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Relatos Ardientes

Lo que pasó con los vecinos aquella tarde de nieve

La tormenta había aplastado el pueblo desde la madrugada. Carmen miraba caer los copos detrás del cristal del salón, gruesos como monedas, mientras el termómetro de la mesilla de Mateo marcaba treinta y nueve con uno. El niño tenía cinco años y nunca antes había sufrido una fiebre así, esa que reseca los labios y enciende las mejillas con un rojo malsano. Tosía cada pocos minutos, una tos seca que parecía rasparle por dentro, y Carmen le pasaba el paño húmedo por la frente con un nudo creciente en la garganta.

Esteban se había marchado el lunes. Tres días de congreso en otra ciudad, ponencias y cenas largas, vuelta el domingo por la noche. «Llámame si pasa cualquier cosa», le había dicho al abrazarla en el recibidor. Carmen había asentido, porque eso era lo que se hacía. Pero ahora, con la nieve sepultando el camino de gravilla y el coche atrapado en el garaje, la frase sonaba a promesa hueca.

Desde el ventanal del salón se veía la entrada blanca, intacta, sin huellas. La nieve llevaba acumulándose desde el amanecer y ya pasaba de cuarenta centímetros sobre el escalón principal. Si Mateo empeoraba, si la fiebre subía un grado más o si empezaba a respirar con silbido, ella tendría que conducir hasta el hospital comarcal. Doce kilómetros. Y para eso, primero había que poder abrir la puerta del coche.

Se miró un instante en el espejo del pasillo mientras se enfundaba el plumífero. Treinta y seis años, el pelo castaño recogido en una coleta deshecha, ojeras profundas de varias noches en vela. Los leggings térmicos negros se le pegaban a las caderas, y el jersey de lana color crema le quedaba largo, casi hasta medio muslo. Botas de agua, guantes, bufanda. Antes de salir, subió un momento al cuarto del niño.

—Mateo, mamá baja un rato a quitar la nieve, ¿vale? Si me necesitas, das golpes en el suelo con el vaso.

El niño murmuró algo y se giró hacia la pared. Carmen le tocó la frente: seguía ardiendo. Bajó las escaleras con el corazón apretado, sacó la pala naranja del armario del garaje y salió al exterior.

El frío la abofeteó. El viento le metía los copos por el cuello de la bufanda y le pegaba las pestañas. Empezó a palear junto a la puerta. La nieve compacta, la que se había asentado al amanecer, era la peor: cada palada le tiraba de los hombros y le sacaba el aire. Llevaba apenas veinte minutos cuando oyó pasos crujiendo en la acera.

Dos figuras venían contra el viento, las capuchas subidas, las manos en los bolsillos. Carmen los conocía de vista: Diego y Bruno, dos chicos del piso compartido del fondo de la calle, donde un grupo de inquilinos llevaba meses entre la queja y el rumor. Tenían diecinueve años, eran altos, anchos de hombros, con esa juventud insolente que ocupa espacio en cualquier acera. A veces los oía reírse fuerte por la noche; otras veces los veía pasar con la música atronando en el móvil.

Dudó un segundo. Después tragó saliva, se quitó un guante con los dientes y levantó la voz por encima del viento.

—Eh… perdonad. ¿Podéis ayudarme un momento?

Los dos se detuvieron. Se miraron entre ellos, divertidos. Diego, el más alto, con una cicatriz fina sobre la ceja izquierda, se acercó primero.

—¿Qué pasa, señora?

—Mi hijo está arriba con mucha fiebre. Si empeora tengo que llevarlo al hospital y con toda esta nieve no puedo ni abrir la puerta del coche. Llevo un rato y no avanzo. Si me echáis una mano os invito a un chocolate caliente, lo que queráis. De verdad.

Bruno soltó una risa corta.

—¿Chocolate caliente? ¿En serio?

—Calla, tío —le cortó Diego, y luego, hacia ella—. Venga, danos esa pala. Tú apártate.

Se pusieron a trabajar con una eficacia que la dejó observando desde el escalón. Diego paleaba con golpes anchos y secos; Bruno apartaba con las manos los montones más blandos. En quince minutos habían despejado la entrada hasta el garaje. Carmen los miraba sudar pese al frío, los músculos marcados bajo las sudaderas húmedas, el vaho saliéndoles de la boca. Había algo hipnótico en su forma de moverse, una seguridad animal que ella había olvidado que existía.

Cuando terminaron, Diego clavó la pala junto a la puerta y se limpió las manos en los pantalones.

—Listo. ¿Y ese chocolate?

—Pasad. Dejaos lo mojado en la entrada.

El calor del recibidor los recibió como una ola. Se quitaron las zapatillas, las sudaderas, las gorras. Bruno se quedó en una camiseta negra que le marcaba el torso; Diego, con una sudadera fina sin capucha. Carmen cerró la puerta, echó el pestillo por costumbre y los llevó al salón. La chimenea estaba encendida, las llamas bajas pero vivas.

—Sentaos. Voy a por el chocolate.

