El amigo de mi mujer que llegó cuando ella se fue
El timbre sonó pasadas las dos y veinte y al principio pensé que era ella. Que Lucía había recapacitado, que el chofer la había traído de vuelta, que iba a entrar con la maleta a medio cerrar y todo este teatro iba a terminar siendo lo que tenía que ser: una pesadilla mal contada.
Por el visillo vi a un hombre de unos cincuenta, alto, con chaqueta de piloto y una botella envuelta en papel dorado bajo el brazo.
—¿Andrés Restrepo? —preguntó cuando abrí—. Vengo de parte de su hijo. Me pidió que le entregara esto antes de coger mi vuelo.
Mateo había salido para Madrid esa misma tarde, antes de la cena. Era plausible. Era, sobre todo, una excusa que cualquiera con dos dedos de cortesía aceptaba a esa hora.
—Pase.
Se llamaba Esteban. Volaba para la misma compañía que mi mujer. Había aterrizado a las once y se había desviado del hotel por hacerle el favor a mi hijo. Yo escuchaba a medias. Todavía tenía en los oídos el aplauso falso que había acompañado la salida de Lucía del restaurante, después de levantarse, golpear la copa con el cuchillo y anunciar, frente a mi madre, frente a los socios y a los empleados, que nuestro matrimonio se terminaba esa noche y que no iba a ser ella la que llegara a casa.
—¿Le sirvo? —pregunté por hacer algo con las manos.
—Si me acompaña.
Llenamos dos vasos cortos del vodka que él había traído. Saqué la lata de picadura de la repisa de la chimenea y le pregunté si le molestaba que fumara.
—Adelante. Yo también, si me invita a salir.
Lo llevé a la terraza. Lucía no permitía que se fumara dentro: era una de las muchas reglas suyas, y hasta esa misma tarde habían sido leyes. Encendí el calefactor de aluminio que ella había elegido para que combinara con las macetas y me dejé caer en la mecedora del centro.
—Bonita terraza —dijo Esteban, encendiendo un cigarrillo largo y rubio—. Tiene un toque femenino que se nota.
—Todo es obra de ella. Yo puse el dinero.
—Lo suponía. Su mujer tiene buen gusto.
—Parece conocerla bien.
—Coincidimos en pistas y en cafeterías de aeropuerto. Uno termina sabiendo más de los pilotos de otras tripulaciones que de los vecinos.
—¿Y dónde la conoció?
—En Múnich. Ella inspeccionaba el carenado del vientre de su avión y yo iba de paso al hangar. La saludé por cortesía y me preguntó si por casualidad era un buen mecánico, porque al aparato no le entraba la reversa. Yo me reí. Lucía no.
Levanté un poco la cabeza. Acababa de llamarla por su nombre de pila, sin el «María» que ella exigía a desconocidos y colegas. En la cabina, en las pistas, en los manifiestos, era siempre María Lucía Vélez. Lucía a secas era cosa de familia y de tres amigos contados.
—Lucía —repetí, como pesando la palabra.
—¿Cómo?
—Nada. Siga.
—Pues eso, hombre. Cafeterías, mensajes de aplicación, esas conversaciones de aeropuerto que van creciendo sin que uno se dé cuenta. Llevan ustedes muchos años juntos, ¿verdad?
—Los suficientes para que me parezcan insuficientes, ya que no entiendo por qué hasta ahora.
—Así es, hombre, así es. A veces ni las personas ni los momentos son lo que parecen. Pero el mundo gira, y nosotros encima dando tumbos.
Aspiré una bocanada larga y solté el humo hacia el cielo entoldado. La ciudad, allá abajo, tenía esa tonalidad biliosa que tienen las madrugadas en las que uno ya no espera nada bueno.
—¿Sabe qué es lo que más me molesta? —pregunté—. No es que se fuera. Es que lo planeó. Eligió mi cumpleaños. Habló con Verónica, mi asistente, para enterarse de mi agenda. Habló con Adriana, su amiga divorciada, para que la apoyara desde el palco. Esperó a que me cantaran las mañanitas para clavarme el cuchillo por la espalda. Eso no es valentía. Eso es cobardía calculada.
—O al revés —respondió Esteban con una calma que no me gustó—. Tal vez fue la única forma que encontró de salir sin echarse atrás. La gente cobarde no se levanta delante de cien personas a decir nada.
—Usted la defiende demasiado para haberla conocido en una pista de Múnich.
