La acompañante del vestido rojo era mi esposa
Martín se servía un whisky en el despacho mientras esperaba a Valeria. Llevaban diez años juntos y siete de matrimonio, y todavía sentía un nudo en el estómago cada vez que la oía moverse por la casa. Compartían oficio, despacho y apellido profesional: el estudio Vega y Asociados, fundado por su padre Eduardo, era el sostén de los dos.
El problema era que el estudio se estaba hundiendo. Después de que su madre murió, Eduardo se sumió en una depresión profunda y dejó que las cuentas se llenaran de deudas. Cuando Martín revisó los balances, comprendió que en menos de un año todo lo que su padre había construido se iba a perder. Necesitaba un contrato grande, y rápido.
La oportunidad apareció a través de Federico, un viejo compañero de facultad. Le consiguió una reunión con Hernán Ruiz, jefe de Recursos Humanos del grupo Vargas, una de las constructoras más agresivas del país. Tras dos meses de presentaciones, Hernán le sonrió con esa cordialidad fría de los negociadores.
—Me gusta tu propuesta, Martín. Pero acá hay más interesados. Vas a tener que demostrarme que valés algo más que un papel bien redactado.
—Estoy dispuesto a ofrecer una participación en el estudio.
—Eso está bien. Pero antes me gustaría una cena. Algo cómodo, divertido. Tres personas.
Martín entendió. En ese círculo, las negociaciones se sellaban con acompañantes y alcohol, y los Vega no eran tan ingenuos como para creer que podían cambiar las reglas. Lo que jamás imaginó fue hasta dónde estaría dispuesta a llegar Valeria para salvar el legado de su suegro.
***
—Una cena más, mi amor —le dijo ella esa noche, abrazándolo desde la espalda mientras él lavaba dos copas—. Y firma. Después podemos respirar.
—El problema es el lugar. Ningún restaurante reservado, ningún hotel con suite libre. Y este tipo, Sergio Vargas, no aparece dos veces.
—La casa de tus padres está vacía desde que tu papá se mudó al departamento.
—¿Vos estás loca? ¿Recibirlos donde crecí?
—Yo me encargo de que no quede una sola foto, ni un papel, ni un libro con el apellido. Va a parecer una propiedad de alquiler.
Martín la miró largo rato. Sabía que tenía razón. Valeria siempre tenía razón cuando ponía esa cara.
—¿Y las chicas?
—Yo las contrato. Cuatro. Daniela ya está confirmada para vos —le dijo, sosteniéndole la mandíbula con dos dedos—. Y no se te ocurra tocarle nada que no sea la mano. Si me llego a enterar, te corto la pija mientras dormís.
Él soltó la risa por primera vez en semanas. Después la abrazó, agradecido. No sabía aún que Valeria había estado pensando otra cosa desde hacía días.
***
El sábado llovía como si el cielo estuviera apurado por terminar el mundo. Martín llegó a la casona de sus padres una hora antes que los invitados. Valeria había cumplido al detalle: ni una foto, ni un cuadro reconocible. El living parecía sacado de una revista de decoración, y el menú japonés estaba servido sobre la mesa principal.
A las nueve y veinte, la camioneta entró por el portón. Bajaron tres hombres protegiéndose con paraguas. Federico flaco como una caña, Hernán con su prestancia de cincuentón impecable, y Sergio Vargas en el medio, robusto, con un traje azul oscuro, un anillo de oro grueso y la mirada de alguien acostumbrado a no recibir un no.
—Buen lugar elegiste, Martín —dijo Sergio mientras le entregaba el sobretodo mojado—. Si me permitís el tuteo.
—Por supuesto.
La cena empezó suave. Sake, conversación liviana, anécdotas calculadas. Pero apenas Sergio se fue al baño, Hernán bajó la voz.
—La firma de Mansilla anda rondando el mismo contrato. Si querés cerrar esta noche, vas a tener que dar más que sushi.
—Las chicas vienen en camino.
—Bueno. Esa también es parte del informe financiero, Martín. Si una firma no puede costear bien la diversión, ¿qué garantía tenemos de que pueda llevar nuestra cuenta?
Martín asintió. Se excusó con un café y corrió a la cocina. Marcó a Valeria.
—Tenemos un problema, amor —contestó ella—. Una de las chicas se cayó. Estoy buscando reemplazo, pero con esta lluvia, un sábado a la noche, va a ser milagroso.
