En la despedida de Romi crucé una línea con un extraño
Me llamo Camila, tengo veintiocho años y siempre he tenido una relación complicada con mi propio cuerpo. Soy de caderas anchas, busto pesado, brazos que nunca me gustaron del todo. Julián, mi novio desde hace casi cuatro años, me repite que está enamorado precisamente de eso, de las curvas que yo intento esconder bajo blusas oscuras. Esa noche, la del cumpleaños de Romina, salí de casa con un vestido negro que él mismo había elegido la semana anterior y con la promesa muda de no tomar más de dos copas. Iba a una despedida de soltera, no a un funeral, pero me lo planteé así: dos copas, una hora de baile, taxi de regreso antes de las dos.
Romi vivía en un departamento grande, herencia de su padre, en un barrio tranquilo del norte de la ciudad. Cuando llegué, ya había unas catorce mujeres en la sala. Amigas de la universidad, primas, vecinas, dos compañeras de oficina de la novia y, en una esquina, la madre de Romi, a la que todas llamábamos tía Marta. Tía Marta tendría cincuenta y pocos, pero llevaba años actuando como si fuera una de las nuestras. Era la primera en pedir tequila, la última en irse a dormir y la única que no se cansaba de bailar.
—Camilita, llegaste —me abrazó Romi en cuanto crucé la puerta—. Vas a tomar conmigo, ¿no?
—Una y media, no más. Mañana veo a Julián.
—Una y media —repitió, con esa risa suya que siempre acababa convirtiéndose en orden.
Al principio fue lo de siempre. Juegos tontos con pajitas y bananas, fotos en grupo, una guirnalda de plumas rosas sobre los hombros de la novia. Comimos canapés, brindamos por la futura señora, alguien puso reguetón a un volumen que hacía vibrar los vasos. Yo bailé poco. Me quedé cerca de la mesa de las frutas, conversando con una prima de Romi sobre nada en particular, vigilando el reloj.
—¡Chicas, en quince minutos llega la sorpresa! —gritó Romi desde el centro del salón.
—¿Qué sorpresa? —preguntó alguien.
—Una sorpresa muy guapa y muy alta, ya van a ver.
El grupo aplaudió, yo me reí por compromiso. Pensé en un tipo bailando con poca ropa, billetes baratos, fotos comprometedoras que mañana harían reír en algún chat. Le mandé un mensaje a Julián: todo bien por acá, te aviso cuando salga. Él respondió con un corazón y un «portate como una nena buena». Sonreí. Esa parte yo todavía la creía.
***
El stripper se llamaba Mateo, o eso dijo. Apareció vestido de bombero, con el casco bajo el brazo y una sonrisa que sabía exactamente lo que hacía. Era alto, tatuado, con el tipo de espalda que se construye en un gimnasio durante años, no en un par de meses. Llevó a Romi al centro del salón, la sentó en una silla y empezó a desabrocharse la chaqueta al ritmo de una canción que yo no conocía.
Las chicas gritaban como adolescentes. Romi se cubrió la cara, riendo, y cada vez que él se acercaba demasiado, las demás aplaudían y lanzaban billetes pequeños sobre la silla. Tía Marta estaba en primera fila, con una copa en cada mano. Llevaba un vestido rojo que se le ajustaba demasiado a la cintura, y miraba a Mateo con una atención que ya no era de fiesta.
—¡Camila, ven, ponte aquí! —me jalaron del brazo.
—Voy por agua —contesté, y me escabullí hacia la cocina.
Cuando regresé, la atmósfera había cambiado. Mateo ya estaba en bóxer. Las luces de la sala se habían bajado, las cortinas estaban cerradas y la música era otra, más lenta, más densa. Romi se había levantado de la silla y le tocaba el pecho como si fuera un juguete que acababa de comprarse. Tía Marta seguía bebiendo, con los labios entreabiertos, y de tanto en tanto se lamía el labio superior con la punta de la lengua sin darse cuenta de que lo hacía.
Una copa más, pensé. Una sola, para no ser la rara.
Y ese fue el error.
