Mi amante apareció cuando todo mi mundo se derrumbó
Mariela despertó con la luz del sol filtrándose apenas por las rendijas de la persiana. El piso estaba en silencio absoluto, como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarle espacio a su propio caos. Se quedó un rato largo en la cama, mirando el techo, sin moverse. El cuerpo le dolía de una forma distinta: no era el cansancio físico de los últimos días con Damián, sino un peso sordo en el pecho, como si algo se hubiera roto por dentro y estuviera intentando recomponerse solo.
Se levantó despacio, se preparó un café que no tenía ganas de beber y se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas y la taza caliente entre las manos. El vapor le subía a la cara, pero ella apenas lo notaba. Su mente giraba una y otra vez, como un disco rayado.
¿Cómo llegué hasta acá?
Se miró las manos. Eran las mismas que habían tocado a Damián con deseo, las mismas que habían firmado el «sí» a Esteban hacía meses. Ahora le parecían ajenas, de otra mujer.
Primero pensó en su propia ingenuidad. Al principio había sido absurda, casi infantil. Creyó todo lo que le decían porque quería creerlo: que la terapia era por su matrimonio, que explorar con Damián era una «preparación», que todo tenía un propósito noble. Se había dejado llevar como una niña que sigue un cuento sin cuestionar el final. Pero en algún momento esa inocencia se transformó en otra cosa, más oscura. En deseo. En un deseo consciente, deliberado. Sabía muy bien lo que hacía cuando se desnudaba para Damián, cuando se dejaba tocar, cuando gritaba su nombre. Lo sabía y lo quería.
Me traicioné yo primero. Lo demás no es excusa.
Pensó en Esteban, en su encrucijada, en ese amor imposible que lo había llevado a arrastrarla a ella. No lo culpaba tanto como debería. El amor, suponía, a veces empuja a cometer locuras. Esteban había elegido protegerse: su familia, su apellido, su vida, todo a costa de levantar una mentira. Y ella había sido la pieza perfecta para esa mentira. La chica conforme, la que se contentaba con poco. Ahora lo veía claro: la había elegido porque era fácil de manejar.
Y después, inevitablemente, pensó en Damián.
En él dolía más.
Pensó en la primera vez que la besó, en cómo la hacía reír, en cómo la miraba después de cada orgasmo como si ella fuera lo más valioso del mundo. En sus manos grandes y cálidas, en su voz ronca cuando le decía que era increíble, en cómo se quedaba callado solo para escucharla hablar de su pueblo. Todo eso había sido real. O al menos ella necesitaba creer que lo era. Pero todo había empezado con una mentira, con una traición que ahora le pesaba como una piedra.
¿Cómo puede algo que se sintió tan verdadero nacer de algo tan falso?
Se levantó, dejó la taza en la mesa y caminó hasta la ventana. Miró la calle: gente yendo al trabajo, autos pasando, vida normal. La suya ya no lo era. Ya no era la chica del pueblo que creía en cuentos de hadas, ni la novia obediente que se preparaba para un matrimonio sin pasión. Era Mariela. Solo Mariela. Y eso le daba miedo y libertad al mismo tiempo.
El teléfono vibró sobre la mesa. Lo cogió con manos temblorosas. Era un mensaje de Hugo.
«Mariela, necesito que vengas al consultorio hoy mismo. Es urgente. No tardes.»
Frunció el ceño. Le extrañó. Suponía que Esteban ya lo habría puesto al tanto de todo, que Hugo sabría que el engaño había salido a la luz. Dudó un momento largo. Podía ignorarlo, bloquearlo, desaparecer. Pero algo dentro de ella —curiosidad, rabia, la necesidad de cerrar una puerta— la empujó a contestar.
«Voy en una hora.»
***
Cuando llegó al edificio, subió las escaleras con el corazón golpeándole fuerte. Tocó la puerta del consultorio y Hugo abrió casi al instante, con una sonrisa soberbia que le heló la sangre.
—Pasá, Mariela. Te estaba esperando.
Ella entró. El consultorio seguía igual: sillones, escritorio, olor a café viejo. Pero ahora todo le parecía sucio. Hugo cerró la puerta y se apoyó en el escritorio, cruzando los brazos.
