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Relatos Ardientes

El tío de mi novio estrenó nuestra cama

Habían pasado varios meses desde aquel viaje en camión hasta Italia. Meses en los que el invierno había enfriado las carreteras, pero no el recuerdo que Lorena guardaba bajo la piel como una marca de hierro que le palpitaba cada vez que Nicolás intentaba tocarla en la oscuridad.

Ahora era una primavera traicionera de finales de mayo, que había estallado en Valencia con un calor asfixiante. Nicolás y Lorena daban el gran paso: se mudaban a un tercero sin ascensor en un bloque obrero de los años setenta. El chico estaba ilusionado, hablaba de «nuestro nido» y de poner macetas en el balcón.

Lorena asentía, fumando en la ventana, pensando que la vida adulta de verdad olía a otras cosas. Olía a gasoil, a tabaco negro y a sudor de hombre que no pide permiso. Olía a Ramiro.

El día de la mudanza fue un desastre. Nicolás, en un alarde de tacañería disfrazada de eficiencia, había decidido no contratar a nadie, y sus amigos de la universidad tenían exámenes, resaca o excusas mejores que cargar cajas a treinta grados. Así que, a las diez de la mañana, frente al portal sólo había un coche de alquiler, un Nicolás al borde del colapso y el sonido ronco de un motor diésel acercándose por la avenida.

Era el camión del tío. Sin remolque, sólo la cabeza tractora, masiva, brillando bajo el sol. Ramiro aparcó en doble fila, se subió a la acera aplastando el bordillo con una rueda y paró el motor.

—¡Puto laberinto, sobrino! —bramó nada más bajar—. ¿Quién te ha vendido esto, el enemigo?

Si Nicolás parecía haber encogido en esos meses, consumido por la hipoteca y las oposiciones, Ramiro parecía haberse expandido. Llevaba unos vaqueros manchados de grasa y una camiseta de tirantes grisácea por el sudor, pegada a un torso que parecía un barril de roble cubierto de musgo.

—Gracias por venir, tío, de verdad —dijo Nicolás, secándose el sudor—. Es que aparcar por aquí es complicado.

—Complicada es mi vida, esto es una ratonera —le cortó Ramiro, con una palmada que lo desplazó dos pasos—. Menos charla y más curro. ¿Dónde está tu chica?

Lorena salió del portal en ese momento, con unos shorts vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes ancha. Al ver a Ramiro se paró en seco. Sus ojos se cruzaron: un chispazo eléctrico que Nicolás, en su inopia habitual, no captó. Él la miró de arriba abajo, sin disimulo, deteniéndose en las piernas y en el sudor del escote. Sonrió de medio lado, lobuno.

—Hombre, la alegría de la huerta —dijo, con ese registro grave que hacía vibrar el suelo—. ¿Qué pasa, rubia? Te veo más flaca. ¿Éste no te da de comer o qué?

—Hola, Ramiro —dijo ella, con la voz más ronca de lo habitual—. Ahora es vegetariano. Dice que la carne es mala para el karma.

—¡Para el karma! Lo que es malo es para la fuerza, niña. En fin, al lío.

***

La hora siguiente fue una lección de biología básica. Ramiro no subía las cosas; las conquistaba. Se cargó la lavadora al hombro y subió los tres pisos sin parar, resoplando como una locomotora. Lorena, detrás con una lámpara, tenía una vista privilegiada: la espalda empapada, los músculos moviéndose bajo la tela mojada, el culo prieto marcando el pantalón con cada paso.

El sofá fue una odisea. En el segundo piso Nicolás resbaló y el mueble se vino abajo; Ramiro clavó las botas y paró cien kilos con el pecho y un gruñido gutural. Cuando lo metieron en el salón, el camionero tenía un rasguño sangrante en el brazo.

—Te has hecho daño —dijo Lorena, acercándose instintivamente.

—Un beso de gato. —La miró—. ¿Me lo curas luego?