***
No sé cuándo exactamente la fiesta dejó de ser una fiesta. Quizás cuando Mateo se quitó el bóxer, o quizás un poco antes, cuando tía Marta se puso de rodillas y todas la celebraron como si fuera lo más divertido que habían visto en años. Lo cierto es que en algún momento del baile lo que había debajo del bóxer dejó de ser una caricatura y se convirtió en algo real, enorme, expuesto en mitad del salón a la vista de catorce mujeres que habían perdido la vergüenza. Una polla gorda, gruesa desde la base, con las venas marcadas subiendo hasta un glande brillante y morado que apuntaba directo al techo. Se le movía sola cada vez que él daba un paso, y cada paso arrancaba un gemido colectivo de las chicas.
Tía Marta fue la primera. La agarró con las dos manos sin pedir permiso a nadie, la sopesó, se la pasó por la mejilla como si estuviera midiéndosela contra la cara, y después abrió la boca y se la metió entera con la naturalidad de quien lleva años imaginándolo. Se la tragó hasta que se le escuchó una arcada, y en vez de retirarla la empujó más adentro, sujetándose de los muslos tatuados del tipo. La saliva le caía por la barbilla en hilos gruesos, le mojaba el escote del vestido rojo, y ella no se limpiaba: le chupaba la verga a un desconocido delante de la hija y le encantaba. Hubo un segundo de silencio, un silencio físico, casi sólido, antes de que la sala estallara. Las chicas gritaban, golpeaban los muebles, alguien levantó el teléfono para grabar. Romi se reía a carcajadas, agarrándose el estómago.
—¡Dale, mamá, dale, chupásela toda! —gritó, sin parar de reír.
Tía Marta obedeció. Sacó la polla brillante de saliva, le escupió encima, la masturbó fuerte con la mano cerrada mientras le lamía los huevos uno por uno. Cuando se la volvió a meter fue peor: hacía ruidos con la garganta, chupaba con las mejillas hundidas, se retiraba solo para pasarle la lengua desde la base hasta la punta y volver a tragársela. Mateo le sujetó la cabeza y empezó a follarle la boca sin cuidado, la polla entera entrando y saliendo, y ella no oponía nada, se dejaba usar como si estuviera esperando eso desde que llegó la invitación.
Yo me quedé clavada en el suelo. El corazón me golpeaba la garganta. No era horror, no exactamente; era algo más raro, una mezcla de incomodidad y curiosidad que me daba vergüenza sentir. Sentí que las bragas se me humedecían y me odié por sentirlo. Tía Marta se apartó al fin, con la boca brillante y un hilo de saliva colgándole del mentón, y se desplomó en el sofá entre los aplausos, jadeando, con los ojos vidriosos y una mano metida ya debajo de la falda del vestido rojo. Mateo seguía de pie en mitad de la sala, completamente desnudo, la polla erecta y mojada apuntándole al ombligo, con esa mirada que él ya debía conocer de memoria: la mirada del que sabe que lo que viene es inevitable.
Me escabullí a la cocina otra vez. Cerré la puerta detrás de mí, apoyé las manos en la encimera y traté de pensar. El teléfono pesaba en mi bolsillo. Llamá a Julián, decile que estás incómoda, pedí un taxi. Pero también: ¿qué le vas a decir? ¿que la madre de tu amiga acaba de chupársela a un stripper delante de quince personas? Me reí sola, una risa nerviosa, y entonces se abrió la puerta.
—Acá estabas —dijo Romi—. Te estábamos buscando.
Detrás de ella venían dos amigas suyas, las dos con copas en la mano y los ojos vidriosos.
—Romi, en serio, no me siento bien.
—Mentirosa. Estás perfecta. Vení, te quiero presentar a Mateo como Dios manda.
—Romi…
—Una foto, una sola foto y te dejo.
No fue una foto. Lo supe en cuanto sus manos se cerraron sobre mi muñeca. Las otras dos se pusieron detrás, riendo, empujándome con suavidad hacia el pasillo. Yo pude haber gritado. Pude haber clavado los pies en el suelo. No lo hice. Caminé.
