Le propuse a mi novia un desconocido y aceptó esa noche
El piso compartido de Gràcia olía a pizza recalentada y al suavizante barato de la lavadora que habíamos puesto al volver de la facultad. Eran las once y veinte de un jueves de finales de marzo y, fuera, Barcelona seguía haciendo ruido: risas bajando hacia Plaça del Sol, una moto subiendo por Verdi, una sirena lejana sobre el Eixample. Dentro solo se oía el zumbido de la nevera y el pulso que yo tenía en los oídos.
Lucía estaba tumbada contra mi pecho, con una camiseta vieja mía y unas bragas blancas de algodón. Llevábamos dos años juntos, los dos veintidós, los dos estudiando Turismo en la Universitat de Barcelona. El sexo era bueno pero rutinario: veinte minutos en la cama estrecha del piso, alguna vez ella encima los sábados con resaca. Nada del otro mundo.
Yo llevaba meses ahogándome con esa fantasía. Esa noche, después de la última serie, respiré hondo y se lo solté:
—Lucía… quiero verte follar con otro.
Parpadeó dos veces, como si no estuviera segura de haber oído bien. Se incorporó y la camiseta se le subió hasta la cintura. Tenía las mejillas rojas y los ojos verdes muy abiertos.
—¿Cómo?
—Otro tío. Más grande que yo. Que te ate, que te haga lo que quiera. Yo escondido, mirando por cámaras. Sin que él sepa siquiera que existe un novio.
El silencio duró casi medio minuto. Lucía se mordió el labio inferior y se pasó una mano por el pelo castaño claro.
—Hostia, Mateo… —murmuró—. ¿Esos vídeos que borras del historial cuando crees que no me doy cuenta?
—Sí. Empezó como curiosidad y ahora no puedo correrme pensando en otra cosa. Solo una vez. Si no te gusta, no se vuelve a hablar.
Se quedó callada mirándose las manos. Le temblaban un poco. Sus pezones se marcaban bajo la camiseta fina y respiraba más rápido. Cuando levantó la cara, sonrió. Una sonrisa pequeña, asustada, real.
—Vale. Una vez.
Cogí su móvil de la mesilla, me senté contra el cabecero y abrimos Tinder. Yo escribiría por ella. Eligió tres fotos: una en bikini en la Barceloneta con la cara tapada, otra en ropa interior negra y una de espaldas que dejaba ver el culo redondo bajo unos vaqueros. En la bio puse, imitando su forma de hablar: «22 años. Universitaria en Barcelona. Busco una noche intensa, sin ataduras (o con, jeje). Me pone el bondage. Tíos altos, fuertes y muy bien dotados. Siempre condón. Si no lo respetas, ni me escribas.»
Empezamos a deslizar. Tíos cutres, fotos de gimnasio peores. Hasta que apareció él. Kwame. Veinticuatro años, Erasmus de Ghana, jugador del equipo de baloncesto de la universidad. Casi metro noventa y cinco, torso desnudo en un gimnasio, sonrisa blanca y tranquila. En la tercera foto, sin cara: la polla colgando pesada sobre el muslo, gruesa como una muñeca.
Lucía soltó un «joder» casi inaudible y apretó los muslos sin darse cuenta. Yo sentí una punzada caliente de celos y excitación a la vez.
—Es él —dije, con la voz rota—. Este es el que te va a follar.
El match llegó en menos de un minuto. A las dos menos cuarto de la mañana la cita estaba cerrada. Sábado, diez de la noche, en casa. Repetí cuatro veces lo del condón. Kwame contestó siempre que sí, princesa, tranquila, siempre llevo.
Lucía dejó el móvil en la mesilla, se quitó la camiseta por la cabeza y se subió encima de mí. Se empaló de un movimiento lento y profundo.
—Fóllame ahora —susurró con los ojos cerrados—. Porque el sábado va a ser otro quien me folle de verdad.
***
El sábado pasé toda la tarde montando el escenario. Pedí por internet cuatro cámaras espía pequeñas, con visión nocturna y conexión al wifi, que llegaron a mediodía. Las coloqué con cinta adhesiva: una en el cabecero apuntando al centro del colchón, otra en el techo para la vista cenital, y dos en las mesillas para los perfiles. Probé la app del móvil. Las cuatro imágenes se veían con una nitidez brutal, incluso con la luz baja.
En una tienda discreta del Raval había comprado el resto: cuatro esposas de cuero negro acolchadas con velcro, un rollo de cuerda de seda roja, un antifaz de satén y una mordaza de bola que no sabíamos si íbamos a usar. También un paquete de condones extra grandes y un bote pequeño de lubricante. Lo tenía todo extendido sobre la mesa del salón como un plan de batalla.
Lucía estaba sentada en el sofá mordiéndose las uñas. Llevaba un pantalón corto de deporte y una camiseta de tirantes que dejaba marcar los pezones bajo la tela.