En la cocina, mientras la leche se calentaba en el cazo, sacó tres tazas, cacao en polvo, una tableta para rallar y un paquete de galletas. Subió un momento al cuarto de Mateo: el niño dormía, la respiración era ruidosa pero regular, la fiebre parecía haberse estabilizado. Bajó aliviada.

Cuando volvió al salón con la bandeja, los encontró mirándola fijo. Diego estaba recostado en el sofá grande, con las piernas abiertas y los brazos sobre el respaldo; Bruno se inclinaba hacia delante, los codos en las rodillas. Carmen dejó la bandeja en la mesita baja y se sentó en el sillón de enfrente, cruzando las piernas. El jersey se le había subido un poco y dejaba ver la curva del muslo bajo los leggings. Notó, con un escalofrío incómodo, que los pezones se le habían endurecido por el contraste de temperatura y se marcaban contra la lana fina.

—Gracias de verdad —dijo, y la voz le salió más baja de lo previsto—. No sé qué habría hecho sin vosotros.

Diego bebió un sorbo largo, dejó la taza en la mesa y se reclinó aún más.

—No hay de qué… pero ahora que estamos aquí, calentitos, igual hay algo más rico que chocolate en esta casa.

Bruno soltó una risa grave, casi un ronroneo. El aire del salón cambió en un segundo: el calor de la chimenea, el olor dulce del cacao, la nieve cayendo fuera en silencio. Y esa mirada de los dos, idéntica, sin disimulo.

Carmen tragó saliva.

—Creo que es hora de que os vayáis. De verdad. Gracias por la ayuda, pero…

—¿Pero qué? —la cortó Diego, sin levantarse aún—. ¿Pero tu hijo? ¿Pero tu marido fuera tres días? La calle entera lo sabe.

—No es asunto vuestro.

—No —concedió él, casi sonriendo—. Pero te hemos visto mirar por la ventana de la cocina cuando pasamos. Más de una vez. Y hoy tampoco has dejado de mirarnos mientras paleábamos.

Carmen sintió el calor subirle por el cuello. Una mezcla rara y desordenada, parte vergüenza y parte algo distinto. Quiso protestar y no le salió la voz a tiempo. Bruno ya se había levantado y rodeaba la mesita en tres zancadas. Cuando se colocó detrás de ella, notó el calor del cuerpo antes de que la tocara. Después llegaron las manos, grandes y tibias, a la cintura. Los pulgares se deslizaron bajo el borde del jersey y le rozaron la piel desnuda del vientre.

—Shhh —le susurró contra la oreja, con aliento a chocolate—. No mientas. Se te nota.

Las manos subieron despacio, sin prisa, hasta cubrirle los pechos por encima de la lana. Apretaron con firmeza. Los pulgares encontraron los pezones a través de la tela y los rodearon. A Carmen se le escapó un jadeo que la traicionó por completo. Cerró los ojos.

No quiero esto, no quiero esto.

Pero el cuerpo decía otra cosa, y el cuerpo no escuchaba.

Diego se levantó y se puso frente a ella. La diferencia de tamaño era abrumadora. Le puso una mano en la nuca, los dedos enredados en la coleta deshecha, y le obligó a levantar la cara.

—Solo queremos que dejes de fingir.

***

Lo que vino después fue una rendición lenta y aterradora. Carmen sintió cómo su propio cuerpo se anticipaba a cada caricia, cómo respondía sin pedir permiso. El jersey se le abrió con el sonido obsceno de una cremallera bajando despacio. El sujetador, sencillo, de encaje negro, le resbaló por los hombros. Las manos de Bruno le encontraron los pechos desnudos y los sopesaron con una posesividad que le quemó por dentro. Diego, de rodillas frente a ella, le bajó los leggings de un solo tirón firme y arrastró con ellos las bragas. Carmen intentó cerrar las piernas por instinto, pero él le separó las rodillas con una suavidad que era más humillante que cualquier brusquedad.

—Mírate —dijo Diego en voz baja—. Estás empapada. Brillas.

Era verdad. Sentía la humedad entre los muslos, el latigazo eléctrico en el clítoris cada vez que él hablaba. La cabeza le decía que aquello no debía estar pasando, que el niño dormía arriba, que Esteban estaría en algún tren de tarde camino del domingo. Pero el cuerpo había decidido por su cuenta.

Bruno le cogió la mano y la guió hasta su cintura. Carmen sintió la dureza bajo la tela, una promesa caliente y palpitante. Tiró del elástico hacia abajo casi sin pensarlo. Lo que empezó con una resistencia tibia terminó con su lengua rodeando el glande, con su boca abriéndose a una embestida que le rozó la garganta y le sacó las lágrimas. Diego, detrás, le separaba las nalgas con las manos grandes y le acariciaba el coño con dos dedos hasta hundirlos hasta los nudillos. Carmen gimió alrededor de la carne caliente que le llenaba la boca. Era un sonido roto, desconocido, suyo.

—Esto es lo que llevas pidiendo —murmuró Diego contra su nuca—. Y nadie tiene por qué saberlo.

