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Relatos Ardientes

Lo que hice en ese vuelo mientras él dormía

Marina y Adrián llevaban poco más de un año juntos, un noviazgo nacido entre exámenes finales y tardes muertas en una ciudad de provincias. Los dos rondaban los veintidós, y aquel viaje a Cartagena de Indias era la primera locura seria que se permitían: un vuelo transoceánico, un hotel frente al mar y dos semanas sin que nadie les pidiera cuentas. Lo habían pagado a medias, con propinas de camareros y un préstamo silencioso que los padres de ella fingían no recordar.

En la cola de embarque, Marina no paraba de moverse. Llevaba un top blanco de tirantes que dejaba adivinar el encaje del sujetador, una falda vaquera corta y unas sandalias planas, y caminaba con esa mezcla de prisa y vértigo de quien todavía no se cree lo que está a punto de hacer. Adrián la miraba como si fuera un milagro.

—No me lo creo —dijo ella, colgándose de su brazo—. Catorce días solo para nosotros.

—Catorce días y ni un despertador —contestó él, y le besó la sien.

Tenían tres asientos para ellos dos: Adrián en el pasillo, Marina en el medio y la ventanilla libre. Un pequeño lujo conseguido a fuerza de madrugar para hacer el check-in. Se acomodaron entre risas, ella apoyando la cabeza en el hombro de él mientras el avión rodaba hacia la pista. Esto es solo el principio, pensó Marina, y se lo creyó del todo.

Entonces, ya con las puertas casi cerradas, llegó el último pasajero. Un hombre de unos cuarenta años, alto, con la mandíbula sombreada por una barba de tres días y una camisa azul que se ceñía a unos hombros anchos. Avanzaba por el pasillo sin prisa, comprobando los números, y se detuvo justo en su fila.

—Disculpad, creo que la ventanilla es mía —dijo, con una voz grave que parecía surgir de muy abajo.

Adrián se levantó para dejarlo pasar. El hombre se deslizó entre los asientos con una soltura felina, y al sentarse su muslo rozó el de Marina apenas un segundo de más.

—Perdona el roce —murmuró, mirándola directo a los ojos—. Soy Damián.

—Marina —respondió ella, y notó que el calor le subía a la cara sin motivo.

***

El despegue fue suave. El avión se elevó sobre el manto de nubes y, con el zumbido constante de los motores convertido en una nana, Adrián cayó rendido casi enseguida. No había dormido la noche anterior, demasiado nervioso, y a los diez minutos su cabeza ya descansaba sobre el hombro de Marina, la respiración lenta y profunda. Ella le acarició el pelo con ternura y se quedó muy quieta para no despertarlo.

Quieta significaba, también, expuesta al hombre de la ventanilla.

Damián había sacado un libro, una novela de bolsillo con una portada que no dejaba dudas sobre el género. Lo sostenía de manera que Marina, sin querer, alcanzaba a leer alguna línea: algo sobre una boca abierta y una polla que se hundía hasta el fondo. Apartó la vista, pero ya era tarde: la curiosidad la había mordido, y con ella un tirón húmedo entre los muslos que la hizo cruzar las piernas.

—Tu novio duerme como si no hubiera mañana —comentó él en voz baja, sin levantar los ojos de la página.

—Estaba agotado —susurró Marina—. Llevamos semanas planeando esto.

—Se nota que te quiere. —Damián cerró el libro y se giró un poco hacia ella—. Lo que no sé es si sabe lo que tiene. Si sabe cómo hay que follarte para que se te caiga esa cara de niña buena.

Marina debió contestar algo cortante, debió volver la cabeza hacia la ventanilla y fingir dormir. En cambio se quedó callada, con el pulso latiéndole en el cuello y en el coño a la vez, mientras la azafata pasaba con el carrito. Damián pidió un whisky; ella, un zumo.

—Prueba —dijo él, ofreciéndole el vaso—. Para los nervios del primer vuelo largo.

Marina bebió un sorbo donde habían estado sus labios. El alcohol le bajó por la garganta como una brasa y se extendió por el vientre en una oleada de calor que no tenía nada que ver con la altitud. Devolvió el vaso sin mirarlo.

—¿Mejor? —preguntó él.

—No sé qué pretendes —contestó ella, aunque sí lo sabía.

—Nada que tú no quieras —dijo Damián, y su voz era un susurro de seda negra—. Hay algo en los aviones, ¿no lo notas? El encierro, la vibración constante en los asientos que sube por el cuerpo, que se te mete entre las piernas… hace que uno piense en cosas que de pie nunca se atrevería a pensar. Como abrirse de piernas al lado del novio dormido. Como chuparle la polla a un desconocido bajo una manta.

