Lo que mi marido planeó en el crucero sin decirme
El agua de la ducha había sido un alivio, pero no logró apagar el fuego. Salí envuelta en una toalla, con la piel todavía caliente y el corazón latiéndome como si hubiera corrido una maratón. Me miré en el espejo empañado y dibujé un círculo con el dedo, como una cría. La sonrisa que me devolvió el reflejo no era de cría. Era de mujer. De mujer que acababa de descubrir un poder que ni siquiera sabía que tenía.
Diego estará preocupado, pensé. Llevo fuera casi una hora.
Me sequé deprisa y abrí el armario. Mis manos eligieron solas: un short de licra color arena, casi una segunda piel, y una camiseta blanca sin mangas, tan fina que dejaba adivinar todo lo de debajo. Sin sujetador. Total, era de noche y volveríamos pronto.
Antes de salir me miré una última vez. Los pechos se me marcaban bajo la tela, los pezones erizados dibujaban dos montículos. Estaba guapa. Estaba… provocativa.
Es solo para volver al salón, me mentí.
Abrí la puerta con cuidado y mis pies descalzos pisaron la moqueta fría del pasillo. Y entonces lo vi. O, mejor dicho, lo sentí.
La puerta del camarote vecino estaba ahí, a apenas dos metros. Cerrada, inocente, peligrosa.
Mis pies se detuvieron solos. Giré la cabeza un poco. Podía hacerlo. Podía acercarme y pegar el oído a la madera. Solo un segundo. Solo para saber si…
¿Estás loca, Helena?
La voz de mi conciencia sonó tan fuerte que casi me hizo saltar. Pero no era mi conciencia de siempre, la tímida, la recatada. Era otra voz, práctica y fría, que me recordó las pequeñas cúpulas negras del techo del pasillo.
Las cámaras.
Dios santo, las cámaras. Todo el barco estaba vigilado. Si me acercaba a esa puerta y alguien revisaba las grabaciones…
Me di la vuelta, me calcé unos zapatos sin talón y apreté el paso, sintiendo el rubor quemarme las mejillas. Caminaba rápido, casi huyendo, pero por dentro una parte de mí se reía. Una parte de mí disfrutaba de ese miedo, de ese riesgo, de esa línea que estaba aprendiendo a bordear.
***
El salón seguía sumido en su caos de luces de colores y ritmos latinos. La música me golpeó como una ola al entrar. Busqué a Diego entre la multitud que se retorcía en la pista, pero no lo encontré bailando.
Entonces lo vi.
Estaba sentado en uno de los pocos sillones de la zona reservada, esa área medio vacía donde la gente mayor descansaba del jaleo. Y no estaba solo. Un hombre de pelo cano y piel curtida gesticulaba animadamente frente a él. Diego asentía, sonreía, parecía completamente absorto en la conversación.
Me acerqué sin hacer ruido, esquivando parejas sudorosas. Cuando estuve a unos metros, Diego levantó la vista y me vio. La expresión de su cara fue un poema: sorpresa, sí, pero también algo parecido al sobresalto. Como si lo hubiera pillado haciendo algo que no debía.
Se puso en pie de inmediato y le tendió la mano al otro hombre.
—Ha sido un placer —dijo, con una voz que intentaba sonar natural pero que yo conocía demasiado bien—. Que disfrute del crucero.
El hombre asintió, me lanzó una mirada rápida y una sonrisa amable, y se perdió entre la gente.
—¿Quién era? —pregunté.
—Un jubilado, noruego —respondió Diego, demasiado rápido—. Estaba solo, buscaba compañía. Ya sabes, la gente mayor se siente sola en estos barcos.
Me cogió del codo y me llevó hacia la barra, donde el bullicio era menor. Noté que evitaba mirarme a los ojos.
—¿Y tú? —preguntó entonces, y su tono cambió—. ¿Por qué has tardado tanto? Llegué a pensar que ya no volvías.
—Casi —dije, y maldije por dentro el rubor que sentí aflorar—. Estaba acalorada. Me he duchado.