—Esteban ya me contó. Dijo que lo sabés todo, que escuchaste la conversación.
Mariela se quedó parada, con los puños apretados a los lados.
—Entonces no hace falta que finjamos. El plan, el dinero, la mentira. Lo descubrí todo.
Hugo soltó una risa baja, burlona.
—Nunca conocí a una mujer tan ingenua. Pero claro, sos tan linda que compensa. Tenía planes para vos, ¿sabés? Planes muy interesantes.
Mariela sintió la rabia subirle por la garganta.
—Prefiero ser ingenua antes que un mercenario como vos —dijo, con la voz temblando de furia—. Agradecé que todavía no te denuncie.
Hugo se rio más fuerte, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Denunciarme? ¿Vos? No vas a hacer nada, linda. Porque si lo hacés, mando a tus padres todas las grabaciones. Cada sesión. Todo lo que hacías con Damián. Me voy a asegurar de que tu pueblo entero se entere de lo que sos. Tu familia va a tener que escapar de la vergüenza. ¿Querés eso?
Mariela se quedó en shock. El aire se le escapó de los pulmones.
—No podés hacer eso… —susurró, con la voz quebrada.
Hugo se acercó un paso, la sonrisa cruel.
—No lo voy a hacer… si hacés todo lo que te pida. Y a vos te va a resultar fácil. Tengo deudas, Mariela. Con gente que no perdona. Y vos sos una moneda de cambio muy apetecible. Esos tipos van a quedar conformes si les ofrezco unas cuantas noches con vos.
Mariela se quedó atónita. Cada palabra era un golpe más fuerte que el anterior.
—¿Qué…? —alcanzó a decir, con la voz apenas audible.
—Pero antes —siguió él, sentándose en la silla y poniéndose las manos detrás de la cabeza— quiero comprobar tus habilidades de primera mano. Arrodillate y sacámela. Vamos, linda, ya sabés cómo se hace. Con Damián lo hacías muy bien.
Se desabrochó el cinturón con calma, bajó el cierre y se corrió el pantalón hasta los tobillos. Esperó, confiado, con una sonrisa de triunfo.
—Apurate. O cumplo la amenaza ahora mismo y mando todo a tu pueblo. ¡Arrodillate!
Mariela dio un paso lento hacia él. Luego otro. Se arrodilló entre sus piernas. Extendió la mano despacio, pero a mitad de camino se detuvo, con la vista perdida unos segundos. Entonces su mano giró hacia un costado y, en lugar de seguir, cogió la taza de café que Hugo tenía en el escritorio. El líquido todavía estaba muy caliente.
Sin decir una palabra, se lo vació encima.
Hugo soltó un alarido de dolor puro que resonó en todo el consultorio. Se levantó de un salto, tambaleándose, agarrándose con las dos manos mientras saltaba de un pie al otro.
—¡Hija de puta! ¡Me quemaste!
Mariela se puso de pie y retrocedió varios pasos, con el corazón latiéndole en los oídos. Hugo, rojo de dolor y furia, manoteó una regla de metal del escritorio y se lanzó hacia ella levantándola como un arma.
Pero alguien le agarró la muñeca desde atrás, deteniéndolo en seco. Hugo giró la cabeza, sorprendido.
Era Damián.
Le dobló el brazo con violencia y, sin esperar, le lanzó un puñetazo directo a la nariz. Se oyó un crujido seco. Hugo cayó al suelo, las manos en la cara, la sangre goteándole entre los dedos.
—¿Estás bien? —le preguntó Damián, con la voz ronca de preocupación.
Mariela no respondió. La escena la había dejado medio en shock. Solo miraba a Hugo en el piso, sobándose con una mano y la nariz ensangrentada con la otra.
—Los voy a destruir… —jadeó él, con la voz nasal—. Voy a mandar los videos a todos lados…
La puerta se abrió de golpe. Esteban entró, pálido, la respiración agitada.
—No vas a hacer nada —dijo, mirando a Hugo con una frialdad que Mariela nunca le había visto.
—¿Vos me vas a parar? Tengo todo grabado…
Esteban se agachó para mirarlo a los ojos.
