La apuesta que el viejo del cuarto hizo por mi mujer
Nunca contesto el teléfono a las tres de la madrugada. Es una norma que me impuse hace años, cuando entendí que un psicólogo necesita una frontera firme entre la consulta y su propia cama. Pero esa noche, cuando el móvil vibró sobre la mesilla y vi el nombre en la pantalla, supe que se trataba de Marcos. Y supe que, si no respondía, no volvería a dormir intentando adivinar qué había pasado.
Descolgué.
—Dime.
—Don Adrián… —su voz sonaba entrecortada, como si llevara una hora ensayando esa primera palabra.
—Buenas noches, Marcos. Tiene que haber ocurrido algo bastante grave para que me llames a estas horas.
—Tiene razón, y le pido mil disculpas. Pero necesito contárselo a alguien, y usted es la única persona que conoce este asunto. Ha pasado hace apenas una hora, y no he podido evitar caer de la manera más baja y humillante que pueda imaginar.
—Está bien. Respira y cuéntame.
Le oí tomar aire al otro lado de la línea, ese silencio cargado que precede a las confesiones que cuestan vergüenza.
—Ya sabe que, desde lo del ascensor, algo dentro de mí se rompió. Aquel hombre, al verme en el estado en que estaba, entendió perfectamente lo que pasaba entre mi mujer y él. Cuando pasó cerca de mí, me observó, me analizó, me midió de arriba abajo. Sentí su mirada como una losa que me empequeñecía. Agaché la vista, y en ese instante él tomó el control. Lo sentí físicamente, como si me lo arrancara de las manos.
—¿Y tu mujer?
—Bárbara estuvo toda la velada en silencio, nerviosa, alterada. No se atrevía a decir una palabra, pero no hacía falta. Yo sabía que se había excitado de una forma que nunca le había visto. Probablemente, cuando notó mi dureza, comprendió mi verdadera naturaleza mejor que yo mismo. Y yo me sentí humillado, reducido a un muñeco de trapo. Lo extraño es que, ante esa sensación, me sentí más vivo que nunca. Necesitaba otra descarga. Necesitaba que ocurriera algo nuevo.
—Y ha ocurrido.
—Subíamos en el ascensor hacia casa. Al llegar al cuarto piso, justo cuando Bárbara y yo poníamos un pie en el rellano, oí una voz desde la puerta entornada del vecino.
—«Marcos. Baja.»
—Mi mujer y yo nos miramos. Dos, tres segundos largos, preguntándonos sin hablar qué querría el viejo. Ella tenía una expresión consumida; me estaba rogando con los ojos que no bajara, que no siguiera por ese camino. Yo le aguanté la mirada, me di la vuelta y bajé las escaleras. Oí la puerta de casa cerrarse a mi espalda mientras me acercaba al rellano donde Heriberto me esperaba.
—Cuéntame qué te dijo.
—«Te estaba esperando. Pasa, que tú y yo tenemos que hablar.» Se apartó a un lado de la puerta y me obligó a rozarlo al entrar. Sentí su olor, el calor de su cuerpo, el roce de su barriga contra mi brazo. Luego me detuvo en seco: «No pases de aquí.» Y me dejó plantado en el umbral de una casa en la que jamás había entrado y a la que, ahora, me negaba la entrada.
***
—¿Y entonces?
—Se acercó tanto que podía sentir su aliento. Olía a tabaco viejo, a madera de mueble antiguo. Me dijo: «Tengo una teoría. La otra noche, cuando Bárbara subía la basura por las escaleras, me pareció oír una puerta abrirse. Creo que fuiste tú, porque veías que tu mujer tardaba. Y creo que viste, o al menos oíste, lo que pasó entre nosotros. ¿Me equivoco?»
—¿Qué le respondiste?
—Le dije que podía ser. Él sonrió y preguntó: «¿Te gustaría saber qué ocurrió exactamente?» Y, don Adrián, en ese instante volvió ese hormigueo en el estómago que baja y se concentra abajo. Se me puso dura otra vez. Él lo notó. Vio mi respiración, bajó la vista hacia mi entrepierna y supo que me había delatado.
—Te leyó como un libro abierto.
—«Salta a la vista que te mueres por saberlo —dijo—. Pero quiero que me lo pidas tú.» Y se lo pedí. «Por favor —le dije—, cuénteme qué pasó en el rellano de su casa.» Él asintió despacio, como un hombre que acaba de ganar algo. «Así me gusta. Pero antes contéstame otra cosa, aunque ya sé la respuesta: ¿te habría gustado que pasara algo?»