Me miró de arriba abajo, y noté cómo sus ojos se detenían en mis pechos marcados bajo la camiseta y luego bajaban hasta mis piernas desnudas.
—Y te has cambiado —observó.
Me sentí descubierta. Culpable. Y no había motivo, no de verdad, pero mi mente reproducía a toda velocidad lo que había hecho en el camarote: el vestido cayendo, el balcón, la puerta entreabierta, la ducha.
—Sí, estaba sudada —dije, y mi voz sonó extraña—. Este vestido…
No terminé la frase. En lugar de eso señalé al camarero, intentando ocultar mi azoramiento.
—Una copa de vino blanco, por favor.
Diego arqueó una ceja. Sabía, igual que yo, que había bebido más de la cuenta. Dos copas eran mi límite; tres, mi perdición. Y aquella sería la cuarta.
Pero en lugar de detenerme, sonrió.
—Dos copas de espumante —pidió al camarero—. Bien frío.
Me miró mientras el camarero preparaba las bebidas. Había algo en sus ojos, un brillo que conocía bien. Era el mismo de la noche anterior, cuando me colocó la toalla sobre los ojos y abrió la puerta del balcón.
Está tramando algo, pensé. Pero ¿qué?
El camarero dejó las copas ante nosotros. Dos burbujas doradas que prometían olvido. Diego alzó la suya.
—Por una noche inolvidable —dijo.
Levanté la mía. El cristal frío tocó mis labios. Las burbujas estallaron en mi lengua, haciéndome cosquillas, y esas cosquillas me llevaron directamente a la ducha. Al agua resbalando por mi piel. A mis dedos deslizándose. A mis pezones endureciéndose bajo el chorro.
Sentí que las mejillas me ardían. Bebí un trago largo para disimular, pero el rubor ya estaba ahí, instalado, delatándome.
—¿Estás bien? —preguntó Diego, con una inocencia que sonó falsa.
—Sí —mentí—. Calor. Mucho calor.
***
No recuerdo bien haber vuelto al camarote. El pasillo interminable, el brazo de Diego rodeándome la cintura, su mano apretándome la cadera. El espumante me había nublado los sentidos, pero también los había afilado de un modo extraño.
Cuando entramos, la luz de la luna se colaba por el balcón y pintaba el suelo de plata. Y entonces Diego se detuvo.
Miró al suelo. Yo seguí su mirada.
Mi vestido negro seguía ahí, exactamente donde lo había dejado. Un pequeño montón de tela arrugada, como una prueba.
Diego me miró. No dijo nada, pero su ceja arqueada lo decía todo.
—Es que… —empecé, y mi voz sonó culpable hasta para mí—. Llegué muy acalorada. Me desvestí deprisa, tiré la ropa y me metí en la ducha. No pensé en recogerlo.
Sonaba ridículo. Sonaba a excusa. Y lo peor es que era verdad, pero no toda la verdad. La verdad incluía el balcón, la puerta entreabierta, la certeza de unos ojos mirándome. Y esa parte no podía contarla.
Necesitaba salir de ahí. Necesitaba que dejara de mirarme así. Con un suspiro teatral, me dejé caer sobre la cama. De espaldas. Sabía lo que hacía. Sabía que desde donde estaba, Diego veía mis piernas, la curva de mis caderas, el short de licra hundiéndose entre mis nalgas.
Y funcionó.
Oí su respiración cambiar. Sentí el colchón hundirse a mi lado. Sus manos encontraron mi cintura, luego mis caderas, luego el borde del short.
—¿Cansada? —susurró.
—Mmm —mentí.
Sus dedos engancharon la cintura del short y empezaron a bajarlo despacio. Alcé las caderas para ayudarle, un movimiento instintivo que le arrancó un gemido bajito. La licra resbaló por mis muslos, mis rodillas, cayó al suelo.
Me quedé en braguitas. Eso era todo. Y él sabía, igual que yo, que no llevaba sujetador.
Sentí su mano en mi espalda, buscando el cierre, y cuando encontró solo piel desnuda, gruñó con aprobación. Sus dedos resbalaron por mis costillas, rodearon mi cintura, acariciaron el borde de las braguitas.
