Lo que encontré en el otro teléfono de mi marido
Pueden llamarme Renata.
En estas historias la protagonista siempre es joven y deslumbrante, una de esas mujeres exuberantes que parecen sacadas de una revista. Yo no. Yo soy una señora decente, una mujer común de cuarenta y tres años. Mido un metro cincuenta y dos y peso cuarenta y ocho kilos. Tengo la piel apenas morena y el cabello castaño hasta los hombros. Hago el ejercicio justo para no perder la línea. Lo mejor de mí es la cara y, si he de ser honesta, unas nalgas firmes que todavía se sostienen solas. No visto provocativa: me gustan las faldas hasta la rodilla y los leggins. Soy maestra de primaria, y eso obliga a guardar una imagen seria.
Crecí en un pueblo chico, con esa educación religiosa y estricta que ustedes ya se imaginan. Mi madre me castigaba solo por mirar de reojo a un muchacho. Nunca tuve novios ni experiencias, y me casé virgen a los veintiséis. Aquel matrimonio terminó entre humillaciones y silencios, y lo único hermoso que me dejó fue mi hija Camila, que hoy tiene dieciocho.
El divorcio fue un escándalo, así que nos mudamos a otro pueblo de la zona. Estuve sola con Camila hasta que mi cuñado me presentó a su mejor amigo y, desde el primer día, saltaron chispas. Fui suya esa misma tarde. Gustavo es un hombre maravilloso y se convirtió en mi segundo esposo. Es varonil, dominante, intenso. Para una mujer tradicional como yo, tenerlo en casa es como convivir con la tentación. Le encanta comprarme lencería y disfraces, y me excita que me tome con fuerza y me hable sucio al oído.
***
Una tarde llegué de la escuela con un chisme entre los labios.
—¿Sabes qué me contaron hoy en la primaria?
—¿Qué? —preguntó Gustavo sin levantar la vista del periódico.
—¡Que la maestra Lorena se está acostando con el profe de educación física!
—¿Y? Eso pasa en todos los trabajos.
—Pero la diferencia de edad… Él es un muchacho y ella es de mi edad. Y me da pena su marido. Don Aurelio es buena persona.
—¿No me contaste que ese Aurelio se te insinuó en una fiesta?
—Sí, pero estaba borracho. No le di entrada.
—A lo mejor el marido sabe todo y le da permiso —dijo, y dobló el periódico despacio.
—¿Cómo que permiso?
—Hay matrimonios abiertos, Renata.
—¿Y eso qué es? ¿Tú cómo sabes de esas cosas?
—Tuve un amigo que vivía su matrimonio así. No los juzgues. ¿Qué prefieres: que te pongan el cuerno a escondidas, o que bajo ciertas reglas cada uno pueda disfrutar con alguien más?
—No me creo que eso exista. Hay que estar muy enferm…
—No es tan descabellado si la relación es firme. Piénsalo. ¿No me dijiste la semana pasada que el médico nuevo estaba joven y guapo?
—¿Y?
—Imagina que tuvieras la libertad de coquetearle. De ver si te responde. ¿No sería excitante?
—Estás loco. ¿Tú lo permitirías?
—No lo sé. Si fuera algo que te diera placer, algo que quisieras probar…
—¿A ti te da igual quién me toque?
—Mira, ya pasé los cincuenta. Ya no soy el de antes. Tú lo sabes: si lo hacemos tres noches seguidas, a la cuarta ya no respondo. Te amo, pero no siempre alcanzo a darte lo que tu cuerpo pide.
—Yo no te pido más de lo que me das.
—Pero lo necesitas. Me lo has dicho dormida.
—¿Y no te morirías de celos?
—No sé cómo reaccionaría, nunca lo he vivido. Quizá solo te pediría estar presente. Verte.
—No me creo lo que estoy escuchando.
—No es mi fantasía principal. Pero es algo que hace mucha gente.
—¿Tú quieres abrir nuestra relación, Gustavo?
—Yo sé que me amas y tú sabes que yo a ti. No hay por qué sentirse inseguro solo porque alguna vez te acuestes con otro.
—¿Y si me enamoro?
—Eso pasa más con la infidelidad a escondidas, cuando la pareja busca afuera lo que no tiene en casa. En un matrimonio abierto, lo común es que se quieran más. Son cómplices, amantes, amigos.
—¿Y lo que va a hablar el pueblo?
—Ese es problema tuyo. Si no te importara el qué dirán, ¿serías una putita?
—¿Ya no te gusto, verdad? Me dices todo esto para irte tú con otra.