—Tenías. Después de que me amenazaste a mí, contacté al hermano de Tomás. Es informático, trabaja con un equipo. No tardaron nada en entrar en tu sistema, era viejísimo. Encontraron cada archivo, cada copia, cada respaldo. Lo borraron todo. Y pusieron una cámara acá. Grabaron tus charlas con los de la mafia, grabaron cómo amenazabas a Mariela. Si intentás algo, todo eso va directo a la policía. Y a la gente a la que le debés plata. ¿Querés que se enteren de que los grabaste?
Hugo palideció. El dolor físico se mezcló con un miedo mucho más profundo.
—No… no podés…
—Puedo. Y ya lo hice. Levantate y andate. Y no te acerques nunca más a ninguno de nosotros.
Hugo, asustado y herido, no tuvo más opción que retirarse. Se incorporó con dificultad, cogió su saco con una mano temblorosa, los miró a los tres con odio puro y salió sin decir una palabra. La puerta se cerró con un golpe seco.
Quedó un silencio pesado. Esteban se giró hacia Mariela, que seguía de pie, con los ojos muy abiertos.
—Cuando Hugo me amenazó —dijo, más suave—, supuse que iba a hacer lo mismo con vos. Por eso le pedí a Damián que te cuidara, que estuviera cerca. No quería que enfrentaras esto sola.
Mariela lo miró, todavía temblando. Las lágrimas que había contenido empezaron a rodarle por las mejillas, pero esta vez no eran solo de rabia. Eran de alivio, de confusión, de todo junto.
—Esteban… perdoname. Sé que me usaste. Pero igual siento haberte sido infiel. Para mí sí era un compromiso. Y lo rompí.
Él sonrió con tristeza y quitó importancia con un gesto de la mano.
—No tenés que pedirme perdón. Lo mío es mucho peor. Te expuse a un delincuente, te mentí durante meses. Vos solo buscabas algo que te faltaba, algo que yo te negué desde el principio. No hay comparación.
Hizo una pausa y miró un segundo a Damián.
—Voy a hablar con mi familia. Les voy a decir que la boda se cancela. Quizás les diga la verdad. Ya no tengo miedo. Que pase lo que tenga que pasar.
Caminó hasta la puerta y, antes de salir, se giró una última vez.
—Cuídense. Los dos.
***
Quedaron solos en el consultorio. El silencio era denso. Damián la miró; ella lo miró a él. Ninguno dijo nada.
Salieron sin hablar. Afuera la noche ya había caído por completo y un viento frío arrastraba hojas secas por la vereda.
—Te acompaño a tu casa —dijo Damián en voz baja—. No quiero que vayas sola después de todo esto.
Ella asintió apenas. Caminaron en silencio las primeras cuadras, el ruido de la ciudad amortiguado por la hora. Cada paso parecía más pesado que el anterior, pero también la atravesaba una claridad extraña que no había tenido antes.
De golpe se detuvo. Damián se paró a su lado, extrañado.
—Mejor vamos a tu casa —dijo ella, con la voz ronca pero decidida—. Quiero comprobar algo.
—¿Comprobar qué?
No respondió. Empezó a caminar en dirección contraria, hacia el piso de él. Damián dudó un instante y la siguió sin preguntar más.
El departamento olía a él: a café viejo, a sábanas recién usadas, a ese aroma cálido que Mariela había empezado a reconocer como propio. Entraron. Él cerró la puerta. Ella se quedó parada en medio del living, respirando hondo, como si quisiera llenarse los pulmones de ese olor una última vez.
—¿Querés un vaso de agua? —preguntó él, nervioso, yendo hacia la cocina.
Mariela no contestó. Cuando él volvió con el vaso, ella ya se había quitado la chaqueta. Lo miró fijo. Él le tendió el vaso; ella lo dejó en la mesa sin tocarlo. Y de pronto, sin previo aviso, se acercó y lo besó.
Fue un beso desesperado, hambriento, lleno de todo lo que había estado conteniendo: rabia, alivio, deseo, miedo. Damián se quedó rígido al principio, pero poco a poco se dejó llevar. Le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo contra él. Las lenguas se enredaron con urgencia, como si quisieran borrar todo lo que había pasado en las últimas horas.