Luego oí el cajón de la mesilla. El roce conocido del antifaz.
—¿Quieres? —preguntó.
Asentí sin mirar. Sentí la seda fría cubrirme los ojos, y el mundo se redujo a oscuridad y expectativa.
—¿La toalla también? —su voz sonó cerca, expectante.
Recordé la noche anterior. La toalla sobre los ojos. Los pasos en el balcón. El calor.
—Sí —susurré.
Y entonces lo oí. El roce de sus pasos alejándose. El sonido de las cortinas al correrse. El clic metálico de la puerta del balcón al abrirse un poco más.
Otra vez, pensé, y el corazón se me desbocó. Otra vez va a pasar.
Pero esta vez era diferente. Esta vez yo lo sabía. Esta vez lo esperaba.
Diego volvió a la cama. Sentí sus manos en mi nuca, mis hombros. Siempre empezaba ahí, en mis puntos débiles. Sus dedos bajaron despacio por mi espalda, deteniéndose justo donde empezaba la hendidura de mis nalgas, y yo gemí, arqueando un poco la espalda. Luego me las abarcaron, apretándolas, separándolas. Una coreografía que llevábamos años bailando.
Pero algo era distinto.
—¿Quieres agua? —preguntó de repente.
—Sí —dije, con la voz ronca.
Oí sus pasos alejarse. Pero no fueron hacia la derecha, donde estaba el minibar. Fueron hacia la izquierda. Hacia el balcón.
Contuve la respiración.
Un momento después, unos pasos volvieron. Pero no eran los mismos: más sigilosos, más cautelosos. Sentí el vaso en mi mano, lo llevé a los labios, bebí.
Y una brisa fresca me recorrió la espalda desnuda.
La puerta del balcón se había abierto del todo. O alguien la había abierto.
El vaso vacío desapareció de mi mano. Sentí el colchón hundirse de nuevo, pero no en un solo punto. En dos. Uno a mi lado, el otro… el otro a los pies de la cama.
Dios mío, pensé, y el corazón amenazó con salírseme del pecho. Hay alguien más.
No dije nada. No podía. Mi voz se había quedado atrapada en algún lugar entre la garganta y el deseo. En lugar de eso, me limité a respirar hondo, a relajar los músculos, a fingir que no sabía, que no sentía, que no imaginaba.
Las manos de Diego reanudaron su recorrido. Pero ahora había algo distinto en ellas. Algo teatral, casi de exhibición. Sus dedos separaron mis nalgas con una lentitud deliberada, como si estuviera mostrando algo. Mostrándome a mí.
Le está enseñando, comprendí. Le está enseñando mi cuerpo.
El calor que me invadió fue tan intenso que creí que me desmayaría. Mis pezones, aplastados contra las sábanas, dolían de tan erectos. Sin pensarlo, sin decidirlo, separé un poco las piernas. Una ofrenda. Una invitación.
Un dedo se deslizó entonces entre mis labios, recogiendo la humedad que llevaba horas acumulándose. Lo oí saborearlo.
—Estás empapada —susurró Diego.
Pero entonces, otro dedo. Otra textura. Distinta. Repitió la misma acción, abrió mis labios, rozó mi clítoris.
Y yo gemí. Más fuerte de lo que debía.
Luego, una pausa. Y en esa pausa sentí una respiración diferente cerca de mi sexo. Más cálida. Más rápida. Y entonces, una lengua. Pero no era su lengua. Conocía la lengua de Diego después de tantos años, y aquella no era.
Esa lengua dibujó círculos alrededor de mi entrada, luego descendió, lamiendo toda la hendidura, y cuando llegó abajo del todo rodeó mi clítoris con una destreza que Diego jamás había tenido.
Abrí más las piernas. Quería más. Necesitaba más.
Entonces la lengua ascendió. Subió y subió, despacio, casi como una tortura, hasta llegar a un lugar que Diego nunca había tocado. Y empezó a trazar círculos suaves alrededor de él.
