Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La rival de la oficina me esperaba en el baño del jefe

Habían pasado dos meses desde aquella tarde infernal en la sala de juntas. Ni una palabra al respecto. Ni un mensaje. Ni una mirada que delatara nada. Por fuera, parecía que nos detestábamos cada día un poco más. Camila seguía corrigiéndome las hojas de cálculo delante de todo el equipo con esa sonrisita de superioridad —siempre por nimiedades de forma, jamás de fondo— y yo seguía soltando suspiros teatrales cada vez que ella abría la boca en las reuniones.

Todos en la oficina daban por hecho que nos llevábamos a matar. Y no se equivocaban del todo.

Lo que nadie sabía era que cada vez que la veía pasar junto a mi escritorio con esas faldas tubo que se le ajustaban como una segunda piel, volvía a recordar cómo su sexo se había cerrado en torno al mío en aquel sofá de cuero negro, apretándome como si me odiara y me necesitara a partes iguales. La deseaba con la misma rabia con la que la detestaba.

Entonces llegó el anuncio que lo cambió todo. El equipo había cerrado el contrato más grande del año con una constructora suiza que iba a inflar las cifras del trimestre entero. El director quiso celebrarlo a lo grande y nos invitó a su casa de fin de semana, una propiedad enorme en las afueras de Pilar, con piscina, jardín y una bodega que olía a dinero viejo. Todos teníamos que ir. Faltar habría sido un suicidio profesional.

Incluida ella. Para colmo, Renata, mi mujer, se había llevado a la nena ese mismo fin de semana a visitar a sus padres en Mendoza. Tenía la casa libre y la conciencia más libre todavía.

El viernes por la tarde, Lucía, la jefa de Recursos Humanos, frenó junto a mi escritorio con su sonrisa de «ya te enteraste, ¿verdad?».

—Mañana en la casa del director. Todos. Camila también. Dijo que sí.

Se me cayó el estómago a las rodillas.

—¿No la podés desinvitar? Inventá algo.

—Ni en chiste. Ya es parte del equipo, Diego. Y prometió portarse bien.

Portarse bien. Esa idea, viniendo de ella, era tan creíble como un gato vegetariano.

Pasé toda la semana convenciéndome de que iba a estar bien. Mucha gente, alcohol, música a todo volumen. Una casa grande, dos pisos. No nos íbamos a cruzar más de tres veces. Podía esquivarla. Podía portarme como un adulto.

***

Llegué temprano el sábado para ayudar a la mujer del director con los últimos detalles. Quizá sonara servil, pero había una vacante para socio joven y yo me jugaba todas las fichas. Por suerte, su esposa era tan creyente y devota como Renata, iban al mismo grupo de oración, y eso me ponía un escudo extra. La señora Marina iba a ser, sin saberlo, mi gran aliada de la noche.

Camila llegó a las nueve y media. Vestido negro ajustado, corto pero con corte clásico, abrazándole cada curva. Escote profundo, dejando ver el borde del corpiño de encaje. La mitad de los hombres se olvidó de respirar y la otra mitad de las mujeres entrecerró los ojos. El pelo suelto le caía hasta media espalda, los labios pintados de un rojo sangre, los tacones repiqueteando sobre el mármol pulido.

Traía una botella de whisky escocés cara como regalo, sonrió con dulzura a los anfitriones y se acercó a darme un beso en la mejilla como si fuéramos colegas normales. Marina la fulminó con la mirada apenas la vio entrar. Sonreí por dentro. Camila tenía ese don raro de caer mal sin pronunciar palabra.

—Felicitaciones por el cierre, Diego —dijo en voz alta, y luego, con el aliento tibio rozándome la oreja—: Espero que te gusten las sorpresas. Esta noche promete.

Se me endureció debajo del pantalón al instante. La odié más que nunca. Marina alargó la mirada entre nosotros un segundo de más. Me aparté con una media sonrisa diplomática y fui directo a saludar al director.

—Esa chica nueva se nota que quiere algo con vos —murmuró ella en cuanto me tuvo cerca, con cara preocupada.

Antes de que pudiera responder, el director soltó una carcajada.

—Marina, mi amor, se odian a muerte. Diego me pide cada lunes que la eche.

Marina dejó escapar el aire que tenía contenido y me sonrió con la complicidad de una aliada confirmada.