—Sergio es muy exigente. Si falta una, se ofende.
—Yo me ocupo. Vos seguí estirando el tiempo.
Cuando volvió al salón, preparó un Manhattan para Sergio y mojitos para los demás. Federico, en un susurro cómplice, propuso que se quedaran a dormir en el primer piso para evitar el regreso bajo la tormenta. A Sergio le gustó la idea. Subieron a elegir habitaciones, y por una jugada cruel del destino, el empresario eligió justo el cuarto donde Martín y Valeria habían pasado su primera noche juntos, cuando ella todavía no era abogada y él todavía no había heredado un problema.
***
A las once menos cuarto, las luces de un coche barrieron el jardín. Federico salió con paraguas. Sergio se acomodó en el sillón principal con la sonrisa de quien va a recibir un regalo. Martín preparaba la bandeja con cuatro copas de champán cuando se abrió la puerta.
Entró Daniela primero, morena, voluptuosa, vestido negro pegado que le marcaba las tetas grandes y el culo redondo. Después Soledad, esbelta, en un mono violeta que le dibujaba los pezones bajo la tela. Después Mariana, una rubia alta de aire nórdico, con tacos plateados y las piernas al aire hasta la ingle. Y la cuarta.
La cuarta entró con un vestido rojo que parecía esculpido sobre el cuerpo. El pelo recogido, los labios pintados de un tono que él nunca había visto en ella, los ojos esquivando los suyos a propósito.
La bandeja se le resbaló. Las copas estallaron contra el piso.
—¡Por Dios, te ayudo! —dijo «Lucía», agachándose junto a él como si fuera una desconocida servicial.
Entre vidrios y disculpas, lograron escapar a la cocina. Martín cerró la puerta. El bajo de la música apenas dejaba oír su propia voz.
—¿Qué carajo estás haciendo, Valeria?
—No tuve opción, Martín. La chica que reemplazaba a la que canceló estaba a una hora del lugar. El contrato se caía. Pensé que Sergio elegiría a Daniela, como acordamos. Que yo me iba a quedar con vos, fingiendo, hasta que él se cansara.
—¿Sabés qué cuarto eligió?
Ella asintió, lívida.
—Todo va a salir bien —insistió Valeria, agarrándole la cara con las dos manos—. Confiá en mí. Es una noche.
***
Al volver al salón, ya estaban bailando. Soledad se reía contra el cuello de Hernán, que tenía una mano metida por debajo del mono violeta y le apretaba una teta sin disimulo, haciéndole rodar el pezón entre los dedos. Mariana movía las caderas frente a Federico, y el flaco ya le había bajado los breteles del vestido; la rubia se dejaba manosear las tetas duras al ritmo de la música, riéndose con la boca abierta cada vez que él le pellizcaba un pezón. Sergio Vargas, en cambio, no apartaba los ojos del vestido rojo.
—¿Cambiamos? —propuso él levantándose.
Daniela aceptó con una sonrisa profesional y se acercó a Martín, que se dejó tomar de la mano más por inercia que por otra cosa. Sergio rodeó la cintura de Valeria con una familiaridad que a Martín le revolvió el estómago, y le bajó la mano hasta apretarle el culo por encima del vestido rojo, hundiendo los dedos en la carne.
—Estás muy linda, Lucía —le dijo el empresario al oído, lo bastante fuerte como para que Martín lo oyera—. Más linda que las otras. Y me imagino que tenés un coño tan lindo como la cara.
—Muchas gracias —contestó ella, manteniendo distancia—, pero parece que ya estabas con Daniela.
—Hice mis averiguaciones esta semana, querida. Sé que el estudio del señor Vega anda en rojo. Sé que esta cena se paga con la firma del lunes. Y sé que vos no te llamás Lucía.
Valeria sintió que el piso se movía. Sergio le sonrió con todos los dientes.
—No te preocupes. Nadie va a enterarse. Pero esta noche te quedás conmigo, con las piernas abiertas y la boca cerrada. Esa es mi condición para firmar.
***
Martín fue arrastrado a la cocina por Daniela cuando vio que Sergio le tomaba la cara a Valeria y la besaba en plena pista, metiéndole la lengua hasta el fondo mientras le manoseaba las tetas por encima del vestido rojo. Apretó los puños tanto que se cortó la palma con la propia uña.
