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Relatos Ardientes

Mi amante apareció cuando todo mi mundo se derrumbó

Mariela despertó con la luz del sol filtrándose apenas por las rendijas de la persiana. El piso estaba en silencio absoluto, como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarle espacio a su propio caos. Se quedó un rato largo en la cama, mirando el techo, sin moverse. El cuerpo le dolía de una forma distinta: no era el cansancio físico de los últimos días con Damián, sino un peso sordo en el pecho, como si algo se hubiera roto por dentro y estuviera intentando recomponerse solo.

Se levantó despacio, se preparó un café que no tenía ganas de beber y se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas y la taza caliente entre las manos. El vapor le subía a la cara, pero ella apenas lo notaba. Su mente giraba una y otra vez, como un disco rayado.

¿Cómo llegué hasta acá?

Se miró las manos. Eran las mismas que habían tocado a Damián con deseo, las mismas que habían firmado el «sí» a Esteban hacía meses. Ahora le parecían ajenas, de otra mujer.

Primero pensó en su propia ingenuidad. Al principio había sido absurda, casi infantil. Creyó todo lo que le decían porque quería creerlo: que la terapia era por su matrimonio, que explorar con Damián era una «preparación», que todo tenía un propósito noble. Se había dejado llevar como una nena que sigue un cuento sin cuestionar el final. Pero en algún momento esa inocencia se transformó en otra cosa, más oscura. En deseo. En un deseo consciente, deliberado. Sabía muy bien lo que hacía cuando se desnudaba para Damián, cuando abría las piernas para que le comiera el coño, cuando le suplicaba que se la metiera más fuerte. Lo sabía y lo quería.

Me traicioné yo primera. Lo demás no es excusa.

Pensó en Esteban, en su encrucijada, en ese amor imposible que lo había llevado a arrastrarla a ella. No lo culpaba tanto como debería. El amor, suponía, a veces empuja a cometer locuras. Esteban había elegido protegerse: su familia, su apellido, su vida, todo a costa de levantar una mentira. Y ella había sido la pieza perfecta para esa mentira. La chica conforme, la que se contentaba con poco. Ahora lo veía claro: la había elegido porque era fácil de manejar.

Y después, inevitablemente, pensó en Damián.

En él dolía más.

Pensó en la primera vez que la besó, en cómo la hacía reír, en cómo la miraba después de cada corrida como si ella fuera lo más valioso del mundo. En sus manos grandes y cálidas apretándole el culo, en su voz ronca cuando le decía que era la mejor cogida de su vida, en cómo se quedaba callado solo para escucharla hablar de su pueblo. Todo eso había sido real. O al menos ella necesitaba creer que lo era. Pero todo había empezado con una mentira, con una traición que ahora le pesaba como una piedra.

¿Cómo puede algo que se sintió tan verdadero nacer de algo tan falso?

Se levantó, dejó la taza en la mesa y caminó hasta la ventana. Miró la calle: gente yendo al trabajo, autos pasando, vida normal. La suya ya no lo era. Ya no era la chica del pueblo que creía en cuentos de hadas, ni la novia obediente que se preparaba para un matrimonio sin pasión. Era Mariela. Solo Mariela. Y eso le daba miedo y libertad al mismo tiempo.

El teléfono vibró sobre la mesa. Lo cogió con manos temblorosas. Era un mensaje de Hugo.

«Mariela, necesito que vengas al consultorio hoy mismo. Es urgente. No tardes.»

Frunció el ceño. Le extrañó. Suponía que Esteban ya lo habría puesto al tanto de todo, que Hugo sabría que el engaño había salido a la luz. Dudó un momento largo. Podía ignorarlo, bloquearlo, desaparecer. Pero algo dentro de ella —curiosidad, rabia, la necesidad de cerrar una puerta— la empujó a contestar.

«Voy en una hora.»