El doble sentido flotó en el aire, denso como el humo. Ella tragó saliva y asintió. Nicolás estaba demasiado ocupado buscando el inhalador en su mochila como para enterarse.

***

A las dos de la tarde, con el piso hecho un caos de cajas, sólo quedaba lo importante: la cama. Una de esas modernas, con canapé abatible, cien tornillos e instrucciones que parecían jeroglíficos.

—Yo me encargo —dijo Nicolás, intentando recuperar algo de dignidad—. Se me da bien montar cosas. Es lógica.

Ramiro soltó una risita, encendió un cigarro y se apoyó en la pared a fumar. Pasaron veinte minutos. Nicolás había unido dos tablas, pero al revés. Sudaba, se le caían las tuercas.

—¡Mierda! ¡Faltan piezas! —exclamó cuando una tabla le cayó en el pie.

—Quita de ahí, inútil —gruñó Ramiro—. Necesito una cerveza y algo de comer. Baja al súper de la esquina, trae un pack de seis, jamón del bueno, pan y unos tornillos largos, que estas camas modernas se parten si follas con ganas. Y en esta casa espero que se folle, ¿no?

Nicolás se puso granate, cogió la cartera y salió casi corriendo, aliviado de escapar de la mirada de su tío. Se oyó el portazo y los pasos rápidos bajando.

***

El silencio volvió al piso, denso, zumbante como un cable de alta tensión. Ramiro no se movió para ir a por las herramientas: se quedó de pie en medio de la habitación vacía, con el torso desnudo y brillante, mirando a Lorena, que seguía sentada en una caja. Ella sabía lo que venía desde que vio el camión aparcado abajo.

—No necesito herramientas, Lorena —dijo él, con un susurro ronco—. Tengo todo lo que necesito aquí mismo. Tu chico tarda. Tenemos media hora.

—Ramiro, el piso es nuevo… las paredes son de papel… los vecinos… —balbuceó ella, retrocediendo hasta que la espalda tocó la pared fría.

Él se arrodilló frente a ella y le separó las piernas cruzadas con una facilidad insultante, metiendo sus manos grandes y callosas entre los muslos.

—Los vecinos que se jodan. El piso hay que estrenarlo, hay que marcarlo. Si esperas a que el parguela de tu novio lo estrene, se te va a llenar la casa de telarañas.

Apretó los muslos con fuerza. Lorena gimió. El tacto rudo de sus manos sobre la piel sudada fue el detonante.

—Hueles a tigre —le dijo, llevándole la contraria por vicio.

—Y tú hueles a perra en celo —replicó él, acercando la nariz a su short e inhalando—. Te has puesto cachonda viéndome cargar la lavadora. Te gusta ver a un hombre de verdad sudando, no al tirillas ese leyendo instrucciones.

Lorena no pudo negarlo. La humedad entre sus piernas era la prueba irrefutable, y sus manos fueron solas a los hombros desnudos de él.

—Eres un cerdo —susurró.

—Soy el tío de tu novio —corrigió él, con una malicia infinita—. Y voy a enseñarte cómo se monta una cama.

Se levantó de golpe, tirando de ella, y la estampó contra la pared recién pintada. El impacto le sacó el aire. Pegó su cuerpo al de ella: la barriga dura y peluda contra el vientre plano, la hebilla del cinturón clavándose en la cadera y, sobre todo, el bulto monstruoso que se notaba incluso a través de la tela basta de los vaqueros.

—Bésame —ordenó.

No fue una petición romántica, fue una orden. Ella obedeció. Sabía a tabaco, a sal y a peligro. Él la besó con furia y bajó las manos a su culo, levantándola hasta que ella tuvo que rodearle la cintura con las piernas. La llevó así hasta el somier a medio montar y la dejó caer sobre las lamas de madera desnuda.

—Vamos a probar la resistencia de los materiales —dijo.