Me estremecí. Un gemido largo, tembloroso, se me escapó. Nadie me había hecho eso jamás. Nadie. Y era… era…
La lengua se detuvo. Por un momento solo sentí su respiración jadeante contra mi piel. Luego, un dedo empezó a acariciar un punto concreto, a un lado de mis labios. Mi lunar. Un lunar que solo Diego conocía. El que, cuando lo rozaba, disparaba mis orgasmos como ningún otro estímulo.
Ese era su secreto. El timbre que abría la puerta de mi paraíso.
Y ese dedo lo estaba acariciando.
Pero no era el dedo de Diego. Lo sabía. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que el sol saldría por la mañana. El tacto era distinto. La presión era distinta. Todo era distinto.
Y, sin embargo, mi cuerpo respondió. Respondió como nunca. El orgasmo empezó a construirse en algún lugar profundo, una ola que crecía y crecía, alimentada por la certeza de que no era mi marido quien me tocaba, sino un desconocido. Un desconocido que me había visto desnuda, que me había visto gemir, que ahora me hacía gemir.
Cuando la ola rompió, mordí la almohada para no gritar. Mi cuerpo se arqueó, tembló, se vació. Y mientras las convulsiones me sacudían, sentí cómo dos cuerpos se movían a mi alrededor.
Luego sentí el peso del cuerpo de Diego, que se colocaba sobre mí. Y el otro cuerpo, que se alejaba sigilosamente.
Diego me penetró entonces, y sus embestidas fueron el eco perfecto de mi orgasmo. Se corrió en segundos, aplastándome contra el colchón, su peso conocido y reconfortante.
Y yo, con el antifaz todavía puesto, sonreí en la oscuridad.
***
Pasó un buen rato hasta que me atreví a quitarme el antifaz.
Diego dormía como un tronco. Su respiración acompasada llenaba el camarote mientras yo seguía inmóvil, con los ojos abiertos en la penumbra. El corazón aún me latía con fuerza, aunque había pasado más de una hora desde… aquello.
Todavía no me atrevo a llamarlo por su nombre, pensé. Andrés.
El simple hecho de pensar su nombre hizo que un calor me recorriera el vientre. Sus dedos. Su lengua. Su boca en lugares donde ni siquiera Diego…
Me incorporé con cuidado. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Necesitaba comprobar algo que mi mente se negaba a aceptar del todo. Me levanté de la cama, los pies descalzos tocaron el suelo.
La luna seguía allí, pintando de plata el camino hacia el balcón. Las cortinas estaban cerradas, pero recordaba perfectamente que Diego las había abierto. Y que alguien las había vuelto a cerrar.
Descorrí la tela con cuidado. La puerta del balcón estaba cerrada, sí, pero sin pestillo. Empujé suavemente y el aire fresco de la madrugada me rozó la piel, erizándomela.
Salí.
El mar era una mancha oscura salpicada de reflejos lunares. El viento, suave, jugueteaba con mi pelo. Todo estaba en calma. Todo parecía normal.
Y entonces lo vi.
Sobre la mesita de la terraza, justo al lado del cenicero vacío, un rectángulo negro reflejaba la luz de la luna.
Un teléfono móvil.
El corazón me dio un vuelco tan violento que tuve que apoyarme en la barandilla. Miré hacia el camarote vecino. El panel que separaba los balcones estaba entreabierto. No del todo, pero lo suficiente para que un hombre pudiera deslizarse.
Lo dejó, pensé, y una mezcla de incredulidad y excitación me invadió. Con las prisas, con los nervios, lo dejó aquí.
Me temblaban los dedos cuando alcé el teléfono. La pantalla se iluminó al tocarla. Sin código de bloqueo.
Dios mío, pensé. Dios mío, Dios mío.
La razón me decía que entrara, que lo dejara donde estaba, que aquello era una locura. Pero la otra Helena, la que había lamido sus dedos en el balcón, la que había gemido sabiéndose observada, la que había sentido otra lengua en su piel… esa Helena ya había pulsado el icono de la galería antes de que la razón pudiera detenerla.