La llevaron al sofá. Carmen se subió a horcajadas sobre Bruno, que se había tumbado en el centro, y se empaló sobre él despacio, sintiendo cómo la abría centímetro a centímetro. Cuando empezó a moverse, ya no había vuelta atrás. Cabalgaba con una desesperación animal que no se reconocía, las manos apoyadas en el pecho de él, el sudor bajándole por la columna. Diego se colocó detrás, le escupió en el culo y empujó la punta despacio. El estiramiento fue brutal, ardiente, imposible. Carmen se mordió el dorso de la mano para no gritar y despertar a Mateo. Sintió cómo las dos pollas se rozaban dentro de ella, a través de la pared fina que separaba los dos agujeros, y un placer prohibido, ciego, le subió por la espalda hasta nublarle la vista.

—Más fuerte —jadeó, sin reconocer la voz—. No paréis.

Estaba a punto de correrse cuando el móvil vibró en la mesita.

El sonido la atravesó como un cuchillo. Los tres se detuvieron, las pollas todavía dentro de ella, palpitando. Carmen abrió los ojos. En la pantalla, una foto pequeña de Esteban.

—Es mi marido —susurró.

Diego sonrió de lado, sin salir de su cuerpo.

—Contesta, casada. Y que no se note nada.

Bruno estiró el brazo, cogió el móvil, pulsó el altavoz y se lo puso delante de la cara antes de que ella pudiera reaccionar.

—¿Sí? —consiguió decir Carmen, con la voz raspada.

—Amor, ¿qué tal? —la voz de Esteban sonaba cansada, lejana—. Acabo de salir de la última reunión. ¿Cómo está Mateo? ¿Y tú? ¿Sigue nevando fuerte?

Carmen jadeó bajito cuando Bruno movió las caderas un milímetro. Diego, detrás, hizo lo mismo.

—S-sí… sigue cayendo —consiguió decir—. Mateo está mejor. La fiebre ha bajado. Está durmiendo.

—¿Estás bien? Suenas rara.

—Es que… me he pillado un poco de frío paleando antes. Me han ayudado un par de vecinos.

—Joder, qué bien. Dales las gracias de mi parte.

—Sí —Carmen apretó los dientes mientras Diego empujaba un milímetro más—. Se las daré.

—Te quiero, cariño. Mañana cojo el tren temprano. Besos al crío.

—Te quiero más.

La llamada se cortó. Carmen dejó caer el móvil en el sofá. El cuerpo le temblaba, pero no de pánico: de algo mucho más confuso. Diego le pellizcó un pezón con dos dedos.

—Buena chica —murmuró—. Ahora sí.

El ritmo volvió, esta vez sin pausa. Los dos empujaban a la vez, llenándola por completo en cada embestida. Carmen gritó contra su propia mano, el cuerpo arqueándose hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo, perdida en una sobrecarga que no había imaginado posible. Cuando se corrió, fue como caer por dentro de un pozo de luz blanca. El coño se le contrajo en espasmos largos, el culo apretó la polla de Diego hasta arrancarle un gruñido. Los dos se retiraron casi al unísono y le pidieron, con palabras que Carmen apenas oyó, que se arrodillara entre ellos.

Lo hizo. Las piernas le temblaban. La cara se le llenó de calor, de saliva, de algo más espeso que cayó en hilos por la barbilla y resbaló hasta los pechos. Cerró los ojos. Cuando los abrió, ellos ya se subían los pantalones con una calma que la hizo sentir, por primera vez aquella tarde, la magnitud de lo que acababa de pasar.

—Buen rato, vecina —dijo Diego al pasar a su lado, dándole una palmada suave en la mejilla manchada—. Si vuelve a nevar, ya sabes dónde estamos.

Bruno se agachó y le levantó la barbilla con dos dedos. La besó rápido, sucio, metiéndole la lengua como una firma.

—Hasta la próxima.

Salieron sin mirar atrás. El frío entró un segundo en el recibidor, trayendo unos copos que se derritieron al tocar el suelo. Carmen se quedó sola en medio del salón, el pelo pegado a la frente, el cuerpo marcado, todavía sintiendo el eco de las dos pollas dentro.

Se levantó tambaleante. Subió al baño con las piernas flojas y se miró en el espejo: una mujer destrozada y, al mismo tiempo, viva como no se sentía hacía años. Se duchó largo, con el agua casi hirviendo, frotándose como si quisiera arrancarse algo de la piel. Cuando cerró el grifo, no lo había conseguido.

Se puso un pijama suave de algodón y fue al cuarto de Mateo. La fiebre había bajado a treinta y siete con cuatro. Carmen se metió en la cama del niño, lo abrazó por detrás con cuidado y cerró los ojos.

No durmió enseguida. En la oscuridad se repetían las imágenes: las dos manos en su cintura, los gemidos ahogados, la voz de Esteban al otro lado del teléfono, ajeno a todo. Y, sobre todo, la sensación de haber cruzado un umbral que ya no sabía si quería desandar.

Sonrió en la oscuridad. Una sonrisa pequeña, culpable, satisfecha y un poco asustada.

Mañana seguiría nevando.

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