Para él fui la amante, pero yo solo cobraba
Voy a contar esto de una vez, porque ya me cansé de que me pongan un cartel que nunca pedí. A la señora que me espía de lejos, a la que entra a mis grupos haciéndose la distraída: yo no me enamoro de mis clientes. Eso es lo primero que aprendés en este laburo. Tu marido me buscó, me pagó y volvió las veces que quiso, y eso es problema de él, no mío.
No me vengas a reclamar como si me conocieras, porque no sabés nada de mí. Tus cuentas las arreglás con él, no conmigo. Yo soy trabajadora sexual, no la «amante» de nadie. Y si tanto te duele esa historia, andá a rezar y pedí otro hombre que valga la pena, en lugar de atar a uno con un hijo sabiendo que no te quiere.
Dicho esto, voy a contar cómo empezó todo, porque la verdad me la merezco yo, no la versión que ella anda repartiendo.
***
Esto arrancó hace varios años, cuando recién llevaba poco tiempo en el rubro y todavía me temblaban las manos antes de cada encuentro. Apareció Damián, casado él, que primero se enganchó con lo que yo ofrecía y después, sin que nadie se lo pidiera, con todo lo demás. Yo lo tomé como lo que era: una oportunidad de laburo, un cliente más en la agenda.
Con el tiempo aprendí algo de mí misma. Soy una tentación para cierto tipo de hombre. No es adicción al sexo, porque entonces lo harían con cualquiera; es un deseo puntual, dirigido, que no entienden ni ellos mismos. Damián fue la prueba más clara de esa teoría. En el primer mes me habrá visto un montón de veces, y yo no era precisamente barata.
Una, cuando trabaja de esto, tiene los pies bien sobre la tierra. Lo que es trabajo es trabajo, y no importa si el cliente es soltero, casado o divorciado. Pero también sos humana, y a veces pasan cositas que no estaban en el contrato.
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Me acuerdo del primer día como si fuera ayer. Llegó en un auto hecho un desastre, de esos que parece que se van a desarmar en la esquina. A mí no me movió un pelo. Me subí y, como el asiento del acompañante directamente no existía, me senté sobre un cajón de cervezas vacío. Él me miró, se rió de sí mismo.
—Hola, Roxy. Perdón por la chatarra móvil —me dijo, y me dio un beso corto en la mejilla.
Me reí, creo que de puros nervios. Arrancó el motor a la tercera y enfilamos hacia un telo barato de la zona, el que habíamos arreglado antes por mensaje.
Ya en la habitación, y porque él lo había pedido, me cambié. Me puse la lencería que más me favorecía: un conjunto rojo de encaje, corpiño y tanga al hilo, medias de red y unos stilettos del mismo color. Creo que fue exactamente ahí, en ese segundo en que salí del baño, donde algo se le rompió por dentro.
Él se dio una ducha rápida mientras yo lo esperaba tirada en la cama, jugando con el borde de la media. La habitación olía a ese perfume barato de jabón de telo, mezclado con el aire pesado del calefactor. Por la ventana entreabierta entraba el ruido de la avenida, bocinas, un colectivo frenando. Nada romántico. Y sin embargo, ahí adentro, todo se volvía otra cosa.
Cuando salió del baño, me miró de arriba abajo, despacio, como quien repasa algo que no quiere olvidar. Dejó caer la toalla y se acercó. Me besó suave primero, tanteando, y después con ganas, como si quisiera comerme la boca entera. Tenía las manos grandes y tibias, y me las pasó por la espalda hasta engancharlas en el elástico de la tanga.
—Estás hermosa —murmuró contra mi cuello.
No tardó mucho en darme vuelta. Me recorrió entera con la lengua, sin apuro, escarbando hondo, deteniéndose donde sabía que yo no iba a poder quedarme quieta. Hubo un momento en que ya no sabía quién era el cliente y quién prestaba el servicio, de lo bien que me lo estaba haciendo.
Hasta que salí del trance y volví a lo mío. Lo agarré, lo miré a los ojos y empecé a usar la boca despacio, dejándolo cada vez más al límite, mientras él me clavaba la mirada como si fuera la primera vez de su vida. Cuando ya no aguantaba más, me lo pidió. Y yo se lo di.
Me puse en cuatro, él se cuidó como corresponde y entró de a poco, haciéndome sentir cada centímetro, hasta que el ritmo se le fue de las manos y empezó a embestir fuerte, repitiendo entre dientes una palabra: «mi puta».
Ese apodo, que en el momento era apenas calentura, con el tiempo se le convirtió en obsesión.
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Porque después de esa tarde no pasaba un día sin que me quisiera ver. Me escribía a la mañana temprano, antes de salir a trabajar, y a la noche, cuando ya estaba de vuelta en su casa. Al principio yo le contestaba con la frialdad justa de cualquier cliente. Después, de a poco, empecé a contestarle un poco más rápido de lo que el negocio pedía.