Sonrió sin abrir la boca. Se sirvió otro vodka, despacio, con la parsimonia de quien sabe que el silencio juega a su favor.
—La defiendo porque a mí también me dejaron, Andrés. Y porque, a la distancia, uno aprende que la mujer que se va casi siempre llevaba años yéndose por dentro. Lo que pasa es que uno no quiso mirar.
—No me venga con frases de manual.
—No es de manual. Es lo que veo cuando habla de ella. Tiene los ojos llenos de rencor y la voz llena de río. Todavía está enamorado de su mujer. Y eso es lo que lo va a matar esta semana, no el divorcio.
Apreté el vaso. Lo apreté tanto que sentí el vidrio empujando el hueso de la palma.
—El domingo pasado follamos hasta el amanecer —dije, sin saber por qué se lo contaba, pero necesitando que este desconocido supiera que Lucía era mía en la cama antes que de nadie—. Limpiamos la casa. Cocinó sancocho. Me pidió que comprara camarones para el ceviche que iba a hacer cuando llegara nuestra hija con sus amigas. Y esa misma noche, después de cenar, subió al cuarto oliendo a jabón y se me sentó encima con el camisón abierto. Le agarré las tetas con las dos manos, se las apreté hasta que se le pusieron duras las puntas, y ella me buscó la polla por encima del pantalón y me la sacó sin decir nada. Se puso de rodillas en la alfombra, me la metió entera en la boca hasta que le tocó la garganta, y me la mamó despacio, mirándome a los ojos, con esa lengua suya dando vueltas alrededor del glande como si fuera un caramelo. Yo le agarré la melena y le marqué el ritmo. Le follé la boca hasta que se le corrió la baba por el mentón, y cuando estuve a punto de correrme la levanté del pelo y la tiré boca abajo en la cama.
Esteban no dijo nada. Me miraba fijo, con el vaso a media altura.
—Le abrí las nalgas con las dos manos y le vi el coño hinchado, empapado, latiendo. La monté por detrás y le metí la polla de un solo golpe, hasta el fondo. Ella pegó un gemido de esos suyos, largos, roncos, y me arqueó el culo contra la pelvis para que se la metiera entera. La follé así un rato, agarrándola del pelo, con la otra mano cerrada en la cadera, escuchándola gemir «más fuerte, papi, más fuerte» contra la almohada. Le di nalgadas hasta que se le puso el culo colorado. La puse de espaldas, le abrí las piernas, le enterré la cara en el coño y se lo chupé despacio, con la lengua entera, hasta que me agarró de las orejas y se corrió en mi boca con esos temblores que le empiezan en los muslos y le suben al vientre. Se corrió dos veces seguidas mientras yo le lamía el clítoris sin parar. Después me subí encima, le agarré las muñecas contra la cabecera y se la metí otra vez, mirándola a los ojos, embistiéndola tan hondo que la cabecera golpeaba contra la pared. Le llené el coño de semen y se me quedó dormida encima, todavía con la polla dentro, respirando despacio, como una niña. Y yo pensé… —se me quebró un poco la voz, pero la repuse—. Pensé que tenía suerte.
—Y la tenía —dijo Esteban, y por primera vez en la noche noté que se había servido otro vodka sin la parsimonia de antes—. Esa noche, al menos. Que después se fuera no quita lo otro.
—No me alcanza.
—No tiene por qué alcanzarle. Pero es lo único que va a quedarle.
Me levanté, harto, y me acerqué a la baranda de aluminio. La apreté con las dos manos. El frío del metal me ordenó la cabeza.
—¿Sabe qué, Esteban? Llámela. Usted la llama y me la pasa al teléfono. Es lo único que le pido.
—No, hombre, no. Esa decisión es de ella, y ella ya la tomó. Yo no la voy a forzar a hablar con usted en la madrugada.
—¿En la madrugada? Si usted es un colega que coincide con ella en pistas y en cafeterías, ¿por qué tiene tan claro lo que ella quiere? ¿Por qué la defiende como si la conociera desde la cama?
Se me había apagado la pipa sin darme cuenta. La encendí de nuevo, con la mano más firme de lo que esperaba, y me giré hacia él. Estaba sentado con las piernas cruzadas, el vaso a media altura, mirándome con unos iris azulísimos que la luz del calefactor convertía en hielo.
—Andrés —dijo, despacio—, depende de qué verdad esté buscando esta noche. Pero si está tan decidido a encontrarla, tal vez debería pensar primero en quién, y por qué, podría estar ocultándosela.