—Mateo… —dijo en voz baja—. Estoy cagada. ¿Y si duele? ¿Y si es demasiado grande?
La abracé por detrás. Temblaba un poco.
—Palabra de seguridad: rojo. La dices y se acaba todo. Yo estaré al lado, con auriculares. Él no va a oír nada raro. Cree que eres una chica soltera buscando una noche salvaje.
Se giró entre mis brazos y me besó. Cuando se separó tenía los ojos verdes brillantes.
—Quiero sentirla de verdad —dijo casi sin voz—. Por eso acepté.
La metí en la ducha. La enjaboné entera, despacio, como si fuera la última vez que la veía solo para mí. Le pasé la esponja entre las piernas, notando cómo se estremecía cuando rozaba el clítoris. La sequé con una toalla grande y le puse perfume en el cuello, entre los pechos, en la cara interior de los muslos. Después la tumbé desnuda sobre la cama, todavía con dos horas por delante.
—Bésame —pidió.
La penetré despacio. Estaba empapada. Mientras la follaba con movimientos largos me clavaba las uñas en la espalda.
—Quiero que veas cómo me corre por dentro —susurraba—. Quiero que lo grabes.
Me corrí antes de lo que quería. Daba igual. Esa noche no era mi turno.
***
A las nueve y cuarenta y cinco la até. Lucía estaba completamente desnuda en el centro de la cama. La luz roja de la lámpara de mesilla, una bombilla que había puesto para crear ambiente, le bañaba la piel morena clara. Le esposé primero la muñeca derecha al poste superior, luego la izquierda. El velcro hizo un sonido seco. Pasé a los tobillos, separándole las piernas todo lo que pudo. Quedó en X perfecta: brazos y piernas abiertos al máximo, coño completamente expuesto.
—Estás preciosa así —murmuré, ajustándole el antifaz de satén sobre los ojos. El mundo se le volvió negro—. Ahora solo vas a sentir. Sus manos. Su polla. Su boca. Todo.
—Mateo… —susurró—. Mírame el coño. Está chorreando.
Era verdad. Un hilo brillante le bajaba por el muslo. Le pasé dos dedos por los labios y me los chupé yo, aunque ella no pudiera verlo. La besé largo. Cogí la mordaza de bola y la dejé sobre la mesilla, al alcance.
—Esto por si luego quieres. De momento no. Quiero oírte gemir cuando él te folle.
Apagué la luz principal, cerré la puerta con cuidado y pasé al pequeño estudio de al lado. El portátil ya estaba encendido con las cuatro ventanas abiertas. Ahí estaba ella: atada, vendada, desnuda, esperando. Me bajé los bóxers y agarré la polla con la mano derecha.
A las diez y dos sonó el timbre.
***
Di un respingo tan fuerte que casi tiro el portátil. En la pantalla, Lucía tiró instintivamente de las esposas al oír el timbre. Sus muñecas y tobillos se tensaron contra los postes, pero no se movió ni un centímetro.
—¡La puerta está abierta! ¡Pasa! —gritó desde el dormitorio, exactamente como habíamos ensayado.
A través de la cámara del pasillo, una quinta que había instalado por la tarde, vi cómo la puerta principal se abría despacio. Kwame era todavía más imponente en persona. Camiseta negra ajustada, vaqueros oscuros, zapatillas blancas impecables. Hombros que llenaban el marco. La piel de un negro profundo, casi ébano. Olía a una colonia cítrica que llegó incluso hasta donde yo estaba escondido. En la mano, una bolsa de deporte pequeña.
—¿Lucía? —llamó con voz grave, con un acento suave que me erizó la piel.
Siguió el sonido hasta la puerta del dormitorio. Empujó. Se quedó clavado en el sitio.
—Hostia… —murmuró sin aliento.
La imagen que tenía delante era exactamente lo que yo había soñado y temido al mismo tiempo. Lucía abierta en cruz sobre la cama, la luz roja sobre la piel, las tetas pequeñas subiendo y bajando rápido, el coño depilado ya brillante.
Soltó la bolsa al suelo sin apartar la mirada.
—Eres mucho más guapa que en las fotos —dijo, sentándose en el borde del colchón. Su mano enorme subió por la pantorrilla de Lucía, por el interior del muslo, hasta detenerse a centímetros del coño abierto—. ¿Estás segura de esto, princesa? Porque una vez que empiece…
—Sí —contestó ella, con la voz temblorosa pero clara—. Quiero que me uses.
Kwame se quitó la camiseta de un movimiento. El torso negro y musculoso brillaba bajo la luz roja. Se bajó los vaqueros y los bóxers de un tirón. Su polla saltó libre. Era exactamente como en la foto, pero en vivo parecía aún más intimidante: veinticinco centímetros de carne gruesa, venosa, semi dura, balanceándose pesada entre las piernas. Solté el aire que llevaba conteniendo sin darme cuenta. Mi propia polla palpitaba en mi mano sin que la moviera.