***

La fiesta avanzó sin incidentes durante un rato largo. Música a todo volumen, gente bailando en el jardín, bandejas de shots circulando, risas demasiado fuertes. Intenté mantenerme en el extremo opuesto a Camila. Ella hizo lo mismo, con la misma calculada indiferencia.

Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban a través del patio, el aire entre nosotros se cargaba como antes de una tormenta. Se lamió la sal del dorso de la mano antes de un shot de tequila, los ojos clavados en los míos. Yo apreté el vaso con tanta fuerza que pensé que el vidrio iba a ceder.

Alrededor de la una de la mañana, la mayoría ya estaba completamente borracha. Algunos bailaban en el césped, otros fumaban junto a la piscina. El director y Marina conversaban con otra pareja, alejados del bullicio. Yo me escabullí al baño secundario del fondo, porque el principal siempre estaba ocupado, y necesitaba mojarme la cara y bajarme la erección que llevaba horas martirizándome.

Abrí la puerta.

Camila ya estaba dentro. Apoyada contra el lavabo de mármol blanco, el vestido subido hasta la cintura. Sin ropa interior. La luz tenue del aplique le iluminaba la piel desnuda de los muslos y un hilo brillante de humedad le bajaba por la cara interna de la pierna izquierda.

—Cerrá la puerta —dijo en voz baja y ronca.

La cerré. Eché el pestillo casi sin pensar.

—¿Qué carajo hacés acá? —siseé—. Pudo haber entrado cualquiera.

—Estuve toda la noche mirando. Sos el único que usa este baño.

Se enderezó, me pasó las manos por la nuca, me acercó la boca a la oreja.

—Terminemos lo que empezamos.

La saqué de encima con un empujón seco y la senté sobre el mármol del lavabo. Ella abrió las piernas todavía más, sin perder la sonrisa.

—Llevás toda la noche mirándome el escote como si quisieras arrancármelo con los dientes. Hacelo de una vez.

Tendría que haberme ido. Decirle que se fuera al infierno. Volver al jardín con el resto y olvidarme. Si alguien nos descubría, no perdía solo el trabajo: perdía el matrimonio. Renata no era de quedarse callada.

En lugar de eso, la agarré del pelo y le tiré la cabeza hacia atrás.

—Sos una provocadora de mierda —gruñí—. ¿Pensaste que podías entrar a la casa del jefe vestida así y que yo no iba a hacer nada?

Sonrió con una malicia que jamás le había visto en la oficina.

—Estaba contando con eso.

La giré de un solo movimiento y la doblé sobre el mármol. El espejo me devolvió su cara: ojos vidriosos, labios entreabiertos, mejillas encendidas. Le bajé el vestido por los hombros, lo dejé caer arrugado a sus pies y le pegué una palmada seca en la nalga derecha. El sonido rebotó en los azulejos.

—Contá.

—Uno —jadeó.

Otra, más fuerte. La marca roja se le dibujó al instante.

—Dos.

Seguí hasta diez. La piel le ardía, rojo brillante, y entre los muslos le brillaba un reguero espeso. Gemía bajito, mordiéndose el labio para no gritar.

—Abrite vos misma —le ordené.

Llevó las manos atrás, se separó las nalgas con una facilidad que decía mucho de cuántas veces lo había hecho. La vi entera, hinchada, latiendo de deseo. Me arrodillé un momento, le respiré despacio sobre el sexo y le di una lamida larga, lenta, que la hizo arquear la espalda.

—Mirá cómo estás. ¿Llegaste a la fiesta así de mojada por mí?

—Sí… puta madre… metémela ya.

Me incorporé, me bajé el cierre, me saqué la verga, gruesa y latiendo, la cabeza brillante de líquido transparente. Le froté la punta contra la entrada, mezclando lo mío con lo suyo. Ella empujó las caderas hacia atrás, ansiosa.

—Primero me la vas a mamar —dije, agarrándola del pelo otra vez.

La obligué a arrodillarse sobre la baldosa fría. Tenía una habilidad insultante para tragar. La sentí golpeándole la garganta y la dejé ahí, sin retirarme, hasta que las lágrimas le corrieron el delineador. La saqué con un chasquido húmedo.

—Pedímelo bien —le dije—. Suplicá.

—Por favor, Diego —dijo, sin parpadear—. Cogeme. Rompeme. Usame como tu puta de oficina hasta que no pueda caminar derecha mañana.