Marina apretó los muslos con fuerza. La bragui­ta de encaje ya estaba empapada y ella lo sabía, y sospechaba que él también.

***

La cabina se había sumido en la penumbra. La mayoría de los pasajeros dormitaban o se perdían en sus pantallas, y solo las luces azules del suelo rompían la oscuridad. Adrián seguía dormido contra su hombro, ajeno a todo, su mano floja sobre el reposabrazos del pasillo.

Damián tiró de la manta del bolsillo del asiento y la extendió sobre las piernas de ambos, como quien busca abrigo. Bajo aquel toldo improvisado, su mano se posó en la rodilla de Marina. El calor de su palma se filtró a través de la piel.

—Damián, no —murmuró ella—. Está él aquí mismo.

—Por eso mismo —respondió—. Dime que pare y paro al instante. Pero no vas a decirlo, ¿verdad? Una parte de ti lleva un buen rato preguntándose cómo se sentiría que un extraño te metiera los dedos en el coño con tu novio roncando al lado.

Marina no dijo nada. Y no decir nada, lo supo en cuanto separó las rodillas un milímetro bajo la manta, era una respuesta. La mano de él subió despacio por la cara interna de su muslo, trazando una línea torturante, hasta el dobladillo de la falda. Cada centímetro era una pequeña capitulación. Ella cerró los ojos y se mordió el labio.

Los dedos de Damián encontraron el encaje de su braga, ya empapado, y presionaron a través de la tela. La yema de su índice recorrió el surco de arriba abajo, deteniéndose sobre el clítoris hinchado, y Marina ahogó un jadeo tapándose la boca con la mano libre.

—Mira cómo estás —susurró él contra su oído, su aliento cálido—. Tienes el coño chorreando, se te ha calado el encaje. Tu cuerpo no sabe mentir, aunque tu boca lo intente.

Las palabras la encendían tanto como los dedos. Damián apartó el encaje a un lado y la acarició directamente, sin tela de por medio, dibujando círculos lentos sobre el clítoris resbaladizo, tan despacio que a Marina se le escapó un gemido diminuto que tuvo que tragarse mordiéndose el nudillo. Los dedos de él bajaron, se untaron de flujo, subieron. Ella arqueó la espalda contra el respaldo sin poder evitarlo.

—Estás abierta como una fruta madura —murmuró Damián—. Voy a meterte un dedo, y no vas a hacer ni un ruido. ¿Entendido?

Marina asintió con la cabeza hundida en el hombro de Adrián. El índice de Damián se deslizó dentro de ella con una facilidad obscena, hasta el nudillo, y curvó la yema buscando ese punto esponjoso que la hacía delirar. Cuando el avión cruzó una zona de turbulencias, ella aprovechó el bamboleo para mover las caderas, buscando más presión, empalándose un poco más en el dedo del extraño, y odió y amó a partes iguales lo fácil que le resultaba rendirse.

—Imagina lo que te haría con tiempo y una cama —murmuró él, hundiendo un segundo dedo en ella—. Te abriría de piernas y te lamería el coño hasta que me suplicaras que parara. Después te follaría boca abajo, agarrándote del pelo, hasta dejarte el culo rojo de mis huevos. Aquí solo puedo darte un anticipo.

Los dos dedos entraban y salían con un ritmo húmedo y lento, produciendo un chapoteo ahogado que solo ella podía oír bajo la manta. El pulgar de Damián se acomodó sobre el clítoris y trazaba círculos precisos, sabiendo exactamente cuánta presión aplicar. Marina sentía el orgasmo subir desde el fondo del vientre, imparable, como una marea que ya no tenía diques.

Marina giró la cabeza hacia Adrián. Dormía con la boca entreabierta, plácido, soñando con playas que ella ya estaba traicionando. La culpa le atravesó el pecho como un alfiler, pero el placer que crecía en su vientre era más fuerte, más antiguo, más sincero. Damián marcó un ritmo más profundo, curvando los dedos dentro de ella, el pulgar apretando el punto exacto que la hacía temblar.

—Voy a… —empezó ella, y no pudo terminar.

—Hazlo en silencio —ordenó él—. Que nadie se entere de que te corres por los dedos de un desconocido a diez mil metros. Que tu novio no se entere de que la santita que se lleva a Cartagena se acaba de correr en su butaca de al lado.

