La madre de Mateo me hizo pasar a su dormitorio
En aquella época estudiaba el segundo año de ingeniería informática en la universidad pública. La beca cubría la matrícula, pero no mucho más, así que entre clase y clase me ganaba la vida con trabajos sueltos. Instalaba equipos, limpiaba virus, reparaba electrodomésticos y montaba antenas para los vecinos del barrio. El boca a boca funcionaba bien y casi siempre tenía algo que hacer los fines de semana.
Mateo era mi mejor amigo desde el instituto. Acababa de empezar a trabajar en una empresa de logística, así que apenas tenía tiempo para nada. Un sábado por la mañana me lo crucé en la cafetería de la esquina y, después de los saludos de rigor, me pidió un favor.
—Mi vieja se compró un televisor nuevo, uno de esos enormes —me dijo mientras revolvía el café—. No sabe ni cómo enchufarlo. ¿Te animás a pasar y montárselo? Te paga, obvio.
—Sin problema. ¿Cuándo?
—La tarde que te venga. Yo no voy a estar, pero ella se queda en casa después de las cinco. Te paso su número.
Mateo me explicó, sin mirarme demasiado, que su padre Roberto seguía con la misma costumbre de siempre. Salía del trabajo y se quedaba bebiendo y jugando a los dados con los compañeros del taller hasta pasada la medianoche. Liliana, su madre, prácticamente vivía sola en aquella casa nueva que habían comprado cerca del parque.
Conocía a Liliana desde hacía años. Mateo había sido siempre el último en llegar al colegio porque ella lo había tenido con apenas diecinueve, y a esas alturas todavía no llegaba a los cuarenta y dos. Era una mujer alta, de hombros estrechos y caderas pronunciadas, con el pelo castaño cortado a la altura del cuello. Cuando íbamos a estudiar a su casa, los compañeros del grupo hacían bromas a sus espaldas. Comentaban lo bien que se conservaba, lo redondo de su trasero, lo firme de su pecho. Yo me reía, pero nunca había imaginado nada con ella. Era la madre de mi amigo, y punto.
El lunes siguiente la llamé y acordamos que pasaría el miércoles a las seis. Llegué con la mochila de las herramientas y toqué el timbre. Tardó en abrir lo justo para que yo me preguntara si me había equivocado de hora.
Liliana apareció con una bata corta de seda granate, mal anudada a la cintura. Debajo se le adivinaba un camisón beis, fino, casi transparente, que apenas le cubría medio muslo. Cuando se inclinó para darme dos besos sentí su perfume y, al mismo tiempo, una descarga que bajó directa a la entrepierna. La saludé como pude y disimulé mirando el cartón del televisor en el suelo del recibidor.
—Está en mi cuarto —dijo ella, abriéndome paso—. Quiero verlo desde la cama.
La seguí por el pasillo intentando no mirarle el dobladillo del camisón. Su dormitorio era amplio, con una cama de matrimonio enorme y un mueble bajo de madera oscura donde tendría que apoyar el aparato. Dejé la mochila en el suelo, saqué las herramientas y me puse a trabajar.
El problema fue que ella no se fue. Se quedó de pie a mi lado, apoyada en el marco de la puerta, observando cada movimiento. Yo intentaba concentrarme en los tornillos del soporte, pero la sentía respirar muy cerca y cada vez que levantaba la vista me cruzaba con sus piernas, con la curva del muslo, con el contorno del pecho bajo la tela.
—¿Te traigo una cerveza? —preguntó.
—Bueno, gracias.
Volvió un minuto después con una lata fría. Yo seguía agachado, atornillando la base. Cuando se inclinó para entregármela, la bata se abrió y el escote del camisón se descolgó hacia delante. Le vi los pechos enteros, con aréolas grandes y oscuras, los pezones erguidos como si tuviera frío. No tenía sujetador. No había llevado sujetador en toda la tarde.
Tragué saliva y agarré la lata sin decir nada. Ella se demoró más de la cuenta, ajustándome supuestamente el cable detrás del mueble, y volvió a inclinarse otra vez. Cuando se enderezó me miró a los ojos un segundo de más y bajó la vista hasta la bragueta del vaquero, donde el bulto era imposible de disimular.
—Necesito coger algo de ahí arriba —murmuró señalando la estantería sobre el mueble.
