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Relatos Ardientes

El hijo de mi pareja me pidió perdón a medianoche

La charla del día anterior con Noelia me había dejado el cuerpo revuelto. Esa chica de apenas veinte años se había metido sin darse cuenta en unos juegos que la avergonzaban y la rebajaban, todo por el novio al que adoraba. Y la razón era de lo más simple: disfrutaba con ellos. Lo había visto en su forma de bajar la mirada cuando me lo contó, en cómo se mordía la sonrisa al hablar de él.

Adrián era un imán para las mujeres. Tenía ese don para envolverlas con su carácter canalla y su manera irreverente de mirar la vida. Y yo misma daba fe de hasta dónde podía llegar ese imán, porque una mujer hecha y derecha, sensata, dueña de sí misma, había sido capaz de perder la cabeza por él.

Cómo se me ocurriría.

Llevaba toda la mañana limpiando la casa por enésima vez, intentando sin éxito no pensar. Pero la imagen volvía siempre igual: el hijo de mi pareja, desnudo, jadeando, aprovechándose de mí y de mi confianza. Frotaba el mismo cristal una y otra vez como si pudiera borrar el recuerdo con el trapo.

Lo peor era que, en el fondo, echaba de menos aquello que había perdido. Las confidencias de medianoche, la cercanía, esa complicidad fácil que teníamos antes de que todo se torciera. Quizás era lo mismo que le pasaba a Noelia. Quizás por eso ninguna de las dos terminaba de poder soltarlo.

Adrián no se había vuelto a acercar a mí desde entonces. Se lo dejé bien claro la primera noche, y por una vez en su vida había dado muestras de entender la gravedad de lo que hizo. Durante esas semanas se había mantenido lejos, dándome el espacio que le exigí, ausentándose durante el día y regresando justo a la hora de cenar. Era lo mejor para una convivencia que podía estallar en cualquier momento.

Daniel seguía de viaje, como casi siempre. La casa entera me pesaba sin él.

***

Aquella noche, Adrián llegó tarde, como de costumbre. Pero esta vez no fue directo a su cuarto ni a la cocina, donde solía recoger el plato que le dejaba tapado. Entró al salón y se sentó en el sofá, a un palmo de mí. Me puse tensa nada más sentir su peso hundir el cojín. Crucé y descrucé las piernas, pero no levanté la vista del libro.

—¿Podemos hablar? —dijo.

Lo ignoré. Él esperó con las manos entre las rodillas, apretándolas una contra otra, incómodo en una situación a la que no estaba acostumbrado. El reloj de pared marcaba los segundos con un tictac que de pronto sonaba enorme.

—Ayer hablé con Noelia. —Dejó la frase suspendida en el aire. Yo pasé una página—. Me dijo que casi te pillé desnuda en el baño.

No moví un músculo. Solo faltaba el goteo de un grifo para volver el silencio del todo insoportable.

—Tuve que improvisar una excusa —añadió por fin—. Tu chica es más lista de lo que parece.

—Sí —respondió, aliviado de ver una rendija abierta—. Quizás por eso me gusta tanto.

—Cuídala —dije sin mirarlo—. No siempre va a quererte como ahora.

—Ya. No temas por eso.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Adrián carraspeó antes de intentarlo de nuevo.

—Respecto a lo del otro día…

—Déjalo. Fue culpa mía.

—No digas eso.

—Por consentir semejante barbaridad. —Bufé—. ¿En qué estaría pensando?

—En ayudarme. Tenía un problema y me echaste un cable —respondió, solícito—. Y todo salió bien. No sé por qué te lo tomas tan a la tremenda.

—No, no salió bien. Fue una pasada. Una auténtica pasada.

—Venga ya. ¿Por una paja?

Cerré los ojos y me froté la frente con fuerza, absorta. Me oí murmurar para mí misma, casi sin querer.

—Masturbando al hijo de mi pareja. Hay que ser…

—Ayudando —matizó él, suavizando el tono—. Ayudando al hijo de tu pareja con un problema serio. Siento mucho que te afectara tanto.

—Porque te pasaste de la raya. —Clavé la mirada en él por primera vez—. Te pasaste tres pueblos de la raya.

—Estaba fuera de mí. Me estaba corriendo como nunca…

—¡Me metiste el dedo, joder! —La voz se me quebró de pura rabia.

—Lo siento, ¿vale? Es justo lo que intento decirte. Me estaba corriendo con la mujer más morbosa que conozco entre las manos y… no controlé. ¿Qué quieres que te diga? ¿Sabes lo que significas para mí?

—Nada. Menos que nada. La fulana de tu padre, que te la menea como una boba.

