Después de mi amante, quise probar también a mi jefe
Terminé de vestirme sentada en la orilla de la cama. Esa misma cama que, unos minutos antes, había sido testigo del encuentro más descarado de toda mi vida. Mientras me abrochaba la blusa fue cuando caí en la cuenta de lo que acababa de hacer, y la certeza me golpeó en el estómago.
Adrián se levantó sin prisa. En lugar de buscar su ropa, se metió directo a la ducha, y entonces lo comprendí: era casado y no podía volver a su casa oliendo a otra mujer. Seguro olía a mí, porque lo había marcado entero. Me quedé quieta, escuchando el agua, dándole vueltas a la misma pregunta. ¿Qué hice? ¿Por qué lo hice?
Me sentía rara. No sabría explicarlo de otra forma. Una parte de mí cargaba con la culpa de haberme entregado a un hombre que no era mi marido. Pero la otra parte, esa que parecía recién despierta, la que me hacía sentir mujer de verdad, no se arrepentía de nada. Por primera vez no me sentía solo una esposa: me sentía un objeto de deseo, alguien capaz de encender en cualquier hombre la necesidad de poseerme.
Adrián salió del baño desnudo, secándose el pelo con una toalla. Miré el reloj de la mesa de noche: las cuatro y veinte de la madrugada. A mí no me apuraba nadie. Le había dicho a todos que pasaría el fin de semana en casa de mi madre, así que tenía el tiempo del mundo.
Terminó de vestirse y se acercó. Me tomó de la mano, me levantó y me besó sujetándome la nuca, mientras con la otra mano me apretaba por encima de la falda.
—¿Nos vamos, Renata? —murmuró contra mis labios.
—Sí, vámonos.
Bajamos las escaleras hasta la cochera tomados de la mano, como dos adolescentes enamorados. Me abrió la puerta del auto, pero antes me dio una nalgada que retumbó en las paredes de cemento. Era extraño, y sin embargo nada de aquello me molestaba. Al contrario.
—Me encantas —dijo, ya en marcha.
—Y tú a mí. ¿Y bien? ¿Cuándo repetimos?
Las palabras me salieron solas, sin pensarlas.
—Eres insaciable —se rio.
—¿Y eso te molesta?
—Para nada. Me encanta que seas así de caliente.
—Pues ya sabes. Solo dime si vas a ser tú quien me mantenga así, o me busco a alguien más —lo provoqué.
—Eso es solo para mí —respondió, apretándome el muslo.
El trayecto hasta casa de mi madre se me hizo cortísimo. Me despedí con un beso largo y le dije que nos veíamos el lunes. Al bajar del auto sentí su mano apretándome una última vez. Caminé hasta la puerta con el corazón golpeando como un tambor, me quité los tacones para no despertar a nadie y subí a mi antigua habitación. Me desplomé sobre la cama y, como si alguien hubiera accionado un interruptor, caí en un sueño profundo.
***
La luz del sol entraba por la ventana cuando logré enfocar el reloj: las once y cuarto. Me había dormido vestida, boca abajo, con la falda enrollada hasta la cintura. Me incorporé despacio y fui al baño. Todo el cuerpo me pasaba factura. Abrí las llaves de la ducha y dejé que el agua caliente me cayera encima desde la cabeza hasta los pies.
Cerré los ojos bajo el chorro. Dios, qué sensación. Me dolía el cuerpo de una manera nueva, una que no conocía y que, para mi sorpresa, me gustaba. El sexo había sido tan intenso que la piel me ardía en los lugares más insospechados. Me lavé con calma, recordando cada detalle de la noche anterior, y para cuando salí ya tenía la decisión a medio tomar sin haberla puesto todavía en palabras.
Me envolví en la toalla y bajé a la cocina en modo zombi. Busqué a mi madre, pero solo encontré una nota sobre la mesa:
«Me fui a casa de tu abuela, tuvo una recaída. Está bien, pero voy a quedarme a cuidarla, quizá no vuelva hasta el lunes. No quise despertarte. Cualquier cosa, llámame al celular.»
Me senté en el desayunador con una manzana en la mano y empecé a pensar de verdad. ¿Dejar a mi esposo? ¿Seguir como si nada hubiera pasado? ¿Confesarlo todo para ver qué cara ponía? Cada opción me parecía un abismo distinto.
Qué difícil era todo. No sabía si entregarme por completo a esta nueva versión de mí o volver a ser la mujer de casa que había sido siempre y enterrar el episodio para siempre. Pero lo que de verdad me inquietaba era otra cosa, una que ningún razonamiento lograba acallar: tenía ganas de volver a hacerlo. No quería que Adrián me amara. Quería que me deseara. Y mientras mordía la manzana, un pensamiento se me cruzó como un relámpago. Estuvo riquísimo con otro hombre… ¿pero serán todos iguales?
La respuesta llegó sola, como una voz tenue susurrándome al oído: averígualo. ¿Con quién? La respuesta era tan obvia que casi me dio risa. Mi jefe.
Él era el candidato perfecto para seguir probando. Recordé cómo me miraba en cada junta, cómo se le iban los ojos cuando me agachaba sobre su escritorio. Recordé aquella vez que, al bajar de su coche frente al restaurante, le regalé sin querer una vista completa de mi ropa interior. No me había mirado igual desde entonces. Tenía un solo día por delante, ese domingo, para armarme de valor y planearlo todo.