***
Empezó por la boca. La lengua ancha y caliente recorrió a Lucía desde el ano hasta el clítoris en una sola lametada lenta y profunda. Ella dio un grito ahogado y tiró con fuerza de las esposas.
—Estás chorreando en mi boca —gruñó él entre lametones, metiéndole dos dedos al mismo tiempo—. Me encanta cómo sabes.
Cambié frenéticamente entre las cámaras. La cenital me mostraba la cabeza rapada enterrada entre las piernas de mi novia. La lateral, los dedos negros entrando y saliendo brillantes. La frontal, su cara bajo el antifaz, boca entreabierta, pequeños sollozos de placer. Yo sentía celos, rabia, amor y una excitación tan fuerte que me temblaba la mano.
Él levantó la cabeza con la barbilla brillante.
—¿Quieres que te folle ya?
—Por favor… quiero sentirte dentro.
Se incorporó sobre las rodillas. La polla estaba ahora completamente dura, gruesa, apuntando contra el abdomen marcado. Cogió la bolsa, sacó un condón extra grande, hizo crujir el envoltorio. Sentí una punzada de alivio. Bien. Lo va a usar.
Pero solo frotó la cabeza del condón contra el clítoris de Lucía. Y lo dejó caer abierto sobre la mesilla.
—Estás demasiado mojada —gruñó—. No puedo follarte con goma. Necesito sentirte de verdad.
Lucía se tensó al instante.
—Espera… el condón… —protestó con voz temblorosa, tirando de las esposas—. Dijiste que siempre…
No la dejó terminar. Apoyó una mano en su cadera y, con la otra, guió la polla hasta la entrada del coño. La cabeza ancha presionó contra los labios hinchados.
—Tranquila, princesa. Voy a ir despacio. Pero te voy a follar piel con piel.
Y empujó.
La cabeza entró centímetro a centímetro. Lucía soltó un gemido largo y agudo. A mí se me cerró la garganta. La está follando a pelo. Le ha mentido. Y ella no para de gemir. Los celos me subieron como bilis, pero la polla me palpitaba más dura que nunca.
Con un último empujón los veinticinco centímetros desaparecieron dentro. Los huevos pesados presionaron contra el culo de Lucía. Él se quedó quieto, dejándole sentir cada vena.
—Estás completamente llena —gruñó—. ¿Lo notas?
—Sí… la siento toda…
***
Empezó a moverse despacio, salidas largas y vueltas profundas. El sonido húmedo y carnoso llenaba la habitación. Lucía gemía cada vez más alto, con las muñecas tirando de las esposas y los tobillos tensados.
A los pocos minutos cambió el ritmo. Ya no fueron empujones lentos. Fueron golpes profundos, rápidos, salvajes. La cama empezó a crujir contra la pared. Los huevos pesados golpeaban contra el culo de ella con un sonido seco y constante.
—¡Es demasiado grande! —jadeaba Lucía sin parar de gritar.
Él no se detuvo. La giró de lado sin salir, manteniéndole una pierna levantada, y la folló con un ángulo nuevo que le rozaba directamente el punto G. Lucía explotó en un orgasmo brutal con un grito desgarrado que resonó en todo el piso.
—¡Me corro! ¡Me corroooo!
Un chorro de squirt salió disparado, mojando las sábanas y los muslos negros de él. No paró ni un segundo. Siguió follándola a través del orgasmo, más fuerte todavía. La segunda corrida llegó dos minutos después, más intensa, con la voz de Lucía quebrada. Él la levantó del colchón sujetándola por las caderas, la empaló en el aire mientras seguía atada, y la folló de pie como si no pesara nada. Los veinticinco centímetros entraban y salían completos con cada movimiento.
—Dime que te gusta más que la polla de los españoles —exigió, jadeando.
—¡Sí! ¡Me gusta más! ¡Me estás rompiendo!
Yo, en la otra habitación, estaba al borde mismo del orgasmo. Tenía la mano empapada. Ver a mi novia corriéndose así con una polla que no era la mía era demasiado. Los celos me quemaban el pecho, pero el placer era aún más fuerte. No podía dejar de mirar.
***
Cuando él gruñó que se iba a correr, Lucía se tensó. Incluso con el antifaz puesto su cara mostró pánico.
—¡No! ¡El condón! ¡Ponte el condón, por favor! —suplicó—. ¡Dijiste que ibas a usarlo!
No redujo el ritmo. Lo aceleró. Los embistes se volvieron cortos, profundos, violentos.
—No puedo parar ahora… tu coño me lo está pidiendo. Lo estás apretando demasiado.