***
Cuando me devolvieron al salón, Mateo estaba sentado en el sofá, las piernas abiertas, el cuerpo brillante de sudor, la polla dura descansándole contra el vientre. Tía Marta seguía a su lado, con el vestido rojo arrugado y las tetas medio afuera del escote, abanicándose con una revista y sin dejar de mirarle la verga al tipo con una sonrisa boba. Las chicas formaron un círculo alrededor de mí y empezaron a corear mi nombre. Camila, Camila, Camila. Sentí que las mejillas se me incendiaban.
—Vení, preciosa —dijo Mateo, con esa voz grave que evidentemente formaba parte del guion—. Vení a saludar como corresponde.
Pensé en Julián. Lo juro: pensé en él, en su sonrisa cuando me eligió el vestido, en el corazón que me había mandado por mensaje hacía menos de una hora. Pensé en nuestra cama, en la mesa donde desayunábamos los domingos, en la llave de su casa que llevaba en el llavero. Pensé en todo eso, y al mismo tiempo dejé que Romi me empujara dos pasos más cerca.
Una mano me bajó la cremallera del vestido por la espalda. Otra me sacó las medias. No supe nunca de quién eran cuáles. El vestido cayó al suelo, y yo me quedé en la ropa interior negra que también había elegido Julián, esa misma mañana, sin saber lo que iba a pasar con ella. Las chicas aplaudieron como si yo acabara de cantar. Alguien me desabrochó el sostén por atrás y me lo bajó por los brazos: mis tetas grandes, pesadas, con los pezones ya duros de puro miedo y de otra cosa que no era miedo, quedaron a la vista de todas. Un aplauso más fuerte. Romi silbó.
—Miren esas tetas, chicas, miren lo que esconde la mosquita muerta.
Mateo se levantó. La polla le rebotó dura contra el muslo cuando dio los dos pasos hasta mí. Me besó el cuello primero, despacio, sabiendo cómo hacerlo. Sus manos eran enormes, mucho más grandes que las de mi novio, y me agarraron las tetas con una firmeza nueva, apretándolas, sopesándolas, pellizcándome los pezones entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un gemido. Fue como si todas las luces de la sala se concentraran en mí.
—Esa es —murmuró alguien.
—Mírenla cómo se entrega —dijo Romi—. Miren cómo se le ponen los pezones a la santita.
Me empujó de los hombros hacia abajo. Yo caí de rodillas sin resistencia. La verga de Mateo me quedó a la altura de la cara, gruesa, húmeda todavía de la saliva de tía Marta, palpitándome delante de los ojos. Olía a hombre, a sudor limpio, a algo más denso que Julián nunca había tenido. Alguien me agarró de la nuca y me empujó la cara contra ella.
—Abrí la boca, Camilita —susurró Romi al oído—. Que se te vea bien mientras se la chupás.
Abrí la boca. Ni siquiera lo pensé. La lengua me salió sola a lamerle el glande, y el sabor salado me hizo apretar los muslos. Mateo empujó de a poco, metiéndomela un dedo cada vez, y yo la fui recibiendo, chupándola con los labios cerrados, sintiendo cómo las venas gruesas me raspaban la lengua. Las chicas gritaban, aplaudían, hacían fotos. Tía Marta se había acercado y me acariciaba el pelo mientras yo se la mamaba a su stripper.
—Metéla más adentro, mi amor, dale, todo el mundo quiere ver.
La empujé más adentro. Se me clavó en la garganta, tuve una arcada, se me llenaron los ojos de lágrimas. Mateo me sujetó la cabeza con las dos manos, exactamente como había hecho con la madre de Romi, y empezó a follarme la boca a un ritmo lento pero firme, hundiéndose hasta que se me golpeaban los labios contra el pubis afeitado. La saliva me chorreaba por la barbilla y me caía sobre las tetas desnudas. No podía respirar bien y no quería que se detuviera.
—Miren, miren, si le encanta —se reía una voz—. Miren cómo abre la boca la Camilita.
Me bajaron al suelo, sobre la alfombra mullida del salón. Yo no opuse resistencia. Es la parte que más me cuesta contar: no opuse resistencia. Alguien me abrió las piernas, otra me sostuvo los brazos por encima de la cabeza. Mateo se acomodó entre mis muslos, y con un movimiento que casi no sentí me arrancó las bragas de un tirón. Estaba mojada. Estaba empapada, chorreando, y eso me dio más vergüenza que todo lo demás. Mi cuerpo estaba decidiendo por mí. Romi se agachó, me pasó dos dedos por la raja abierta y los levantó para que todas los vieran brillando.