Se puso de puntillas justo a mi lado. El camisón se le subió hasta la cadera. Tenía las piernas tonificadas y la tela negra de una tanga diminuta marcaba el relieve de su sexo con una nitidez que me dejó la boca seca. El vello púbico se transparentaba a través del encaje. Me quedé mirando como un imbécil, demasiado tiempo. Tosí, bajé la vista a la herramienta, y entonces escuché su risa baja.
—¿Me estabas mirando, cierto?
—Perdoná, Liliana. No fue a propósito.
—¿Solo me mirabas las piernas?
Tenía la mirada fija en mi entrepierna. Sonreía sin disimular.
—Ya veo cómo te puso —siguió—. Seguro que viste la tanga también. Sos un atrevido.
Quise contestar algo gracioso, pero solo me salió un encogimiento de hombros. Ella se acercó dos pasos, me quitó la lata de la mano y se inclinó otra vez, esta vez frente a mí, dejándome los pechos a la altura de los ojos.
—¿Y mis tetas? —preguntó—. ¿También te gustan?
—Señora, son… preciosas. Firmes.
—Liliana.
—Liliana.
Lo siguiente sucedió tan rápido que no me dio tiempo a procesarlo. Se desató la bata, la dejó caer al suelo y se bajó los tirantes del camisón por los hombros. La tela se descolgó hasta la cintura y los pechos quedaron al aire, redondos, firmes, con los pezones tan duros que parecían apuntar al techo. Yo seguía agachado, con la llave Allen en una mano y la cerveza en la otra, completamente bloqueado.
Ella retrocedió hasta los pies de la cama. Sin decir nada, terminó de bajarse el camisón hasta los tobillos y lo apartó con el pie. Quedó solo con la tanga, mirándome con una sonrisa que no admitía duda.
***
Dejé las herramientas en el suelo y me levanté. No pensaba volver a casa con la cabeza puesta en lo que acababa de pasar. Era la madre de mi mejor amigo, pero esa tarde, en ese dormitorio, era solo una mujer plantada delante de mí casi desnuda.
Avancé hasta ella y la abracé por la espalda. Le besé el cuello, el lóbulo de la oreja, y dejé que mis manos subieran hasta los pechos. Eran cálidos y pesados, mucho más firmes de lo que había imaginado. Le pellizqué los pezones con la yema de los dedos y la sentí estremecerse contra mi pecho. El trasero se le apretó instintivamente contra mi entrepierna y empezó a frotarse, despacio.
—Hace meses que no me toca nadie —susurró—. Roberto no llega antes de las dos.
Bajé una mano por su vientre hasta meterla dentro de la tanga. La encontré empapada. El vello era abundante, denso, y los labios se le abrieron en cuanto pasé los dedos por la hendidura. Empecé a acariciarla con calma, dibujando círculos cortos sobre el clítoris, y ella gimió bajito, mordiéndose el labio.
Se giró de pronto y se arrodilló frente a mí. Me soltó el cinturón con dedos rápidos, me bajó el vaquero hasta las rodillas y se quedó mirando el bulto del bóxer.
—Roberto no la tiene así —dijo más para sí misma que para mí.
Tiró del bóxer hacia abajo y la verga me golpeó el vientre. Liliana abrió mucho los ojos.
—Dios mío.
La sostuvo con las dos manos, examinándola como si fuera algo que no acabara de creer, y se la metió en la boca de un solo movimiento. Lo hacía bien. Demasiado bien. Tenía una técnica que no se aprendía en una sola noche. Tuve que apartarle la cabeza después de un minuto largo, porque si seguía así iba a terminar en su boca antes de tiempo.
La levanté, le bajé la tanga hasta los tobillos y la empujé suavemente hasta sentarla en el borde de la cama. Le abrí las piernas. El monte de venus poblado, el sexo abierto y brillante de humedad, todo parecía pedirme que la rematara ahí mismo. Pero ella tiró de mí hacia atrás, hasta hacerme caer sentado, y se incorporó.
—Yo arriba —dijo—. Quiero ver cómo entra.
Se puso de pie sobre el colchón, una rodilla a cada lado de mis caderas, y empezó a bajar. Se sujetó la verga con la mano, la apoyó contra los labios húmedos y descendió un centímetro, dos, tres. La sentí estrecha, calentísima, mucho más apretada de lo que esperaba de una mujer de su edad.
—Uy… esperá —jadeó—. Estoy muy cerrada. Sos enorme.
Bajó otro poco. Yo apreté los dientes. Cuando llevaba poco más de la mitad dentro, se quedó quieta. Se mordió el labio, respiró hondo, y entonces se levantó de golpe.
