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Relatos Ardientes

Lo que mi mujer me confesó tras su noche de chicas

El jueves pasado, mi mujer me dijo que quería ir al cine con su hija. Tiene cuarenta y ocho años, una melena rubia que todavía le cae por la espalda y un cuerpo que envidiarían muchas mujeres de la mitad de su edad. Después de tanto tiempo juntos, sigo mirándola como el primer día.

Su hija, Carla, ronda los veintinueve. Rubia también, alta, con esa seguridad de quien sabe que gusta. Iban a ver una de esas películas largas y premiadas que a mí me dan ganas de dormir antes de los créditos.

—¿Te vienes? —me preguntó ella, ya con el bolso en la mano.

—Gracias, pero paso —contesté—. No es lo mío, me aburriría como una ostra. Id vosotras y disfrutad.

Quedamos en que yo las acercaba y luego pasaba a recogerlas. Las dejé a las siete de la tarde junto a la plaza, cerca de la entrada del cine, y volví a casa.

Quedarme solo en casa es uno de esos pequeños placeres que casi no me permito. Sin nadie que pregunte, sin horarios, sin obligaciones.

Lo primero que hice fue quitarme la ropa. Desnudo, con el portátil sobre las rodillas, me dediqué a navegar de una página a otra sin rumbo fijo.

Pasaba de un vídeo al siguiente con la entrepierna ya despierta.

Igualito que su película de autor, pensé, sonriendo solo.

Estuve un buen rato así, perdido entre cuerpos y gemidos ajenos, hasta que el deseo me ganó la partida un par de veces. Cuando terminé, me sentía relajado, vacío y un poco ridículo, como siempre.

Estaba vistiéndome para ir a buscarlas cuando sonó el teléfono. Era ella.

—Cariño, hemos pensado en cenar algo por aquí. Cuando acabemos te llamo y nos recoges.

—Perfecto. Noche de chicas, entonces. Pasadlo bien.

No me molestó en absoluto. Mi mujer casi nunca sale sin mí, y me parecía sano que se soltara un poco, que riera y se olvidara de la rutina por una noche.

Me preparé un par de sándwiches calientes, abrí una cerveza y me senté frente a la televisión. No recuerdo ni qué estaban echando, porque me quedé dormido en el sofá con el mando todavía en la mano.

Pasada la medianoche, el zumbido del móvil me sacó del sueño.

—Daniel, se nos ha hecho tardísimo. Sería una tontería que vengas a estas horas. Me quedo a dormir en casa de la niña y mañana voy directa para allá.

—Está bien, mujer. Yo me arrastro a la cama, que estaba frito en el sofá. Hasta mañana. Te quiero.

—Y yo a ti, amor. Descansa.

Colgué sin darle más vueltas y me fui a dormir.

***

Al día siguiente me levanté pronto, como siempre. Ducha, café rápido y al trabajo. Volví a casa a media tarde, y allí estaba ella, con la mesa puesta y la comida lista, como si nada.

—¿Qué tal la película? —pregunté mientras me sentaba.

—Bien, aunque esperaba más. Me dejó un poco fría, la verdad.

—¿Y la cena?

—Picamos algo de cualquier cosa. Ya sabes que Carla come como un pajarito.

—¿Hicisteis algo después?

—No, nos fuimos directas a dormir a su casa.

Mientras lo decía, noté que sus ojos se fueron al suelo y que un rubor leve le subía por las mejillas. No le di mayor importancia. Si de algo estaba seguro en esta vida era de la lealtad de mi mujer.

La tarde transcurrió con una normalidad extraña. Ella estaba más callada de lo habitual, metida en sus pensamientos. Siempre ha sido una mujer de silencios largos, así que tampoco me alarmé.

Cenamos algo ligero, vimos un rato la tele y nos acostamos temprano. Cada uno cogió su libro y, con las lamparitas de las mesillas encendidas, nos pusimos a leer.

Enseguida me di cuenta de que ella no leía. Pasaba las páginas sin mirarlas, se movía, se recolocaba la almohada, suspiraba.

—¿Qué te pasa? Estás inquieta.

—No, no es nada.

—Pues cualquiera lo diría.

Volví a mi lectura, pero ella seguía igual, incapaz de estarse quieta.

—¿Me vas a contar qué te ocurre?

Solo obtuve silencio. Dejé el libro sobre la mesilla, me incorporé y la miré a los ojos.

—A ver. Todo lo que nos ha pasado en estos años lo hemos afrontado juntos. Así que dímelo de una vez.

—Es que no te va a gustar.

—Hasta que no me lo cuentes no sabré si me gusta o no.

Otro silencio incómodo se instaló entre los dos. Decidí esperar sin presionar, dándole su tiempo.

—Verás… no te he contado toda la verdad sobre lo de anoche.

—¿Qué pasó?

Un suspiro hondo, angustiado, le precedió las palabras.

—Estuve con un hombre.

—¿Qué? ¿Que estuviste con un hombre? ¿Qué hombre?

—Eso. Lo que acabo de decirte.

—No me has dicho nada. Quiero que me lo cuentes todo, sin saltarte un solo detalle.

—Te va a doler.

—Eso lo decido yo. Habla. Desde el principio hasta el final.

Otro suspiro, esta vez acompañado de unas lágrimas que empezaron a resbalarle por las mejillas. Y entonces, con la voz quebrada, empezó a hablar.

***

«Al salir del cine nos fuimos a una calle de bares que está siempre llena. Entramos en uno, nos sentamos y pedimos unas raciones para picar con un par de copas de vino blanco. Estábamos de charla animada, de nuestras cosas, riéndonos como dos amigas.

