Lo que nunca conté sobre mi mecánico
Me llamo Carolina y llevo años viviendo en equilibrio. No en felicidad: en equilibrio. Son cosas distintas, aunque desde fuera se parezcan.
Familia, horarios, cenas a la misma hora, besos automáticos antes de dormir. Todo funciona, todo encaja, siempre que no me detenga a mirar demasiado dentro de mí. Y sobre todo si no me detengo a pensar cuánto tiempo llevo sin que nadie me folle como necesito que me follen.
El taller era una excusa. Tardé en admitirlo, pero lo era.
Siempre llevaba yo los coches. Siempre. Mi marido tenía mil razones para no ir, y yo tenía una sola para ir: él. Iván. El mecánico al que le había confiado nuestros dos coches durante el último año y medio.
Nunca hablamos de lo que vibraba entre nosotros, pero estaba ahí. Lo notaba en cómo levantaba la vista apenas oía la puerta, como si algo en su pecho se activara antes que el pensamiento. Y lo notaba en mí: un calor lento que me subía por la piel incluso antes de mirarlo, incluso antes de aparcar. Un cosquilleo directo entre las piernas, que me obligaba a apretar los muslos dentro del coche antes de bajar.
Lo habíamos ignorado durante meses. Demasiado conscientes los dos. Demasiado asustados de lo que pasaría si alguno se atrevía a nombrarlo.
Aquella tarde llegué justo antes de cerrar. No fue casualidad. Había calculado la hora mientras me decía a mí misma que era casualidad. Me había cambiado la ropa interior antes de salir: unas bragas negras finas que ya me estorbaban solo de imaginarlo.
La persiana metálica estaba a medio bajar y el aire olía a metal caliente, a aceite y a polvo. Iván estaba solo. Tenía el pelo ligeramente húmedo de sudor y una sombra oscura en el cuello de la camiseta, donde la tela se le pegaba a la piel. Cuando me vio, se quedó quieto. Sus dedos dejaron de moverse sobre la herramienta que tenía en la mano.
Pero su cuerpo sí me reconoció antes que su voluntad: se le tensaron los hombros, la respiración le cambió de ritmo. Y bajo el mono de trabajo, no le pasó desapercibido a mis ojos, algo empezó a marcarse.
—Llegas tarde —dijo. La voz le salió más grave, rozada.
—Lo sé —contesté, y no me disculpé.
Cerró la persiana del todo. El golpe metálico vibró en las paredes del taller y, de algún modo, vibró también dentro de mí. Ese sonido cerró algo más que la entrada: cerró la posibilidad de seguir fingiendo.
Durante unos minutos él fingió revisar el coche, pero su atención estaba puesta en cada gesto mío. En cómo me recogía el pelo detrás de la oreja. En cómo mis dedos recorrían distraídos el borde de un banco de trabajo. Cada pequeño movimiento mío le atravesaba el cuerpo como una chispa que no terminaba de soltar.
Yo, para no desbordarme, toqué cosas. El capó frío de otro coche, la pared rugosa, el filo de una estantería llena de cajas de tornillos. Necesitaba sentir algo concreto bajo las yemas. Pero la piel ya no respondía a esas superficies: respondía a su mirada, que me seguía sin disimulo desde el otro lado del taller. Y yo notaba las bragas cada vez más húmedas, pegándose a un coño que llevaba semanas sin que nadie le prestara atención de verdad.
—Hueles distinto —dijo de pronto.
Me giré despacio.
—¿Distinto a qué?
Su mandíbula se marcó al apretar los dientes un segundo, como si estuviera decidiendo cuánto se permitía decir.
—No sé. Hueles bien. Tu olor me pone la polla dura. Llevo meses notándolo y hoy no me apetece disimular.
Se acercó. Despacio, midiendo cada paso, dándome todo el tiempo del mundo para frenarlo. No lo frené.
Cuando me quitó el bolso del hombro, sus dedos rozaron la parte interna de mi brazo y bajaron apenas un centímetro de más. Fue un gesto mínimo, casi nada. Pero mi piel reaccionó de inmediato: un escalofrío que me erizó los brazos y me hizo inhalar fuerte, sin poder evitarlo. Él lo oyó. Sus ojos se oscurecieron un grado.
—Carolina… —murmuró—. Dime que no soy solo yo. Dime que también estás mojada.
Mi silencio fue un sí. El más rotundo que había dado en mucho tiempo. Y para que no le quedara ninguna duda, le cogí la mano, se la metí bajo la falda y se la apoyé directamente sobre las bragas empapadas.
