El tatuaje que escondía las iniciales de mi profesor
Estaba acostada junto a Sebastián, mi marido, una noche cualquiera de marzo. La rutina nos había dejado en ese silencio cómodo de los matrimonios viejos, aunque no llevábamos ni cuatro años casados. Él me acariciaba el pelo distraído cuando dijo algo que me sacudió por dentro sin que se diera cuenta.
—Tendríamos que tatuarnos juntos algo, ¿no te parece? —comentó, riendo, como quien tira una idea al aire.
Sonreí. Me cuidé de que la sonrisa no se me cayera en la voz.
Hacía casi seis años que llevaba en la cadera un tatuaje diminuto, dos letras entrelazadas, y nadie en mi vida actual sabía para quién eran. Ni Sebastián, ni mi madre, ni la amiga con la que entré aquel verano a la sala de tatuajes. Para ellos era un capricho de adolescente, una iniciativa universitaria. Para mí era él. Mateo. Mi profesor de literatura.
Esa noche no pude dormir. Repasé en la cabeza todas las tardes en su oficina, las correcciones que nunca eran solo correcciones, las veces que cerró la puerta con llave y me enseñó cosas que no entraban en el programa. Empecé a humedecerme pensando en él y Sebastián lo notó. Le di la espalda, le pedí que me la metiera así, y él interpretó mi calentura como un regalo para los dos.
Mientras él se movía, yo cerraba los ojos y veía a Mateo. La mandíbula, las manos enormes, la voz baja con la que ordenaba. Acabé fuerte, mordiendo la almohada, y le dije a Sebastián que había sido perfecto. No mentía del todo.
Llegó después la culpa, pero no era de las que duelen. Era una culpa cómoda, que se acomodaba sola en el pecho. No hice nada, me repetí. Pensar no es hacer.
Tres días después salí a hacer un trámite al banco del centro. Iba por la avenida con los auriculares puestos cuando lo vi. Estaba parado frente a la fachada de cristal, con un café en la mano, mirando algo en el teléfono. No me había visto. Podría haber seguido caminando. Podría haber doblado en la esquina y haber vuelto a casa sin que nadie supiera nunca que lo crucé.
—¿Mateo? —dije, antes de que el cerebro me alcanzara.
Levantó la vista. Tardó dos segundos en reconocerme y, cuando lo hizo, sonrió de esa forma suya, lateral, como si ya supiera algo que yo todavía no.
—No te puedo creer —dijo—. Estás igual.
—Estoy casada —contesté, sin saber por qué.
—Eso no te lo pregunté.
Hablamos diez minutos parados en la vereda. Le conté la mitad de mi vida y me callé la otra mitad. Él me hizo preguntas con esa habilidad antigua que tenía para sacarme cosas que yo no pensaba contar. Antes de despedirnos, le pedí el número con una excusa tonta sobre un libro que él me había recomendado y que nunca leí. Me lo dictó tranquilo, como si supiera que iba a llamarlo.
Caminé hasta casa apretando el teléfono en el bolsillo. Adentro, en la cocina, me senté en el suelo a pensar lo que estaba por hacer. Todavía estoy a tiempo, me decía. Todavía no pasó nada. Pero ya había pasado. Tenía su número, y eso era pasar.
Le escribí esa misma noche, después de que Sebastián se durmió. Cosas inocentes al principio: que cómo estaba, que cuántos años, que qué hacía. Él contestaba enseguida, como si hubiera estado esperando. Tres días así, tanteándonos. Una adrenalina que yo creía olvidada me hacía revisar el teléfono cada quince minutos.
Al cuarto día me animé.
—Mateo, ¿te acordás del tatuaje?
—¿Qué tatuaje?
—Sabés cuál.
Pasaron dos minutos enteros. Lo imaginé del otro lado, regodeándose, midiendo cuánto cargarme el teléfono.
—¿Lo tenés todavía?
—Lo tengo.
—No te creo. Foto.
—Ni loca por acá. En persona se ve mejor.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa. Tardó cuatro minutos en contestar, los cuatro minutos más largos de mi semana.
—¿Cuándo me lo enseñás?
—Mañana.
***
Me citó en un hotel de la zona norte que no conocía. Me puse un vestido de lino, sin medias, sin sostén, una pollera que se levantaba con poco. Mientras esperaba en la puerta sentía el corazón en el cuello. Cuando frenó con el auto y me abrió la puerta del acompañante, sentí que tenía dieciocho años otra vez.
—Subí —dijo, sin saludarme.
Entramos a la habitación y antes de que yo encendiera la luz, él ya me tenía contra la pared. Me besó como si me hubiera estado debiendo seis años. Me apretó las nalgas con las dos manos y, mientras me besaba, fue subiendo el vestido. Me metió un dedo en el culo de golpe, sin avisar, y me arrancó un jadeo que ya no recordaba que pudiera dar.