***

Cuando llegó al edificio, subió las escaleras con el corazón golpeándole fuerte. Tocó la puerta del consultorio y Hugo abrió casi al instante, con una sonrisa soberbia que le heló la sangre.

—Pasá, Mariela. Te estaba esperando.

Ella entró. El consultorio seguía igual: sillones, escritorio, olor a café viejo. Pero ahora todo le parecía sucio. Hugo cerró la puerta y se apoyó en el escritorio, cruzando los brazos.

—Esteban ya me contó. Dijo que lo sabés todo, que escuchaste la conversación.

Mariela se quedó parada, con los puños apretados a los lados.

—Entonces no hace falta que finjamos. El plan, el dinero, la mentira. Lo descubrí todo.

Hugo soltó una risa baja, burlona.

—Nunca conocí a una mujer tan ingenua. Pero claro, sos tan linda que compensa. Tenía planes para vos, ¿sabés? Planes muy interesantes.

Mariela sintió la rabia subirle por la garganta.

—Prefiero ser ingenua antes que un mercenario como vos —dijo, con la voz temblando de furia—. Agradecé que todavía no te denuncie.

Hugo se rio más fuerte, echando la cabeza hacia atrás.

—¿Denunciarme? ¿Vos? No vas a hacer nada, linda. Porque si lo hacés, mando a tus padres todas las grabaciones. Cada sesión. Cada vez que abrías la boca para chupársela a Damián, cada vez que gritabas como una puta mientras te la clavaba. Me voy a asegurar de que tu pueblo entero se entere de lo que sos. Tu familia va a tener que escapar de la vergüenza. ¿Querés eso?

Mariela se quedó en shock. El aire se le escapó de los pulmones.

—No podés hacer eso… —susurró, con la voz quebrada.

Hugo se acercó un paso, la sonrisa cruel.

—No lo voy a hacer… si hacés todo lo que te pida. Y a vos te va a resultar fácil. Tengo deudas, Mariela. Con gente que no perdona. Y vos sos una moneda de cambio muy apetecible. Esos tipos van a quedar conformes si les ofrezco unas cuantas noches con vos. Con que se turnen para cogerte por todos los agujeros van a estar felices.

Mariela se quedó atónita. Cada palabra era un golpe más fuerte que el anterior.

—¿Qué…? —alcanzó a decir, con la voz apenas audible.

—Pero antes —siguió él, sentándose en la silla y poniéndose las manos detrás de la cabeza— quiero comprobar tus habilidades de primera mano. Arrodillate y sacámela. Vamos, linda, ya sabés cómo se hace. Con Damián lo hacías muy bien.

Se desabrochó el cinturón con calma, bajó el cierre y se corrió el pantalón hasta los tobillos. Esperó, confiado, con una sonrisa de triunfo.

—Apurate. O cumplo la amenaza ahora mismo y mando todo a tu pueblo. ¡Arrodillate!

Mariela dio un paso lento hacia él. Luego otro. Se arrodilló entre sus piernas. Extendió la mano despacio, pero a mitad de camino se detuvo, con la vista perdida unos segundos. Entonces su mano giró hacia un costado y, en lugar de seguir, cogió la taza de café que Hugo tenía en el escritorio. El líquido todavía estaba muy caliente.

Sin decir una palabra, se lo vació encima.

Hugo soltó un alarido de dolor puro que resonó en todo el consultorio. Se levantó de un salto, tambaleándose, agarrándose la verga con las dos manos mientras saltaba de un pie al otro.

—¡Hija de puta! ¡Me quemaste!

Mariela se puso de pie y retrocedió varios pasos, con el corazón latiéndole en los oídos. Hugo, rojo de dolor y furia, manoteó una regla de metal del escritorio y se lanzó hacia ella levantándola como un arma.

Pero alguien le agarró la muñeca desde atrás, deteniéndolo en seco. Hugo giró la cabeza, sorprendido.

Era Damián.

