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Relatos Ardientes

El técnico encontró los videos que grabé con mi novio

El miércoles abrí los ojos cerca del mediodía y el cuerpo me pesaba como si me lo hubieran rellenado de plomo. Intenté incorporarme y a mitad de camino sentí un hilo tibio bajándome por la cara interna del muslo. La leche de Martín, todavía adentro mío después de tantas horas. Sonreí sin querer. Volví a tirarme contra la almohada y dejé que la cabeza me trajera de vuelta toda la noche.

Lo que voy a contar antes no es el plato fuerte, pero ocurrió las mismas horas y vale la pena. Así que voy de adelante para atrás.

La noche anterior habíamos salido con Martín. Me había pedido por mensaje que me pusiera una pollera con tajo, así, sin más detalles. Le hice caso de manera literal: camisa de seda blanca, casi transparente bajo cualquier luz, y una falda larga negra con un tajo que me llegaba muy arriba del muslo. Bombacha mínima. Sin medias. Pensé en él manejando con esa imagen al lado y se me erizó la piel.

—Te llevo al cine —me dijo en la puerta de casa.

No me dijo qué película. No le pregunté. La sala estaba a oscuras antes de que arrancaran los avisos y ya estábamos besándonos como dos adolescentes. Me corrió la pollera por el tajo, la mano subiendo despacio, hasta que encontró el borde de la bombacha y la apartó hacia el costado. Yo estaba mojada desde el ascensor del cine y él lo descubrió a la primera pasada.

Los dedos se le movían con paciencia, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Entraban y salían, dibujaban círculos, volvían a entrar. Mi cabeza terminó apoyada en su hombro para ahogar el sonido. Acabé con la mandíbula apretada y la mano izquierda clavada en el apoyabrazos. Nadie en la sala se enteró de nada. Cuando volví en mí, le bajé el cierre del pantalón y le agarré la pija por encima del bóxer. Estaba durísima.

—Acá no —murmuró él, mirando alrededor—. Vámonos.

***

En la playa de estacionamiento intentamos seguir adentro del auto. Me tiró encima del asiento, me abrió la pollera por el tajo y me frotó la pija contra la entrepierna por encima de la bombacha. Justo cuando empezaba a quitármela, sonaron unos golpes en el vidrio. El cuidador, con cara de querernos asesinar, nos pedía con un gesto que nos fuéramos a otra parte.

Salimos hacia un hotel alojamiento a quince cuadras. Yo iba al lado, con la pollera arrugada y la camisa medio abierta, y no aguanté. Le bajé el cierre del pantalón mientras manejaba y me agaché. Él agarró el volante con las dos manos y soltó un par de insultos en voz baja. Por suerte llegamos rápido, porque si no terminábamos chocando.

En la habitación se me vino encima ni bien cerró la puerta. Me arrancó la camisa, el corpiño, la bombacha. La pollera la dejó. La quería puesta. Me cogió con la pollera puesta, primero contra la pared, después contra el espejo, después contra la cama. Acabé tres veces antes del primer descanso. Él aguantó muchísimo. Cuando finalmente terminó, fue largo y profundo, y los dos quedamos sin aire, riéndonos como idiotas.

Salimos del hotel con esa pereza dulce que da el sexo prolongado, y caminamos hasta un restaurante a media cuadra. Pedimos algo de comer porque estábamos en el suelo de hambre. Nos sentamos enfrentados en uno de esos asientos tipo banco corrido y, mientras esperábamos los platos, no podíamos dejar de tocarnos las manos, las muñecas, los antebrazos. Llevábamos pocos meses de novios. Todo estaba demasiado vivo.

En algún momento, entre el segundo vaso de vino y el postre, el aire se enrareció de nuevo. Lo que era ternura se transformó en algo más espeso. Me acordé de una pastilla de Viagra que tenía en la cartera, regalo de Lucía para alguna ocasión especial. La saqué bajo la mesa, se la apoyé entre los labios y él la tragó sin preguntar.

—¿Sabés lo que acabás de hacer? —dijo, casi riéndose.

—Sí —contesté—. Lo sé perfectamente.

Volvimos al mismo hotel. Esta vez fue otra cosa. Menos enamorados, más feroces. Me agarró del pelo, me dio vuelta contra la pared, me dijo en el oído cosas que de día me habrían enojado y que esa noche solo lograron empaparme más. Yo me defendía clavándole las uñas en la espalda, mordiéndole el labio. La pija no se le bajó en toda la hora. Acabé cinco veces, una atrás de otra, perdiendo la noción de dónde estaba.

Cuando le tocó a él, me costó hacerlo terminar. Me subí encima, le agarré las muñecas para que no se moviera y empecé a moverme yo. Lo hacía despacio, después rápido, después le sacaba la pija entera y me la volvía a meter de un golpe. Él me insultaba bajito y eso me ponía peor. Cuando finalmente se vino, fue muchísimo, demasiado. Me derramó por dentro y por la cara interna de los muslos y un poco sobre la pollera arrugada al costado de la cama. Quedé sin fuerzas. Me dejó en casa a las tres de la mañana.

***

Me llamó cuando llegó a la suya. La voz se le escuchaba ronca y feliz. Empezó preguntándome cómo estaba y al ratito ya estábamos los dos diciéndonos cosas para volver a calentarnos. Yo me acomodé en la cama, abrí las piernas debajo del acolchado y me toqué muy despacio. Su leche seguía adentro. Esa sensación me reventó la cabeza y terminamos los dos, cada uno en su cama, escuchándonos por teléfono. Después caí en un sueño tan profundo que ni soñé.

