El masaje del desconocido que conocí por internet
Me llamo Lorena, tengo veintinueve años y llevo cinco casada con un hombre que me quiere de verdad. El problema no es él. El problema es que trabaja turnos eternos, llega reventado, y lo que queda de nuestra intimidad cabe en quince minutos apurados antes de que se duerma. No me quejaba. Una se acostumbra. Hasta que el cuerpo empezó a pasarme la factura.
Tengo el pecho grande, y eso que para algunos es una bendición a mí me dejó la espalda hecha un desastre. Paso el día entero frente a la pantalla por trabajo, y la tensión se me junta en la nuca como un nudo que no se afloja con nada. Cremas, calor, pastillas. Nada. Dormir de lado se había vuelto una tortura.
A Andrés lo conocí en un grupo de cine en una red social. Nada de coqueteo, lo juro. Coincidíamos en gustos raros: el cine latinoamericano viejo, ciertos discos que casi nadie escucha, discusiones larguísimas sobre un director que a los dos nos obsesionaba. Nunca me mandó un emoji con corazones, nunca soltó un doble sentido. Era simplemente alguien con quien daba gusto hablar. Inteligente, irónico, atento.
Un día mencionó, de pasada, que era quiropráctico. No le di importancia. Lo poco que publicaba del tema era serio: consejos de postura, estiramientos, nada con morbo. Seguimos hablando casi a diario durante semanas, y en algún momento le conté de mis dolores. De cómo la nuca se me ponía como piedra, de cómo la espalda baja me gritaba cada noche.
Mentiría si dijera que en algún momento no me pasó por la cabeza la otra cosa. Una sospecha tibia, sin forma, que aparecía cuando veía su nombre iluminarse en el teléfono y yo sonreía antes de leer el mensaje. Lo apartaba enseguida. Estaba casada, era feliz, y reducir esa amistad a un calentón me parecía hasta injusto. Me convencí de que lo que sentía era simple gusto por una conversación inteligente. Tan fácil es engañarse cuando una quiere.
—Si querés te doy una sesión, sin cobrarte —escribió—. Todavía no tengo consultorio, así que tendría que ser en mi casa. Pero es algo profesional, te lo prometo. Vivo cerca de tu zona, no te queda lejos.
Dudé. Meterme en la casa de un hombre que solo conocía por una pantalla sonaba a imprudencia. Pero el dolor era real y él jamás había cruzado una línea. Ni una foto, ni un comentario subido de tono, ni un «qué bien te queda eso». Me dije: ¿qué puede pasar? Un masaje, me voy, y duermo mejor por primera vez en meses.
Quedamos para un sábado a las once de la mañana. A mi marido le dije que iba a un spa con una amiga. Una mentira chiquita que me justifiqué con que el cuello me estaba matando. Me convencí de que era inofensiva.
***
Llegué al edificio nerviosa pero entera. Me abrió la puerta con una sonrisa tranquila: alto, pelo oscuro, la barba recortada, vestido con jean y camiseta. Nada que recordara a un médico. El departamento era el de cualquiera: una sala con libros amontonados, plantas, un gato gris que se me restregó en las piernas apenas entré. No había sala de espera, ni bata blanca, ni camilla. Una casa común y corriente.
—Pasá —dijo—. Trabajo en mi pieza porque hay mejor luz y el colchón es firme.
Me llevó al dormitorio. Una cama amplia con sábanas blancas, una mesita con frascos de aceite, música instrumental sonando muy bajo. No olía a clínica. Olía apenas a eucalipto y a madera.
—Desvestite y acostate boca abajo —dijo con una naturalidad que me desarmó—. Salgo un minuto para que te acomodes.
Le pedí una toalla para taparme. Sonrió con suavidad, como si la pregunta lo enterneciera.
—No hace falta. Tengo mi manera de trabajar. Las toallas estorban para un masaje completo y se chupan todo el aceite. Vas a estar mucho más cómoda sin ella. Confiá en mí, es algo profesional.
Asentí, inquieta, pero su tono me bajó la guardia. Salió. Me quité el vestido, el corpiño, y estaba por dejarme la ropa interior puesta cuando golpeó apenas la puerta y entró antes de que llegara a acostarme. Me cubrí el pecho con los brazos por puro instinto.
Me miró un segundo. No con morbo. Con una calma desconcertante.
—Esa también —dijo, señalando la última prenda—. El aceite mancha y no quiero arruinártela. Completo es completo. Acostate boca abajo, brazos a los costados.
El corazón me golpeaba el pecho, pero obedecí. Me acosté desnuda por completo, sintiendo el frescor de la sábana contra los pezones y una vulnerabilidad nueva en la parte de atrás, expuesta del todo. Echó aceite tibio sobre mi espalda y empezó.