Le dobló el brazo con violencia y, sin esperar, le lanzó un puñetazo directo a la nariz. Se oyó un crujido seco. Hugo cayó al suelo, las manos en la cara, la sangre goteándole entre los dedos.

—¿Estás bien? —le preguntó Damián, con la voz ronca de preocupación.

Mariela no respondió. La escena la había dejado medio en shock. Solo miraba a Hugo en el piso, sobándose la verga quemada con una mano y la nariz ensangrentada con la otra.

—Los voy a destruir… —jadeó él, con la voz nasal—. Voy a mandar los videos a todos lados…

La puerta se abrió de golpe. Esteban entró, pálido, la respiración agitada.

—No vas a hacer nada —dijo, mirando a Hugo con una frialdad que Mariela nunca le había visto.

—¿Vos me vas a parar? Tengo todo grabado…

Esteban se agachó para mirarlo a los ojos.

—Tenías. Después de que me amenazaste a mí, contacté al hermano de Tomás. Es informático, trabaja con un equipo. No tardaron nada en entrar en tu sistema, era viejísimo. Encontraron cada archivo, cada copia, cada respaldo. Lo borraron todo. Y pusieron una cámara acá. Grabaron tus charlas con los de la mafia, grabaron cómo amenazabas a Mariela. Si intentás algo, todo eso va directo a la policía. Y a la gente a la que le debés plata. ¿Querés que se enteren de que los grabaste?

Hugo palideció. El dolor físico se mezcló con un miedo mucho más profundo.

—No… no podés…

—Puedo. Y ya lo hice. Levantate y andate. Y no te acerques nunca más a ninguno de nosotros.

Hugo, asustado y herido, no tuvo más opción que retirarse. Se incorporó con dificultad, cogió su saco con una mano temblorosa, los miró a los tres con odio puro y salió sin decir una palabra. La puerta se cerró con un golpe seco.

Quedó un silencio pesado. Esteban se giró hacia Mariela, que seguía de pie, con los ojos muy abiertos.

—Cuando Hugo me amenazó —dijo, más suave—, supuse que iba a hacer lo mismo con vos. Por eso le pedí a Damián que te cuidara, que estuviera cerca. No quería que enfrentaras esto sola.

Mariela lo miró, todavía temblando. Las lágrimas que había contenido empezaron a rodarle por las mejillas, pero esta vez no eran solo de rabia. Eran de alivio, de confusión, de todo junto.

—Esteban… perdoname. Sé que me usaste. Pero igual siento haberte sido infiel. Para mí sí era un compromiso. Y lo rompí.

Él sonrió con tristeza y quitó importancia con un gesto de la mano.

—No tenés que pedirme perdón. Lo mío es mucho peor. Te expuse a un delincuente, te mentí durante meses. Vos solo buscabas algo que te faltaba, algo que yo te negué desde el principio. No hay comparación.

Hizo una pausa y miró un segundo a Damián.

—Voy a hablar con mi familia. Les voy a decir que la boda se cancela. Quizás les diga la verdad. Ya no tengo miedo. Que pase lo que tenga que pasar.

Caminó hasta la puerta y, antes de salir, se giró una última vez.

—Cuídense. Los dos.

***

Quedaron solos en el consultorio. El silencio era denso. Damián la miró; ella lo miró a él. Ninguno dijo nada.

Salieron sin hablar. Afuera la noche ya había caído por completo y un viento frío arrastraba hojas secas por la vereda.

—Te acompaño a tu casa —dijo Damián en voz baja—. No quiero que vayas sola después de todo esto.

Ella asintió apenas. Caminaron en silencio las primeras cuadras, el ruido de la ciudad amortiguado por la hora. Cada paso parecía más pesado que el anterior, pero también la atravesaba una claridad extraña que no había tenido antes.

De golpe se detuvo. Damián se paró a su lado, extrañado.