El celular en el bolsillo interior de su chaqueta sonó. Bajó la mirada a la pantalla, torció la boca, hizo un chasquido corto y devolvió el aparato a su sitio sin contestar.
—¿Era ella?
—Era cualquiera. No tiene importancia.
Aspiré largo y decidí, para ganar terreno, contarle algo. Decidí contarle cómo la había conocido yo, a ver si entre los dos cabos sueltos él dejaba caer el suyo.
—Yo cursaba segundo semestre de comercio internacional. Unos amigos del barrio me arrastraron a una fiesta de quinceañera. Esa misma tarde había despedido en el aeropuerto a una intercambista de California, Hannah, una pelirroja pecosa que se había hospedado en casa de Daniela, mi novia de entonces, mientras Daniela hacía lo propio del otro lado. A Hannah, Daniela me la había encargado. Yo me esmeré más de la cuenta: me la follé tres veces la última semana, en el sofá de casa de Daniela mientras Daniela estaba en clase. Le comí el coño en la ducha, me la mamó de rodillas en el garaje, me la tiré por el culo en el cuarto de mi hermano. Y a la una de la mañana ya les estaba contando a mis amigos los cachos que le había puesto a Daniela con la gringa, exagerando cómo gritaba, cómo me pedía que se la metiera más fuerte, cómo se le corría el rímel cuando se corría en mi boca.
Esteban asintió, divertido por primera vez en la conversación.
—Estaba en esas cuando una muchacha que yo no conocía se paró detrás de mí, me midió de arriba abajo y soltó, sin que nadie se lo pidiera: «Miren a quién tenemos aquí. El príncipe agalludo con su corte de zalameros. Pedazo de carilambido. Te crees la última Coca-Cola del desierto. Pero cuando le cuente todo esto a mi amiga, ya verás».
—¿Su amiga era Daniela?
—Mi novia, sí. Y la muchacha era la mejor amiga del alma de Daniela, recién llegada al barrio. Yo no la había visto en mi vida. Se dio media vuelta para irse, así como había llegado, y en ese instante supe que esa mujer me iba a costar caro. Porque la muy bandida se me instaló en la cabeza completamente vestida, y esa misma noche, cuando llegué a mi cuarto, me hice la paja pensando en ella, imaginándome cómo sería tenerla desnuda, abierta de piernas, mamándomela con esa boca insolente.
Esteban soltó una risa corta y verdadera.
—¿Y la dejó marchar?
—Le grité. La alcancé. Le toqué el hombro. Se dio la vuelta con esa melena suya y me dijo: «¿Perdón? Es muy tarde para que preguntes nada». Y yo, en lugar de retroceder, le tomé la mano y se la sostuve hasta que dejó de tirar. Le dije, nariz contra nariz: «Nunca es tarde para conocer a un atadito de canela como tú».
—¿Y ella?
—Me llamó embaucador, picaflor, libertino, paliducho y un par de cosas más que ya no recuerdo. Me explicó que prefería un burro que la llevara y no un caballo que la arrastrara. Y al final, porque le dije que solo quería saber cómo se llamaba, me soltó: «María Lucía Vélez Mina. ¿Satisfecho?». Tres semanas después esa misma boca me tenía la polla adentro en el asiento trasero de mi Renault, con la falda subida y las bragas colgando del retrovisor. Y a los dos meses ya me la follaba todos los sábados en el motel de la salida, mientras Daniela creía que yo estaba estudiando.
—La Crespa.
Levanté la cabeza muy despacio.
—¿Cómo dijo?
Esteban se atragantó con el humo. Tosió. Bebió un trago largo.
—Una vez la oí decir que de niña le decían así, en el barrio. Por los rizos.
—De niña, sí. Después, no. Después solo se lo permitía a tres personas en el mundo, Esteban. Y yo conozco a las tres. Ninguna usa chaqueta de piloto.
El celular volvió a sonar dentro de la chaqueta. Esta vez no torció la boca. Se levantó muy despacio, dejó el vaso en la mesa auxiliar y avanzó dos pasos hacia la baranda con las manos en los bolsillos, como quien busca una forma elegante de no contestar.
Yo no lo solté con la mirada. Tenía la pipa encendida, el aguardiente en la sangre y, por primera vez en seis horas, una idea muy clara de qué iba a hacer al amanecer.
—Conteste —le dije—. Que esta vez sí me interesa lo que tenga que decir su amiga.
Y Esteban, sin mirarme, sacó por fin el teléfono.