Se le escapó un gemido ronco cuando notó lo mojada que estaba. Sus dedos apretaron la tela contra mi coño y noté cómo la humedad le manchaba la yema.
—Joder… —susurró—. Estás calada.
—Llevo meses así por ti —le contesté, sin reconocerme la voz.
Me apoyó contra la chapa de uno de los coches y el frío del metal atravesó la tela de mi blusa y me tensó el cuerpo entero. Él se colocó delante, cerrándome el paso, y esta vez sí me tocó de verdad. Su mano volvió a subir por debajo de la falda, apartó las bragas a un lado y sus dedos me recorrieron los labios del coño de arriba abajo, despacio, empapándose.
—Ábrete un poco más para mí —me pidió al oído.
Separé las piernas y él hundió dos dedos dentro. Los sacó brillantes y volvió a metérmelos, más adentro, buscando ese punto que solo yo conocía. Cuando lo encontró, se me escapó un gemido agudo que rebotó en las paredes de chapa del taller.
—Chiss… —dijo, sonriendo con la boca pegada a mi mandíbula—. Todavía nos queda mucho.
Mi mano bajó a ciegas y encontró el bulto duro dentro del mono. Se la apreté por encima de la tela y noté la polla gruesa, caliente, palpitando contra mi palma. Le bajé la cremallera del mono y metí la mano dentro, sin ropa interior de por medio, y se la agarré directamente. Estaba dura como una piedra y ya tenía la punta húmeda.
—Quiero mamártela —le dije, sin filtro, sin reconocer a la mujer que hablaba.
No me besó enseguida. Sus labios rozaron la comisura de los míos sin llegar a unirse, y ese casi me hizo temblar más que cualquier contacto directo. Cuando por fin me besó, fue profundo y lento, con la lengua entrando entera en mi boca, y sentí cómo algo dentro de mí se rendía sin oponer resistencia.
—Ven… —dijo contra mis labios.
***
Me llevó por un pasillo estrecho hacia la parte de atrás del taller. Allí me sostuvo contra la pared y el contacto fue más firme, más decidido. Su mano se deslizó hasta mi nuca y los dedos se perdieron un segundo en mi pelo. Luego apretó, sujetándome del pelo con una firmeza que me arrancó otro gemido.
Entramos en una pequeña oficina al fondo, donde la única luz venía de la calle a través de un cristal sucio. La penumbra lo amplificó todo. El sonido de nuestras respiraciones, el roce de la ropa, el leve temblor que yo ya no era capaz de ocultar.
Le quité la camiseta. El mono de trabajo, que ya llevaba caído a la altura de la cintura, se rindió fácil a mis manos. Se lo bajé hasta los tobillos y su polla saltó libre, dura, gruesa, con las venas marcadas y la punta brillante de líquido preseminal. Me quedé mirándosela un segundo, sin disimulo. Hacía años que no veía una así.
Me arrodillé sin pensarlo. El suelo de cemento estaba frío bajo mis rodillas, pero no me importó. Le agarré la polla con una mano por la base y le pasé la lengua por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, lento, saboreándolo. Él soltó un jadeo bajo y apoyó una mano en la pared.
—Joder, Carolina…
Me la metí en la boca entera, todo lo que pude, hasta notarla golpearme el fondo de la garganta. Empecé a chupársela con hambre, con las mejillas hundidas, ayudándome con la mano en la base para lo que no me entraba. Cada vez que sacaba la polla se la lamía por debajo, por los huevos, y volvía a metérmela hasta el fondo. Un hilo de saliva me chorreaba por la barbilla y no me importaba nada.
Él me agarró del pelo, no con fuerza, pero sí marcándome el ritmo. Yo obedecía. Le chupaba la polla con los ojos cerrados, notando cómo se le hinchaba todavía más contra mi lengua, y por dentro yo estaba tan mojada que las bragas ya no me servían de nada.
—Para… —dijo con la voz rota—, para o me corro en tu boca.
Me levanté despacio, con los labios hinchados y brillantes. Él me giró contra el escritorio, me subió la falda hasta la cintura y me arrancó las bragas por un lado. Oí la tela rasgarse. No dije nada. Solo me abrí de piernas y empujé el culo hacia atrás, ofreciéndoselo.
Antes de metérmela, se agachó y me pasó la lengua por el coño desde atrás, larga, plana, entera. Grité contra el escritorio. Sus manos me abrieron las nalgas y su lengua se hundió dentro, comiéndome como si llevara meses esperándolo. Chupaba, sorbía, me clavaba la lengua en el clítoris y luego subía. Yo me apretaba el pecho contra la madera, con los pezones tan duros que dolían bajo la blusa.