—Mejor vamos a tu casa —dijo ella, con la voz ronca pero decidida—. Quiero comprobar algo.

—¿Comprobar qué?

No respondió. Empezó a caminar en dirección contraria, hacia el piso de él. Damián dudó un instante y la siguió sin preguntar más.

El departamento olía a él: a café viejo, a sábanas recién usadas, a ese aroma cálido que Mariela había empezado a reconocer como propio. Entraron. Él cerró la puerta. Ella se quedó parada en medio del living, respirando hondo, como si quisiera llenarse los pulmones de ese olor una última vez.

—¿Querés un vaso de agua? —preguntó él, nervioso, yendo hacia la cocina.

Mariela no contestó. Cuando él volvió con el vaso, ella ya se había quitado la chaqueta. Lo miró fijo. Él le tendió el vaso; ella lo dejó en la mesa sin tocarlo. Y de pronto, sin previo aviso, se acercó y lo besó.

Fue un beso desesperado, hambriento, lleno de todo lo que había estado conteniendo: rabia, alivio, deseo, miedo. Damián se quedó rígido al principio, pero poco a poco se dejó llevar. Le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo contra él. Las lenguas se enredaron con urgencia, mordiéndose los labios, chupándose la lengua como si quisieran borrar todo lo que había pasado en las últimas horas.

—Cogeme —le jadeó ella contra la boca—. Cogeme como si fuera la última vez. Quiero sentirte adentro, quiero olvidarme de todo.

—Toda tuya, pueblerina —le respondió él con la voz ronca, ya con el bulto marcándose contra su vientre.

Se desnudaron entre besos, con manos torpes y ansiosas. La remera de Mariela cayó al suelo, seguida del corpiño que él le arrancó de un tirón brusco haciendo saltar el broche. Los pechos le rebotaron sueltos y él le clavó la boca en un pezón, chupándolo con hambre mientras le pellizcaba el otro entre los dedos. Ella le gimió en la oreja, buscándole el cinturón con dedos torpes. Se lo desabrochó, le bajó los vaqueros y el bóxer de un tirón. La verga de Damián brotó dura, tiesa, marcada de venas, golpeándole el vientre. Mariela se la agarró con la mano y apretó fuerte, sintiéndola palpitar en la palma. Estaba caliente, húmeda ya en la punta.

—Mirá cómo estás —murmuró ella, pasando el pulgar por el glande resbaladizo—. Toda para mí.

—Toda tuya —jadeó él—. Sacate el pantalón. Ya.

Ella obedeció, bajándose los jeans y la bombacha juntos, pateándolos lejos. Quedó desnuda ante él, con la piel erizada, los pezones duros como puntas y el coño ya brillando de humedad entre los muslos. Damián la miró de arriba abajo con la boca entreabierta, como si nunca la hubiera visto antes.

—Cada vez que te veo así me vuelvo loco —dijo, y la agarró de la nuca para besarla otra vez, empujándola de espaldas contra el sofá.

La recostó boca arriba, le abrió las piernas de un manotazo y se le tiró encima. La fue besando por todo el cuerpo, mordiéndole el cuello, los hombros, chupándole las tetas hasta dejárselas rojas y llenas de marcas. Bajó por el vientre lamiéndole el ombligo, mordisqueándole las caderas, y siguió bajando hasta la cara interna de los muslos. Le mordió ahí, fuerte, y Mariela pegó un grito ahogado.

—Damián, por favor —le suplicó, arqueándose—. Comémelo. Comeme el coño.

Él sonrió contra su piel y bajó la boca. Le abrió los labios con dos dedos y le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, de una sola pasada larga y hambrienta. Mariela gritó, agarrándose del respaldo del sofá. Él volvió a lamer, más despacio esta vez, saboreándola, chupándole los labios uno por uno antes de clavarle la lengua en la entrada.

—Estás empapada, puta —le jadeó él, con la boca brillante de jugo—. Tenés el coño chorreando.

