movimiento fluido, colocándola sobre las rodillas y las manos en el centro del colchón. Adrián se situó tras ella, la agarró por las caderas y volvió a enterrársela hasta la empuñadura. Renata gritó en la almohada. Desde ese ángulo la penetraba más profundo aún, y cada embestida le hacía chocar el clítoris contra las sábanas.

—Enséñame el culo —masculló él, empujándole la espalda hacia abajo hasta arquearla completamente—. Enséñamelo todo.

La sujetó por las caderas, clavando los dedos en su piel hasta dejar marcas, mientras el sonido de los cuerpos chocando se convertía en la única música de la habitación. Con el pulgar le rozó el ano, apenas una presión, y Renata gimió más fuerte. Adrián se humedeció el dedo con la saliva y con su propia humedad, y le presionó el culo mientras seguía follándole el coño. Renata sintió las dos invasiones a la vez y se derritió: el segundo orgasmo la asaltó como un relámpago que la hizo arquearse mientras las uñas se le clavaban en las sábanas y sentía cómo se corría a chorros alrededor de su polla.

—Mírame —gruñó él, y la volteó otra vez con una fuerza controlada, tumbándola de espaldas.

Elevó las piernas de Renata, apoyando los talones sobre sus hombros, una postura que la exponía por completo y permitía una profundidad casi insoportable. La penetró de nuevo, doblándola casi por la mitad. Ahora era la curiosidad encarnada: los ojos en blanco, la boca entreabierta emitiendo una letanía de gemidos y palabrotas que eran la antítesis de su discurso culto.

Adrián comenzó a moverse con una lentitud tortuosa, entrando y saliendo casi por completo, dejando que el roce alcanzara las paredes más sensibles. Le escupió sobre los pechos y le esparció la saliva por los pezones con la palma, pellizcándoselos hasta hacerla arquearse. Renata sentía que enloquecía; esa fricción calculada era más devastadora que la rapidez. Se llevó una mano al clítoris y empezó a frotarse en círculos mientras él la embestía despacio.

—Eso es —jadeó él, mirándola tocarse—. Córrete tú misma. Córrete otra vez para mí.

Un tercer orgasmo la asaltó, y Renata sintió que la habitación entera se le venía encima. Se corrió gritando su nombre, con los muslos temblándole sobre los hombros de él, la corrida escurriéndole entre las nalgas.

—No te detengas, por favor —suplicó, perdiendo el tuteo en favor de un instinto mucho más básico.

Él no lo hizo. Al contrario: transformó la lentitud en un galope frenético. Renata encadenó otro clímax casi inmediato, uno de esos que la dejaron al borde del desmayo, y Adrián sintió esas contracciones abrazando su miembro y supo que su propio control empezaba a sucumbir.

—Ven aquí —le dijo, saliendo de ella y tumbándose de espaldas, con la polla apuntando al techo, brillante de humedad—. Móntame. Quiero verte cabalgar.

La sentó sobre él, cediéndole las riendas. A horcajadas, con el cabello desordenado y la mirada encendida, Renata se empaló despacio, sintiendo cómo la verga la llenaba centímetro a centímetro hasta que las nalgas le tocaron los muslos de él. Empezó a subir y bajar, dictando una profundidad que la hacía vibrar entera. Sus pechos oscilaban al ritmo, y él los devoraba con los ojos mientras sus manos ascendían por los muslos, deleitándose en la piel que antes solo intuía bajo las medias.

—Así, guarra, cabálgame así —jadeaba Adrián, agarrándole las caderas y ayudándola a bajar más fuerte—. Mira cómo te la tragas entera.

Renata se echó hacia atrás, apoyando las manos en los muslos de él, ofreciéndole la vista del coño abierto tragándose su polla. Se llevó los dedos a la boca, se los ensalivó y volvió a frotarse el clítoris mientras seguía el vaivén. Adrián le pellizcó los pezones, se los estiró, y ella soltó un gemido gutural.

—Voy a correrme otra vez —gimió Renata, echándose hacia adelante y apoyándose sobre el pecho de él—. Voy a correrme, Adrián, no pares, no pares…

Adrián le clavó las manos en el culo, separándole las nalgas, y la embistió desde abajo con fuerza renovada, follándosela a un ritmo brutal mientras ella se derretía sobre él. Un cuarto orgasmo la sacudió entera y se dejó caer sobre su pecho, jadeando, empapada de sudor.

—Voy… voy a… —balbuceó Adrián, cuya voz ya no era la del barítono educado, sino la de un hombre en el límite—. Joder, me vas a hacer correrme.

—Hazlo —respondió ella, incorporándose y buscando su boca en un beso hambriento de sal y deseo—. Córrete dentro. Quiero sentirlo. Quiero sentir cómo me llenas.

Él dio unas embestidas finales, brutales, agarrándola por las caderas y clavándola sobre su polla con violencia, y con un grito sordo que enterró en el hombro de Renata, estalló. Ella sintió los chorros calientes disparándose dentro de su coño, uno tras otro, llenándola por completo, y esa sensación la arrastró a un último orgasmo, una eclosión que los dejó a ambos suspendidos en un vacío absoluto, donde el tiempo, la familia y la profesión habían dejado de existir.