Las primeras fotos eran inocentes: el mar, la piscina, una mujer rubia sonriendo con sus amigas. Pasé rápido. No me interesaba ella.
Y entonces las encontré. Se me cortó la respiración.
La primera era desde su balcón hacia el nuestro. Se veía nuestra cama, las cortinas entreabiertas, y sobre ella… yo. De espaldas, completamente desnuda, con el antifaz puesto. La luna iluminaba la curva de mi cadera, la redondez de mis nalgas, la hendidura que él había lamido apenas una hora antes.
La siguiente era mucho más cercana, como si hubiera entrado en el camarote y se hubiera colocado a los pies de la cama. Y allí, justo a un lado, mi lunar. Ese punto oscuro que solo Diego conocía. Mi timbre. Mi secreto. La foto lo mostraba con una nitidez obscena.
Un gemido se me escapó. Un gemido que era mitad horror, mitad deseo.
Seguí pasando fotos. Había docenas. Algunas mientras Diego me penetraba. Otras mientras yo gemía. Otras mientras Andrés estaba entre mis piernas, su lengua en lugares que nunca imaginé.
Y luego, los mensajes.
Abrí la aplicación con las manos temblando. La conversación más reciente era con un contacto guardado como «Diego (vecino)».
Ahí estaba todo. Los mensajes del día anterior, justo después de que Diego hablara con él:
—¿Viste anoche? —preguntaba Diego—. Esta noche podemos repetir. La llevo a bailar, le doy unas copas, y cuando volvamos la puerta del balcón estará abierta. Y el panel también.
—¿Y si se da cuenta? —respondía Andrés.
—No se dará. Usaremos el antifaz. Pensará que soy yo todo el rato. Además, está el lunar. Ese es su punto débil. Si lo tocas, se vuelve loca.
Seguí leyendo, hipnotizada. Hablaban de mí como si fuera un objeto, un juguete, un experimento. Y lo peor, lo más retorcidamente maravilloso, es que tenían razón. Había respondido exactamente como Diego predijo. «Cuando la ponga boca abajo, te acercas», decía un mensaje de esa misma noche. «No notará la diferencia. Y aunque se diera… creo que le gustaría.»
Apagué la pantalla. Mi respiración era un caos. El corazón me latía tan fuerte que temí que despertara a Diego.
Lo saben, pensé. Los dos lo saben. Y yo… yo he sido la única que no sabía que sabía.
Pero eso no era cierto del todo. Yo lo sospechaba. Yo lo deseaba. Yo había salido al balcón a propósito, me había desnudado a propósito, había separado las piernas a propósito.
Éramos tres cómplices en un juego donde cada uno se creía el único que conocía las reglas.
Miré hacia el camarote vecino. El panel seguía entreabierto. Él estaba ahí, al lado, probablemente despierto, probablemente preguntándose dónde había dejado el teléfono. Podía devolvérselo, llamar a su puerta, ver su cara al saber que lo sabía todo. Pero no lo hice.
En lugar de eso, volví a entrar en el teléfono. Busqué los archivos más recientes. Y allí, en el último de todos, vi algo que me heló la sangre y me encendió el sexo al mismo tiempo.
Era un vídeo. Duraba cuarenta y siete minutos. Lo había grabado todo.
Con el pulso desbocado, pulsé «enviar a…» y elegí mi propio número. El teléfono vibró al confirmar la transferencia. Luego, con cuidado, borré el mensaje de su bandeja de salida.
Iba camino de la cama cuando una idea perversa cruzó mi cabeza. Volví sobre mis pasos, abrí los ajustes y, con una calma que me sorprendió a mí misma, le puse un código de bloqueo a su teléfono. Una clave que solo yo conocía.
Cuando todo estuvo hecho, dejé el móvil exactamente donde lo había encontrado. En la mesita de la terraza. Como si nada hubiera pasado.
Y me acosté al lado de Diego con una sonrisa de oreja a oreja, pensando en lo que haría con todo aquello cuando el crucero llegara a puerto.