—Es para vos —gimió ella, agarrándole el pelo y empujándole la cabeza contra su entrepierna—. Comémelo todo. No pares.

Damián le clavó dos dedos de golpe y ella soltó un grito ronco. Los curvó hacia adentro, buscando ese punto que la volvía loca, mientras chupaba el clítoris con los labios, tirando de él, dándole latigazos con la lengua. Mariela se retorcía debajo, moviendo las caderas contra su boca, apretándole la cara con los muslos. Él seguía, sin piedad, chupando y clavándole los dedos con un ritmo que la tenía al borde en cuestión de segundos.

—Me corro… me corro, Damián, no pares, no pares…

Él aceleró la lengua, chupó más fuerte, hundió los dedos hasta los nudillos. Mariela se corrió con un grito ronco que le raspó la garganta. El cuerpo entero le tembló, las piernas se cerraron alrededor de la cabeza de él y las caderas se le sacudieron contra su boca mientras el orgasmo la atravesaba en oleadas. Él no la soltó: siguió lamiendo suave, bebiéndose todo lo que le chorreaba, hasta que ella lo empujó por la frente porque no aguantaba más.

—Basta, basta, no puedo más… —jadeó, con la respiración entrecortada.

Damián se incorporó con la cara brillando de ella. Se lamió los labios y le sonrió.

—Tenés el sabor más rico del mundo, pueblerina.

Mariela se enderezó todavía temblando y lo empujó para que se sentara en el sofá. Se arrodilló entre sus piernas abiertas y le agarró la verga con las dos manos. Le hizo un puñito, lo apretó fuerte y le pasó la lengua por la punta, saboreando el líquido preseminal que le brotaba. Damián soltó un jadeo largo, echando la cabeza hacia atrás.

—Ay, dios… hacelo, mamámela toda…

Ella lo lamió desde la base hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos. Le chupó los huevos uno por uno, metiéndoselos en la boca, mientras seguía masturbándolo con la mano. Después volvió a subir por el tronco, escupió sobre el glande y se lo metió entero en la boca, hundiendo la cabeza hasta que la punta le tocó la garganta. Se atragantó un poco pero no la sacó. Empezó a moverse, arriba y abajo, con un ritmo lento y profundo, chupando con fuerza, hueca en las mejillas, dejando la verga brillante de saliva.

—Así, así, no pares —jadeaba él, agarrándole el pelo con las dos manos, sin forzar—. Qué bien la chupás, puta, qué bien lo hacés…

Mariela lo miraba desde abajo con los ojos empañados, la boca llena, las babas cayéndole por el mentón. La sacó un momento para lamerle la punta, chuparle los huevos otra vez, y se la volvió a meter hasta el fondo. Damián le empujó apenas la cabeza y ella se atragantó de nuevo, con los ojos llenos de lágrimas, pero volvió a subir y bajar con más furia todavía.

—Pará… —jadeó él, tirándole del pelo suavemente—. Pará o me corro ahora en tu boca y no quiero.

Ella se la sacó de la boca con un sonido húmedo, dejándola brillante y palpitante, y se la lamió una vez más, provocándolo.

—¿Y si quiero que te corras en mi boca?

—Después. Ahora vení acá.

La tiró hacia arriba y la sentó a horcajadas encima de él. Mariela le agarró la verga y la guio hasta su entrada. Se apoyó en la punta, restregándose, empapándola con su jugo. Después bajó despacio, muy despacio, gimiendo largo mientras la sentía abrirse, entrar centímetro a centímetro hasta el fondo. Cuando la tuvo entera adentro se quedó quieta un segundo, con los ojos cerrados, saboreando la sensación de estar llena por completo.

—Dios, cómo me llenás —jadeó—. Sos enorme.

—Movete, mi amor —le pidió él, agarrándole las caderas—. Cogeme.

