Mi novio negaba que le gustaba ser cornudo
Es la primera vez que me animo a escribir algo así, pero la historia me quema por dentro y necesito sacarla. Me llamo Carolina, tengo veinticuatro años y vivo en Bogotá. No voy a fingir modestia: sé que gusto. Tengo el pelo largo y oscuro, casi siempre liso, y unos ojos marrones que, sin proponérmelo, ven demasiado. La piel blanca que se broncea rápido apenas pego dos días de sol. Soy delgada, pero con curvas donde hacen falta, y me encanta la ropa ajustada. No por vanidad, sino porque disfruto el segundo exacto en que un hombre se queda sin saber dónde mirar. Esta es la historia de cómo descubrí lo que de verdad excitaba a mi novio Andrés.
Siempre supe que Andrés mentía. No con las palabras —esas las ensayaba bien—, sino con todo lo demás. Llevábamos casi dos años juntos y él se vendía como un hombre de principios de acero. «Jamás aguantaría que me engañaran, Carolina. Es lo más humillante que existe», me repetía con esa voz que se ponía un poco más grave de lo normal, como si hablara para convencerse a sí mismo. Pero yo lo observaba. Veía cómo se le perdía la mirada cuando en una película aparecía una infiel. Notaba el cambio mínimo en su respiración, el silencio que se estiraba un segundo de más. Su cuerpo era un libro abierto que él se negaba a leer.
La prueba llegó un viernes. Estábamos en mi cama, en mi apartamento de Chapinero, y decidí jugar un poco.
—Andrés —le susurré al oído mientras mi mano le recorría el pecho—. A veces me imagino sola en un bar, con la música fuerte y las luces bajas. Y un desconocido me mira desde la barra, se acerca, me invita un trago…
Se tensó. No mucho, pero sentí cómo se le contraían los músculos del abdomen.
—¿Y qué le contestarías? —preguntó, con un tono de indiferencia que le salió demasiado forzado.
—No sé. Quizás dejaría que me rozara la pierna por debajo de la barra. Que se diera cuenta de lo encendida que estoy.
Su respiración se hizo más honda. Lo que hasta entonces descansaba flácido contra mi muslo empezó a despertar, a latir despacio.
—No me gustaría —dijo, pero la voz le salió como un hilo.
—¿De verdad? —insistí, pegándole los labios al lóbulo de la oreja—. Imagíname. Me lleva al fondo del local, me sube la falda y me mete los dedos mientras tú me esperas en casa sin saber dónde estoy. ¿Eso no te calienta ni un poco?
Negó con la cabeza. Pero ya estaba completamente duro, latiendo contra mi mano con una urgencia que su boca no quería admitir. No necesitaba más. La prueba era concluyente. Andrés, mi novio formal, el del discurso del honor, era un cornudo en estado latente. Le excitaba la idea, le encantaba la humillación, pero vivía encerrado en su propia jaula de negación. Y yo, esa noche, descubrí que tenía la llave.
***
Una semana después, crucé la línea. No por venganza ni por aburrimiento. Lo hice por curiosidad. Por el poder que sentía de pronto entre las manos. Quedé con un chico que conocí en la universidad, un tal Lucas. Fuimos a su apartamento en Cedritos y no hubo cena ni romanticismo de por medio. Me empujó contra la puerta apenas la cerró, me besó con una rudeza que Andrés nunca tuvo y me desnudó con prisa, como si llevara semanas pensándolo.
Me tomó contra la pared primero, después en el piso, al final en su cama deshecha. Me agarró del pelo, me dijo cosas al oído que jamás repetiría en voz alta, y yo le respondí con un descaro que no sabía que tenía dentro. Salí de ahí con las piernas temblando y la boca todavía con su sabor. Y con una certeza clarísima: mi juego apenas empezaba.
Esa misma noche volví a casa, donde Andrés me esperaba con su ternura de siempre. Me recibió con un beso en la frente, me preguntó si había comido, me acomodó el mechón que se me caía sobre la cara. Y mientras él me daba esos besitos tibios en el cuello, yo decidí montar la mentira perfecta. Una mentira hecha de verdad.
—¿Qué tal el día, amor? —me preguntó, acariciándome el pelo.
—Bien… aunque anoche tuve un sueño rarísimo —contesté, con una sonrisa que él no alcanzó a interpretar—. Tan real que todavía lo siento. Deberías escucharlo.
Se acurrucó contra mí, ya interesado.
—Cuéntamelo.
—Soñé que estaba con otro hombre. Un desconocido. Me llevaba a su casa y me hacía suya sin pedir permiso. Me tiraba a la cama, me abría las piernas y no paraba hasta que yo me deshacía.
Mientras hablaba, sentí cómo se ponía rígido contra mi cadera. Se tocaba despacio, con los ojos cerrados, perdido en una «fantasía» que no sabía cuánto tenía de recuerdo.