—Miren cómo está la santita, chicas. Está para que la partan.
—Tranquila —dijo Mateo, y me frotó la punta gorda contra los labios del coño, arriba y abajo, empapándose en mi propio flujo, golpeándome el clítoris con el glande cada dos pasadas.
—Espera, no… —alcancé a decir.
—Esperá nada —se rio una voz a mi lado—. Vos abrí las piernas y dejate coger.
Empujó. Una vez sola, profundo, completo, hasta el fondo. El estiramiento fue tal que se me escapó un grito que no supe si era de dolor o de placer. La polla de Mateo era el doble que la de Julián, más gruesa, más larga, y me llenó de una manera que yo no sabía que se podía llenar. Me clavé las uñas en sus hombros. Sentí cómo me abría por dentro, cómo cada centímetro entraba abriéndose paso, y cuando el pubis de él chocó contra el mío ya no me quedaba aire. Las chicas gritaban a mi alrededor, alguna grababa, tía Marta se había sentado en el sofá frente a nosotros con la falda subida hasta la cintura y se metía dos dedos en el coño mirándonos, sin disimular ya nada.
***
Lo peor, o lo mejor, no sé, fue que mi cuerpo se entregó antes que mi cabeza. Mateo empezó a moverse despacio, sacándola casi entera hasta que el glande me acariciaba la entrada y volviéndola a hundir de un golpe seco que me sacudía las tetas contra la cara. A las tres o cuatro embestidas ya estaba yo empujándole las caderas para arriba, buscándolo, pidiendo más sin decirlo. Antes de que pudiera pensar en Julián otra vez, el primer orgasmo me sacudió, brutal, una corriente que me dejó las piernas temblando y los oídos sordos durante unos segundos. Grité. Grité fuerte, con la boca abierta, sin controlarme, y las chicas aplaudieron el grito como si fuera parte del show.
—Se vino, se vino la Camilita —cantaba Romi—. Y esto recién empieza.
Mateo no se detuvo. Me agarró de los tobillos y me abrió las piernas en V, dejándome expuesta y clavada al piso, y empezó a follarme con un ritmo entrenado, sosteniéndome las caderas para no salirse, hundiéndose hasta el fondo cada vez. El sonido de la piel chocando contra la piel, obsceno, húmedo, se mezclaba con la música y con los gritos de las demás. Cada embestida me arrancaba un gemido que ya no intentaba callar. Sentía la verga entrando enterita, golpeándome algo en el fondo que Julián nunca había alcanzado.
—Ponete en cuatro —ordenó de pronto, y me dio vuelta con las dos manos como si yo pesara nada.
Quedé de rodillas sobre la alfombra, con la cara contra el suelo y el culo levantado hacia él. Antes de meterla otra vez me dio una nalgada seca, fuerte, que me hizo saltar. Otra en la otra nalga. Las chicas se reían.
—Otra, otra, marcala bien.
Me marcó bien. Me apretó las caderas y me la metió de un empujón desde atrás, y en esa posición se sentía todavía más grande, más adentro. Me follaba fuerte, sin ritmo educado, empujándome la cabeza contra la alfombra con una mano en la nuca, sacándomela solo para escupirme en el coño abierto y volvérmela a hundir de golpe. Yo no era Camila en ese momento. Era un cuerpo prestado, un cuerpo que respondía solo, que arqueaba la espalda y abría más las piernas y aceptaba cada embestida con un gemido cada vez más animal. Tía Marta se había arrodillado a mi lado y me apretaba las tetas colgantes con las dos manos, tironeándome los pezones al ritmo de las estocadas.
—Qué rica sos, nena, qué culo tenés —me susurraba—. Cogétela, Mateo, cogétela bien.
Romi se acercó y me apartó el pelo de la cara, casi con cariño, como si supiera lo que estaba pasando dentro de mí.
—Tranquila, amiga. Esto no sale de acá.