—Esperá. Sin protección no. Todavía soy fértil.
Se inclinó hacia la mesita de noche y sacó un preservativo del cajón. Rompió el envoltorio con los dientes e intentó ponérmelo. No entró. Le entró el glande y nada más. La goma me presionaba como un torniquete.
—No me lo puedo creer —murmuró—. No te entra. ¿Qué calzás?
—Talla grande. Siempre.
Me miró con una mezcla de frustración y deseo. Se quedó un segundo pensando, con el preservativo colgando inservible entre los dedos. Luego me lo arrancó de un tirón y lo tiró al suelo.
—Prometeme una cosa —dijo poniéndose otra vez sobre mí—. Cuando estés por venirte, me avisás y salís. Lo que sea, salís.
—Te lo prometo.
Volvió a colocarse encima y esta vez se dejó caer de una vez, todo el peso, hasta el fondo. Gritó. Yo cerré los ojos para no terminar ahí mismo. Sus paredes me apretaban como un puño cerrado y caliente.
***
Después del primer minuto se le aflojó algo, lo justo para empezar a moverse. Lo hizo despacio al principio, balanceando las caderas en círculos, y enseguida tomó ritmo. Subía y bajaba con un control que solo se aprende con años de cama. Me clavaba las uñas en los hombros, se inclinaba hacia delante para morderme el cuello, se enderezaba para que le agarrara los pechos.
—Qué bien me llenás —repetía—. Qué bien me llenás, dios mío.
Acabó la primera vez cabalgándome sin avisar. Sentí el espasmo recorriéndole todo el cuerpo, las paredes apretándome con tanta fuerza que pensé que me iba a partir en dos. Se desplomó sobre mi pecho, jadeando, con la boca contra mi cuello.
—No te corriste —dijo cuando recuperó el aliento—. Aguantaste.
—Aguanté.
—Sos un caballero.
Soltó una risa baja, ronca, y se levantó. La verga me salió empapada de ella. Me miró con un brillo nuevo en los ojos.
—Una más —dijo—. Y esta vez vos arriba. Pero te salís, ¿eh? Te salís.
Se puso a cuatro patas en el centro de la cama, con el trasero levantado hacia mí. Me arrodillé detrás, le agarré las caderas y la penetré de un golpe. Ella enterró la cara en la almohada para ahogar el grito. Empecé a embestirla con todas las ganas que llevaba guardadas desde el momento en que me abrió la puerta.
Le di duro, sin pausa, viendo cómo el trasero le rebotaba contra mi pelvis. Le agarré el pelo con una mano, no para tirar, solo para sostenerlo, y con la otra le sujeté la cintura. Ella se empujaba hacia atrás al mismo ritmo, gimiendo dentro de la almohada, repitiendo cosas que no llegaba a entender.
Cuando sentí que estaba por terminar, me salí. Liliana giró el cuerpo justo a tiempo, se incorporó sobre las rodillas y me agarró la verga con las dos manos. Acabé sobre su pecho y su vientre, en una cantidad que ni yo me esperaba. Ella me miraba a la cara mientras lo hacía, sonriendo, satisfecha de haber conseguido sacarme cada gota fuera.
—Madre mía —murmuró pasándose un dedo por la piel—. Si hubieras acabado dentro, no salía en una semana.
***
Nos quedamos un rato tumbados, sin hablar. Ella fue al baño, se duchó, volvió con el albornoz blanco y se sentó en el borde de la cama. Yo terminé de instalar el televisor casi en silencio, con las manos todavía temblando. Cuando acabé, le expliqué cómo se cambiaba la entrada y cómo se buscaban los canales. Ella asintió sin escucharme del todo.
—¿Cuánto te debo?
—Nada. Está bien así.
Sonrió. Se acercó hasta la puerta y me dio dos besos, uno en cada mejilla, demorando el segundo más de la cuenta. Antes de abrirme me apoyó la mano sobre la entrepierna.
—Seguro que algún electrodoméstico se me rompe pronto —dijo—. Te llamo.
Bajé las escaleras del edificio sin acordarme de respirar. Cuando llegué al portal y salí a la calle, el aire de la noche me golpeó la cara y entonces caí en lo que acababa de pasar. La madre de Mateo. La madre de mi mejor amigo. Y lo único que pensé, mientras caminaba hacia la parada del autobús, fue en cuánto iba a tardar en romperse el siguiente electrodoméstico de la casa.