—Carolina… qué fuerte —jadeó.
—¿Te gusta, mi amor? ¿Imaginarme entregada a otro, gimiendo por alguien que no eres tú? —le pregunté, conociendo de sobra la respuesta.
—Sí… sí, carajo —admitió, vencido, con la voz rota.
—Pues en el sueño él terminó dentro de mí. Y yo volví a casa contigo igual, sin lavarme, esperando a que no te dieras cuenta de nada.
Andrés se vino con un gemido largo, manchando la sábana, sin que yo lo tocara apenas. Lo miré desde arriba, con una frialdad que a mí misma me daba escalofríos de placer. Se había corrido con la descripción exacta de mi infidelidad real, creyendo que escuchaba un cuento inventado para los dos.
—Te quiero —me dijo, agotado, buscándome la mano.
—Yo también, mi cornudito —respondí, y le di un beso en la frente.
***
Se durmió con esa sonrisa de hombre satisfecho, convencido de que habíamos compartido un secreto travieso. Yo me quedé despierta, mirando el techo, entendiendo por fin la dimensión de lo que tenía entre manos. Podía estar con quien quisiera, cuando quisiera, y a él le bastaba con que se lo contara después convertido en sueño. Su negación era mi coartada. Su excitación, mi permiso.
Lo que vino después fue una rutina deliciosa y peligrosa. Aprendí a leerlo como él nunca aprendió a leerse. Sabía exactamente cuándo subir la apuesta y cuándo bajarla, cuándo dejar un detalle suelto para que su imaginación trabajara sola. A veces le daba una versión suave, casi romántica. Otras, le contaba las cosas tal cual habían pasado, sin filtro, y él se aferraba a la sábana como si las palabras lo quemaran.
El segundo fue Mateo, un compañero de la oficina donde hago prácticas. Llevaba meses rondándome con excusas tontas, y una tarde de lluvia, cuando todos se habían ido, me lo encontré en el pasillo del cuarto piso. No hubo conversación larga. Me llevó a la sala de juntas vacía, corrió la persiana y me sentó sobre la mesa larga donde por la mañana se decidían presupuestos. Lo dejé hacer. Lo dejé arrancarme la camisa y morderme el cuello, sabiendo que esa misma noche le regalaría a Andrés cada detalle disfrazado de invención.
Y cumplí. Esa noche me acosté pegada a su espalda y le hablé bajito, como quien recita un secreto.
—Soñé otra vez —le dije—. Que un hombre de traje me subía a una mesa enorme, en una oficina vacía, y me hacía suya sin que nadie supiera. Me tapaba la boca para que no gritara.
—¿Y tú lo dejabas? —preguntó él, con la respiración ya entrecortada, buscándome la mano para llevarla a donde la necesitaba.
—Lo dejaba todo, Andrés. Y pensaba en ti. Pensaba en tu cara si supieras dónde estaba tu novia esa tarde.
Se vino antes de que terminara la frase. Cada vez le costaba menos, como si su cuerpo hubiera dejado de pelear contra lo evidente. Yo lo abrazaba después, le secaba el sudor de la frente y sentía esa mezcla rara de ternura y dominio que se había vuelto mi droga.
—¿Y si fuera verdad? —me preguntó una noche, casi sin aire, después de uno de mis relatos—. ¿Y si de verdad estuvieras con otros?
Me quedé quieta un instante. Era la pregunta que llevaba semanas esperando. Lo miré a los ojos, esos ojos que querían y no querían saber, y elegí mis palabras con cuidado de cirujano.
—¿Y eso cambiaría algo entre nosotros? —contesté—. Mírate. Mira cómo estás ahora mismo. Dime si de verdad quieres una respuesta.
No me la pidió. Cerró los ojos, me atrajo hacia él y dejó la pregunta morir en el aire, justo donde a los dos nos convenía. En el fondo ya lo sabía. Su cuerpo lo había sabido desde el primer minuto. Lo único que le faltaba era el valor de no decirlo en voz alta, y ese valor yo no pensaba dárselo.
Hoy las cosas siguen igual, y al mismo tiempo todo es distinto. Andrés me trata como a una reina, me celebra, me presume con sus amigos como si fuera el hombre más afortunado del mundo. Y de cierta forma lo es: tiene a su lado a una mujer que le da exactamente la única cosa que de verdad lo enciende, aunque sea incapaz de reconocerla. Yo, mientras tanto, vivo en un equilibrio que me electriza, entre lo que él cree y lo que yo callo.
Mañana, quizás, le hable del vecino que se ofreció a ayudarme con las cajas de la mudanza. O del entrenador del gimnasio que me mira más de la cuenta. Las posibilidades son infinitas y él va a seguir negándolo todo, jadeando, pidiéndome más, mientras su cuerpo me delata una y otra vez. Qué bonito es este juego cuando una entiende que ya ganó.