—Fóllame ya, por favor —le supliqué—. Métemela.
Se puso de pie, se agarró la polla y me la pasó por los labios del coño, empapándola en mí. Cuando por fin me la metió, entera, de una sola embestida, se me escapó un gemido que no pude controlar. La sentí subirme hasta el estómago, gruesa, caliente, llenándome como llevaba años sin sentirme llena.
—Así —le pedí, apretando el borde del escritorio—. Fuerte. Sin cuidado.
Y me obedeció. Me empezó a follar con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas con las dos manos, tirando de mí hacia atrás cada vez que empujaba hacia delante. El sonido de sus muslos chocando contra mi culo llenaba la oficina, mezclado con mis gemidos y con los suyos, roncos, cortados.
Me sacó y me giró. Me sentó en el escritorio, me abrió las piernas de par en par y volvió a metérmela de frente, así, mirándome a los ojos, con la polla entrando y saliendo brillante de mí. Con una mano me sujetaba una teta por dentro del sujetador, apretándome el pezón entre dos dedos; con la otra me sostenía por la nuca y me obligaba a no bajar la mirada.
—Mírame mientras te follo —me ordenó.
Le miré. Miré cómo su polla entraba entera en mi coño una y otra vez, miré la vena marcada en su cuello, la boca entreabierta, el sudor bajándole por el pecho. Y sentí que algo dentro de mí, algo que llevaba años dormido, se estaba deshaciendo.
Cambiamos otra vez. Me puso a cuatro patas sobre el sofá desgastado del rincón, me hundió la cara contra el cojín y me montó por detrás con la polla enterrada hasta el fondo. Con dos dedos me buscó el clítoris mientras seguía embistiéndome, y esa combinación me deshizo. Empecé a temblar sin control, el orgasmo me subió desde los pies, se me clavó en el vientre y estalló en oleadas que me hicieron gritar contra el cojín.
Él no paró. Siguió follándome durante mi orgasmo, alargándolo, hasta que yo estaba temblorosa, sensible, incapaz de sostenerme sola. Solo entonces se sacó la polla, me giró la cabeza y me la puso delante de la boca. Yo abrí sin dudar. Se corrió en tres golpes largos, dentro de mi boca y sobre mis labios, con un gemido bajo y ronco que le nació del pecho. Tragué lo que pude. Lo demás me chorreó por la barbilla y me lo recogió él mismo con el pulgar para llevármelo otra vez a la boca.
Nos quedamos así, respirando fuerte, pegados, sintiendo cómo el cuerpo volvía poco a poco a un ritmo más humano. Pero por dentro todo había cambiado, y los dos lo sabíamos.
***
Apoyé la frente en su cuello. Su piel estaba caliente, húmeda, viva bajo mis labios. Me habría quedado allí horas, en esa penumbra, lejos de mi vida ordenada y de su equilibrio falso.
—Tenemos que salir… —murmuré, sin moverme.
—Lo sé… —respondió él, sin soltarme todavía.
Tardamos en separarnos. Nos vestimos en silencio, mirándonos de reojo, con esa torpeza tímida que llega después, cuando el deseo afloja y queda todo lo demás. Yo tuve que meterme las bragas rotas en el bolso; no había otra manera. Él me devolvió el bolso. Sonrió apenas. Yo no supe qué decir, así que tampoco dije nada.
Cuando crucé el taller vacío y salí a la noche, el aire frío me golpeó la cara, pero la piel seguía encendida, como si guardara la memoria de cada roce, de cada centímetro recorrido. Notaba el semen todavía en la comisura de los labios y su polla entre las piernas, como si siguiera dentro de mí.
Al sentarme en el coche, con las manos temblando sobre el volante, entendí por fin la verdad que llevaba meses evitando.
No había sido solo deseo. No había sido un capricho, ni un descuido, ni un error que pudiera archivar y olvidar.
Había sido reconocer un hambre que llevaba años dormida dentro de mí, una que mi vida ordenada había aprendido a no escuchar.
Arranqué el motor y me quedé un momento mirando la persiana cerrada del taller. Sabía que volvería. Sabía que inventaría otra excusa, otro ruido raro en el motor, otra revisión que no hacía falta. Sabía que la próxima vez le pediría cosas que hoy no me había atrevido ni a pensar.
Y supe que, después de aquello, nada volvería a ser tan fácil. Pero tampoco volvería a ser tan intensamente vivo.