***
El sábado lo dediqué a descansar como un oso en invierno. No hice nada más que dormir y comer. El domingo, en cambio, amanecí con un plan en la cabeza. Subí mi maleta al coche y manejé hasta mi propia casa. Mi esposo seguía de "viaje de trabajo", así que tenía el lugar para mí sola.
Vacié el clóset sobre la cama. Tengo ropa para todo tipo de ocasión, y aquella tarde la fui revisando prenda por prenda, eligiendo con la frialdad de quien arma una trampa. Empecé por la ropa interior, porque era lo que de verdad importaba.
Elegí un conjunto de encaje rosa de bordes anchos. Nada de tanga: quería que la línea de la prenda se marcara bajo la tela, una insinuación discreta pero imposible de ignorar. El sostén hacía juego, con pedrería diminuta en los tirantes. Encima, una blusa blanca ceñida al cuerpo, de esas que dejan adivinar lo que hay debajo, con la idea de soltar un par de botones de más. Un pantalón gris claro, de vestir pero entallado, de una tela suave que se pegaba a cada curva. Tacones negros de plataforma. Y un cinturón ancho que, aunque el pantalón no lo necesitaba, me ajustaba la cintura de una forma que me encantaba.
Mi objetivo era claro, y por primera vez en años me sentía dueña de algo. Quería demostrarme que podía conseguir que un hombre me deseara el día y la hora que yo decidiera. Quería saber si todos eran como Adrián, o si lo de la otra noche había sido un golpe de suerte.
Lo más perturbador, lo que me aceleraba el pulso mientras doblaba la ropa, era esto: mi esposo volvería el lunes por la mañana directo a la oficina, y por la tarde nos veríamos en casa. La sola idea de recibirlo recién salida de los brazos de otro me producía un vértigo delicioso. Esa noche me costó conciliar el sueño.
***
El lunes me levanté temprano. Me bañé con cuidado, prestándole atención especial a cada detalle, dejándome la piel suave como nunca. Salí de la ducha y me vestí despacio, frente al espejo, observando cómo el conjunto rosa se marcaba en cada curva. Me recogí el pelo en una coleta tirante, me colgué una cadena larga que caía sobre el escote y me puse los lentes. La mujer que me devolvía la mirada parecía otra: una secretaria con segundas intenciones escritas en cada gesto.
El camino a la oficina se me hizo eterno. Los nervios me bailaban en el estómago: el riesgo de cruzarme con Adrián, la decisión de seducir a mi jefe, la idea de recibir a mi marido por la tarde. Para cuando llegué, el corazón me latía como una locomotora.
Entré a mi escritorio y me senté. No habían pasado ni cinco minutos cuando apareció él, puntual como cada mañana. Pasó a saludarme, y entonces todo empezó a fluir solo. Había venido sin abrigo a propósito, con tres botones de la blusa abiertos, porque sabía exactamente lo que el frío de la mañana le hacía a mi cuerpo. Cuando me levanté a darle el beso de buenos días, mis pezones estaban duros bajo la tela y el borde del sostén quedaba a la vista. Sus ojos lo notaron de inmediato.
—Muy buenos días, Renata —dijo, alargando la primera palabra.
—Buenos días, jefe.
Le di un beso en la mejilla pegándome a su cuerpo más de lo necesario.
—Qué guapa estás hoy.
—¿Hoy nada más? —respondí, fingiendo ofenderme.
—Bueno, tan guapa como siempre —se corrigió, aclarándose la garganta—. ¿Qué tenemos pendiente para hoy?
—Nada importante. La junta con el cliente se movió para el jueves al mediodía.
Empezó a caminar hacia su despacho y yo lo seguí.
—¿Le preparo un café? ¿Le pido algo para desayunar?
—Por ahora solo el café. Y comunícame con los de Querétaro.
—Claro, jefe.
Esperé a que se sentara y me viera de frente antes de salir. Caminé hasta la puerta moviendo las caderas más de lo habitual, dejando que la línea de mi ropa interior se adivinara bajo el pantalón gris. Sentí su mirada clavada en mi espalda hasta que crucé el umbral. Fui por el café y volví. Me acerqué a su costado y, doblándome desde la cintura, le dejé la taza sobre el escritorio. Él se reclinó en su silla para quedar a la altura justa y soltó el aire despacio.
—Te invito a desayunar, Renata. ¿Vienes?
—Claro. ¿Qué se le antoja, jefe?
—Lo que se me antoja no creo que me lo sirvan en ningún restaurante —dijo, mirándome a los ojos.
—¿Y por qué no?
—Porque a lo mejor te enojas si te digo qué es.
—¿No ha escuchado eso de que el que no habla, Dios no lo oye? —le dije, inclinándome un poco más.
Se quedó un segundo en silencio, evaluándome, como si quisiera confirmar que no había malentendido nada.
—Entonces vamos a desayunar, y en el camino te digo qué es lo que se me antoja —murmuró, levantándose de la silla más rápido de lo que esperaba.
—Vamos, jefe. Estoy lista para lo que sea.
—Pues no perdamos el tiempo.
Salimos juntos del despacho. La vieja Renata había muerto del todo, pensé mientras él me sostenía la puerta y su mano rozaba, como sin querer, la parte baja de mi espalda. En su lugar nacía otra mujer, una que sabía exactamente lo que quería y cómo conseguirlo. Y lo que quería, esa mañana, estaba caminando a mi lado hacia el ascensor, sin imaginar que el desayuno era lo último en lo que yo pensaba.