—Jamás pondría en riesgo lo nuestro, amor.
—Eres un cabrón —solté, ya con los ojos llenos de lágrimas—. Vete con tus putas si quieres. Yo soy una señora decente.
Lo sé. Fui injusta. La idea de que mi esposo deseara verme con otro me llenaba de celos; la idea de que no me celara lo suficiente me hería todavía más. Lloré toda la noche, confundida. ¿Me había dado permiso? ¿Estaba él viéndose con alguien? Al día siguiente Gustavo salió de viaje por trabajo. Unas semanas separados, pensé, me darían claridad.
***
Días después ya estaba más tranquila. Me llamaba cada noche y nos contábamos el día como siempre. Una mañana, ordenando su ropa, encontré uno de los varios teléfonos que él usaba, olvidado entre dos camisas. Dicen que la curiosidad mató al gato. Yo no pude contenerme y, tras un par de intentos, adiviné la clave.
Empecé por la galería, con el corazón golpeándome el pecho. Para mi alivio, solo había fotos nuestras. Gustavo casi nunca me toma sin la cámara en la mano: fotos y videos míos desnuda, en lencería, con disfraces, en mil posturas. Me sentí aliviada de no hallar a otra mujer. Y un poco excitada, lo confieso. Me gusta saberme deseada por él.
Después abrí la mensajería.
Tenía decenas de conversaciones con números desconocidos, casi todos de otros estados. Todas seguían el mismo guion. Saludos breves. Los desconocidos preguntaban por mí: mi edad, de dónde éramos, cómo era yo en la cama, qué me gustaba. Pedían fotos. Él se las mandaba o las intercambiaba. Hablaban de mi cuerpo con la vulgaridad de quien comenta una mercancía. Algunos hacían videollamada.
Este imbécil les contaba a perfectos extraños nuestras intimidades. Les mostraba mi cuerpo. Me exhibía. Y yo, como su tonta, sin enterarme. El asunto de fondo era siempre el mismo: mi marido les preguntaba cómo lograr un matrimonio abierto, cómo convencerme de aceptar a otra persona en nuestra cama.
Quedé en shock. Más que desilusión, era un vértigo que no me dejaba dormir. Al amanecer decidí dos cosas: que todavía lo amaba, y que merecía una lección.
***
Dejé de contestar sus llamadas. Estaba furiosa y, al mismo tiempo, quería herirlo donde más le doliera. No tenía un plan. Solo quería salir. Sentirme libre. Dejarme llevar.
¿Pero con quién? Admiradores no me faltaban. Sé que más de un padre de mis alumnos saltaría ante la oportunidad de acostarse con la maestra. Algún colega también. Los taxistas eran perros que salivaban a mi paso. Pero no: cualquiera del pueblo hablaría de más, y yo tenía que cuidar mi reputación. Si no por mí, por Camila.
Me di una ducha larga. Me rasuré con cuidado. Solo de pensar en lo que podía pasar ya estaba húmeda, y no pude evitar acariciarme un poco frente al espejo. Me gusté. Me maquillé más de lo habitual. ¿Qué se pone una señora decente para salir de fiesta prohibida? No tenía idea, pero lencería me sobraba gracias a mi marido. Elegí una tanga negra y un sujetador de media copa, semitransparente. Encima, una blusa blanca de tirantes y una minifalda negra de Camila: no es escandalosa, apenas un poco arriba de medio muslo, pero se ajusta a mis nalgas y las luce. Para rematar, zapatillas de tacón alto. Sin medias, claro.
Decidí ir a un bar de karaoke al que hacía años no iba, en San Lázaro, a una hora de distancia. Lejos suficiente para que nadie reconociera a la maestra, cerca suficiente para un taxi. Llamé a Rubén, un chofer de toda mi confianza. Me conoce desde soltera, es casado, serio, más o menos de mi edad; fui maestra de su hija. Gustavo me había pedido que no lo contratara, por las confianzas que se tomaba según él cuando me miraba. Llegó enseguida.
***
—Buenas tardes, maestra.
—Buenas, Rubén —dije, y me senté adelante, del lado contrario al que siempre uso.
—¿A dónde la llevo?
—A San Lázaro, por favor. Al centro.
Después de un rato sintiendo su mirada en mis piernas, las acomodé para que las viera mejor y le sonreí.
—Qué guapa, maestra. ¿Va a una fiesta?
—No. Solo a tomar una copa y cantar un poco. Ya sabes que me gusta.
—¿Y su esposo la alcanza allá?