—¿Y tú qué sentías mientras te preguntaba eso?
—Quería resistirme. Apreté los dientes intentando callar lo que mi cabeza ya gritaba. Pero al final solo me salió una palabra: «Sí.»
Mientras lo escuchaba, empecé a comprender la verdadera naturaleza de Marcos. Aquel hombre era un voyeur en estado puro, un cornudo consentido en potencia, alguien que ardía con la fantasía de ver cómo otro hombre se llevaba a su mujer. Lo dejé seguir.
—Heriberto se puso serio. «Te has ganado que te lo cuente. Pero antes quiero que sepas una cosa. Yo me voy a tirar a Bárbara. Tu mujer va a terminar abierta de piernas debajo de mí, y desde ese día va a ser otra. Y cuando eso pase, yo seré el dueño de esta casa. Tómalo como una apuesta. Cuando la gane, tú me dirás, con tu boca, que vas a ser mi criado.»
—Una apuesta con la dignidad de tu matrimonio sobre la mesa.
—Le dije que, conociendo a mi mujer, no creía que lo lograra, pero que, si llegaba a pasar, firmaría esa apuesta. Y lo más raro, don Adrián, es que ni yo me creía mi propia respuesta. No solo no confiaba en mí: tampoco confiaba ya en ella, ni en su voluntad, después de lo que había visto en el ascensor.
—Te entiendo. ¿Él lo notó?
—Claro que lo notó. «Confías demasiado en tu mujer y muy poco en mí —me dijo—. Es normal. Todo cambiará el día que la veas abrir las piernas para su nuevo macho. ¿Entonces tenemos trato? Cuando doblegue a esa fierecilla tuya, tú entras en el lote y también pasas a ser mío.» Y yo, tartamudeando, le dije: «De… de acuerdo.»
***
—Marcos, ¿qué sentiste al cerrar ese trato?
—Su mano. Me chocó la suya para sellarlo, una mano áspera, callosa, y la llevó hasta su barriga para que la apoyara ahí. Tendría que avergonzarme decirlo, pero me excitó muchísimo. Sobre todo la idea de que ese hombre fuera capaz de romper la coraza de mi mujer. Porque Bárbara, don Adrián, es el ser más apagado que conozco. Sin imaginación, sin iniciativa, sin una gota de deseo. No entendía cómo aquel viejo iba a encender algo que yo nunca conseguí encender.
—Eso es más común de lo que crees, Marcos. Las personas se acomodan en la rutina del matrimonio y, sin darse cuenta, se van apagando como una llama a la que nadie aviva. Y entonces aparece alguien capaz de reavivarla en cuestión de segundos. La pregunta es si ese hombre ha encontrado la manera de prender la llama de tu mujer.
—Es justo lo que él decía. Y cuando hablaba así de ella, cuando la insultaba, cuando la rebajaba, se encendía. Lo notaba en su voz, en su respiración. Se excitaba de un modo feroz. Y, para mi vergüenza, a mí me apetecía jugar a ese juego con él.
—Escúchame bien. Si tanto te atrae, entra en el juego, haz lo que él te ordene. Probablemente ese tipo sea tan heterosexual como tú. Pero la humillación sexual no entiende de orientaciones. Puede que te veas obligado a usar la boca con él, o a limpiarle lo que use con tu mujer. A no ser que prefiera ordenárselo a ella.
Escuché un sonido gutural al otro lado del teléfono. Conozco ese sonido. Significaba que Marcos estaba completamente excitado, que en ese momento lo tenía en la palma de la mano y podía pedirle cualquier cosa.
—¿Cómo continuó la cosa en el rellano? —le pregunté—. Porque imagino que no terminó con la apuesta.
—No. Cuando acepté, me dijo que ya tenía un plan para empezar con Bárbara. Me contó lo del ascensor con un detalle que me revolvió. «Del mismo modo que tú me espiabas de reojo —dijo— mientras metía la mano bajo la falda de tu mujer y subía hasta sus bragas, así, poco a poco, la iré haciendo mía. Mientras con una mano le apretaba el cuello en aquel ascensor, con la otra le abría las piernas, y ella apenas se resistía, sabiendo que estabas detrás, intuyendo que no te atreverías a girarte. En ese instante entendió la clase de hombre pasivo que tiene por marido. Y así, mirándote a ti agachar la cabeza, se irá entregando a mí.»