La levanté del piso, la doblé otra vez sobre el lavabo y se la metí entera de una sola embestida. Estaba tan empapada que la entrada fue ridículamente fácil. Soltó un grito que ahogó contra su propio antebrazo. La música del jardín cubría el ruido, pero cualquiera podía golpear la puerta. Cualquiera podía oírnos. Daba igual. Yo ya era otra cosa, otra versión más sucia de mí mismo.

La cogí como si la odiara, porque la odiaba. Embestidas profundas, secas, que hacían rebotar sus pechos contra el mármol. El espejo vibraba. Las palmas de ella resbalaban contra el vidrio empañado por el aliento.

—Esto es lo que pasa —le gruñí al oído— cuando andás por la oficina paseando ese culo como si fuera tuya la empresa.

—Más fuerte… dale… rompémelo de una vez.

Le pasé la mano por la garganta, apreté lo justo para que sintiera quién mandaba sin lastimarla. Su sexo se cerró alrededor del mío como un puño caliente.

—Te vas a venir mientras treinta personas brindan a diez metros —le dije—. Y vas a hacerlo en silencio. Porque si alguien se entera de lo puta que sos, te van a echar a patadas. Y no voy a mover un dedo para defenderte.

Se vino casi al instante. El cuerpo le convulsionó, se mordió el labio hasta sacarse sangre, un chorro caliente me mojó los testículos y goteó al piso de mármol. No me detuve. Seguí clavándola a través del orgasmo, hasta que empezó a temblar de hipersensibilidad, las lágrimas de placer y rabia bajándole por las mejillas.

—Te voy a llenar entera —le dije al oído—. Vas a salir de acá con mi semen chorreándote por dentro, vas a saludar al director con mi leche entre las piernas.

—Hacelo… llenáme… que todos huelan que me cogiste…

Exploté dentro de ella. Larga, espesa, interminable. La sostuve contra el mármol hasta que terminé de vaciarme. Cuando me retiré, un hilo grueso cayó al piso con un sonido húmedo.

***

Camila se enderezó despacio, las piernas todavía temblándole. Buscó el vestido tirado y comprobó, con alivio profesional, que no se había manchado. El semen le seguía bajando por la cara interna de los muslos.

—Limpiame, cabrón —dijo.

Me arrodillé otra vez. Le metí la cara entre las piernas y lamí, despacio, la mezcla salada y caliente de los dos. Ella me sujetó del pelo y se frotó contra mi boca hasta venirse otra vez, callada, temblando, dejándome un último regalo tibio sobre la lengua.

Después se vistió. Se limpió los muslos con varios pliegues de papel higiénico, se retocó el labial frente al espejo. Cuando estaba terminando, la agarré del brazo y la besé, una sola vez, profundo, agarrándole la nuca con fuerza. Solo para obligarla a pintarse otra vez.

—No creas que esto significa que me caés bien —dije cuando la solté.

—Sentimiento mutuo —respondió, ya con el pincel en la mano, intentando borrar todo rastro de lo que había sido—. Pero te aviso: vamos a tener que repetirlo.

Abrió la puerta y salió primera, contoneando las caderas como si nada.

Esperé unos minutos. Me lavé la cara, sequé el mármol con papel, recogí cualquier rastro del piso. Cuando volví al jardín, ella estaba riendo con Lucía, tomando otro shot, perfecta otra vez, como si las últimas dos horas no hubieran existido.

Me serví una cerveza, me dejé caer en una reposera, fingí prestarle atención a la conversación que tenía al lado. Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban por encima de la piscina, los dos sabíamos lo mismo.

Esto no había terminado. Apenas empezaba.

Porque no hace falta caerse bien para coger. Y mi cabeza ya estaba pensando en la próxima.

Ver todos los relatos de Infieles

Valora este relato

Comentarios (5)

RafaelMG

Increible, uno de los mejores que lei en mucho tiempo. Se siente muy real sin ser burdo. Felicitaciones!

VeronicaLec

Tremendo!! La tension entre ellos desde el principio es lo mejor del relato. Muy bien escrito

Gonzalo_BA

Me recordo a algo que me paso en el trabajo hace unos años, aunque sin este final tan picante jaja. Muy buena escritura

NochesBaires

Hay segunda parte? Quede con ganas de saber que paso despues entre ellos

ElTiburon_CR

Dos que se odian y terminan asi... la vida da muchas vueltas jajaja. Excelente

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.