Sentí que el mundo se me caía encima. Dijimos siempre condón. Yo insistí. Ella insistió. Y ahora la está follando a pelo. Le va a correr dentro. Lágrimas de rabia y excitación me picaban en los ojos. Me sentía pequeño, insignificante, patético, y al mismo tiempo nunca me había sentido tan vivo.
—Ponte el condón… por favor… —suplicó Lucía otra vez, pero su voz ya no sonaba convincente. Sonaba rota de placer.
Él rugió y empujó con toda su fuerza. Su cuerpo entero se tensó. El primer chorro de semen salió disparado directamente al fondo de Lucía. Luego otro. Y otro. Chorros potentes, abundantes.
Lucía explotó en un orgasmo brutal al sentirlo, con un grito largo y desgarrado:
—¡Me está llenando! ¡Dios, me está corriendo dentro!
Su coño se contrajo con fuerza, ordeñándolo. Un chorro de squirt salió alrededor de la polla negra, mezclándose con el semen que ya empezaba a rebosar y a chorrear por su culo.
Él se quedó enterrado hasta el fondo, sin salir. Su polla seguía palpitando, sellando todo dentro. Se inclinó y la besó en la boca con fuerza.
—Ahora sí que eres mía —susurró contra sus labios—. Aunque tu novio no sepa nada.
Yo, con el corazón hecho pedazos, no parpadeé.
***
Kwame se vistió en silencio, le dejó un beso en la frente y se fue. La puerta del piso se cerró a las doce y media. Esperé tres minutos exactos. Entré al dormitorio descalzo. Lucía seguía atada en cruz, sudorosa, agotada. El semen de Kwame le chorreaba lentamente, espeso, formando un charco blanco entre las nalgas y las sábanas.
Cogí la mordaza de la mesilla y se la abroché con fuerza detrás de la cabeza. La bola de silicona roja le llenó la boca por completo. Sus ojos verdes se abrieron muy grandes cuando le quité el antifaz.
Sentía que se me iba a romper el pecho. Le ha corrido dentro. Le ha llenado el coño hasta rebosar. Sin condón. A mi Lucía. Y ella ha pedido más. Ha dicho que le gustaba más su polla.
—Ahora me toca a mí —dije con una voz que no parecía mía—. Te voy a follar como la puta que eres.
Me quité la camiseta y los bóxers. Mi polla, más dura que nunca, palpitaba. Me subí entre sus piernas abiertas. Cogí mi propia polla y froté la cabeza contra sus labios vaginales, recogiendo el semen del otro. Lo usé como lubricante. Me lo unté por toda la polla. El olor a sexo ajeno me llenó la nariz.
—Esto es lo que querías, ¿no? Pues ahora te voy a follar con su corrida dentro.
Entré de un golpe brutal hasta el fondo. El semen de Kwame hizo un sonido obsceno cuando mi polla lo desplazó. Lucía soltó un grito ahogado contra la mordaza. Empecé a follarla con rabia, sin preliminares, sin piedad. Cada embestida hacía que más semen ajeno saliera expulsado alrededor de mi polla, salpicándome los huevos.
—Siente cómo te follo con su leche dentro —jadeaba—. ¿Notas cómo te he reclamado?
Lucía gemía contra la mordaza, babeando por las comisuras. La agarré de las caderas, clavándole los dedos, y la empalé aún más profundo, como si quisiera borrar cualquier rastro de Kwame. Los celos me nublaban la vista. La imaginaba pidiendo más, la imaginaba gritando que le gustaba más esa polla. Y eso solo me hacía follarla con más rabia.
—Eres mía —gruñí, mordiéndole el cuello hasta dejarle una marca roja—. Mía. Aunque te hayan llenado otro.
La follé sin control durante varios minutos. Le tiré del pelo, le pellizqué los pezones, cambié entre golpes cortos y largos. Finalmente sentí que no podía aguantar más.
—Voy a correrme dentro yo también. Mezclando mi semen con el suyo. Para que sepas a quién perteneces de verdad.
Con un último empujón salvaje me corrí. Chorros calientes salieron disparados dentro de ella, mezclándose con el semen todavía caliente de Kwame. Lucía tuvo un orgasmo final convulsionando alrededor de mí, con los ojos en blanco un segundo y un gemido ahogado contra la mordaza.
Me quedé sobre ella unos segundos, jadeando, sudando. Le desaté la mordaza con cuidado. Tosió un poco.
—Mateo… —susurró con voz rota.
La besé en la frente, todavía dentro de ella.
—Te quiero —dije, y la voz me temblaba—. Más que nunca. Pero esto solo acaba de empezar.
Le desaté las esposas una a una, con mimo, y la abracé fuerte contra el pecho. Lucía se acurrucó en mis brazos, todavía chorreando el semen de los dos, temblando.
El piso de Gràcia estaba en silencio. Pero dentro de mí todo rugía.