Sus manos eran fuertes, pero no eran las de un experto. Apretaba los hombros, la zona de los trapecios, la cintura. Se sentía bien, aunque había algo amateur en el movimiento: ninguna técnica precisa, solo amasados firmes de alguien que aprendió mirando videos. Cerré los ojos. Me dije que daba lo mismo. El alivio era el alivio, y el aceite caliente resbalando por mis costados me iba aflojando de a poco.
Durante esos primeros minutos casi me olvidé de que estaba desnuda. La música, el aroma a eucalipto, la presión constante sobre el nudo que llevaba meses cargando: todo conspiraba para que bajara la guardia. Sentí cómo los hombros se me soltaban, cómo la respiración se me hacía más lenta. Tenía razón, pensé. Esto era lo que necesitaba. No imaginaba todavía hasta dónde iba a llevarme esa frase.
***
Después de un rato bajó a la cintura, y de ahí a las nalgas. Al principio parecía parte del trabajo: presión profunda para soltar la tensión que ahí se acumula. Pero los pulgares empezaron a deslizarse cada vez más adentro, rozando los bordes de lo más íntimo. Me tensé. No me moví. Me repetí que era casual, que no significaba nada.
Entonces me separó despacio, muy despacio. Sentí el aire frío donde nunca había sentido nada. Me quedé quieta, la respiración hecha un hilo. Debió pensar que estaba medio dormida, demasiado relajada para protestar. La verdad es que no sabía qué quería protestar.
Una gota gruesa de aceite tibio cayó justo en el centro, caliente y resbalosa, deslizándose. Su dedo rodeó el borde, suave, sin prisa, explorando. Me mordí el labio. Mi marido jamás me había tocado ahí. La sensación era extraña, prohibida, como una corriente que me subía por la columna.
Se inclinó. Primero fue el aliento. Después la lengua: plana, tibia, húmeda, recorriéndome de abajo hacia arriba en una pasada larga y lenta. Se me escapó un suspiro, pero no me corrí, no me aparté. Él lo tomó como un permiso. Presionó, rodeó, y después empujó hacia adentro, insistente, paciente. Era abrumador. Caliente, mojado, invasivo de la manera exacta en que una no sabe que necesita hasta que sucede. Sentí que todo el cuerpo se me contraía solo.
Mientras seguía, una mano se coló por debajo y encontró mi clítoris. Lo frotó en círculos, al mismo ritmo de la lengua. Esta vez no pude callarme. Las caderas se me levantaron solas, buscando más de lo que ni yo entendía que estaba pidiendo.
—Tranquila —murmuró contra mi piel—. Sabía que necesitabas esto.
Me dio vuelta con cuidado. El pecho me cayó pesado a los lados, los pezones tan duros que dolían. Echó más aceite entre ellos y los masajeó con firmeza, los pulgares rozando las puntas hasta hacerme arquear. Después bajó, me besó el cuello, atrapó un pezón con la boca y después el otro, mordiendo apenas, mientras dos dedos entraban en mí y se curvaban contra un punto que me dejó sin aire.
***
Me corrí así, temblando, antes de que pudiera siquiera avisar. No paró. Se acomodó entre mis piernas y recién entonces noté que en algún momento se había sacado la ropa. Frotó la punta contra mi entrada, despacio, midiéndome, y después empujó hacia adentro con una lentitud que me hizo clavar las uñas en la sábana.
Entró hondo, con un ritmo parejo, mientras el pulgar seguía dibujando círculos sobre mi clítoris. Cuando sintió que estaba por correrme de nuevo, se salió. Me puso en cuatro, me abrió otra vez, y volvió a hundir la cara ahí atrás, la lengua profunda y los dedos llenándome al mismo tiempo. Fue demasiado. Grité contra la almohada, el cuerpo entero sacudido por algo que no había sentido en años, quizás nunca.
Volvió a entrar por detrás, esta vez embistiendo con fuerza, su cuerpo chocando contra el mío en cada golpe. Yo ya no pensaba en mi marido, ni en la mentira del spa, ni en el dolor de espalda. No pensaba en nada. Cuando estuvo a punto de terminar se retiró y acabó sobre mi espalda, tibio, deslizándose por la columna que él mismo había venido a curar.
Nos quedamos quietos, jadeando, el gato maullando indiferente desde algún rincón. Me limpió con una toalla húmeda y tibia, sin apuro, y me besó el hombro como si nos conociéramos de toda la vida.
—¿El sábado que viene? —preguntó, bajito.
Asentí, todavía temblando. No me salió la voz.
***
Mi marido jamás entendió por qué, de un día para el otro, mis dolores de espalda mejoraron tanto. Se alegró por mí. Me dijo que tenía que recomendarle ese spa a su hermana. Yo le sonreí y le dije que sí, que algún día.
Lo que nunca le conté es que la mejor terapia que encontré no tenía nada de profesional. Y que algunos sábados, cuando salgo «con una amiga», vuelvo con la espalda suelta, la culpa intacta y una sonrisa que él prefiere no preguntar de dónde viene.