Ella empezó a moverse, primero lento, subiendo casi hasta la punta y volviendo a bajar hasta el fondo. Damián le sostenía las caderas con las dos manos, ayudándola con el vaivén. Se besaban con las frentes pegadas, las respiraciones mezcladas, mordiéndose los labios. Él le bajó la boca a un pecho y le chupó el pezón con fuerza, mientras la otra mano le apretaba una nalga.

Mariela aceleró. Empezó a rebotarle encima, apoyando las manos en sus hombros para tener más ángulo. El sofá crujía con cada embestida. Los muslos de ella chocaban contra los de él con un ruido húmedo y obsceno. Las tetas le rebotaban en la cara y él se las agarraba, se las apretaba, se las chupaba con hambre.

—Así, así —gruñía Damián—. Cogeme la verga, cogémela toda, no pares…

—Es tuya, es tuya —gemía ella—. Todo tuyo, este coño es tuyo, cogémelo cuando quieras…

Damián la agarró del culo con las dos manos y empezó a empujar desde abajo, saliéndole al encuentro con cada bajada. Mariela pegó un grito, echando la cabeza hacia atrás. El nuevo ángulo le pegaba en un punto que la volvía loca. Sintió el segundo orgasmo crecer rápido, imparable, subiendo desde la base de la columna.

—Me corro otra vez… me corro… Damián, me corro…

—Corrémela toda encima —jadeó él, embistiendo más fuerte—. Empapámela.

Mariela se corrió con un grito desgarrado, el cuerpo convulsionando encima de él, el coño apretándole la verga en espasmos que la dejaron sin aire. Damián la sostuvo mientras temblaba, siguió cogiéndola desde abajo, prolongándole el clímax hasta que ella se derrumbó jadeando contra su pecho.

Él no la dejó descansar mucho. La levantó del sofá, con la verga todavía adentro, y la cargó en brazos. Mariela le enredó las piernas en la cintura, riéndose contra su cuello mientras él caminaba hacia el dormitorio.

—Estás loco —le susurró ella.

—Loco por vos, pueblerina.

La tiró en la cama boca abajo. Le agarró las caderas y se las levantó, poniéndola en cuatro, con el culo alzado y la cara pegada al colchón. Mariela sintió la verga de él restregarse entre sus nalgas y se estremeció entera. Damián se agachó, le abrió las nalgas con las dos manos y le clavó la lengua en el culo, mojándoselo, lamiendo despacio, subiendo y bajando hasta el coño y de vuelta.

—Damián… —jadeó ella, apretando las sábanas—. ¿Qué hacés…?

—Preparándote —le respondió él, escupiéndole ahí y masajeándole el agujerito con el pulgar—. Hoy te la voy a meter por el culo, pueblerina. ¿Te animás?

Mariela mordió la almohada. Tembló, pero asintió con la cabeza.

—Sí… sí, hacelo. Pero despacio.

Él la fue preparando con paciencia. Le escupió más saliva, le clavó un dedo despacio, moviéndolo en círculos, aflojándola. Después metió un segundo dedo, tijereteándola suave. Con la otra mano le acariciaba el clítoris, manteniéndola encendida, mientras ella jadeaba contra el colchón, moviéndose hacia atrás, buscándolo.

—Ya, Damián, ya… hacelo… no aguanto…

Él sacó los dedos, se escupió en la mano y se la pasó por la verga, lubricándose bien. Se apoyó contra su culo y empujó despacio. La punta entró con un jadeo ahogado de los dos. Mariela soltó un quejido largo en el que se mezclaban el dolor y el placer. Damián se detuvo, acariciándole la espalda, dándole tiempo.

—Respirá… relajate… ya estamos.

Ella asintió, respirando hondo. Él fue entrando centímetro a centímetro, con una lentitud dolorosa, hasta que la tuvo entera adentro. Los dos jadearon al unísono. Mariela se quedó quieta un momento, acostumbrándose a la sensación de estar tan llena, tan estirada, tan poseída.