***

Se bajó los pantalones de un empujón. Aunque ya lo había sentido en aquel camión, a la luz del día la visión seguía siendo impactante: un miembro grueso, pesado, oscuro, cruzado de venas, la punta brillante asomando del prepucio.

—Es enorme —susurró ella, hipnotizada—. Me vas a partir por la mitad. Otra vez.

—Esa es la idea, preciosa. Para que no se te olvide quién manda aquí.

Se arrodilló entre sus piernas. Sin preliminares, agarró los shorts y tiró: el botón saltó por los aires. Bajó la tela y las bragas de un tirón, dejándolas enredadas en una pierna, pasó un dedo grueso por su sexo y se lo llevó a la boca.

—Estás chorreando —dijo, con un sonido obsceno. Y, presionando la punta contra su entrada—: Agárrate, niña, que voy hasta el fondo.

Empujó. Lorena gritó, un grito ahogado que rebotó en las paredes vacías. Sintió cómo la carne de él la estiraba, la llenaba, ocupaba cada milímetro de su interior.

—¡Espera! ¡Es mucho! —lloriqueó, clavándole las uñas en los bíceps.

—¡Calla y aguanta a tu hombre! —gruñó él.

No esperó a que se acostumbrara. Empezó a moverse con un ritmo demoledor, de pistón. El somier sin atornillar crujía escandalosamente y su barriga sudorosa golpeaba contra el vientre de ella con un sonido húmedo y repetido.

—Dime de quién es esta casa —exigió, agarrándola del pelo.

—¡De Nicolás! —gritó ella, desafiante y excitada.

Él le dio una embestida tan profunda que vio las estrellas.

—¡Mentira! ¡Dime de quién es este coño! ¡Dime quién lo llena!

—¡Tuyo! —sollozó, vencida por el placer—. ¡Es tuyo, Ramiro! ¡Todo tuyo!

A sus cincuenta y tres años, el camionero seguía siendo una bestia imparable, y a Lorena la enloquecía sentir que la sometía un hombre que podría ser su padre, con una fuerza animal que ningún chico de su edad alcanzaría jamás.

En mitad de una embestida, un tono de llamada estridente cortó el aire. Ramiro soltó una carcajada ronca y, sin detener el vaivén, estiró el brazo hasta sus pantalones amontonados en las pantorrillas y sacó el móvil de pantalla agrietada.

—Es el cachorro —masculló, con un brillo sádico.

Pulsó aceptar, sin dejar de hundirse en ella.

—Dime, Nico —soltó, con voz curiosamente estable.

Al otro lado, la voz inocente del chico: «Tío, que no les quedan tornillos largos, que si me acerco a la otra punta del polígono…».

Ramiro dio un empellón seco que hizo a Lorena morderse el labio para no gemir.

—Déjate de historias, sobrino —dijo, mientras el sudor de su frente goteaba sobre los pechos de la chica—. Ya me he apañado con el material que tengo aquí a mano. Es de primera, buen calibre, me entra justo donde quiero. Vuelve tranquilo, que aquí ya lo tengo todo bien apretado.

Colgó y lanzó el móvil al suelo. La cotidianidad técnica de la ferretería chocaba con la realidad sucia y animal de lo que ocurría sobre aquel somier.

—¿Has oído eso? —susurró, agarrándola del pelo—. Te pone que te trate como a una cualquiera en la cara de ese crío, que él esté ahí fuera preocupado por unos hierros mientras yo te quito hasta el nombre.

Lorena cerró los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas de excitación y vergüenza le resbalaran por las sienes.

—No te pares… —gimió, rindiéndose del todo—. No te pares, Ramiro…

Y no paró. Dio tres embestidas finales, brutales, y en la última se quedó clavado en el fondo, tensando cada músculo de la espalda, rugiendo como un oso herido. Lorena sintió la descarga caliente inundándola, espasmo tras espasmo. Se quedaron así unos segundos, él aplastándola con sus casi cien kilos, respirando roncamente en su oreja, mientras el somier dejaba de chirriar.