—No, joder, no. Lo significas todo. —Se frotó la sien buscando palabras que ni él tenía—. Siempre tan segura de ti misma, con ese carácter que impone, que da hasta un poco de miedo, pero que te hace sentir a salvo. Y soy un crío salido de diecinueve años. No medí las consecuencias.

—Las consecuencias. Claro. Tú nunca mides las consecuencias.

Se removió en el asiento, acercándose un poco más.

—Me pasé. Hice lo que no debía —reconoció—. Pensé que podría conseguir eso de ti, y me equivoqué porque soy gilipollas.

—Porque eres un cerdo sin escrúpulos.

—Gilipollas y cerdo. Vale. Lo admito.

—¿Sabes cómo me hiciste sentir? ¿Lo que es para mí el recuerdo de ese día?

Agachó la cabeza. —Me hago una idea.

—Como una cualquiera. —Tuve que tragar para que no se me notara el nudo—. Pajeando al hijo de mi pareja mientras él me metía el dedo. —Volví a cerrar los ojos—. Pero ¿cómo dejé que me convencieras de algo así?

Y la memoria me asaltó entera, sin pedir permiso: su respiración entrecortada contra mi cuello, mi mano subiendo y bajando con un ritmo que yo misma no reconocía, el calor de su cuerpo joven pegado al mío, la vergüenza y el deseo trenzados de tal modo que ya no sabía dónde terminaba uno y empezaba el otro. Y luego esa yema deslizándose donde no debía, ese instante en que el cuerpo se me adelantó a la cabeza y, durante un segundo eterno, no quise que parara.

—No llegué a tanto, Lorena, joe. No te pases. Apenas te rocé con la punta.

—Te noté dentro. Empujabas. No fue solo la punta.

—Te juro que sí, solo la yema. Palabra. —Se acercó otro poco—. Y me arrepiento muchísimo. De verdad.

Arqueó las cejas y puso ojos de cachorro, intentando ablandarme. Yo no sabía si iba a perdonarlo o a partirle la cara de un bofetón. Las venas del cuello me palpitaban como cuerdas tensas. Al final no hice ni una cosa ni la otra. Me levanté, airada, y fui hacia la ventana, apartándome el pelo de la sien.

Necesitaba aire.

***

Adrián se colocó detrás de mí, a un brazo de distancia.

—Lorena, por favor —susurró—. Dime qué tengo que hacer para arreglarlo.

No contesté. Caminaba de un lado a otro del ventanal como una tigresa enjaulada. Necesitaba pensar, hacerlo con calma, pero sobre todo necesitaba estar sola, y él no se iba. Inspiraba con fuerza y soltaba el aire despacio, expulsando toda la frustración por la boca. Él esperaba paciente, sin acorralarme, dejando que los segundos cayeran uno tras otro.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo al cabo de un rato—. Que con toda esta angustia sigo sin poder terminar con Noelia. Ahora, cuando estoy con ella, no es ella la que tengo en la cabeza. Eres tú. —Me pareció que lo miraba de reojo—. La metedura de pata contigo me está matando y hace que mi problema siga igual o peor. Menuda ironía, ¿eh?

Me abracé los codos, vigilándolo con el rabillo del ojo, midiendo cuánto de verdad había en esa confesión. Él mantenía el semblante compungido, el gesto justo de perdedor con el orgullo herido. Yo movía el mentón hacia un lado y otro, leyéndolo, sin terminar de fiarme.

—Tampoco yo he podido dormir —admití al fin, con la vista fija en el cristal.

Y juraría que, reflejada en la ventana, vi cómo se le escapaba media sonrisa antes de borrarla.

Dio un paso y quedó justo detrás de mí. Se mantuvo ahí, inmóvil, esperando a que me acostumbrara a su presencia. En cuanto sentí sus palmas sobre mis hombros me volví para encararlo, retadora. No pensaba perdonarlo.

Pero él sacó uno de sus trucos más eficaces. Me cogió las manos y las apretó entre las suyas con cuidado, sin soltar esa mirada de hombre arrepentido.

—La cagué —dijo—. Con la persona que menos se lo merecía. —Hizo una pausa medida—. Y la que mejor me ha tratado siempre.

No reaccioné. Aguanté el pulso, sosteniendo la mirada de un chico acostumbrado a escurrirse de las consecuencias. Terminé levantando una ceja.

—¿Y ya está? ¿Con eso crees que se arregla todo?

—N-no, claro que no —contestó, confuso—. Pero quería que lo supieras. Que a mí tampoco me deja dormir. Me paso las noches dando vueltas en la cama. —Otra pausa—. Por muy cerdo y gilipollas que sea.

Se me escapó una sonrisa leve que apagué enseguida apartando la cara.