—Te estaba describiendo tu propia humillación como parte del plan.
—Exacto. Y yo escuchaba con la boca seca. Entonces le pregunté qué había pasado en el rellano de su casa, lo que yo solo había podido intuir desde mi puerta. Él me miró y dijo: «En el rellano pasó lo que tenía que pasar. Tu mujer vio por primera vez lo que es un hombre de verdad. Entendió por fin lo que es tener algo así entre las manos.»
—Y ese hombre, Marcos, ya había comprendido qué era exactamente lo que te excitaba a ti.
—Sí. Lo había comprendido del todo. Y por eso me trató como me trató. Me dijo: «Mientras te lo cuento, vas a hacer lo que yo te ordene.» Le dije que de acuerdo. Y entonces: «Sácamela.» Me quedé paralizado, en silencio. Me lo repitió con un grito seco: «¡Que me la saques ya!»
—¿Y lo hiciste?
—Metí la mano dentro de su pantalón. Sentí esa barra de carne caliente, pesada, dura, palpitando contra mis dedos. Y de repente me vi liberándola, mirándola de cerca como si nunca hubiera visto algo así. «¿Te gusta lo que ves?», me preguntó. Yo solo acerté a decir: «Sí.» Y él sonrió: «Lo mismo dijo tu mujer cuando se la enseñé. Le ordené que la sacara, igual que a ti. Y obedeció, sin rechistar. Imaginó cómo se sentiría dentro de ella. Pero entonces sonó tu puerta y se separó. La retuve, pero se me escapó por los pelos.»
***
—«Ahora lo entiendo todo», le dije —siguió Marcos—. Y él me cortó: «Hay algo que todavía no entiendes. Que me quedé sin terminar. Y ahora me lo vas a regalar tú. Empieza.»
—¿Te negaste?
—Al principio sí. Pero un par de bofetadas me dejaron claro lo que costaba desobedecer. Así que empecé a mover la mano. Despacio. Aquella verga gruesa, llena de venas, me tenía hipnotizado. Jamás en mi vida había tocado otra que no fuera la mía, y ahí estaba yo, obedeciendo al hombre que acababa de decirme que mi mujer había acariciado lo mismo, que se habría dejado tocar entera de no ser por aquella maldita puerta. Levanté la vista y lo vi observándome, disfrutando de mi sometimiento. Fui imprimiendo más fuerza, más ritmo, y, para mi propia vergüenza, lo estaba disfrutando.
—Es una confesión muy honesta, Marcos. Sobre todo que reconozcas que te gustó.
—Me avisó de que iba a terminar. Tuve miedo de que me obligara a más, a usar la boca, a tragar. No me sentía preparado para eso. Pero creo que fue demasiado listo para forzar la máquina tan pronto. Solo me avisó, y yo me quedé mirando cómo se corría. Nunca había visto a un hombre soltar tanto. Algo se rompió dentro de mí, como si todo lo que me habían enseñado sobre lo que debe ser un hombre se desmoronara de golpe. Y, con su sexo aún latiendo y exhausto en mi mano, me sentí pleno. Me sentí feliz de haberle dado placer al hombre al que antes odiaba, al que me parecía un ser repulsivo y prepotente.
—Es valiente reconocer una parte de ti que acabas de descubrir. Eso, créeme, tiene su propia dignidad.
—Don Adrián… como psicólogo, ¿qué me recomienda? ¿Cómo afronto esto?
—Si te soy sincero, en tu lugar me dejaría llevar. Estás sintiendo una mezcla de emociones completamente nuevas para ti. Y hay una parte vieja, heredada, que te insiste en que lo que sientes está enfermo. Quizá deberías dejar de pelearte con ella y ver hasta dónde te lleva todo esto. En el peor de los casos, ¿qué puede pasar? ¿Que tu mujer descubra diez orgasmos que nunca tuvo? No le des tanta importancia a esos prejuicios.
—Está bien. Le haré caso. No me comeré la cabeza. Que pase buena noche, y disculpe la molestia.
Y ahí terminó la llamada. Otro escalón en el descubrimiento de Marcos, otra grieta abierta por aquella verga ajena entre sus manos. Colgué el teléfono, me quedé mirando el techo en la oscuridad y supe, con una calma incómoda, que de todo aquello yo también pensaba sacar partido.