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Relatos Ardientes

Volví del gimnasio con el olor de otro hombre

Me alegra que la primera vez que conté lo nuestro gustara tanto. Pensé que el juego con Mateo había llegado a su límite, que ya no quedaba nada más bajo que arrastrarlo conmigo. Me equivoqué. Descubrí que había capas más hondas en mi deseo y, sobre todo, en el suyo. Capas que ni yo misma sospechaba. Y todo empezó, de nuevo, en el gimnasio.

Había empezado a entrenar casi todos los días. No solo por el cuerpo. Lo hacía por el poder que me daba. Me gustaba sentir las miradas pegadas a mi espalda cuando hacía sentadillas, a mis pechos moviéndose bajo el top mientras corría en la cinta. Era una corriente eléctrica que me recorría entera y que me acompañaba el resto del día.

Una tarde, después de una sesión brutal de pesas, entré al vestuario. El aire estaba denso, cargado de calor y vapor. Me quité la ropa empapada y, mientras me secaba el cuello, levanté el brazo para recogerme el pelo. Y entonces me llegó. Mi propio olor.

No el perfume dulce que usaba siempre. Algo más crudo, más animal: a sudor, a esfuerzo, a sexo caliente tras una hora de movimiento. Esperé sentir asco. En lugar de eso, una calidez extraña me trepó por el vientre. Un cosquilleo.

Acerqué la nariz a mi piel e inhalé despacio. Apesto. Y me encanta. Me gustaba sentirme sucia, real, sin filtros. Me gustaba la idea de oler a mí misma, a lo que de verdad era debajo del jabón y la fragancia. No entendí en ese momento lo lejos que iba a llevarme aquella revelación.

Me quedé un rato larga frente al espejo del vestuario, todavía desnuda, observándome. La piel brillante, el pelo pegado a la nuca, las marcas rojas de la barra en los hombros. Pensé en Mateo, en su forma de quererme tan limpia, tan ordenada, tan a su medida. Pensé en cuánto le costaría aceptar a esta mujer que tenía delante, la que sudaba y olía y deseaba sin pedir permiso. Y la idea de mostrársela, de obligarlo a olerla, me apretó algo en el bajo vientre.

Fue ese mismo día cuando me fijé en él. Alto, ancho, con los brazos cubiertos de tatuajes que se le tensaban en cada repetición. Los demás lo llamaban Bruno. Siempre me miraba con una intensidad que me hacía sentir cazada, como si yo fuera la presa y él tuviera todo el tiempo del mundo.

Esa tarde me acerqué mientras él descansaba entre series. Sabía perfectamente lo que hacía.

—¿Me ayudás con la última serie? —pregunté, dejando que mis ojos hicieran el resto del trabajo.

Asintió sin decir una palabra. Me coloqué bajo la barra para hacer sentadillas y sus manos se posaron en mi cintura. No para corregir mi postura. Para tocarme. Sentí sus dedos firmes hundiéndose en mi carne, marcándola. Cada vez que bajaba, notaba el bulto de su entrepierna rozándome el trasero.

El aire entre los dos se espesó con el olor del sudor de ambos mezclándose. Terminé la serie jadeando, y no era solo por el peso. Me giré para mirarlo a los ojos. Estábamos demasiado cerca.

—Gracias —dije.

—No es nada —murmuró.

Y sin previo aviso me agarró de la nuca y me besó. Fue un beso brusco, sin elegancia, todo saliva y ganas. Me arrastró hasta uno de los baños individuales del vestuario y cerró el pestillo con el codo sin soltarme.

Me subió el top de un tirón y me mordió los pezones hasta que el dolor se confundió con el placer. Me bajó las calzas con violencia y se arrodilló frente a mí. No me lamió enseguida. Primero hundió la cara y me olió, inhaló mi olor a sudor y a deseo como si lo necesitara para respirar.

—Apestás riquísimo —gruñó contra mi piel antes de clavarme la lengua.

Me hizo girar y me apoyó las palmas contra el azulejo frío. Me penetró por detrás, despacio al principio, abriéndose paso con el sudor como única ayuda. Después dejó de tener paciencia. Me embistió con la cara pegada a la pared, una mano apretándome la cadera y la otra tapándome la boca para que nadie del gimnasio oyera lo que estábamos haciendo a tres metros de la gente.

En ningún momento se preocupó por si yo terminaba. No le hacía falta. Sabía que no lo había buscado por eso. Y yo tampoco. Lo había buscado por lo que vendría después, por la escena que ya estaba montando en mi cabeza mientras él me sujetaba contra los azulejos.

Acabó dentro de mí con un gruñido sordo. Cuando se apartó, me dio la vuelta y volvió a besarme, una boca que ahora sabía a todo lo que acababa de pasar entre los dos.

—La próxima vez no traigas perfume —dijo, subiéndose el pantalón como si nada.

No le contesté. Ya estaba pensando en otra cosa. En quién me esperaba en casa.

***

Llegué oliendo a pecado. Mi cuerpo entero era un mapa: el sudor del entrenamiento, el rastro de Bruno entre las piernas, su sabor todavía en mi boca. No me duché en el club. No me cambié. Quería llegar exactamente así. Quería que Mateo lo notara.