Me agarró del pelo con la otra mano y me empujó la cara contra él, mientras hundía más el dedo. Me miró fijo.
—¿Te seguís acordando? —preguntó.
—Me sigo acordando.
Sacó el dedo y me lo puso en la boca. Lo chupé como había aprendido con él, mirándolo a los ojos. Sentí en la lengua todo lo que había estado fingiendo olvidar.
Me sacó la ropa y se sacó la suya. Su cuerpo no había cambiado tanto, un poco más marcado, una cicatriz nueva en el hombro. Me arrodillé y se la chupé con esa hambre estúpida que le tenía. Él me empujaba la cabeza, me hacía atragantar a propósito, y yo dejaba caer la saliva sobre mis pechos, como si fuera otra vez su alumna predilecta.
—Pará —dijo de repente.
Me levantó del pelo. Me tiró en la cama, me dio vuelta y me puso en cuatro. Me manejaba como una muñeca, con esa firmeza de quien sabe que no le voy a discutir nada. Me apoyó la verga contra el tatuaje, ese tatuaje que solo él entendía, y se movió encima como marcando territorio. Después bajó la boca y me comió el culo de esa forma sucia que ningún otro hombre me hizo después de él.
—Ponete acá —murmuró, abriéndome las piernas.
Sacó un preservativo del bolsillo del pantalón tirado en el piso. Lo abrió con los dientes. Me miró las piernas abiertas y soltó una risa baja al ver lo mojada que estaba.
—¿Te ponés así por la pija de tu profesor? —preguntó, al oído, mientras me la apoyaba.
—Sí.
—Decilo entero.
—Me pongo así por la pija de mi profesor.
Me la metió de a poco, igual que la primera vez, mientras me apretaba el cuello con la mano. Cuando estuvo entero adentro me agarró de la cintura y empezó a romperme con un ritmo que no perdona. Yo le abracé la cintura con las piernas para que no se le ocurriera salirse. Me cogió hasta que acabé gritando contra su hombro.
Me puso de nuevo en cuatro, con el pulgar metido en el culo, mientras seguía. Después de un rato se inclinó sobre mi espalda.
—¿Lo meto atrás? —preguntó.
—¿Por qué preguntás algo que es tuyo?
Se rió y escupió. Me la metió en el culo despacio y, cuando estuvo todo adentro, me levantó tirándome de los brazos hacia atrás. Me daba duro, parejo, como si me hubiera estudiado de memoria. Sentí ganas de orinar y se lo dije.
—Hacelo —ordenó.
Lo hice. Empapé la cama y a él le pareció lo más natural del mundo. Me empujó la cara contra el colchón y me preguntó al oído lo que yo sabía que iba a preguntar.
—¿Tu marido te coge así?
—No.
—Decilo bien.
—Mi marido no me coge así.
Volvió a empujarme contra la cama, con la verga todavía adentro, y me apoyó el pie en la sien sin pisarla del todo. Mis gemidos salían apagados contra la sábana. Sentía que me partía. Sentía que era de él otra vez. Esa era la palabra que había estado tratando de no usar durante seis años. De él.
***
Cuando terminamos quedé tirada boca arriba, con el pelo pegado a la frente y el cuerpo entero temblando. Él se sentó en el borde de la cama, encendió un cigarrillo y me miró largo, como si calculara qué hacer conmigo. Yo no dije nada. Me arrodillé adelante de él y le saqué hasta la última gota con la boca. Me la tragué entera. Me obligó a limpiar con la lengua lo que le había quedado encima hasta dejarlo seco. Lo hice sin discutir.
—Te portaste bien —dijo, pasándome el pulgar por el labio.
Sonreí con los ojos cerrados.
En el espejo del baño, después, me vi un chupón en el cuello que iba a tener que tapar con corrector. Me reí sola. Volví a casa con el pelo recién mojado de la ducha, las piernas todavía flojas y un perfume nuevo que él me había dejado en la piel.
Sebastián me esperaba con la cena hecha. Me dio un beso en la boca y no notó nada. Me preguntó cómo me había ido en el día. Le dije que largo, agotador. Me senté a comer.
Esa noche, en la cama, fui yo la que se subió encima. Sebastián se sorprendió, contento. Cerré los ojos y volví a estar con Mateo. Mi marido lo agradeció sin saber a quién.
Hace meses que esto sigue así. Mi vida sexual con Sebastián mejoró y él lo nota. Lo nota y lo disfruta. Yo cubro con base un chupón cada quince días, miento sobre reuniones, salgo a hacer trámites que no existen. Soy peor de lo que jamás imaginé y, sin embargo, no me acuerdo de haber estado tan despierta nunca.
El tatuaje, por las dudas, lo sigo escondiendo.