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Relatos Ardientes

El recluso me confesó que su esposa era su hermana

Trabajo como guardia en el penal de Monteverde, a poco más de una hora de Madrid. Allí dentro están los que nadie quiere cerca: homicidas, jefes de bandas, ladrones de oficio y cosas peores que prefiero no nombrar. Llevo nueve años recorriendo esos pasillos y aprendí a leer una cara en dos segundos.

Me llamo Mateo, tengo treinta y cinco años y dos hijas que son lo mejor que hice en la vida. Por el oficio cuido el cuerpo: levanto hierro de madrugada antes del turno y corro los fines de semana. No es vanidad, es supervivencia. Mido casi dos metros y me crié cargando sacos en el campo, así que de cintura para arriba impongo, y eso ahí adentro vale tanto como una porra.

Vengo de una familia humilde del sur, jornaleros de sol a sol. A los veinte me alisté en el ejército para escapar de un pueblo donde el futuro era heredar la misma azada que mi padre. Duré cuatro años y me di cuenta de que aquello tampoco era lo mío. Fue Noelia, mi mujer, quien me empujó a presentarme a las oposiciones de funcionario de prisiones. Aprobé, y ahí arranca de verdad esta historia.

A Noelia la conocí el primer día que pisé el cuartel. Una rubia de metro ochenta, con un cuerpo que cortaba la respiración y una cara dulce que no encajaba con el uniforme de campaña. La vi formada en aquel patio y pensé, con una certeza absurda para un crío de veinte años, que esa mujer iba a ser mía para siempre. La atracción fue mutua. Salimos los dos de la milicia, nos casamos y enseguida llegaron Sara y Elena, una detrás de la otra.

Ella trabaja de tardes en un supermercado del barrio, mal pagada y harta. Yo entro al penal a las seis de la mañana. Esa rutina llevaba años sosteniéndonos, hasta que algo la rompió por la mitad.

***

A los funcionarios nos repiten lo mismo desde el primer curso: distancia afectiva con los internos. Hay que ser firme, contundente, no empatizar con nadie. Y tiene su lógica, porque la mayoría de esos hombres te clavaría un pincho por un cigarro. Pero entre toda esa fauna había un tipo distinto, Iván.

Iván era callado, siempre solo, sin buscar líos ni alianzas. Se notaba que no pertenecía a ese mundo. Sin proponérmelo, empecé a cuidar que la jauría no se lo comiera vivo: lo cambiaba de patio, lo sacaba antes de los recuentos tensos, le daba el módulo más tranquilo. Él lo notaba. Y un día, en el office mientras le servía café, me contó cómo había acabado allí.

—Mira, Mateo —me dijo bajando la voz—, yo arruiné mi vida por gilipollas y por chulo.

—Cuéntame.

—Una noche había bebido más de la cuenta y me paró una pareja de la Guardia Civil de tráfico. En vez de frenar, aceleré. Hubo persecución y terminé estrellándome contra su coche. Uno murió en el sitio. El otro perdió una pierna.

Se quedó mirando el vaso de plástico como si dentro estuviera todo lo que había perdido.

—Me cayeron veinte años —añadió.

—Joder, tío —solté—. Te paras, soplas, pagas la multa y ahora estarías en tu casa. ¿Por qué hiciste esa burrada?

—Lo peor ni siquiera es la condena —respondió—. Vine a este pueblo huyendo de mi familia hace años. Me ganaba muy bien la vida. Por suerte mi hermana sigue llevando el negocio y le va de maravilla. Pero tengo una hija que va a crecer casi sin padre. Esa era nuestra ilusión, ¿entiendes? Y la reventé yo solo.

Algo no me cuadró. Yo había visto a la mujer que lo visitaba en los vis a vis. Una belleza menuda, joven, que se le colgaba del cuello cada vez que entraba.

—Espera, que me pierdo —dije—. Esa preciosidad que viene a verte… ¿es tu mujer y además es tu hermana?

—Sí, Mateo. Y te pido que no me juzgues mal.

Bajó todavía más la voz. Me contó que se habían escapado de casa muy jóvenes, que se querían desde críos como dos tortolitos y que un día simplemente hicieron las maletas y desaparecieron. Desde entonces sus padres no sabían nada de ellos. Ni siquiera sabían que eran abuelos.

—Joder, tío —murmuré, y noté que la historia, en lugar de escandalizarme, me había encendido algo por dentro—. Tienes que contármelo todo.