Estaba en el sillón, mirando la tele con esa tranquilidad de domingo que tenía siempre. Se giró para saludarme con una sonrisa que se le congeló a mitad de camino. Frunció el ceño.

—Camila… ¿qué es ese olor? Parece… sudor.

Me planté frente a él, las manos en la cadera, sin un gramo de culpa en la cara.

—Es el olor del gimnasio, Mateo. El olor de entrenar como una bestia. ¿Hay algún problema con eso?

Se levantó y se acercó, dudando en cada paso.

—No, es que… es muy fuerte. Y tu aliento… huele raro.

Mi sonrisa se volvió de hielo.

—¿Raro cómo? Comí un yogur en el auto. ¿Ahora también querés olerme la boca? ¿Vas a controlar hasta lo que como?

Retrocedió un paso, nervioso.

—¡No, por favor! Solo digo que huele distinto.

—¿Distinto a qué, Mateo? —avancé hasta arrinconarlo contra la pared, una mano plana sobre su pecho—. ¿Distinto a tu aburrido aliento a menta? A mí me gusta cómo huelo. Huelo a mujer. A una mujer que vive de verdad. ¿Eso te asusta?

Su respiración se aceleró. Vi el conflicto cruzarle los ojos: el rechazo peleando contra una curiosidad enferma que no podía esconder. Su cuerpo, como siempre, lo traicionaba antes que su boca.

Era el mismo Mateo de siempre. El que se indignaba con la boca y suplicaba con las manos. El que decía «esto no está bien» mientras se le aceleraba el pulso y se le marcaba el deseo bajo la ropa. Yo había aprendido a leer ese idioma mejor que él mismo. Sabía exactamente dónde apretar, qué frase usar, cuánto humillarlo para que en lugar de irse se quedara pidiendo más.

—No… no me asusta —mintió.

—Entonces dejá de quejarte y aprovechame —ordené, bajándole el cierre del pantalón.

Lo tenía medio duro. Lo agarré con firmeza y se lo apreté.

—Mirá. Tu cuerpo sí me entiende. Tu cuerpo sabe que soy una sucia y le encanta serlo.

Me arrodillé frente a él, sobre la alfombra del living, y me lo metí en la boca. La misma boca que una hora antes había estado en otro lado. Lo chupé despacio, mezclando mi saliva con lo que quedaba de Bruno, y le hablé al oído entre lametones.

—¿Sabés a qué sabe tu pene ahora, mi amor? Sabe a mí. Y sabe a otro. ¿Y sabés a qué sabe mi boca, mi cornudito? A lo que me hicieron en el gimnasio.

Gemía. Negaba con la cabeza, decía que no, que parara. Pero sus caderas se movían solas, empujándose más adentro de mi garganta. Su cuerpo confesaba todo lo que su orgullo no quería aceptar.

—No, Camila, no digas eso… —suplicó, con la voz quebrada.

—Callate y cogeme —le corté, levantándome y tirándome de espaldas sobre la mesa del comedor.

Me bajé las calzas, todavía manchadas con el sudor del entrenamiento y el rastro de lo que había pasado un rato antes. Abrí las piernas frente a él.

—Metémela. Ahora.

Mateo, vencido, se acercó y me penetró. Me cogió ahí mismo, sobre la mesa donde cenábamos cada noche, mientras yo le iba narrando al oído mi «fantasía».

—Imaginate que en el gimnasio había un tipo, Mateo. Imaginate que me llevó a un baño y me dio vuelta contra la pared. Imaginate que me usó hasta cansarse y que ahora te estoy pasando a vos todo lo que me dejó encima.

Embestía más fuerte con cada palabra. No sabía si me creía o si elegía no creerme, y esa duda era justo lo que lo enloquecía. Se corrió dentro de mí con un grito ahogado, mitad placer y mitad derrota.

Yo no me vine. No lo necesitaba. Mi placer era otro, más frío, más mental. Era el placer de la victoria, el de tenerlo en la palma de la mano sabiendo que volvería a buscarme aunque le destrozara el alma.

Me arreglé la ropa con calma y me miré en el espejo del pasillo. Despeinada, marcada, oliendo a sudor propio y a hombre ajeno. Me sentía poderosa. Me sentía más viva que nunca.

—Limpiá esto —le dije a Mateo, señalando el desastre sobre la mesa.

Y me fui a la ducha, dejándolo solo con sus dudas y con el olor de mi traición pegado a la piel.

Él seguía sin saberlo del todo. Prefería no saber. Pero yo sí lo sabía. Y cada vez que volviera a olerme, una parte de su cabeza, la que nunca miente, iba a reconocer la verdad antes de que él se animara a pensarla.

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Comentarios (4)

NachoCriollo

Excelente!!! uno de los mejores de esta categoría que leí en mucho tiempo

Sandra_Mdq

Que tensión tan bien lograda... me quedé con ganas de saber como termino todo

ElTibio_88

Me encantó la psicología del personaje, ese juego de provocar sin decir nada. Se siente muy real.

Pablito_Norte

¿Es una historia real o ficcion? porque tiene demasiados detalles autenticos jaja

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