—No. Está de viaje.
—Qué bueno que le dé permiso de divertirse.
En otro momento me habría incomodado. Pero Rubén era de confianza, y ese día yo era otra. Insegura, pero libre.
—¿Puedo preguntarle algo, maestra?
—Claro.
—Hace unas semanas se anda hablando mucho en los grupos de taxistas. No sé si alguien le comentó.
—¿De qué?
—Ya sabe. A nosotros nos llega todo primero. —Dudó—. En la base están circulando unas fotos. ¿Usted tiene una bata rosa, muy bonita?
Sentí que el color me subía a la cara.
—¿Cómo?
—Disculpe si me paso. Llegó un paquete de fotos que dicen que es de una maestra de primaria de la región. —Mientras hablaba, manipulaba el celular que tenía en el tablero y abría su galería.
Y ahí estaba yo, en tanga de hilo y mi bata rosa transparente, las nalgas en primer plano, el rostro de perfil apenas reconocible. Era una de las tantas fotos que Gustavo había compartido. Qué humillación. Ahora todos los taxistas del rumbo me conocían el cuerpo. Intenté negarlo sin mucho éxito.
—Ay, no soy yo. Cómo crees. Ojalá tuviera ese cuerpo.
—Se parece mucho, maestra. La verdad.
Pasó otras fotos: de perrita, atada a la cama, abierta de piernas, con disfraz de colegiala, de sirvienta. Por suerte en casi todas la luz tapaba mi cara. Y me descubrí extrañamente excitada. Verme expuesta, usada. Saber que Rubén no tenía dudas. Imaginar a los taxistas y a los padres de mis alumnos mirándome con ese morbo. ¿Cuántos se atreverían a pedirme algo?
—Debe haber un error. Las habrán hecho con esa inteligencia artificial.
—Si usted lo dice, maestra. Pero déjeme decirle que está riquísima. Nunca la imaginé así de caliente.
—Respétame, Rubén. Soy una señora decente. Esa no soy yo.
—No se enoje. Se lo digo con respeto. Un compañero es muy amigo de su ex marido y él nos confirmó que era usted cuando le mostramos las fotos.
—Uff… ese está ardido. Nunca supo aprovecharme —respondí sin pensar.
El camino a San Lázaro cruza una zona despoblada, entre cañaverales. De pronto Rubén se salió del asfalto, se metió detrás de unos árboles y apagó el motor.
—¿Y su esposo actual sí sabe? —dijo, posando la mano en mi muslo.
—Rubén… ¿qué haces?
—¿Qué parece, maestra? ¿Quiere que pare?
Su mano subía y bajaba despacio. Yo ya estaba mojada sin haberlo decidido. No grité. No luché. Solo separé un poco las piernas.
—No pares —dije en voz muy baja.
Ya no había marcha atrás.
***
Sus dedos llegaron a la tanga y empezaron a acariciarme sobre la tela delgada. Yo solo podía suspirar y cerrar los ojos. Hizo a un lado la prenda y me tocó la entrada, ya empapada, mientras con la otra mano me pellizcaba los pezones. De repente sentí su boca en la mía. Empezó como un beso leve, pero mi lengua salió a buscarlo como una entrega.
Después de calentarme así un rato, reclinó mi asiento para ganar espacio y se acomodó sobre mí. Lo abracé del cuello y lo atraje fuerte. Bajó la boca hacia mis pechos, me subió la blusa y me mordió los pezones con delicadeza, lamiéndolos mientras me apretaba las nalgas. Siguió descendiendo hasta meter la cabeza entre mis piernas y empezó a lamerme de una forma que me hizo arquear la espalda.
En ese instante, lo admito, pensé en Gustavo. En lo distinta que era su manera de tomarme —ruda, dueño absoluto— de la de Rubén. Pensé en qué cara pondría si me viera. En que tal vez fuera su culpa que medio pueblo me creyera disponible. Lo imaginé herido. Y al mismo tiempo no quería que el chofer parara. Quería que me llevara hasta el final.
Levanté las caderas hacia su boca lo mejor que pude. Su lengua trabajaba adentro, un dedo en un sitio y otro más atrás, y el ritmo me empujó al primer orgasmo. Gemí fuerte, sin que me importara nada. Abrí los ojos y ahí estaba él, sonriendo entre mis piernas con la cara mojada.
—Le toca, maestra.