El local estaba a reventar, gente de todas las edades, aunque abundaban los hombres de mediana edad. Nosotras seguíamos a lo nuestro, sin fijarnos en nadie.

Cuando casi terminábamos, se acercaron dos tipos a tontear. Que si éramos hermanas, que qué guapas, que cómo nos llamábamos, todas esas tonterías de siempre. Le dije a Carla que nos marcháramos, pero ella insistió en quedarnos un poco más.

Se sentaron con nosotras y no paraban de soltar piropos. Yo me sentía incómoda, fuera de lugar, pero ella estaba encantada con el jueguito.

Nos invitaron a otra ronda, y con el vino me fui relajando sin darme cuenta. Llevábamos así media hora cuando el más joven propuso cambiar de sitio, ir a algún lugar más tranquilo.

Yo me negué, pero Carla me cogió de la mano y les dijo que no me hicieran caso. Pagaron ellos y salimos a la calle.»

Yo escuchaba sin interrumpir. Estaba enfadado, dolido, y sin embargo había algo más, algo que no quería admitir y que se hacía notar entre mis piernas con una dureza que me avergonzaba.

«Caminamos un rato y entramos en un pub pequeño, de luz tenue y música suave. Nos sentamos en unos sofás bajos y pedimos otras copas. Carla se acomodó junto al más joven, y yo, casi sin pensarlo, al lado del otro.

Yo intentaba mantener una conversación trivial, pero veía cómo ella se pegaba cada vez más a su acompañante. Tras la segunda ronda, el ambiente cambió. Las manos de los dos empezaron a rozarnos, sobre todo a Carla.

En un descuido, el joven ya le estaba besando la boca. Me quedé tan perpleja que no me di cuenta de que el que estaba a mi lado había posado su mano sobre mi muslo y me acariciaba muy despacio.

No sé qué me pasó, Daniel. No sé si fue el vino o el recuerdo de cuando era joven y libre, pero el caso es que le dejé seguir. Su mano subía por mi pierna mientras yo me limitaba a sostenerle la mirada, sin fuerzas para apartarlo.»

Tragué saliva. Quería que parara y, al mismo tiempo, que continuara contándomelo todo.

«El que estaba conmigo llegó hasta el centro de mi sexo, y lo único que hice fue separar un poco las piernas. La ropa interior la tenía empapada, como hacía años que no me pasaba. Me recosté hacia atrás, cerré los ojos y me dejé llevar.

Sus dedos se abrieron paso en mí, y en apenas un par de minutos me arrancaron un orgasmo que no pude disimular. Cuando abrí los ojos, Carla me miraba sonriendo. Se acercó y me dio un beso suave en los labios, como si me diera permiso.

El joven dijo que nos fuéramos a un sitio más íntimo. Nos llevó a su piso. No supe parar aquello, estaba demasiado excitada, con unas ganas que tenía dormidas desde hacía demasiado tiempo.»

Me ardía la cara. Nunca he sido un hombre celoso, y aun así el enfado convivía con una excitación que no lograba esconder.

«En su casa nos tomamos otra copa. La cabeza ya no me funcionaba bien. Miré a Carla y la vi desatada, besándose con el joven mientras él le subía el vestido con una mano y le sujetaba el pecho con la otra.

El que estaba conmigo se desnudó. Tenía el cuerpo trabajado, sin un pelo, y un sexo firme, no enorme, pero muy duro. Se acercó y empezó a desvestirme sin prisa, mientras yo no le quitaba la vista de encima.

Cuando me quitó la ropa interior, se la llevó a la cara y aspiró. Me dijo que hacía mucho que no estaba con una mujer tan mojada. Me tendió en el sofá y me hizo suya allí mismo.

No te voy a mentir, fue intenso. Me embestía con fuerza y yo le clavaba las manos en la espalda, atrayéndolo hacia mí. No podía dejar de gemir, no me reconocía.»

Apreté los dientes. Una parte de mí la odiaba en ese instante; otra parte la deseaba más que nunca.

«A un par de metros, Carla estaba ya desnuda, apoyada sobre las manos, y el joven la tomaba por detrás. Ella le pedía más, que no parara. Yo separaba las piernas todo lo que podía, a punto de correrme por segunda vez en la noche.

Él me preguntó si podía terminar dentro. Le dije que sí, que quería sentirlo todo. Cuando avisó de que se corría, noté su calor y no pude contener un grito. Me deshice entera, temblando.

Carla terminó al oírme, mientras el joven seguía moviéndose dentro de ella. Después los cuatro nos quedamos tendidos, agotados, en silencio, sin saber muy bien qué decir.»

Se quedó callada un momento, buscando mi reacción.

—Y poco más. Nos vestimos y nos fuimos a dormir a casa de la niña.

—¿Estás muy enfadado? —preguntó, con la voz temblando.

No contesté.

—Te prometo que no volverá a pasar.

—Sí —dije por fin, acercándome a ella—. Sí volverá a pasar. Pero la próxima vez estaré yo delante, viendo cómo te lo hacen.

Sus ojos se abrieron de par en par. Antes de que pudiera responder, la tumbé sobre la cama. Esa noche la hice mía como no la había tomado en años, con una rabia y un deseo que ni yo sabía que llevaba dentro.

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Comentarios (4)

NachoBA22

tremendo!!! uno de los mejores relatos de esta categoría que leí acá.

DiegoRio_lect

¿habrá segunda parte? quedé con la intriga de cómo reaccionó él después de escucharla

Marce_cba

me enganché desde la primera oración. ese momento de la confesión lo sentí en el pecho, muy bien logrado.

Luis Ifer

buenisimo, corto pero intenso

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