El orgasmo la golpeó como una ola que no avisa. Marina hundió la cara en su propio hombro para ahogar el gemido, las piernas temblando bajo la manta, las paredes de su coño cerrándose en espasmos alrededor de los dedos de Damián, apretándolos, ordeñándolos. Un chorrito caliente le mojó los muslos y el borde del asiento. Él no se detuvo hasta que la última réplica se apagó, y solo entonces retiró la mano, brillante hasta la muñeca, y se llevó los dedos a la boca con una calma insultante. Los chupó uno a uno, mirándola.

—Dulce —dijo—. Tan dulce como prohibido. Y sabe a coño de mujer bien follada por dentro. Aunque todavía no lo esté.

***

Marina debería haber sentido vergüenza. La sintió, sí, pero por debajo ardía algo más, un morbo oscuro que la empujaba hacia delante en vez de frenarla. Se acomodó la braga chorreada con manos temblorosas y miró a Adrián: seguía dormido, ahora con un brazo cruzado sobre el pecho. El reloj de la pantalla marcaba que apenas habían pasado dos horas. Quedaban muchas más.

Damián se removió en su asiento. Bajo la manta, Marina lo oyó desabrocharse el cinturón con un clic ahogado por el rumor de los motores, y luego el zumbido apagado de una cremallera. Cuando miró de reojo, vio que se había bajado el pantalón hasta medio muslo y que tenía la polla fuera, enorme y venosa, apoyada sobre el vientre. Se le hizo la boca agua sin permiso.

—Ahora me toca a mí —murmuró—. Y quiero que me la chupes bien. Hasta el fondo. Sin dientes, con toda la lengua, como si fuera lo único que has hecho en tu vida.

El pánico y el deseo se le anudaron en la garganta. El espacio era mínimo, Adrián dormía a un palmo, cualquier movimiento brusco podía delatarla. Y aun así, con el corazón golpeándole las costillas, Marina se deslizó del asiento y se agachó bajo la manta extendida sobre las piernas de él, encogida en el hueco entre las filas. El suelo enmoquetado le raspó las rodillas. La oscuridad olía a él: piel limpia, una colonia cara de fondo, algo profundamente masculino, ese olor específico de polla dura de hombre adulto que le puso la boca húmeda antes incluso de tocarla.

La tomó en la mano. Estaba caliente y ya dura, más gruesa de lo que ella esperaba, con una vena palpitando en el dorso y el glande rojo y brillante asomando entre sus dedos. El peso la hizo salivar a su pesar. Le apretó la base con el puño, deslizó la mano una vez de arriba abajo y vio cómo una gota de líquido claro se le formaba en la punta. La lamió, curiosa, y el sabor salado le arrancó un pequeño escalofrío. Arriba, Damián enredó los dedos en su pelo, sin tirar, solo guiando.

—Despacio —susurró él desde lo alto—. Métetela toda. Y sin un solo ruido.

Marina cerró los labios alrededor del glande y bajó la cabeza centímetro a centímetro. La polla le llenó la boca hasta rozarle el paladar, y luego bajó más, hasta el fondo de la garganta, forzándola a abrir la mandíbula al máximo. Contuvo una arcada, respiró por la nariz, y siguió bajando hasta que la nariz le tocó la piel del vientre. Damián dejó escapar un jadeo ronco por encima de la manta y la mano en su pelo se cerró un poco.

—Joder —susurró—. Buena chica.

El bamboleo del avión la mecía adelante y atrás, marcando un ritmo que no era suyo, y eso lo volvía más humillante y más excitante a la vez. Trabajaba con la lengua, envolviéndole la polla entera, subía deslizando los labios apretados hasta la corona y luego se dejaba caer otra vez hasta el fondo, tragando cuando la punta le tocaba la garganta. Con la mano libre le pesó los huevos, los acarició, los apretó apenas, y notó cómo se le tensaban contra la palma.

Cada pocos segundos se quedaba quieta con la polla enterrada en la boca, conteniendo el aliento, segura de que Adrián iba a despertar; cada vez, la respiración tranquila de su novio le confirmaba que el secreto seguía a salvo. Un hilillo de saliva le colgaba del mentón. Se sentía la mujer más sucia del mundo, y le encantaba.

—Buena chica —murmuró Damián, y la palabra la recorrió entera—. Mira cómo la abres. Mira cómo te la metes tú sola. Sigue así.