—No podés hacer nada —le dijo Daniela en voz baja—. Si subís y le pegás, perdés todo. Ella decidió esto. No le rompas el sacrificio.
—Es mi mujer.
—Es una mujer que está pagando un precio enorme para que mañana vos tengas un estudio. Dejala terminarlo a su manera.
Valeria entró un minuto después. Tenía la respiración cortada, el pintalabios corrido y el escote del vestido bajado hasta el nacimiento de una teta, con la marca roja de una mano ajena en la piel. Le agarró las manos a Martín y lo apretó como si quisiera dejarle la huella tatuada.
—Te amo. No lo olvides. Lo que pase ahí arriba va a ser fingido. Mañana volvemos a ser nosotros. Decime que estás conmigo.
Martín la miró largo. Las lágrimas le quemaban los ojos, pero no caían.
—Si vos estás dispuesta, yo te apoyo.
Ella le besó la boca como si fuera la última vez y subió la escalera, con Sergio siguiéndola dos pasos atrás, la mano abierta apoyada en el culo del vestido rojo, empujándola hacia el cuarto.
***
Daniela lo llevó a la habitación del fondo, la que daba al patio, la más lejana al cuarto donde su mujer ya estaba cerrando la puerta. Le puso unos auriculares y una botella de whisky en la mano.
—Tomate esto. Y subí el volumen.
Pero los auriculares no eran bastante. La casa era vieja, las paredes finas, y la cama del cuarto contiguo era la misma que él había estrenado a los veintidós años con Valeria. Conocía cada uno de sus crujidos. A la una y veinte de la madrugada, esos crujidos empezaron a marcar un ritmo que nunca había sido para él.
Del otro lado de la pared, Sergio ya le había arrancado el vestido rojo a Valeria y lo había tirado al piso. La tenía parada contra la cómoda, en corpiño y tanga negros, y le clavaba la boca en el cuello mientras le apretaba las tetas con las dos manos, sacándoselas por arriba de las copas para pellizcarle los pezones hasta ponerlos duros.
—Sabía que ibas a tener buenas tetas —le dijo, agachándose para chuparle un pezón entero, mordiéndoselo con los dientes—. Sabía que tu marido no te cogía como te merecés.
Valeria cerró los ojos. Se había prometido no responder, pero cuando él le metió la mano dentro de la tanga y le abrió los labios del coño con dos dedos, ya estaba mojada. La traicionó el cuerpo antes que la cabeza. Sergio le rozó el clítoris con el pulgar y sonrió al sentirla temblar.
—Mirá vos, la abogadita. Se le moja el coño con un desconocido.
La empujó de rodillas al piso. Se abrió el cinturón, se bajó los pantalones y le sacó la polla dura frente a la cara. Era gruesa, venosa, más grande que la de Martín. A Valeria le tembló la mandíbula cuando él se la apoyó contra los labios.
—Abrí la boca. Todo. Hasta el fondo.
Ella abrió. Sergio le agarró la nuca con las dos manos y le metió la verga hasta la garganta de un solo empujón. Valeria hizo un ruido ahogado, se le llenaron los ojos de lágrimas, pero él no la soltó. La embistió tres, cuatro veces contra la cara, hasta que la saliva le chorreaba por el mentón y le manchaba las tetas.
—Así, puta. Chupala bien. Chupala como si te fuera la vida.
Valeria empezó a mamársela sola, con las dos manos en la base, sacándola y metiéndosela con un ritmo que la vergüenza le hizo perfecto. Le lamía la cabeza, se la envolvía con la lengua, le chupaba los huevos uno por uno, todo lo que había aprendido en diez años con Martín se lo estaba dando a otro.
Sergio la levantó del pelo y la tiró boca arriba sobre la cama. Le arrancó la tanga de un tirón y le abrió las piernas con las rodillas. Le enterró la cara entre los muslos y le chupó el coño entero, de abajo hacia arriba, con la lengua plana, hasta clavársela en el clítoris. Valeria arqueó la espalda y soltó el primer gemido. Grueso. Abierto. Verdadero.
—Puta madre —dijo ella entre dientes, agarrándole la cabeza y empujándosela contra el sexo—. Ahí. Ahí.