Volvió a su asiento y se desabrochó el pantalón. Me incliné de inmediato, ayudándolo a bajarse la ropa interior. La tenía morena, dura, bastante más gruesa que la de Gustavo. Mi boca fue directa a la punta y empecé a mamarla con ganas, pasando la lengua por todas partes, hundiéndola y sacándola. Estaba perdida de placer. Desde que me casé había tenido, digamos, clases particulares en este arte. Al mirar hacia arriba lo vi grabando con el celular.
No me importó. Sonreí a la cámara y seguí. Si en la base de taxis dudaban de quién era de las fotos, este video los convencería.
—Para, Renata, para… no me quiero venir todavía. Ponte de perrita, que quiero ver esas nalgas.
Volví como pude al asiento, me bajé la tanga y la falda, me puse en cuatro sujetando el respaldo y arqueé la espalda todo lo que daba. Rubén seguía grabando con una mano mientras con la otra me recorría las nalgas y me rozaba la entrada, haciéndome gemir y desear que me llenara.
—Qué rica se ve, maestra. No sabe cuánto soñé con esto. Así, gima rico.
—Cógeme, por favor. Lléname.
Me jaló de las caderas y me recostó de lado, la cara hacia la ventanilla y las nalgas hacia él. Se acercó por detrás y frotó la punta contra mi entrada.
—Ahhh, sí… méteme. Soy tu putita.
Subí el pie izquierdo al tablero, abriéndome para él. Apuntó bien y me la hundió de una sola vez, mojada como estaba. Soy una mujer pequeña, y las vergas grandes siempre me habían costado. Pero esa tarde estaba demasiado caliente, y me encantó cómo entró. Empecé a gemir anticipando el segundo orgasmo.
—Uff… qué apretada está, maestra.
—Ahhh, sí… qué rico me abres.
—Me encanta cómo me aprietas.
—Más duro, por favor.
—¿Te gusta, verdad, putita?
—Sí… qué rico me coges.
No fue ningún récord, pero aguantó bastante. Me aferré al asiento, cada vez más cerca. Él sudaba y bufaba mientras me embestía con intensidad. Yo gritaba de placer, y como una tonta solté:
—Te amo, Rubén… te amo… ¡siiií!
Esa mala costumbre mía de decir «te amo» en los orgasmos intensos. Sentí su miembro crecer y empezar a vaciarse dentro de mí. Cada embestida me llevaba al cielo. Nos quedamos así unos minutos, él ablandándose adentro, yo con la vagina latiendo, hipersensible.
***
Rubén se vistió rápido sin salir del taxi y arrancó. Yo, todavía a medio vestir, me acomodé la ropa y me tranquilicé en el camino. Ya estaba hecho. Le había sido infiel a mi esposo. Y recordé sus palabras de aquella noche: ¿es mejor poner el cuerno o disfrutar con otro con permiso?
—¿Cuánto te debo, Rubén?
—Cómo cree que le voy a cobrar, maestra. Al contrario.
—¿O sea que tú me quieres pagar a mí?
—Jaja, ¿cuánto cobra?
—No sé… eres mi primer cliente —reí.
—¿De verdad me ama?
—Claro que no. Fue la emoción del momento.
—¡Qué alivio!
—Pero sí me gustó cómo me cogiste.
—¿Me puedo embarazar? Se vino dentro…
—No, estoy ligada. No te preocupes. ¿Tú estás sano?
—Sí. Me revisaron de todo hace poco.
—Qué alivio. Oye… ¿me mandas el video que grabaste?
—Claro. ¿Quiere que lo borre?
—Mmm. No sé. Con las fotos ya tienes una buena colección.
—Ahhh. Entonces sí es usted la de las fotos, maestra.
—Sí. Gustavo tiene una forma de ser… muy especial en estas cosas.
—¿No está bien con su esposo?
—Sí, lo amo y creo que él a mí. Es solo que últimamente quiere explorar otros temas. Como ser compartido… ¿me entiendes?
—¿O sea que las fotos no son robadas, salieron de él?
—Sí. Pero no hables de esto con nadie. Es un pueblo chico.
—No se preocupe, maestra. Su esposo será un cornudo con dignidad. Pero de usted no le prometo nada: muchos ya tienen el paquete. Y aunque no lo aseguren, se parece mucho.
—Qué vergüenza. Siempre fui una señora decente.
—Jaja… claro.
Ya en el karaoke pedí una copa y, con la música, me fui olvidando de todo. Sentía entre las piernas ese dolorcito tibio y aún escurría un poco. Le mandé a Gustavo el video mamándosela a Rubén y me quedé esperando, copa en mano, a ver si por fin había aprendido la lección.