Bajo la manta, en aquella oscuridad asfixiante, Marina se descubrió metiendo la mano libre bajo su propia falda, dos dedos entrando en su coño resbaladizo, encendida por su propia sumisión más que por nada. Se follaba a sí misma al mismo ritmo con el que chupaba, y cada empujón de las caderas de Damián arriba le sacaba un gemido apagado que se quedaba en el fondo de su boca ocupada.

El avión dio un nuevo tumbo y la empujó hacia delante; la polla le rozó la campanilla y se le escapó una arcada silenciosa. Damián maldijo en voz baja y le apretó el pelo hasta hacerle daño. Ella sintió cómo se tensaba, cómo los huevos se le contraían en la palma, cómo el cuerpo entero de él se preparaba.

—Ahora —jadeó él—. No la sueltes. Trágatelo todo hasta la última gota.

El clímax de Damián fue un gruñido ahogado en la garganta, las caderas empujando en espasmos cortos y profundos. El primer chorro le golpeó el fondo de la boca, denso y caliente, seguido de otro, y otro. Marina lo recibió y tragó, instintiva, sintiendo el semen bajarle por la garganta a bocanadas mientras se le humedecían los ojos. Un cuarto chorro le llenó los mofletes y un hilo se le escapó por la comisura hasta la barbilla. Mientras tragaba lo último, un segundo orgasmo pequeño y silencioso la sacudió a ella sola, sus propios dedos aún dentro del coño, apretándolos con espasmos húmedos por el morbo puro del acto.

Lo lamió hasta dejarlo limpio, recogió con la lengua la gota que le quedaba en la punta, se pasó el pulgar por la barbilla y se chupó lo que se le había escapado. Volvió a su asiento con las rodillas débiles, el sabor a semen impregnando cada rincón de la boca y el rostro ardiendo, como si acabara de correr una maratón en mitad de un océano de extraños dormidos.

***

Damián le cubrió la boca un instante con la manta mientras ella recuperaba el aliento, y luego se inclinó para dejarle un beso fugaz en la sien. La barba le raspó la piel.

—Has estado perfecta —murmuró—. Chupas como una diosa. Voy a pensar en esta boca hasta el aterrizaje.

Marina se acurrucó en el asiento, agotada y eléctrica al mismo tiempo, con el semen aún deslizándose despacio por su garganta y la braga chorreada pegada al coño hinchado. Adrián escogió ese momento para removerse en sueños, y su mano buscó la de ella en un gesto inocente, tierno, que le partió el pecho en dos. Amor limpio por un lado; deseo sucio por el otro. Se quedó muy quieta, con los dedos de su novio entrelazados en los suyos y el sabor del otro hombre todavía espeso en la boca.

—¿Qué hora es, amor? —murmuró Adrián, abriendo apenas los ojos.

—Aún queda mucho —contestó ella, con la voz ronca de tanto tragar—. Vuelve a dormir.

Él sonrió, le apretó la mano y cerró los ojos otra vez. Junto a la ventanilla, Damián fingía leer su libro. Sin mirarla, bajo la manta, su dedo le rozó el dorso de la mano una última vez, y luego bajó y le apretó el muslo desnudo justo por encima de la rodilla, marcándola.

—Esto no termina aquí —susurró—. Aún nos quedan horas. Antes de aterrizar te voy a hacer correrte al menos dos veces más, y la próxima quiero notar cómo tiemblas mientras tu novio te mira a la cara sin enterarse. Yo soy un hombre paciente.

Marina cerró los ojos. No respondió, pero su cuerpo, ese traidor incorregible, ya latía por lo que faltaba —el coño palpitando, los pezones tiesos bajo el top, la boca aún llena del sabor a semen de un desconocido—, mientras el avión seguía surcando la noche como un cómplice silencioso.

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Comentarios(8)

Moni_BA

que relato!!! me dejó sin palabras, de verdad

LaViajera_M

Por favor que haya segunda parte, justo cuando se puso bueno termino jajaja. Me quede con las ganas!!

Tere_mdp

me recordo a un viaje que hice el año pasado... digamos que las turbulencias no fueron las unicas emociones del vuelo jaja. Tremendo relato

GabyLectora

Me pregunto si Marina sintio culpa despues o si simplemente lo disfruto sin mas. De esas preguntas que te deja un relato bien escrito

nico_mdp

el que duerme pierde jaja. tremendo

ElenaOscura

Muy bien narrado, se siente real sin ser burdo. De esas lecturas que no podes dejar a la mitad. Sigan asi!!!

AlexFuego_

me enganche desde el primer parrafo. ese ambiente en el avion lo describiste perfecto, la tension se siente fisica

RominaLect

increible!! mas de esto porfavor

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