Él le metió dos dedos y siguió chupándola. Se los curvó por dentro, buscándole el punto, y cuando lo encontró Valeria se corrió con un espasmo largo, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar el nombre equivocado. La cama crujió con cada sacudida de sus caderas.
—Todavía no terminé con vos —le dijo Sergio, subiéndose encima. Se agarró la polla y se la restregó por los labios del coño empapado, sin meterla—. Pedímela.
Valeria apretó los dientes. Del otro lado de la pared sabía que Martín podía estar escuchando. Pero él ya le había clavado la cabeza de la verga en la entrada y la estaba empujando de a poco, torturándola.
—Pedímela, Valeria. Con tu nombre.
—Cogeme —susurró ella—. Cogeme de una vez.
Sergio le metió la polla entera de una sola embestida. Valeria abrió la boca en un grito mudo, se le pusieron los ojos en blanco. Él empezó a cogérsela duro, la cama golpeando contra la pared con cada envión, los muelles chirriando ese ritmo obsceno que Martín conocía de memoria porque lo había marcado él mismo mil noches en esa misma cama.
—Así te gusta, ¿no? Duro. Bien adentro. Decime que te gusta.
—Me gusta —gimió ella—. Me gusta, hijo de puta, me gusta.
La dio vuelta boca abajo, la levantó de las caderas y se la clavó por atrás, en cuatro patas, agarrándola del pelo recogido como si fuera una rienda. Le hundía la polla hasta las bolas, sin darle respiro, mientras le pegaba palmadas en el culo que retumbaban por toda la habitación.
—Miráme la pija entrando y saliendo de tu coño, puta. Miráme.
Valeria giró la cabeza y miró de reojo, hipnotizada, la verga gruesa hundiéndose entre sus nalgas. Se corrió otra vez, gimiendo largo, y él siguió cogiéndosela sin parar, la piel golpeando contra la piel, el olor a sexo llenando todo el cuarto.
Cuando ya no aguantó más, Sergio le sacó la polla, la giró boca arriba y se la vino encima. Le cayeron chorros gruesos de semen en las tetas, en el cuello, en la boca abierta, en el pelo. Valeria se quedó ahí, jadeando, con la corrida ajena chorreándole por la piel y una lágrima bajándole por la sien.
—Buena chica —dijo Sergio, dejándose caer al lado, la mano abierta sobre una teta pegoteada—. Descansá un rato. Todavía nos queda la noche.
El primer gemido de su esposa atravesó la pared como una astilla. No era fingido. Eso fue lo peor: no era fingido. Era el mismo sonido grueso, abierto, que ella hacía cuando perdía el control. Lo había escuchado durante diez años. Lo conocía como conocía su propio nombre.
Martín se sacó los auriculares despacio, los dejó sobre la mesita y se quedó mirando un punto fijo en la pared. No lloró. No gritó. Solo respiró. Daniela, sentada al borde de la cama, le tomó la mano y le dijo, sin levantar la voz:
—Ese tipo de al lado puede comprar todo lo que quiera. Pero tu mujer está pagando un precio que él jamás va a entender. Acordate de eso mañana.
***
El contrato se firmó a las nueve y media de la mañana, sobre la mesa del comedor donde habían cenado sushi. Sergio Vargas estampó su nombre con una caligrafía gruesa, dejó la lapicera al lado de la carpeta y se sirvió el café como si nada hubiera pasado. Federico le palmeó la espalda a Martín. Hernán le sonrió con esa cordialidad fría de siempre.
Valeria bajó cuando los autos ya se iban. Llevaba puesta una de sus camisas viejas de él, de cuando estudiaban, y tenía el pelo todavía húmedo de la ducha. Se sentó frente a Martín en la cocina y le acercó la taza vacía sin decir nada.
Él le sirvió el café. Ella tomó un sorbo. Y entonces, sin mirarlo, dejó la taza sobre la mesa y le dijo lo único que él necesitaba oír.
—Lo hice por nosotros. Y nunca más, Martín. Nunca más.
Él le tomó la mano. Afuera había salido el sol. La tormenta se había ido. Pero los dos sabían que algo, en alguna parte de ellos, no iba a volver a estar entero. Y que, de todas formas, valía la pena. Por el legado, por el apellido y porque, después de esa noche, ya no quedaba nada peor que pudiera pasarles.