***

Cuando me desperté, eran las tres de la tarde. Tenía el día libre. Lo único pactado para esa jornada era recibir a un pibe del servicio técnico, recomendado por mi hermano, que venía a revisarme el notebook que andaba haciendo cosas raras. A la noche había quedado con Lucía para tomar algo. Nada más.

Mi vieja me ofreció almuerzo. Le dije que no. Café y dos tostadas. Me metí en la ducha mientras se calentaba el agua. Cuando salió el agua bien caliente, fue como entrar en otra dimensión. Me lavé el pelo despacio, pensando todavía en Martín, sintiéndolo todavía. En eso, mi mamá abrió la puerta del baño y me avisó que se iba al banco a pagar un impuesto, que volvía enseguida, y que el café ya estaba listo. Continué bajo el agua sin apuro.

Justo cuando ella estaba saliendo, llegó Damián. Lo conocía de una vez anterior que había venido a reparar la misma máquina. Veinticuatro años, alto, flaco, educado al punto del exceso, tímido como pocos. Mi vieja le abrió, lo hizo pasar al living, le mostró el notebook sobre la mesa baja y le dijo que se ponga cómodo, que ya volvía. Él me había visto una sola vez en la vida y, según mi hermano, le costaba mantenerme la mirada.

Damián encontró el problema en pocos minutos. Algún driver desactualizado, según me explicó después. Lo arregló, probó el equipo y todo funcionó. Como era el tipo de pibe que se queda más tiempo del necesario para asegurarse de que todo esté impecable, se puso a ordenar carpetas del escritorio. Hasta que la curiosidad le ganó.

Yo seguía abajo de la ducha. Me enjuagué, me sequé el cuerpo a medias, me envolví en una toalla blanca con el pelo todavía empapado y caminé hasta la cocina porque me moría por un café. Pasé por el living sin pensarlo y ahí lo vi.

Damián estaba sentado en el sillón, encorvado hacia adelante, mirando la pantalla del notebook. En la pantalla había una foto mía. Desnuda. Una de las miles que había acumulado con Martín. Damián tenía la mano dentro del pantalón. Cuando me vio, dio un salto, intentó cambiar la pantalla y solo logró ponerla en pausa sobre una imagen peor. La mano la sacó tarde. No alcanzó a guardarse la pija. Se quedó parado, los ojos enormes, la cara color papel.

—Perdón, perdón, perdón —empezó a balbucear—. Las vi de casualidad y yo no… vos sos tan… perdoname.

Tendría que haberlo echado. La cabeza me decía que lo eche. El cuerpo me decía otra cosa. Acababa de pasar una noche entera abierta y todavía tenía a Martín entre las piernas. Verme a mí misma en esa pantalla, y verlo a él reaccionar así, me prendió fuego.

—Callate —le dije, en voz baja, despacio—. Sentate.

Lo empujé contra el respaldo del sillón con la mano abierta. Se sentó. Le bajé el pantalón hasta los tobillos sin que él pudiera reaccionar. La pija, que se le estaba bajando por la vergüenza, la tomé con la mano y me agaché. Se la chupé despacio, sin mirarlo, mirando la pantalla congelada con mi propia imagen. En menos de un minuto la tenía dura otra vez. Le miré los ojos. Lloraba sin lágrimas.

—Tenés cinco minutos —le dije—. Si no acabás, te vas, y mañana le cuento a mi hermano todo.

Me saqué la toalla y la dejé caer al piso. Damián me miraba como si lo estuvieran por fusilar. Me senté encima, lo encajé sin ayudarlo a él en nada, y empecé a moverme. Él clavó las manos en el sillón. No sabía dónde mirar, si mi cara, si mi cuerpo, si la pantalla. Yo elegí por él. Le agarré la cara y se la giré hacia el notebook.

—Mirá esa —le dije—. Mirá esa y acabá rápido.

Me moví de manera brutal sobre él. Damián aguantó dos minutos antes de avisarme con un gemido apretado que se venía. Me bajé justo a tiempo, le agarré la pija con la mano y se vino con un chorro largo sobre mi panza, en mi muslo, en parte de la toalla del piso. Tembló entero, los ojos cerrados, las manos clavadas en el sillón hasta dejarme los dedos blancos.

Yo no acabé. No me importó. Me paré, volví a envolverme en la toalla y caminé hasta el baño sin decirle nada. Cuando salí, ya vestida con jeans y musculosa, lo encontré de pie al lado de la puerta, mirándose los zapatos.

—La máquina anda bien —dijo, con la voz quebrada—. No te cobro nada. Discúlpame.

Asentí. Le abrí la puerta. Se fue sin mirar atrás.

Apagué el notebook. Me serví el café que se había enfriado, lo calenté treinta segundos en el microondas y me lo tomé parada al lado de la heladera. Me quedé pensando por qué lo había hecho. No tenía respuesta. Mi vieja volvió del banco diez minutos después, me preguntó si había venido el chico, le dije que sí, que ya estaba arreglado todo. A las seis salí a encontrarme con Lucía. No le conté nada. Todavía no habían pasado veinticuatro horas desde la noche más larga que había tenido con mi novio, y yo ya tenía dos secretos guardados en lugar de uno.

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Comentarios (5)

Dante_cba

tremendo relato!! me dejo sin palabras, de los mejores que lei ultimamente

Fran_ba

necesito saber como siguio eso, por favor escribí la segunda parte!!

CarlitosWeb77

y despues que paso? el tipo se fue callado o hubo algun problema? quede con la intriga jaja

AnaBel22

jajaja me imagino la cara del tecnico, que vergüenza debes haber pasado.. aunque bueno, tampoco el quedó muy bien parado

Norberto_K

que situacion incomoda, pero bien narrado todo. Se siente que lo viviste de verdad, el detalle del momento exacto esta muy bien logrado. Segui escribiendo!

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