Se quedaron unidos unos segundos, jadeando, la polla de él aún dura dentro de ella, palpitando. Cuando Renata se levantó por fin, el semen le chorreó por los muslos, empapándole las medias negras. Adrián la miró desde abajo, satisfecho, y le pasó un dedo por la cara interna del muslo, recogiendo un poco de su propia corrida, para llevárselo después a los labios de ella. Renata lo lamió sin apartarle la mirada.

Se desplomaron sobre el hilo blanco, entrelazados, escuchando el latido desbocado de sus corazones. El silencio que siguió fue pesado, sagrado: el de dos náufragos que han encontrado tierra firme en el cuerpo del otro.

***

El congreso terminó como terminan estas cosas: con un apretón de manos formal frente al mostrador de mármol, una mirada cargada de secretos que no necesitaban verbalizarse y el regreso a la vida de diseño.

Dos semanas después, la consulta de Renata respiraba un orden absoluto. El aroma a sándalo había vuelto a ser solo un recuerdo, y el silencio apenas se rompía por el tictac de un reloj de pared. Frente a ella, en el sillón de piel color tabaco, estaba Marina, una mujer de cuarenta años, abogada, cuya vida parecía un calco de la estructura que Renata defendía cada día.

—Me siento desdoblada, Renata —dijo Marina, con la voz quebrada por la culpa—. Fui a un seminario en la costa hace tres días. Conocí a un hombre. No fue algo planeado, ni romántico. Fue una necesidad de dejar de ser «la esposa de» y «la madre de». Y ahora, cuando miro a mi marido, no siento arrepentimiento. Siento que ese engaño es lo único que me ha permitido volver a casa y no gritar.

Renata sostuvo su pluma estilográfica. Los mismos dedos que Adrián había apretado contra el colchón reposaban ahora relajados sobre un cuaderno. Observó a su paciente: la dilatación de las pupilas, la microexpresión de alivio que subyacía al miedo.

—La culpa —empezó con esa voz técnica y calmada que era su marca— suele ser la respuesta del superyó ante la ruptura de un contrato social. Pero lo que describes parece más una estrategia de supervivencia psíquica: a veces, para salvar el sistema, hay que introducir un elemento extraño que alivie la presión.

—¿Me está diciendo que lo que hice estuvo bien? —preguntó Marina, buscando un ancla moral.

Renata se permitió una pausa. En ese silencio, el recuerdo de Adrián —su olor, la forma en que su dialéctica se transformó en embestidas, el semen escurriéndole por los muslos horas después en el avión de vuelta— cruzó su mente como un relámpago. No se arrepentía: aquella noche le había dado la paciencia necesaria para seguir siendo la mujer previsible que su marido amaba.

—Te estoy diciendo que la psique humana no es una línea recta, sino un laberinto. A veces, para no perderse del todo en la rutina, uno necesita una salida de emergencia. Lo importante no es el acto en sí, sino lo que dice de tus necesidades no cubiertas.

—¿Y qué hago ahora? ¿Confesar?

—La confesión solo sirve para aliviar tu conciencia a costa de destruir la paz del otro. Mi consejo es que guardes ese deseo como un jardín privado. A veces, un desliz es el pegamento que mantiene unido un matrimonio que, de otro modo, se desmoronaría por su propia rigidez.

Marina exhaló un suspiro de alivio, comprendida por la mujer que consideraba el epítome de la integridad.

Cuando la paciente salió, Renata se quedó sola. Abrió su tablet y vio un correo sin remitente, solo un asunto: «Sobre la entropía y el relieve». Dentro, una sola línea: «El próximo simposio es en otoño, junto al mar. Sospecho que la teoría todavía tiene muchas lagunas».

Renata cerró la pantalla y caminó hacia la ventana. Miró el cielo y sintió, bajo la seda de su ropa, el eco de un roce que ya no era un diagnóstico, sino una certeza.

El otoño será interesante.

Luego tomó el teléfono y llamó a su marido.

—Hola, cariño. Sí, termino en diez minutos. Pasa a buscarme; me apetece que cenemos en casa.

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Comentarios(8)

DiegoAR

buenisimo, tremendo relato

LectoraNocturna9

La tension antes de que pase todo es lo mejor. Uno ya sabe adonde va pero igual te engancha desde la primera linea. Muy bueno

CuriosoArgento

Me recordo a un congreso al que fui hace un par de anos... estas cosas pasan mas de lo que la gente cree jaja

MarcelaLectora

Lo que me gusto es que no es burdo, tiene elegancia sin dejar de tener morbo. Se nota que fue bien pensado. Espero la segunda parte!

Ramiro_ok

que morbo, me encantó!!

ElenaPlata

Ese momento en que los dos saben y ninguno dice nada... eso es muy dificil de escribir bien y aca esta perfecto. Muy recomendable

PabloRdz

Muy buen relato. Por favor continualo, quede con ganas de saber que pasa despues

AndresPampas_55

Morbosísimo y bien escrito, lo que no es tan comun en esta categoria. Sigue asi

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