—Ya lo he hablado con Vega —dijo—. Si te parece, la conoces y ella te lo explica con calma. Además, quiero proponerte algo. Quiero ayudarte.

—¿Ayudarme? ¿A mí?

—El negocio que llevamos da mucho dinero y necesito gente de confianza alrededor. Había pensado en tu mujer. Perdona si soy un atrevido.

—Pero ¿de qué negocio hablamos?

—El camping Valdeluna es nuestro.

Me quedé sin palabras. Más de una vez Noelia y yo habíamos fantaseado con pasar un verano en ese sitio: enclavado entre montañas, con piscina, rutas, actividades para las niñas. Siempre se nos iba de presupuesto y encima quedaba cerca de casa, lo cual lo hacía aún más frustrante. Que de pronto fuera de Iván me dejó mareado.

Me dio la dirección de Vega y un teléfono. Esa noche lo hablé con Noelia y decidimos que fuera yo primero a tantear el terreno antes de meternos en nada.

***

El primer día libre que tuve, llamé. Vega tenía una voz tranquila y risueña, y quedamos en el propio camping. Llegué a media mañana de un mayo espléndido y pregunté por ella en recepción.

—Está en la piscina —me indicaron—. Pase usted, que todavía no abrimos al público.

Crucé el recinto. La piscina estaba vacía salvo por una tumbona en la que ella tomaba el sol, tumbada boca arriba. La llamé de lejos por su nombre.

—Tú debes de ser Mateo —dijo girándose hacia mí.

Me quedé clavado. Estaba sin la parte de arriba del bikini, con una braguita mínima que apenas tapaba nada. El cuerpo prácticamente desnudo, la piel dorada, unos pechos firmes y, al incorporarse, un trasero que me hizo tragar saliva. Detrás de las gafas de sol intenté disimular el descaro, pero no me salía ni una palabra.

—¿Mateo? —repitió, divertida.

—Sí, sí, perdona —reaccioné—. Es que no te esperaba tan joven.

—Ya sé que Iván te contó lo nuestro —dijo sin un atisbo de vergüenza—. Tomamos algo y te explico la historia.

Entró ella misma al bar y volvió con dos cervezas heladas. Se sentó frente a mí, con los pechos al aire, como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Para no aburrirte —empezó—, desde que tengo memoria solo existía Iván para mí. Fui yo la que lo buscó, la que lo convenció de escaparnos y vivir nuestra vida lejos de todos. Él me conoce y me acepta tal y como soy.

Me lo contaba mirándome a los ojos, y yo sentía cómo la erección crecía dentro del pantalón. Por la forma en que su mirada bajó un segundo, supe que ella también lo había notado.

—Iván me ha contado lo bien que te portas con él —siguió—. Que le has tomado cariño. ¿Por qué no te pones cómodo y seguimos charlando al borde del agua, más fresquitos?

—Es que no he traído bañador —dije, y la excusa sonó ridícula incluso para mí.

—Eso no es ningún problema —respondió, y con dos dedos se deslizó la braguita por las piernas hasta quitársela del todo—. Los dos desnudos. ¿Te parece?

—¿Y qué diría Iván? Es mi amigo, no quiero faltarle.

—Con Iván tengo plena confianza. Además… a lo mejor es que no te gusto.

Se acercó, tiró del cinturón de mi pantalón hacia abajo y, al ver lo que escondía, sonrió con la boca entreabierta.

No estaba bien lo que iba a pasar, y aun así no pensaba detenerme.

Me terminó de desnudar sin prisa y nos sentamos los dos en el borde, con los pies en el agua y la cerveza en la mano. Había gente en el camping, pero la entrada a la piscina seguía cerrada y ella parecía segura de que nadie nos molestaría. Mientras hablaba de Noelia y del trabajo, iba abriendo las piernas poco a poco, sin disimulo.

—Quiero que tu mujer lleve la dirección del camping —dijo—. La pagaré muy bien y necesito que empiece ya, que el verano está encima.

Y entonces dejó de hablar de trabajo. Su mano empezó a recorrerme el pecho, subió hasta mi nuca y acercó su boca a la mía.

—Mateo, no aguanto más —susurró—. Hazme caso, por favor.

Cerré los ojos y la besé. Desde que me casé no había tocado a otra mujer, y aquel calentón me devolvió a una excitación que tenía olvidada. Saber de quién era hermana, lo prohibido de toda la situación, me ponía a mil. Bajé la cabeza hasta sus pechos y los recorrí con la lengua mientras mi mano la buscaba entre las piernas. La acaricié despacio, jugando con cada movimiento, hasta que la tuve completamente entregada.