Se desnudaron entre besos, con manos torpes y ansiosas. La remera de Mariela cayó al suelo. Los vaqueros de él siguieron. Ella le bajó el bóxer de un tirón; él le desabrochó el corpiño y lo lanzó lejos. Los cuerpos se encontraron piel con piel, calientes, temblorosos.
Damián la recostó en el sofá y la fue besando por todo el cuerpo: el cuello, los pechos, el vientre, la cara interna de los muslos. Le mordisqueó los pezones hasta hacerla arquear la espalda. Bajó más y hundió la lengua entre sus piernas. Mariela gimió alto, agarrándole el pelo, moviendo las caderas contra su boca. Él presionó la lengua justo donde ella lo necesitaba y metió dos dedos, curvándolos despacio.
Mariela se corrió primero, con un grito ronco. El cuerpo entero le tembló y las piernas se cerraron alrededor de la cabeza de él mientras el placer la atravesaba en oleadas.
Cuando recuperó el aliento, lo empujó para que se sentara y se arrodilló entre sus piernas. Le agarró el sexo, ya duro, y lo lamió desde la base hasta la punta, despacio, mirándolo a los ojos. Después se lo metió entero en la boca, moviendo la cabeza con un ritmo lento que lo hacía jadear. Él le sostuvo el pelo con cuidado, sin forzar nada.
—Pará… —jadeó—. O me corro ahora.
Ella se levantó, se subió encima de él y bajó despacio. La sensación de llenarse por completo la hizo gemir largo. Empezó a moverse, primero lento, después más rápido. Se besaban con las frentes pegadas, las respiraciones mezcladas. Damián le sostuvo las caderas con las dos manos, guiando el vaivén, y bajó la boca a uno de sus pechos.
Mariela se corrió de nuevo, esta vez con un grito desgarrado, el cuerpo convulsionando encima de él. Damián no aguantó mucho más. La levantó del sofá, la cargó en brazos y la llevó al dormitorio.
La acomodó boca abajo y se arrodilló detrás. La preparó con paciencia, con saliva y con los dedos, hasta que ella empujó hacia atrás buscándolo.
—Damián… —susurró—. Hacelo.
Él se apoyó y empujó despacio. Mariela soltó un quejido en el que se mezclaban el dolor y el placer. Damián se detuvo, acariciándole la espalda.
—Respirá… relajate…
Ella asintió, respirando hondo. Él entró centímetro a centímetro, hasta el fondo. Los dos jadearon al unísono. Empezó a moverse: primero lento, saliendo casi entero y volviendo a entrar, después más fuerte. Mariela gemía con cada embestida, las uñas clavadas en las sábanas. El placer se acumuló hasta que estalló en un orgasmo que la dejó temblando entera, con lágrimas rodándole por las mejillas.
Damián empujó una última vez hasta el fondo y se vació con un gruñido ronco. Se derrumbaron juntos en la cama, sudorosos, jadeantes. Él la abrazó por detrás, pegando el pecho a su espalda.
—Te amo —susurró bajito al oído, casi como si temiera que ella lo oyera.
Mariela cerró los ojos. No respondió. Solo se dejó abrazar. Se quedaron dormidos así, enredados, exhaustos.
***
A la mañana siguiente, Damián se despertó. La cama estaba vacía a su lado. El lugar donde había estado ella todavía estaba tibio, pero Mariela no estaba.
En la mesa de luz había una nota escrita a mano, con la letra temblorosa de ella. La cogió y leyó:
«No sé muy bien quién soy después de todo esto. Pero sé que necesito volver a conocerme, sola, por un camino despejado. Quizás algún día nos volvamos a ver, en esta vida o en la otra. Me encantó ser tu novia. Cuidate, idiota.»
Damián se quedó mirando el papel un rato largo. Una sonrisa pequeña y triste se le dibujó en la cara. Suspiró, dobló la nota con cuidado y la guardó en el bolsillo.
Se levantó, miró la cama vacía y murmuró para sí mismo:
—Vas a conocerte, pueblerina. Y cuando lo hagas… espero estar ahí para verlo.