—Movete —le susurró—. Cogeme, por favor.

Empezó a moverse: primero lento, saliendo casi entero y volviendo a entrar, cuidándola. Después más fuerte. Después más rápido. Le agarró las caderas con las dos manos y la empezó a coger sin piedad, dándole con la pelvis contra las nalgas, haciendo sonar la carne contra la carne. Mariela gemía con cada embestida, las uñas clavadas en las sábanas, la cara enterrada en la almohada para no gritar.

—Así, puta, así te gusta que te la meta por el culo —jadeaba él—. Decímelo, decime que te encanta.

—Me encanta, me encanta —gemía ella con la voz quebrada—. Cogeme más fuerte, Damián, más fuerte, no pares…

Él le pasó una mano por debajo y le empezó a frotar el clítoris con dos dedos, sin dejar de embestir. Con la otra mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás, arqueándola. El placer se acumuló, doble, en el culo y en el coño al mismo tiempo, hasta que estalló en un orgasmo brutal que la dejó temblando entera, con lágrimas rodándole por las mejillas y la voz cortada de gritar.

—Me corro otra vez, me corro, ay dios, me corro…

Damián embistió más fuerte, sintiéndola apretarse alrededor de él. Aguantó unas embestidas más, gruñendo, con los dientes apretados, y cuando ya no pudo más empujó una última vez hasta el fondo y se vació dentro de ella con un gruñido ronco que le nació del pecho. Mariela sintió los chorros calientes llenándola por dentro, uno tras otro, mientras él seguía moviéndose despacio, prolongando su corrida.

Se derrumbaron juntos en la cama, sudorosos, jadeantes, todavía unidos. Él la abrazó por detrás, pegando el pecho a su espalda, y con cuidado se salió de ella. Un hilo de semen le chorreó por los muslos. Damián lo recogió con dos dedos y se los llevó a la boca de ella, que se los chupó despacio, mirándolo.

—Te amo —susurró bajito al oído, casi como si temiera que ella lo oyera.

Mariela cerró los ojos. No respondió. Solo se dejó abrazar. Se quedaron dormidos así, enredados, exhaustos, con el olor a sexo pegado a la piel.

***

A la mañana siguiente, Damián se despertó. La cama estaba vacía a su lado. El lugar donde había estado ella todavía estaba tibio, pero Mariela no estaba.

En la mesa de luz había una nota escrita a mano, con la letra temblorosa de ella. La cogió y leyó:

«No sé muy bien quién soy después de todo esto. Pero sé que necesito volver a conocerme, sola, por un camino despejado. Quizás algún día nos volvamos a ver, en esta vida o en la otra. Me encantó ser tu novia. Cuidate, idiota.»

Damián se quedó mirando el papel un rato largo. Una sonrisa pequeña y triste se le dibujó en la cara. Suspiró, dobló la nota con cuidado y la guardó en el bolsillo.

Se levantó, miró la cama vacía y murmuró para sí mismo:

—Vas a conocerte, pueblerina. Y cuando lo hagas… espero estar ahí para verlo.

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Comentarios(8)

MarisolGdl

Dios mio que relato... me quede sin palabras. Sigan asi!!!

Lautaro55

Por favor una segunda parte, necesito saber como termina todo esto

SolitarioBA

La frase del principio me llegó al alma. Tremendo.

ViejaLectora

Me recordó a algo que viví hace muchos años. Esa mezcla de culpa y deseo que describe es muy real. Excelente trabajo.

CeciCba22

increible!!! me engancho desde la primera linea

Enrique_87

Que bien escrito, se nota que hay sentimiento genuino detras. No es el relato tipico de la sección.

Marta_Bilbao

Me pregunto si el amante sabia todo lo que ella estaba atravesando o simplemente apareció en el momento justo... muy bien planteado

tere_22

corto pero intenso, quiero mas jaja

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