Volvió el silencio, pero esta vez como un puente entre dos personas que empiezan a encontrar terreno común otra vez.

—Venga, dime. ¿Qué tengo que hacer?

—No se puede, Adrián. Lo que pasó, pasó, y queda ahí para siempre.

Al menos mi tono ya no era cortante. Algo había cambiado.

—Pues dime cómo volvemos a estar como antes —suplicó—. Echo de menos el buen rollo que teníamos. El cachondeo de las mañanas, las risas… —Apretó mis manos con la dosis exacta de ternura—. Quiero recuperar a mi mejor amiga.

El brillo acuoso que me asomó a los ojos lo disimulé con un parpadeo rápido, pero él lo cazó al vuelo. Había acertado de pleno: la frase perfecta en el momento justo. Esperó unos segundos para darle más peso a lo siguiente, me miró a los ojos y apretó el gatillo directo al pecho.

—¿Te puedo dar un abrazo? Te echo de menos.

Me quedé descolocada. Boqueé, indecisa, apenas capaz de sostener esa mirada que dejaba al descubierto lo más tierno de él.

Sola, sin Daniel, hambrienta de un cariño cercano del que llevaba semanas sin disfrutar, recibí sus brazos como fruta madura. El calor de su cuerpo me envolvió con justo la sensación que necesitaba. Cerré los ojos y me dejé arrastrar hacia él, rendida a esa paz que tanto agradecía, la misma que antes me hacía dormir de un tirón cada noche.

Estuvimos así un buen rato, tanto como me permití. Cuando nos separamos, yo había recuperado parte del aplomo y retrocedí un paso para marcar distancia.

—Esto no significa que te perdone.

Él sonrió, resignado, y encogió los hombros.

—Me conformo con volver a ser tu amigo.

—Claro. Amigos. —Una sonrisa cómplice, pero que dejaba clarísima la línea que él nunca volvería a cruzar.

***

Nos quedamos un momento mirándonos con ánimo renovado, dejando que las emociones bajaran de revoluciones.

—Oye —arrancó Adrián—. No voy a poder reparar lo que hice, pero al menos puedo compensarte un poco.

Levanté una ceja. Ya conocía sus artes.

—Deja que te invite a cenar.

Eso no me lo esperaba. Adrián era un chaval de libros, móvil, colegas y fiesta los fines de semana. Eso de llevar a alguien a cenar era cosa de adultos.

—¿Y te vas a poner traje para llevarme a un sitio elegante?

—Bueno, a ver… traje, traje… Yo había pensado en la hamburguesería del polígono.

Lo miré, expectante, hasta que me di cuenta de que hablaba en serio. La carcajada me salió sola y terminó de romper toda la tensión que quedaba en el salón. Hasta él se sorprendió, y un leve rubor le subió a las mejillas.

—Lo siento, no he podido evitarlo —dije, tapándome la boca—. Es que es… tan cutre. ¿Me pides perdón invitándome a la hamburguesería del polígono, al lado del bazar?

—¿Y qué tiene de malo? Oye, que no soy millonario. Además, la idea fue de Noelia. Si no, ¿de qué iba a estar yo aquí intentando sacarte de casa?

—¿Noelia? ¿Te ha pedido ella que me saques a cenar?

—Pues claro. Te adora. Y creo que es culpa mía, de tanto hablarle de ti.

Levanté la ceja, suspicaz.

—Es verdad, te lo juro. Te tiene en un pedestal. Para ella eres, como… yo qué sé, la heroína de esas películas de acción que salva al mundo.

Otra carcajada que intenté ahogar con la mano.

—¿Y el héroe al que salva eres tú, supongo?

—Vale, déjalo, no era mi mejor ejemplo.

—Desde luego que no. Menuda comparación más infantil.

Nuevo silencio, pero ya distinto. El ambiente había cambiado por completo; el cachondeo y la complicidad volvían poco a poco a su sitio.

—Bueno, ¿qué? ¿Te vienes o no? Un colega trabaja allí y me saca las patatas gratis.

A esas alturas, por mucho que me tapara la boca, no podía parar de reír. Los ojos, casi cerrados, se me llenaban de lágrimas.

Adolescentes. Y yo, dejándome arrastrar otra vez. Esto no va a acabar bien, pensé. Y aun así, cogí el abrigo.

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Comentarios (4)

CarlosNoche

que buenoooo!!! necesito la segunda parte ya

MarcelaT

Dios mio que situacion tan complicada. Se nota que está bien escrito porque me metio de lleno desde el primer renglon

Rosario_BA

sigue escribiendo por favor, tenes mucho talento

LolaB_Sur

pero ella lo perdonó al final?? deja la continuacion o me quedo con la duda jajaja

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