Mentira, pensé, con la mejilla pegada a la alfombra y la polla de un desconocido reventándome por dentro. Esto no sale de acá pero entra hasta el último rincón. Esto se queda. Esto cambia algo.
Vino el segundo orgasmo, más largo, más sucio. Me temblaron los muslos, se me contrajo el coño alrededor de él, y grité contra la alfombra un «me corro» que hasta yo misma me sorprendí de decir. Alguien lo grabó de cerca. Alguien me metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras me corría. Mateo aceleró. Lo escuché gruñir detrás de mí, sentí cómo se ponía más duro dentro, cómo la polla se le hinchaba todavía más antes de reventar, y cuando dijo «me vengo, adentro», no se detuvo. Tampoco me preguntó. Nadie a mi alrededor le dijo que no. Al contrario.
—Adentro, Mateo, dejale todo adentro —gritó Romi—. Que se lleve un recuerdito para el novio.
Me clavó las manos en las caderas, se hundió hasta el fondo y se descargó. Sentí cada palpitación dentro de mí, una a una, chorros gruesos y calientes que me llenaban el vientre. La polla le latía entre mis paredes y yo la sentía latir, contando cada corrida como si me marcara. Mi cuerpo respondió con un tercer orgasmo, más suave, más triste, apretándole la verga para sacarle hasta la última gota, y entonces todo terminó.
Él se retiró despacio. Cuando la sacó, la sentí resbalar centímetro por centímetro, y detrás salió el chorro tibio de su semen deslizándoseme por la cara interna del muslo. Alguien aplaudió eso, específicamente eso. Tía Marta se agachó y, sin pedirle permiso a nadie, me pasó la lengua por el muslo lamiendo lo que caía, subiendo hasta el coño, chupándome ahí mismo un segundo largo antes de apartarse con la cara brillante y una sonrisa. Las chicas gritaron. Alguien me alcanzó el vestido, hecho una bola.
***
Me encerré en el cuarto de Romi. Cerré la puerta con llave, me senté en el borde de la cama y me quedé un rato larguísimo mirándome los muslos. Su semen se deslizaba lento por la cara interna, mezclado con el mío, una mancha blanca y espesa que parecía burlarse de mí. Sentía todavía la verga adentro, el eco de esa cosa gruesa abriéndome, el ardor de las nalgas donde me había pegado. Pensé en pastillas, en farmacias de guardia, en lo que iba a inventarle a Julián si mañana me preguntaba por qué estaba rara. Pensé en lo más feo de todo: que una parte muy chica de mí, una parte que no quería reconocer, no estaba arrepentida. Que si Mateo golpeaba esa puerta en ese momento y me pedía otra vez, yo abría.
Abajo, la fiesta seguía. Yo escuché las risas, el reguetón, otro grito colectivo cuando alguna se sumó a lo que había empezado yo. No bajé. Me metí en la ducha de Romi sin pedir permiso, me lavé hasta que la piel me quedó roja, me metí los dedos adentro para sacar lo que pudiera, y aun así seguía saliendo semen tibio cada vez que me apretaba. Me puse uno de sus pantalones de pijama sin bragas porque las mías habían quedado hechas jirones en la alfombra del salón. Después me acurruqué bajo la frazada y dejé que el teléfono se quedara boca abajo, lejos, sobre la mesa de noche.
Julián me había escrito otro mensaje. Lo vi por el rabillo del ojo, sin agarrarlo. Decía: cuando llegues a casa avisame que me quedo más tranquilo, te amo.
No le respondí esa noche. No supe cómo. Mañana, pensé, mañana voy a saber qué hacer. Mañana voy a poder mirarlo a los ojos y decidir si esto se lo cuento o si me lo guardo para siempre. Mañana voy a saber quién soy después de esta noche. Pero esa noche no.
Esa noche solo cerré los ojos, sentí el peso ajeno todavía latiendo entre las piernas, el semen ajeno todavía escurriéndose despacio a pesar de la ducha, y supe que en algún punto, en algún momento exacto entre el cuarto vaso y la alfombra del salón, había dejado de ser la novia de Julián y me había convertido en otra cosa que todavía no tenía nombre.