***

Ramiro se separó con un sonido viscoso que la hizo estremecer, se subió los pantalones y encendió un cigarro, apoyado en el marco de la ventana como si no acabara de violar la santidad del hogar de su sobrino.

—Ya viene —dijo con calma—. Veo al parguela cruzando la calle. —Se giró, echando el humo por la nariz—. Vístete, niña. Y límpiate eso. O déjalo, y así sabrá que la casa ya tiene dueño.

Lorena se vistió a toda prisa. El sonido de las llaves girando en la cerradura fue el pistoletazo de salida para la farsa. Nicolás entró cargado con bolsas que le marcaban los dedos.

—¡Ya estoy aquí! Qué calor hace.

Ramiro salió del dormitorio con la parsimonia de un depredador saciado, la camiseta por fuera y el cinturón aún suelto.

—Has tardado, chaval. A Lorena le ha dado un bajón de tensión del calor, la pobre.

Nicolás se giró preocupado. Su novia estaba apoyada en la encimera, bebiendo agua, el pelo revuelto, los labios hinchados y una chapeta en las mejillas que no era sólo por la temperatura.

—¿Estás bien, cari? Estás ardiendo —dijo, tocándole la frente.

Ella se apartó levemente, sintiendo una punzada de culpa mezclada con la excitación que aún le palpitaba entre las piernas. El olor de Ramiro impregnaba toda la cocina.

—Es el calor y el polvo —mintió, evitando mirarle—. Tu tío me ayudaba a mover unas cosas y me he mareado.

***

Terminaron de montar el canapé entre los tres. Cuando Nicolás se metió casi entero en el arcón de la cama para ajustar los hidráulicos, ciego y sordo por el eco de la madera, Ramiro se pegó a Lorena por detrás y le mordió la oreja.

—Esta noche, cuando duermas aquí con él, acuérdate de quién la ha estrenado —le susurró, metiéndole la mano por delante del pantalón justo antes de que el chico asomara la cabeza, despeinado y triunfante.

—¡Ya está! ¡El hidráulico funciona!

***

La tarde cayó pesada y naranja sobre el barrio. Ramiro recogió sus herramientas y se encaminó a la puerta, acompañado por un Nicolás eufórico y agotado.

—No sé qué habríamos hecho sin ti, tío. Espera, voy un momento al baño y bajo contigo —dijo el chico, dando saltitos—. Quiero asearme, estoy empapado. ¡No tardo nada!

—Tira, anda —respondió Ramiro—. Así me despido de tu novia como Dios manda.

El chico se metió en el baño, justo al lado de la entrada, y se oyó el pestillo. El pasillo se quedó en silencio, mal iluminado por una bombilla desnuda. Ramiro se giró hacia Lorena y dejó la caja de herramientas en el suelo con un golpe sordo.

—¿No hay despedida para el tío? —Dio un paso, arrinconándola contra el mueble del recibidor—. Me he dejado los riñones cargando vuestras cosas. Quiero mi propina, Lorena. Y la quiero ahora. De rodillas.

—Estás loco… aquí no… —susurró ella, mirando la puerta. Se oía el grifo.

—Aquí sí. Tarda media hora en lavarse las manos. Lo sabes tú y lo sé yo.

Se bajó la cremallera. El corazón de Lorena iba a mil. Era una locura, era peligroso, era sucio. Y le encantaba. Se arrodilló sobre el suelo frío y polvoriento, acercó la cara, abrió la boca y lo acogió.

Su lengua recorría el glande, las venas, bajaba y volvía a subir, con urgencia y miedo, agudizando el oído por si el grifo dejaba de sonar. Lorena, que en las aulas defendía el empoderamiento con argumentos brillantes, se desconocía a sí misma allí, de rodillas, reducida al alivio de un hombre dominante.

En el baño, el grifo se cerró. Ella se quedó paralizada.

—Sigue —susurró Ramiro, imperativo, mirando fijamente la puerta.