—Sí, así, no pares —jadeaba, agarrándome el pelo.

Seguí bajando y la lamí con calma, disfrutando de cómo se arqueaba. Ella me apretaba la cabeza contra su cuerpo, las rodillas cerrándose sobre mis orejas, hasta que un temblor largo la sacudió de arriba abajo y me dejó la cara empapada.

—Qué pasada —dijo entre risas, recuperando el aliento—. Ahora me toca a mí.

Me empujó hacia atrás sobre el césped tibio. Empezó despacio, con la lengua recorriendo cada centímetro, concentrándose en los puntos exactos donde sabía que me volvía loco. Alternaba la boca y la mano con una habilidad que me tenía al límite enseguida. Aguanté todo lo que pude, hasta que no hubo manera, y terminé entre sus labios sin que ella se apartara ni un milímetro.

—Ahhh, Vega… —fue lo único que acerté a decir.

Nos quedamos estirados, besándonos sin prisa, y luego nos deslizamos al agua, que estaba helada de cojones para ser mayo.

—Ya me dijo Iván que eras un buen hombre —comentó abrazada a mí—. Seguro que tu mujer es igual de buena.

—Noelia es un encanto, ya la verás —respondí—. Pero ve con cuidado con lo que le sueltas. Hay cosas que igual no entendería.

—Tú déjamela a mí. Verás cómo, dentro de poco, es ella la que nos pide un trío —dijo, y se rio con una picardía que me erizó la piel.

—Por cierto —añadió—, casi seguro que en menos de tres meses tengo a mi hermano fuera. El abogado, que nos ha costado una fortuna, dice que hay fallos en el informe del accidente.

—No me jodas. Me alegro por vosotros. Iván es de los buenos.

—Y no creas que te vas a librar de mí tan fácil —murmuró, deslizando la mano bajo el agua—. Noto que la pistola ya está cargada otra vez.

***

Salimos a tumbarnos en el césped y volvimos a besarnos, ahora con mi cuerpo sobre el suyo y su respiración acelerándose contra mi cuello. La penetré despacio al principio, midiendo cada empuje, hasta que el ritmo se nos fue de las manos y sus gemidos empezaron a romper el silencio del camping. Tuvo un orgasmo, y otro, mientras me rodeaba la espalda con las piernas y me clavaba los talones.

Se me ocurrió una idea. La levanté en peso, sin salir de ella, sosteniendo todo su cuerpo menudo contra el mío, y caminé hasta el borde. Me lancé al agua con ella encima, riéndonos los dos por la locura. De pie, tocando el fondo, la sujeté en brazos y bombeé con fuerza hasta avisarle, casi sin voz, de que ya no podía más.

—Juntos —jadeó ella—, yo también, ya, ya…

El clímax con el agua helada alrededor fue algo que no había sentido nunca. Creo que le mordí el labio, y ella a mí. Su cuerpo tiritaba pegado al mío, mitad por el frío, mitad por todo lo demás. La saqué en brazos por la escalerilla y la dejé sobre la toalla, temblando y sonriendo.

Esa mujer me cautivó por completo. Que conste que tenía clarísimo que el sexo con Noelia era insuperable, lo mejor que me había pasado. Pero el morbo hace locuras, y aquello tenía un morbo que no había probado en mi vida.

***

A los pocos días, Noelia se presentó a su nuevo trabajo en el camping. Lo que vino después daría para llenar otro relato entero, porque la cosa tomó unos giros que ni yo mismo habría imaginado aquella mañana de mayo al borde de la piscina. Pero esa parte, si os habéis quedado con ganas, tendrá que esperar a la próxima.

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Comentarios (7)

Ciro_BA

Increible relato, de los mejores que lei este año!!!

EstebanMDP

Esto merece segunda parte definitivamente. El giro de la confesión me dejó sin palabras.

marcos_lector

nunca me imaginé que un relato así me iba a atrapar tanto desde el primer parrafo, se hizo cortísimo

PatricioBue

Y después de enterarte eso cómo siguió la relacion entre ustedes? Quedé con la intriga jaja

Nordic_lector

tremendo. No lo vi venir para nada.

DiegoCba99

Me recordó a cuando me enteré de algo parecido de un conocido... esas confesiones cambian todo, la mirás diferente a la persona

LorenaZ22

El ambiente que lograste crear es impresionante. Se siente real cada dialogo, cada detalle del lugar. Muy bien escrito.

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