Y así, encuentro tras encuentro, fueron pasando los años. Lo que arrancó como una transacción fue tomando otra forma: seguía pagando, seguía siendo un cliente, pero entre nosotros había aparecido un cariño raro, de esos que no se nombran para no romperlos. A veces nos quedábamos charlando en la cama más tiempo del que él había pagado, y yo no le cobraba esos minutos. Eso, ahora lo sé, fue mi primer error.
Un día me sorprendió con un pedido distinto. Quería que lo acompañara al oculista, porque había tenido un accidente en el trabajo y le costaba ver de un ojo. Lo hice de corazón, sin cobrarle, y creo que ese fue mi error. Esas cosas confunden, y a él lo confundieron del todo.
Tengo que aclarar algo aparte, porque es la pieza que falta para entender el lío. En algún momento él aceptó filmar contenido conmigo para mi página. Eso fue el detonante de toda la novela en la que me convertí en la supuesta amante.
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El primer estallido llegó en plena pandemia. Me escribió desesperado: su mujer había encontrado uno de los videos en los que aparecíamos juntos, justo de mi época de mayor difusión. Me pidió, casi rogando, que los bajara, porque si no se le venía el mundo encima.
Se le vino igual.
Yo me enojé. Le dije lo que pensaba: que no éramos amantes, que él me pagaba por un servicio, y que si había aparecido algo de afecto era un extra que nunca le facturé. Y lo bloqueé. Así, de un día para el otro, sin vueltas. Durante años no supe nada de él.
Hasta que un día volvió.
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Volvió pidiéndome lo de siempre, pero con otras palabras. Me dijo que me extrañaba, que necesitaba sentir otra vez lo de aquella primera tarde. Yo, que no soy de guardar rencores eternos cuando hay plata de por medio, le abrí la puerta de nuevo.
Y lo que pasó después lo prueban los videos que volvimos a grabar, los mismos que subí a mi canal gratuito de Telegram, un grupo con miles de seguidores que me costó años armar. Para mí era trabajo, contenido, vida privada. Privacidad, justamente, lo que ella nunca respetó.
Porque la película se repitió casi exacta. A pocos días del reencuentro, un veinticuatro de diciembre, justo antes de Nochebuena, me llegó un mensaje de él. Era un reenvío de algo que le había escrito su mujer, y decía, con todas las letras, que casi vuelve a ser padre, que «su prostituta» tenía un atraso, que ya había visto el video nuevo en el que él me decía «mi amor» mientras yo grababa mi producción.
Me quedé helada. ¿Cómo sabía ella que yo tenía un atraso?
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La respuesta era tan simple como increíble. Entró a mi canal gratuito haciéndose pasar por una seguidora más, leyó todo lo que yo publicaba y me espió. Pero no le alcanzó con eso. También se metió en mi grupo privado, el VIP, pagando una suscripción como cualquier cliente, y ahí vio y escuchó cada cosa que yo había subido.
O sea: durante un montón de tiempo me pagó el marido, y al final terminó pagándome también la esposa. Las dos puntas de la misma historia, financiándome sin querer. Cuando me cayó la ficha, no supe si reírme o aplaudir.
No me quedó otra que volver a congelarlo. Lo bloqueé de nuevo, pero esta vez le dije antes todo lo que pensaba. Le dije lo injusto que era el papel que me habían asignado entre los dos: el de la amante, la que rompe hogares, la villana de su matrimonio. Cuando yo nunca fui más que una simple trabajadora sexual cobrando por su tiempo.
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Esa es la historia completa, sin los recortes que ella anda repartiendo de boca en boca. Yo no enamoré a nadie. No prometí nada. No me metí en una cama que no me hubieran abierto antes.
Si una pareja se rompe, no se rompe por la mujer que cobra una tarifa. Se rompe mucho antes, en el silencio de una casa donde un hombre busca afuera lo que no encuentra adentro. Yo solo estuve ahí, del otro lado del teléfono, ofreciendo un servicio que él eligió pagar una y otra vez. Si querés culpar a alguien, mirá la cama en la que dormís, no la mía.
Durante años cargué con un nombre que no me correspondía. La amante. La otra. La que arruina familias. Y mientras tanto pagaba mi alquiler, mantenía a mi gente y armaba mi negocio sola, sin sacarle un peso a nadie que no estuviera dispuesto a darlo. No rompí ningún juramento, porque yo nunca juré nada. El que prometió fue él, frente a un altar al que yo ni siquiera fui invitada.
Así que, señora, suelte de una vez. Quédese tranquila, que de él no quedé embarazada de nada. Y la próxima vez que quiera espiar mi vida, al menos pague la suscripción como hizo la última vez. Total, ya sabe el camino.
Feliz para mí, que dormí tranquila esa Navidad.