—¡¿Dónde he puesto el desodorante?! —gritó Nicolás desde dentro, entre el ruido de botes cayendo.

Ramiro soltó una risa muda y empujó la cabeza de ella. Lorena obedeció, acelerando, queriendo que él terminara antes de que su vida explotara.

—¡Nico! —gritó Ramiro de repente, con voz normal, sin dejar de follarle la boca.

Ella casi se muere del susto y se atragantó, pero él la sujetó del pelo.

—¿Qué? ¡Ya salgo, tío! —respondió el chico.

—¡Nada, que no encuentro las llaves del camión!

—¡Mira en la entrada, en la mesita!

—¡Ah, vale, ya están! —Ramiro sonrió, mirando hacia abajo, viendo cómo Lorena lo miraba con ojos de terror absoluto y las lágrimas saltadas, mientras seguía mamando obligada por la mano de hierro.

La adrenalina fue el detonante. Sintió que se iba.

—Traga, niña. Trágalo todo —susurró.

Dio tres embestidas cortas, directas a la garganta. El miembro se hinchó y entonces llegó. Ramiro se corrió en silencio, con los ojos en blanco, apretándole la cabeza contra la bragueta. El flujo caliente le llenó la boca, espeso pese a ser su segunda corrida de la tarde. Ella tragó, obligada.

—¡Ya casi estoy, tío! —voceó Nicolás.

Ramiro sacó la polla con un pop suave, se subió la cremallera y se abrochó el cinturón en tiempo récord, con la práctica de años de áreas de descanso.

—Levanta —siseó.

Lorena se puso de pie de un salto, limpiándose la boca, temblando como una hoja. Ramiro le pasó el pulgar por la comisura del labio, quitándole un resto de evidencia, y se chupó el dedo justo cuando se oyó el pestillo abrirse.

Nicolás salió fresco, peinado y oliendo a colonia.

—¡Listo! Perdona la tardanza. Con tanto polvo y humo tenía los ojos irritados.

Miró a los dos. Ramiro estaba apoyado en la pared, tranquilo, fumando. Lorena estaba roja, respirando agitada, mirando al suelo.

—¿Todo bien?

—Todo perfecto, sobrino —dijo Ramiro, echándole el humo a la cara—. Aquí tu chica me estaba agradeciendo el favor.

—Pues claro. Es que te has portado, tío. Lorena es muy agradecida, ya lo sabes.

Ramiro soltó una carcajada que retumbó en el recibidor y le dio una palmada en la cara, un poco demasiado fuerte.

—Ya lo sé, chaval. Cuídala, que tiene mucho vicio… de trabajar, digo.

Cogió su caja de herramientas y bajó las escaleras silbando, dejando tras de sí una estela de cigarrillo. Antes de seguirlo, Nicolás abrazó a Lorena por la cintura.

—Qué majo es el tío, ¿eh? Un poco bruto, pero tiene un corazón de oro.

Lorena se dejó abrazar, sintiendo todavía el sabor de Ramiro en la boca y el peso de su semen en el estómago. Miró la puerta entornada y luego a su novio, tan limpio, tan frágil.

—Sí —dijo, apoyando la cabeza en su hombro—. Un corazón de oro.

Y mientras Nicolás la besaba tiernamente en la frente, Lorena sólo podía pensar en cuándo volverían a necesitar la fuerza del tío Ramiro. Al fin y al cabo, se había dado cuenta de que no hay nada como tener en casa una buena herramienta.

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Comentarios (5)

GabrielBaires

tremendo el titulo, ya con eso me enganche jajaja

Roxana_norte

Espero la segunda parte, quedé con ganas de saber mas!!

MiradaFurtiva

lo lei dos veces. Muy bien contado y verosimil, los detalles hacen toda la diferencia

Carlitos_MZA

¿y el novio nunca se dio cuenta? me quedé con esa duda jaja

SusanaLectora

excelente!!! una de las mejores historias de infieles que lei aca

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